jueves, 1 de diciembre de 2016

Imagina un musical Contigo

Por Samuel García
Imagínate sentado en una butaca de esas de teatro, con los brazos cómodamente apoyados y mirando al techo. ¡Quién te iba a decir a ti que te harías dos horas de viaje en tren a Aranjuez y que estarías un 16 de octubre asistiendo a lo que te han dicho que es…!
¡Chist!, dice la de la butaca de al lado para que dejes de mirar a las musarañas y de decir tonterías en voz alta, porque acaban de apagar las luces y empieza la función. Y, después de calmar a la pobre señora de 60 años a la cual has molestado con tu alocución, te das cuenta de que no le faltaba razón.
Empiezas a oír los acordes de una melodía en Fa Mayor que parecen ser la obertura. Y te fijas en un señor de americana tocando el piano que, de momento, es el único que está en escena. Pero esto es una obra de teatro de esas que tú conoces tan bien y, por supuesto, el telón se abre dejando ver unas mesas cubiertas por una vajilla. La orquesta parece concentrada en sus partituras en el lado derecho del escenario; al fondo, se deja ver la bella silueta de un arpa.
Mientras suceden los primeros diálogos recuerdas con cariño lo que, más que probablemente, está pasando tras el escenario. Conoces muy bien ese ambiente, tanto como que en mayo de 2009 estabas entre muchos de esos que, entre bambalinas, esperaban en Getafe el estreno de otro de aquellos… ¿Cómo se llamaban? Esas obras de teatro con canciones… ¡Ah, sí! ¡Musicales!
Razón no te faltaba, imagínate ahora sentado en el poyete que hay al lado de esas escaleras que llevan al escenario, eres un actor más, haces de policía y no sabes por qué estás más nervioso, si por que se te olvide el papel que tienes que interpretar o porque el que se encarga del atrezo no hace más que llamarte la atención de que te calles. Que la obra ya ha empezado, pero tú estás en ese estado de seminconsciencia que se debe a que no has dormido mucho, a que llevas más de 80 horas de ensayos (sí, es lo que tiene montar un musical con cerca de 90 participantes) y que ya es la segunda vez en dos días que estás representándolo. Acaba de salir de escena el mendigo tras la canción —ésa tan pegadiza con la que te levantas cantando todos los días—, señal de que te tienes que ir preparando, que vas a salir…
Entonces ocurre lo de siempre, no lo puedes evitar, te pasaba incluso en los ensayos generales, es cuando empiezas a recordar qué haces allí. Te llamaron para representar un musical de guion y música originales, que iba a tratar sobre el Año de la Misericordia y que era netamente evangelizador.
Al principio te resististe, pero cuando te dijeron que tenía mucho de Abelardo de Armas y su vida, no pudiste decir que no. No llegaste a conocerle en persona, pero sus textos eran extraordinarios, no habías oído hablar a nadie así del Amor de Dios en toda su radicalidad. No podías negarte.
La experiencia hasta ahora no podías tampoco dejar de reconocer que había sido muy enriquecedora, sólo la ilusión de las personas que trabajaban por sacarlo adelante ya te ilusionaba a ti. Había familias completas colaborando como actores, la Delegación de Enseñanza de Getafe se había volcado con el proyecto y muchos de tus amigos militantes estaban allí arrimando el hombro. Algo, bueno, Alguien había detrás que lo movía todo y que quería llegar a los que estaban ahí fuera escuchando.
Deja al pobre policía que está nervioso y pon ahora que eres un músico, el trompetista ese que está escondido detrás del telón y al que sólo se le ve la campana de su trompeta. Tampoco sabes si estás nervioso por dar las notas o porque ves delante de ti la sala abarrotada de gente, calculas que unas 800 personas os han ido a ver entre las dos sesiones. La verdad es que tu posición ahora mismo en el escenario te permite ver a los técnicos de sonido y luces nerviosos por un problema con los focos centrales, ves al pobre hombre que se dedica al atrezo preocupado de aquí para allá en el otro lado del escenario, al director de actores concentrado en la escena…
La verdad —piensas mientras el mendigo dice algo de pedir dinero—, es que hay muchos trabajos escondidos tras los actores y músicos que la gente de ahí fuera no ve pero que sin ellos no saldría adelante el Musical…
¡Eh! Atiende.
El saxofonista te recuerda que en la próxima canción tocas y te dice que espabiles, que qué haces que no estás concentrado. Como tendrías que explicarle demasiado casi que te ahorras contarlo y te dispones a tocar la introducción de ese Rock’n Roll tan molón.
¡Uy!, te preguntas (en voz baja, que si no la señora de al lado se molesta, claro) ¿qué hace ahora el director de la orquesta?
Se está acabando la representación y ves desde tu butaca que empiezan a salir a escena los actores de todo el musical y los cantantes. Has llorado de emoción, has vibrado con las canciones, has sentido la tensión en el ambiente, has palpado la alegría de la Misericordia. Es imposible —piensas— que este musical deje indiferente a nadie.
El policía y el trompetista, desde el escenario, te ven entre la sala abarrotada de aplausos y con el público en pie. Sin duda, el musical llega a los corazones. Como aquel de 2009. Pero tú, hábil y perspicaz, te das cuenta de un detalle mientras aplaudes: falta un plato.

Ah, por cierto, lo primero que haces tras salir de la sala es ir a Facebook y buscar “Musical CONTIGO”, porque no piensas perderte la próxima representación.