jueves, 1 de diciembre de 2016

Cincuenta años de misericordia

Por Bienvenido Gazapo
Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo
demostrara en mí toda su paciencia.
(1Tim 1, 16).
Jornadas 1979 en Armenteros
Evocación agradecida de mis primeros Ejercicios Espirituales, dirigidos por Abelardo de Armas.
9 octubre de 1966. Una treintena de muchachos, la mayoría estudiantes de Magisterio suben tumultuosos la cuesta interminable que conduce a la casa de ejercicios de la Montaña de Cáceres.
Íbamos contentos porque nos librábamos de dos días de clase. El director de la Residencia (un cruzado de Santa María), nos había repetido que aquella no era una pensión y nos obligó a participar en una tanda de ejercicios espirituales como parte del plan de formación del curso que comenzaba. La mayoría no sabíamos qué eran los ejercicios espirituales ni nos lo preguntábamos. Se corrió la voz de que vendría un señor de Madrid a darlos. Para nuestra tranquilidad no era cura, sino un seglar. Se llamaba Abelardo de Armas. Tampoco era viejo; dicen que tiene como unos cuarenta años, más o menos.
Al llegar a la casa de ejercicios, situada en ese mirador fantástico sobre la penillanura cacereña, nos repartieron las habitaciones. Estábamos expectantes por ver qué nos contaba este cura de paisano.
Nos hicieron pasar a la capilla y allí llegó la primera sorpresa. El señor de Madrid (Abelardo) nos mandó separarnos a los amigos que nos habíamos colocado juntos en los bancos y nos largó una arenga-bronca de primera magnitud, en términos parecidos a los siguientes: Aquí hay que guardar silencio total. ¡Nada de hablar unos con otros! El silencio también será de mirada. Y silencio del tiempo… ¡Aquí el tiempo no existe! Todos los relojes que lleváis los dejaréis ahora en el suelo, frente al altar, y yo los recogeré para devolverlos al final de los ejercicios... Vais a pasar los días más felices de vuestra vida, pero si cumplís lo que os exijo… Si alguien no está dispuesto, que se marche ahora mismo y si no lo terminaré expulsando yo de la casa. Inolvidable comienzo.
Pasamos al comedor. Cenamos en silencio mientras nos leían algún libro espiritual. Luego, Abelardo nos dio unas ideas sobre los ejercicios y nos fuimos a dormir. Así comenzaron los primeros ejercicios espirituales de san Ignacio que hice en mi vida y los primeros que daba Abelardo. Estaba a punto de cumplir los 15 años.
Conforme iban pasando las horas, Abelardo iba mostrándonos su corazón, al hilo de su vida, con sus inolvidables anécdotas, chistes y chascarrillos: sus avatares de niño, huérfano de padre; el sufrimiento de los años del hambre en Madrid; las aventuras vividas como botones de la Unión y el Fénix; su deporte preferido: el fútbol, en el que sobresalió; su encuentro con el P. Morales en los ejercicios espirituales en las Navillas, a sus veinte años; su conversión; sus aventuras como apóstol novel en el ejército con el Dimoni; su entrega a los jóvenes en el Hogar del Empleado… Una de cal y otra de arena, fue atrayendo nuestra atención y nuestro afecto. Cantaba estupendamente, era muy abierto y simpático… Nos fuimos haciendo amigos de él. Inspiraba confianza. Resultaba difícil desprenderse de su afecto.
Nos hablaba de Cristo y de la Virgen como jamás habíamos oído. Era como un amigo personal de ellos. Daba la sensación de que tenía relación directa con ellos. Al escucharle y quedarme luego en silencio, mi corazón de adolescente se iba llenando de una extraña mezcla de alegría y sensación de libertad. Intuí que podía ser libre de la esclavitud del pecado que me atenazaba. Sentí que me abandonaban la soledad y la melancolía de fondo que venía padeciendo desde mis nueve años en que murió mi madre. Experimenté por primera vez en mi vida que Jesucristo y la Virgen María, los amigos de Abelardo, eran seres reales, que podían ser amados y que me amaban. Que yo, acaso podría ser amigo de ellos como lo era Abelardo. Fue una sensación muy extraña.
Al segundo día de ejercicios, mi alegría era incontenible, y como yo estaban algunos más. Se nos notaba en las miradas fugaces que nos echábamos cuando nos cruzábamos por los pasillos. No pudimos resistir. Se impuso nuestra emoción sobre la norma del silencio marcada por Abelardo. Desobedecimos y salimos a la terraza para comunicarnos nuestra alegría. Enzarzados en tan interesante coloquio, a media voz, no nos dimos cuenta de que aparecía Abelardo... Se nos heló la sangre. Habíamos sido pillados con las manos en la masa: A la calle vamos, pensé…
—¿No os dije que todo el que hablara en los ejercicios se iría a la calle? Preguntó Abelardo muy serio. Id a vuestras habitaciones, haced las maletas y marchaos.
Dos o tres argumentamos a la vez, angustiados, como un solo hombre. Le dijimos:
—Estamos tan contentos que no podíamos aguantarnos y por eso nos estábamos contando nuestras impresiones.
Abelardo se quedó pensativo, como impactado. Dudó y reaccionó de manera imprevista. Nos dijo muy serio:
—Pasad a la capilla inmediatamente.
Fuimos corriendo a la misma.
Él convocó al resto de los ejercitantes y allí nos hizo rezar a cada uno de los infractores una estación del Viacrucis con los brazos en cruz, pidiendo perdón… La expulsión quedó convalidada por una penitencia. La Virgen frenó el golpe.
Terminamos los ejercicios felizmente. Al salir de ellos no podía imaginar lo que había ocurrido en mi alma. Abelardo permaneció algún día entre nosotros. Recuerdo que al despedirse para volver a Madrid, prometió venir a vernos. Yo le dije: Pida por mí, a ver si cuando usted vuelva, he conseguido vivir en pureza. Me dio un abrazo de despedida.
Continuaron los ejercicios de otra forma. De la mano del director de la Residencia (un maño de corazón ardiente) hubo un seguimiento de mis primeros pasos por la nueva forma de vida. Vinieron pronto los compromisos con la Virgen el día de la Inmaculada; participar activamente en las actividades de la Milicia: Jornadas, campamentos, actividades apostólicas. Luego, poco a poco, la llamada a seguir a Jesucristo por los caminos del mundo, como Él, entre los hombres.
Han pasado cincuenta años. Subo de nuevo fatigosamente la cuesta hacia la Virgen de la Montaña. Noto el peso implacable de los años en el dolor de mis rodillas gastadas. Consigo llegar al formidable mirador del Santuario. Se respira paz en esta tarde suave del otoño cacereño. Todo permanece igual, como esperándome: las viejas cuarcitas, vigilantes sobre la penillanura; el monumento al Corazón de Jesús, abrazando la ciudad; la casa de ejercicios; la Virgen con sus decenas de angelillos que la rodean y con la misma sonrisa misericordiosa de hace cincuenta años…

Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia. Desde aquí, un recuerdo lleno de amor y agradecimiento a Abelardo, padre y maestro mío. Y a los Corazones de Jesús y de María por el derroche de paciencia y misericordia que han tenido conmigo a lo largo de estos cincuenta años.