jueves, 1 de diciembre de 2016

El Movimiento se demuestra... ¡corriendo!

¿Quién dijo que el movimiento se demuestra andando? ¿Os habéis fijado en que muchos niños no aprenden a andar: pasan de marchar a gatas a correr? Pues algo así ocurre con las cosas de Dios: cuando el Señor aparece, el hombre corre.
Aprendamos de los primeros testigos del Nacimiento. ¿Qué hicieron los pastores tras recibir el anuncio del ángel?: ¡Fueron corriendo! Era de noche, y no tuvieron miedo a tropezar por el camino, o a perderse; no esperaron a la mañana… Se decían unos a otros: ¡Vayamos a Belén, y veamos lo que el Señor nos ha comunicado! ¡La fe no quiere esperar! Corrieron.
Cuando María Magdalena al amanecer del primer Domingo de la historia vio la losa quitada, echó a correr y fue adonde estaban Pedro y Juan. Éstos, al recibir el “notición” corrían juntos. No tuvieron miedo a ser reconocidos y apresados por los judíos. ¡La esperanza no debe esperar! Los tres corrieron.
Cuando el padre de la parábola vio a su hijo pródigo, todavía lejos, echó a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. No reparó en su reputación, ni en su edad avanzada, ni en el ridículo que haría si se caía… Se le conmovieron las entrañas. ¡El amor no sabe esperar! Corrió.
Cuando María recibió el anuncio del embarazo de Isabel, se puso en camino deprisa hacia la montaña. No reparó en su propia gestación, ni en el qué dirán si ven a una joven correr. Jesús le abrasaba en su seno. ¡La evangelización no puede esperar! Fue deprisa.
Jesús también corre. En cuanto amaneció el tercer día, resucitó. No quiso, no pudo esperar. Tiene los ojos puestos en sus hijos. Escribe el P. Tomás Morales: “Nos deja caminar un poquito solos; y cuando ve que la desolación nos perturba haciéndonos perder la fe y la esperanza, viene corriendo para consolarnos”.
Se hace camino al correr. Correr es un estilo de vida. Supone salir de uno mismo, dejar la comodidad y los propios intereses, y avanzar hacia una Meta, ligeros de equipaje. Esa es la dinámica de nuestro Movimiento: correr, como los pastores, al encuentro del Señor, y correr, como María, al encuentro de los hombres, cumpliendo la máxima que José María Pemán pone en boca de Francisco Javier: “Soy más amigo del viento, Señora, que de la brisa… ¡y hay que hacer el bien deprisa, que el mal no pierde momento!”.
El camino de la santidad es más para correrlo que para andarlo. Escribe Abelardo de Armas que “los fracasos no entorpecen la santidad, más bien nos hacen correr hacia ella”. Y la Carta a los Hebreos nos impulsa a esta aventura: corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en Jesús (Heb 12, 1-2).

El Adviento es una carrera de amor. ¡Pongámonos las zapatillas y salgamos juntos a correr! La meta de nuestro Movimiento será la que alcanzaron los pastores, la que representa Murillo, cuyo centenario celebraremos en 2017: Fueron corriendo… y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. ¡Feliz Navidad!