jueves, 1 de diciembre de 2016

La política, esa "periferia": nos urge el amor

Por Andrés Jiménez
Es posible que suene extraño a algunos oídos afirmar que el cristianismo no apareció en el mundo para resolver la cuestión social, sino para enseñar a los hombres cuál es su dignidad de hijos de Dios y cómo alcanzar su destino eterno. Ciertamente la salvación (salus) eterna no puede concebirse a espaldas de la salud íntegra del ser humano, lo que incluye su existencia temporal. Pero es que, al anunciar el Evangelio de la salvación al hombre, la Iglesia sienta las premisas cuyas conclusiones son la respuesta, no sólo a la cuestión social, sino a todos los problemas y disensiones que hieren la dignidad humana y hacen penosa la existencia de millones de personas concretas. La razón de ello es que en la fe cristiana late un germen divino, la caridad, que puede vencer al egoísmo y configurar una civilización del amor y de la vida entre los hombres.
Benedicto XVI, en su encíclica “Deus caritas est”, precisaba una doble forma de responsabilidad de la Iglesia acerca de la justicia en el orden social.
Como tal, decía, la Iglesia tiene una tarea mediata, consistente en “contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni éstas pueden ser operativas a largo plazo.” (n. 29) El establecimiento de estructuras justas es cometido inmediato de la política, pero en la medida en que esto afecta al orden moral y se pone en juego el verdadero bien del hombre y su dignidad de persona, la Iglesia es una voz autorizada para iluminar el juicio político y para fundamentar y alentar los compromisos que exige el servicio al bien común.
Pero hay otro aspecto no menos esencial. Se trata de la obligada participación de los fieles laicos en la política. Los fieles laicos son también la Iglesia, y participan de su naturaleza y de su misión. A ellos corresponde específicamente actuar con iniciativa propia y penetrar de espíritu cristiano la mentalidad, las leyes y las estructuras del mundo en el que viven (Cfr. Gaudium et spes, n. 43).
Una buena definición del vínculo entre la Iglesia y el sujeto social que ha de hacerse presente y “jugársela” en la vida pública es la que narra el profesor Massimo Serreti: Durante los días que precedieron al reconocimiento de Solidaridad como sindicato legal, un obrero polaco en huelga de los astilleros de Danzig respondía así al periodista de la BBC que le preguntaba qué tenía que ver la Iglesia con todo aquello que estaba sucediendo. “La Iglesia no tiene nada que ver”, contestó. Y ante la insistencia del entrevistador, remachó que la Iglesia no había hecho nada, y que eran ellos, los obreros, los que habían empezado la protesta. Pero admitió que la Iglesia por su parte, le había engendrado a él y a sus compañeros.
La pertenencia a la Iglesia hace posible una experiencia común de lo humano, y desemboca en un reconocimiento compartido de que nada de lo auténticamente humano le resbala a quien ha sido despertado a la conciencia de su humanidad por Cristo. Y por eso hace todo lo que puede, urgido por un amor efectivo, porque todo lo humano verdaderamente le importa.
Señalaba el papa Benedicto en el mismo lugar que, como ciudadanos, corresponde a los laicos bautizados el deber inmediato de actuar en la instauración de un orden justo en la sociedad. Ellos, para quienes el mundo y la vida social son el ámbito y el medio de su vocación cristiana, “están llamados a participar en primera persona en la vida pública”. Su misión, añade, es “configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los demás ciudadanos de acuerdo con sus competencias respectivas y bajo su propia responsabilidad”. Termina señalando que su actividad política ha de ser “vivida como caridad social” (n. 29).
Así entendida, la actividad política de los bautizados no tiene como fin último el poder sino el servicio; adquiere el carácter de respuesta eficaz y concreta ante necesidades humanas inmediatas en situaciones determinadas. La actividad caritativa cristiana trasciende los planteamientos partidistas e ideológicos, no es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita (n. 31).
No se pretende con lo dicho negar la posibilidad o la conveniencia de adherirse a un partido o formación a título personal, siempre que sus principios y actuaciones sean compatibles con la fe y los valores morales y cristianos.
Las ideologías y la dictadura del relativismo
Las ideologías son concepciones del mundo y de la vida que buscan estrictamente el dominio, la propia instauración. Su motor es la eficacia y su ethos el pragmatismo y por ello no rehúyen el principio de que el fin justifica los medios. No tienen como referente la dignidad inviolable de toda persona, el logro del bien común y el respeto a la verdad, sino una voluntad de poder.
Por su parte, la inteligencia y la voluntad, la fe y el amor operantes que mueven la conciencia cristiana no buscan el poder como meta, sino la verdad y la comunión entre los seres humanos, con el fin de que el mundo sea realmente habitable y se convierta en lugar de encuentro entre el hombre y Dios. La historicidad y complejidad de la vida social requieren especial discernimiento para actuar políticamente de manera honesta y acorde con el orden moral.
Es importante advertir que el relativismo o pluralismo moral es falsamente invocado como base del sistema democrático; en realidad éste sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona.
El relativismo tiende por su propia dinámica a convertirse en un dogmatismo, puesto que rechaza toda otra visión como inmadura y superada por el dinamismo de la razón humana. Paradójicamente, el relativismo moral, que pasa por ser fundamento de la tolerancia social, esconde un nihilismo de fondo que se traduce en última instancia en justificación de la violencia por parte de los más fuertes, ya que si no se reconoce a las cosas y a las personas un valor moral propio —en ello consiste el nihilismo— , si no existe por encima de la voluntad humana y de su capacidad de legislar un orden moral objetivo al que ésta deba someterse, ya no será la verdad sino la fuerza —en cualquiera de sus formas— la que determine el valor que deba asignase a cada cosa.
Un ejemplo sencillo puede ser el uso de ficciones jurídicas como el término “preembrión” para que la ley decida que un ser humano en las primeras fases de su existencia puede ser objeto de manipulación, experimentación o eliminación. Este concepto fue introducido en el Informe Warnock de 14 de Julio de 1984, que definió las implicaciones éticas de la fecundación in vitro y fue la base de la permisiva legislación existente al respecto en varios estados. El carácter arbitrario de ese plazo (14 días tras la fecundación) es reconocido sin embargo por el propio informe, que afirma que «ningún estadio particular del proceso de desarrollo es más importante que otro. Todos forman parte de un proceso continuo».
La “índole secular” del laicado
Por su dimensión secular, inherente a su naturaleza y a su misión, la Iglesia prolonga la encarnación del Verbo de Dios asumiendo los afanes de la humanidad y las realidades que integran la condición humana: el trabajo, la amistad, la convivencia social, el sufrimiento, etc. De este modo se hace solidaria con la humanidad entera, vive y sufre con ella, hace suyos sus afanes y problemas, a la vez que los sitúa en el horizonte infinito del amor de Dios.
La dimensión secular de la Iglesia entera hace que ningún cristiano, sea cual sea su vocación, su condición y su misión concreta, pueda sentirse ajeno al mundo y a su destino. Pero la participación de los fieles laicos en la dimensión secular de la Iglesia presenta una modalidad propia, que la exhortación Christifideles laici designa con la expresión índole secular. En virtud de esta condición específica, el fiel laico vive en medio del mundo, implicado en las ocupaciones y trabajos de éste, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia se encuentra como entretejida (Lumen gentium, n. 31).
Desde dentro del mundo, el fiel laico contribuye a la transformación y santificación del mundo, participa por entero en las instituciones, ambientes y tareas de la vida social ordinaria, y ello no de modo añadido a su vocación cristiana, sino como parte y consecuencia de esa misma vocación. El mundo y sus afanes, entre ellos la política lo mismo que el trabajo o la vida familiar, forman parte del existir cristiano del laico. Desde dentro del mundo mismo, creado por Dios pero sujeto a los avatares de la historia, el laico bautizado se hace testigo de la fuerza santificadora y humanizadora de la gracia, y de su capacidad para vivificar y hacer habitable y acogedora toda la realidad creada.
El papel del laicado y de la Jerarquía
Conviene por ello, finalmente, distinguir la función que corresponde al laicado y a la jerarquía de la Iglesia en lo relativo a los posicionamientos y actuaciones políticas. A la jerarquía corresponde esclarecer las enseñanzas de la Iglesia (principios, valores y criterios) y del orden moral, facilitando la formación de las conciencias, y sostener con la fuerza de los sacramentos a los bautizados en su compromiso público.
Por su parte, el laicado, en fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia, tiene derecho y obligación, según su responsabilidad, formación y competencia, de estar presente en las estructuras sociales, que son su ámbito natural de crecimiento y de vida, aunque su identidad más honda no se nutre plenamente de ellas, sino de su pertenencia al pueblo y familia de Dios.
Pablo VI delimitó con precisión lo que corresponde a la jerarquía y al laicado en su respectiva contribución al bien común: Los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal. Si el papel de la Jerarquía es el de enseñar a interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en este terreno, a los seglares les corresponde, con su libre iniciativa, y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano, la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que viven (Populorum progressio, n. 81).

A los hombres y mujeres laicos, así pues, toca por vocación propia suscitar iniciativas inteligentes, incluso si son arriesgadas y discutibles, para hacer viable el proyecto amoroso de Dios sobre el ser humano y sobre la creación entera en las circunstancias precisas en las que les ha correspondido vivir: ¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de caridad, porque busca el bien común (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 205).