jueves, 1 de diciembre de 2016

El que tú alimentas

Por Antonio Rojas
La vida es como el ejercicio,mientras más duro es,más fuerte te vuelve.—Juan Echenique—
En una tribu de nativos americanos, un anciano cheroqui le dijo a su nieto que dentro de nosotros se libra una batalla diaria decisiva para la configuración de nuestra personalidad:
—Hijo, continuamente estamos librando una batalla entre dos lobos que están en nuestro interior. Uno es el diablo, que siente cólera, envidia, celos, pena, avaricia, arrogancia, lástima de sí mismo, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, orgullo falso, superioridad y ego.
El otro es el bien, que siente alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, la benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe.
El nieto pensó en ello durante un minuto, y luego preguntó a su abuelo:
—¿Y qué lobo triunfa?
El viejo cheroqui simplemente contestó:
—El que tú alimentas.
José María Pemán en su obra El divino impaciente, refleja esta dualidad en Francisco Javier:
Soy luz y barro del suelo; soy el polvo y el anhelo puestos en perpetua guerra; soy un poquito de tierra que tiene afanes de cielo. Tan pronto la tierra toco como al cielo me levanto: ¡no hay necio más vano y loco que yo, que, aspirando a tanto, he conseguido tan poco!
Siempre recuerdo el práctico consejo de aquella sencilla y sabia viejecita que aseguraba convencida que es importante rodearse de gente más inteligente que nosotros porque, aunque pierdas, ganas.
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Si te juntas, aseveraba con seguridad, con gente más tonta, aunque ganes, pierdes. Si te juntas con gente alegre, que quiere ser mejor día a día, al final tú también serás mejor y estarás más feliz. Pero si te juntas con gente que no para de quejarse, sin hacer nada para cambiar la situación ni mejorar, tampoco tú podrás mejorar.
Somos lo que pensamos. Si permitimos que las emociones negativas se instalen en nuestro interior y, muy sutilmente, vayan inundando de plomo nuestros cuerpos, nos llevarán a creer que la vida implica sufrimiento, y que todo es dolor y amargura.
Deberíamos hacer un esfuerzo consciente, dar un paso adelante y apostar por la alegría; debemos trascender las situaciones y encontrar nuestra luz interior, ese lugar que nos mantiene centrados ante las experiencias de la vida.
Tengamos la certeza de que es posible el milagro de la superación en el bien, porque, un milagro, al fin y al cabo, empieza con un cambio de pensamiento.

En conclusión, al final, ¿que seremos? Pues a pesar de la fuerte influencia de las personas y las circunstancias que nos rodean, al final, acabaremos siendo el que tú alimentas.