viernes, 1 de abril de 2016

Es distinto

Portada Estar 297
Es distinto, sí, pero, en el fondo, es lo mismo. Han variado, y mucho, las formas, los medios, pero el objetivo final es idéntico: evangelizar la cultura.
Decía san Juan Pablo II en 1982 al Consejo Pontificio de Cultura, que una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida. Y hoy parece que los vivos son los anti fe. Tienen los enemigos de la civilización cristiana un “celo apostólico” que los creyentes hemos perdido.
Tienen una virulencia, una agresividad impositiva a la que los católicos, en general (siempre hay excepciones), damos alas con nuestra pasividad y encogimiento.
Y, sin embargo, hoy como ayer, tenemos la obligación de evangelizar la cultura, de cristianar la sociedad, de mejorar a nuestros contemporáneos ofreciéndoles lo mejor que tenemos: nuestra fe.
Y no vale la excusa de que es que hoy… Sigue siendo cierto que la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás.
Tenemos numerosos ejemplos de ello en los trabajos que presentamos en este número: Jóvenes en marcha, Estar en América, Laicos en marcha, Entrevista a Eder, etc.
Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros.
Es imperiosa la necesidad de evangelizar la cultura para inculturar el Evangelio. Para ello, nada de pesimismos estériles, sino que volvamos a los orígenes como aconseja el papa Francisco en Evangelii gaudium (263):
Es sano acordarse de los primeros cristianos y de tantos hermanos a lo largo de la historia que estuvieron cargados de alegría, llenos de coraje, incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa. Hay quienes se consuelan diciendo que hoy es más difícil; sin embargo, reconozcamos que las circunstancias del Imperio romano no eran favorables al anuncio del Evangelio, ni a la lucha por la justicia, ni a la defensa de la dignidad humana.
En todos los momentos de la historia está presente la debilidad humana, la búsqueda enfermiza de sí mismo, el egoísmo cómodo y, en definitiva, la concupiscencia que nos acecha a todos.
Entonces, no digamos que hoy es más difícil; es distinto.

Testigos de Dios en medio del mundo

Por Santiago Arellano
Al padre Morales y a Abelardo, buenos caballeros.
Ese buen Cid Campeador,
Que Dios en salud mantenga,
Haciendo está una vigilia
En San Pedro de Cardeña.
Que el caballero cristiano
Con las armas de la Iglesia
Debe de guarnir su pecho
Si quiere vencer las guerras.
Doña Elvira y doña Sol,
Las sus dos fijas tan bellas,
Acompañan a su madre
Ofreciendo rica ofrenda. Cantada que fue la misa,
El abad y monjes llegan
A bendecir el pendón,
Aquel de la cruz bermeja.
Soltó el manto de los hombros,
Y en cuerpo con armas nuevas,
Del pendón prendió los cabos, Y de esta suerte dijera: —Pendón bendecido y santo, Un castellano te lleva,
Por su rey mal desterrado.
Bien plañido por su tierra.
A mentiras de traidores
Inclinando sus orejas
Dio su prez y mis hazañas,
¡Desdichado del y de ellas!
Cuando los reyes se pagan
De falsías halagüeñas,
Mal parados van los suyos,
Luengo mal les viene cerca.
Rey Alfonso, rey Alfonso,
Esos cantos de sirena
Te adormecen por matarte, ¡Ay de ti si no recuerdas!
Tu Castilla me vedaste
Por haber holgado en ella, Que soy espanto de ingratos
Y conmigo non cupieran.
¡Plegue a Dios que non se caigan, Sin mi brazo, tus almenas!
Tú, que sientes, me baldonas;
Sin sentir, me lloran ellas.
Con todo, por mi lealtad
Te prometo las tenencias
Que en las fronteras ganaren
Mis lanzas y mis ballestas. Que venganza de vasallo
Contra el rey, traición semeja,
Y el sufrir los tuertos suyos
Es señal de sangre buena”. —
Esta jura dijo el Cid, Y luego a doña Jimena
Y a sus dos fijas abraza. Mudas y en llanto las deja. Humillándose, el Abad Larga bendición le diera Y a las fronteras camina al galope de Babieca.
Os ofrezco este romance anónimo de la saga del Cid, injustamente olvidado y que, para un creyente de todos los tiempos, recuerda y prescribe los modos, los medios, la actitud y el camino para no descarriarnos, para no perder el rumbo de nuestra misión en esta vida, mientras estamos aquí y ahora. Haced una lectura alegórica empezando por identificaros con El Cid. Tú, hombre o mujer, y yo somos caballeros cristianos a los que se nos ha encomendado, velar por que las almenas de la ciudad de los hombres, ordenadas según la voluntad de Dios, se conviertan en el castillo donde habita la humana felicidad posible.
Hay falsías halagüeñas y embaucadores que desorientan incluso a la autoridad responsable sobre el orden debido, hasta alejarte de tu Castilla amada y de los tuyos; como dice el poeta Luengo mal les viene cerca. Más que desterrado en este valle de lágrimas, desterrado en tu interior y a contracorriente de todo lo que constituye tu sentido de la existencia.
Es admirable la reacción del caballero. Nada de venganza. Lealtad a nuestras obligaciones y compromisos, aun en los tuertos que se nos hagan y ofrecer esas “tenencias” que con tu esfuerzo has de conseguir.
No es posible humanamente, dirás. Pues claro, te dice el Cid: Que el caballero cristiano Con las armas de la Iglesia Debe de guarnir su pecho Si quiere vencer las guerras. Oirás misa antes de salir al mundo y además te ceñirás de las armas nuevas de la oración y de las virtudes y tu identidad cristiana el pendón bendecido con la cruz que es la señal del cristiano—. Pendón bendecido y santo bien en alto o bien sin ocultar tu fe. Dirán de ti: Y a las fronteras camina al galope de Babieca.

Pregonad desde la azotea

Aquella mañana Juan y los demás discípulos esperaban inquietos a Jesús. Venía del monte; había pasado la noche orando... Y ahora Juan irradia alegría porque Jesús, mirándolo con amor, lo ha escogido para ser de los doce. Tiene los oídos bien abiertos, para escuchar las instrucciones del Señor, que los envía al mundo. Desde entonces guarda en su corazón estas palabras: lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea (Mt 10, 27). ¿Qué querrían decir?
Hoy, dos mil años después, también nosotros somos alcanzados por la llamada de Jesús. Nos sigue mirando con amor, nos envía y renueva sus disposiciones: ¡lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea! ¿Cómo cumpliremos esta palabra? Las azoteas hoy se han poblado de antenas, y las tecnologías de la comunicación dilatan las terrazas y permiten transmitir no solo al vecindario, sino al universo entero. Estamos llamados a ser antenas vivas de la Buena Noticia. ¿En qué sentidos?
·                  La antena capta una señal y la emite amplificada. Lo importante es la señal, el mensaje. Hemos de ser fieles al mensaje recibido; si pretendiéramos expresar nuestra propia señal, sólo emitiríamos interferencias que distorsionarían el contenido.
·                  Además hemos de ser antenas sensibles para captar lo dicho al oído… Si perdiéramos agudeza auditiva se nos escaparía parte del mensaje. Y hemos de ser capaces de discernir, entre tantas ondas que surcan los aires, aquella para la cual somos enviados. Debemos señalarnos en reconocer el mensaje y en vibrar con él. Hemos de estar en la onda.
·                  Pero la antena no se queda el mensaje para sí. Lo transmite; más aún, lo amplifica. Y lo emite en el código de frecuencias con el que funcionan los receptores a quienes va destinado. Hemos de ser capaces de transmitir a Jesucristo en el lenguaje de la calle. Y para ello hemos de aprovechar todas las azoteas de la cultura actual: las artes, la televisión, el cine, la prensa (¿qué decir de Estar?)…, sin olvidar los blogs, los chats, las webs y todo el mundo de internet.
·                  Los laicos hemos de ser antenas de doble sentido: atentos al mensaje de Jesucristo para transmitirlo al hombre, pero atentos también a los hombres para trasladar sus inquietudes al Señor. Siguiendo el estilo de María en Caná. Ella captó la necesidad de los esposos y se la transmitió a su Hijo: No tienen vino (Jn 2, 3). Como señaló el papa Francisco a los miembros de los Institutos Seculares italianos: Vosotros sois como antenas dispuestas a acoger los brotes de novedad suscitados por el Espíritu Santo, y podéis ayudar a la comunidad eclesial a asumir esta mirada de bien y encontrar sendas nuevas y valientes para llegar a todos (10.5.2014). ¡Vaya misión!: atentos a captar y acoger cuanto el Espíritu Santo suscita en nuestro mundo, y responder abriendo nuevos caminos en la Iglesia y en el mundo, con creatividad y valentía.
* * *
“¡¡Ya está!!”. Juan acaba de recibir una nueva luz que ilumina aquellas palabras del Señor: lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea… Y comienza su primera carta: lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida ¡os lo anunciamos…! (1 Jn 1-3). Sus cartas y su evangelio serán la azotea desde la que comunicará la Buena Noticia, que es Cristo mismo.

Este mensaje es el que recibimos y el que estamos llamados a difundir: ¡lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que palpamos del Señor, os lo anunciamos! ¿No merece la pena dedicar la vida a transmitir por todas las antenas de nuestras azoteas de hoy la mejor de las Noticias, Jesucristo?

Evangelizar las culturas

La imperiosa necesidad de evangelizar

Por Mons. Melchor Sánchez de Toca
Mons. Melchor Sánchez de Toca es el subsecretario del Consejo Pontificio de la Cultura, experto en el diálogo fe-cultura en muy diversos contextos culturales. En este artículo expone sus reflexiones sobre la acción evangelizadora en el actual contexto cultural.
 Una acción personal
En su exhortación Evangelii gaudium el papa Francisco ha escrito: Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio (n. 69). Evangelización de la cultura, evangelizar la cultura, al igual que inculturación, con el que están estrechamente emparentados, han entrado sólo recientemente en los documentos oficiales del Magisterio, con notable fortuna diríamos.
Sucede, sin embargo, que evangelizar es, ante todo, una acción personal: una persona que anuncia la buena noticia del amor de Dios a otra persona para que acoja en su vida esta palabra de salvación, se convierta y viva. ¿Cómo es posible entonces evangelizar la cultura, que es una realidad impersonal? Tiene que ser una analogía, aunque no por ello menos real ni menos eficaz, respecto a la evangelización personal1.
Desde el comienzo de la predicación, el Evangelio se ha ido extendiendo a ambientes cada vez más amplios, que desbordaban el ámbito meramente individual. No olvidemos que el mismo Cristo en sus últimas instrucciones a los apóstoles los envía a evangelizar a toda criatura (pásei tei ktísei, Mc 16,15), pero también a todas las naciones o pueblos (pánta ta ethne, Mt 28,19), lo cual presupone una dimensión colectiva o suprapersonal del anuncio del evangelio2.
Pablo VI, recogiendo las indicaciones del Sínodo de la Evangelización de 1974, lo expresó así: lo que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces— la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen estos términos en la Gaudium et spes3. Aparece así por primera vez la expresión «evangelizar la cultura» de la pluma magistral de Pablo VI.
¿En qué consiste?
Ahora bien, ¿en qué consiste propiamente evangelizar la cultura? ¿Cómo se lleva a cabo? El mismo Pablo VI ofrece ya una primera aproximación cuando dice que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos. Y, algo más adelante, que no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación4.
De manera análoga a lo que ocurre en el encuentro entre la Palabra de Dios y la persona, se trata de trasformar todo el complejo mundo simbólico e imaginativo que articula el sentido de una comunidad y se convierte en principio de acción, es decir, la cultura. Evangelizar la cultura significa, pues, incidir mediante el Evangelio en los «nodos» o puntos de fuerza de una cultura para transformarlos con la fuerza del Evangelio, que para san Pablo es potencia y energía que viene de Dios.
Podríamos decir que se trata de trasformar con la fuerza de la gracia el «ethos» de un pueblo. Ethos es palabra griega que se halla en el origen de términos como ética o etología y significa costumbre, uso. De lo que se trata es de incidir en los patrones de conducta y de pensamiento de una comunidad. Para ello, antes es necesario ponerse a la escucha, y captar cuáles son los valores culturales susceptibles de ser enriquecidos, purificados y perfeccionados por la fuerza del Evangelio5. Esta operación exige un trabajo de discernimiento, hace falta estudiar mucho, pero sobre todo el don de discernimiento espiritual, siguiendo el consejo de Pablo: examinadlo todo y quedaos con lo bueno (1Tes 5,20). El mismo san Pablo repite esta exhortación a los filipenses invitándolos a tener en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito (Flp 4,7-9), venga de la cultura que venga, aunque aparezca revestido de formas y lenguajes extraños o desconcertantes. Por eso los verdaderos evangelizadores de la cultura son los santos, no los estudiosos.
Iluminar los nuevos modos
La sabiduría espiritual, profundamente humana, es la que lleva a inventar sencillos gestos, nuevas costumbres, que van transformando poco a poco la cultura de un pueblo6. San Francisco de Asís, movido de amor a la pobreza de Cristo, «inventa» una representación de Belén, y, sin pretenderlo, da lugar a la costumbre de poner el belén o pesebre.
A este propósito el papa Francisco, en Evangelii gaudium, hablando del desafío que plantean las nuevas culturas urbanas a la evangelización, escribe:
Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades.
En otras palabras, la evangelización debe alcanzar también el imaginario de una comunidad, los nuevos relatos y paradigmas, los núcleos más profundos del alma de la ciudad han de ser iluminados y sanados con la luz del Evangelio.
La expresión recuerda, incluso en su misma formulación, el pensamiento de Pablo VI en Evangelii nuntiandi, en quien se inspira claramente. En otras palabras, es necesario llegar al núcleo profundo, a menudo inconsciente, donde están presentes expectativas, imágenes, símbolos y también emociones, que orientan el pensamiento y la acción, y purificarlo, elevarlo y transformarlo con la fuerza del Evangelio. Es mucho más que las simples ideas: una idea, por muy buena que sea, no mueve a la acción. Una imagen o un símbolo, sí. Por eso tiene tanta fuerza el lenguaje emocional y simbólico. Con un lenguaje diferente podríamos decir que un simple cambio de estructuras es inútil sin un cambio profundo, no sólo de las ideas y las disposiciones, sino también de ese fondo, a menudo inconsciente, que motiva y determina nuestras actitudes y tomas de posición.
Naturalmente, esto es algo que ya habían intuido los grandes dictadores, los cuales hicieron de la publicidad el instrumento de control de masas más eficiente, —como mostró Orwell en sus distopías Animal Farm y 1984—, la manipulación consciente del imaginario a través del lenguaje imaginífico. Lo saben también las grandes multinacionales y los gobiernos y toda organización con pretensiones totalitarias.
Y es claro también que la Iglesia no puede ponerse a este nivel, el de los manipuladores de la conciencia, aunque sea con un fin bueno, como mostró Dostoievski en el relato del Gran Inquisidor. Se debe llegar ahí con la sola fuerza de la verdad, que se impone por sí misma, a iluminar y sanar las heridas profundas de nuestro imaginario y a llenarlo con la luz que llega de la Palabra de Dios, de Cristo, imagen de Dios invisible.
Cultura: dinamismo de trascendencia
Toda cultura porta consigo un dinamismo de trascendencia, una aspiración hacia una plenitud, una orientación, la mayor parte de las veces inconsciente, incluso negada, hacia Cristo. Es este el sentido más profundo de los signos de los tiempos que el Concilio invitó a escrutar y a descubrir. A veces bajo la apariencia de disvalores, de un rechazo hacia la Iglesia, se esconde un dinamismo oculto, confuso, hacia una plenitud soñada.
El fenómeno de la Nueva Era, por ejemplo, en toda su complejidad, es a la vez el síntoma y la respuesta equivocada a una sed de espiritualidad, de religiosidad auténtica y profunda. Toda la habilidad del evangelizador ha de consistir en saber excavar debajo de una costra de aparente rechazo o perversión de valores.
Por último, recordemos que la evangelización de la cultura no se limita sólo al ámbito de las artes y el pensamiento. Tiene que ver con el pleno desarrollo del hombre. Las bases de esta afirmación se hallan ya en la constitución Gaudium et spes, en el n. 53: es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales. Juan Pablo II, en su discurso ante la Unesco, decía que la cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, “es” más, accede más al “ser” […] Todo el “tener” del hombre no es importante para la cultura, ni es factor creador de cultura, sino en la medida en que el hombre, por medio de su “tener”, puede al mismo tiempo “ser” más plenamente como hombre, llegar a ser más plenamente hombre en todas las dimensiones de su existencia, en todo lo que caracteriza su humanidad 7.
Purificar, elevar y transformar
Evangelizar la cultura significa purificar, elevar y transformar el ethos de un pueblo, potenciar sus costumbres y conductas, no atrofiarlas. A lo largo de la historia de la Iglesia hemos visto cómo en muchas ocasiones una experiencia de auténtica evangelización se convierte en una explosión creativa de humanidad, no sólo en la expresión artística, sino en las instituciones sociales, en las costumbres, en una nueva vitalidad. Incluso podríamos decir que la prueba de una verdadera evangelización de la cultura debería ser la fecundidad creativa en todos los ámbitos: la fuerza del Evangelio desencadena la capacidad creativa e imaginativa del hombre, no la reprime, según el conocido adagio gratia non destruit naturam sed perficit eam (la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona).
El beato Federico Ozanam, laico, padre de familia, profesor en la Sorbona y fundador de las Conferencias de San Vicente de Paúl, nos invita a esta tarea. Él solía repetir que “había que pasar a los bárbaros”, como hizo la Iglesia a la caída del Imperio Romano. Él también es quien nos dice: El fallo de muchos cristianos es esperar poco. Es creer, frente a cualquier ataque, a cualquier obstáculo, en la ruina de la Iglesia. Son como los apóstoles en la barca durante la tempestad: olvidan que el Salvador está en medio de ellos. De una cosa podemos estar ciertos: Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar (Gaudium et spes, 31).

Notas

1 Sobre este punto véase H. Carrier, Evangelio y culturas, 121
2 Nótese que en el texto griego, ta ethne es el objeto directo del verbo, y no un simple partitivo (haced discípulos de todas las gentes) o complemento circunstancial (en todos los pueblos).
3 Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 18-19.
4 Ibidem.
5 Ibidem.
6 Véase, por ejemplo, lo que el papa Gregorio Magno sugería a los misioneros enviados a Inglaterra: «Los templos de los ídolos de ese país no deben ser destruidos, sino solamente los ídolos que están en ellos: pues si esos templos están bien construidos, es de necesidad que se transformen del culto de los demonios al servicio del verdadero Dios; pues la gente no debe ver sus templos arruinados, para que más de corazón abandone su error y esté mejor dispuesta a acudir a los lugares que acostumbra a conocer y a adorar al verdadero Dios... Pues es sin duda imposible arrancar de una vez todos los abusos de unas mentes endurecidas, y así también el que tiene que subir a un sitio muy alto lo hace por grados o por pasos, y no a saltos...». M.A. Ladero Quesada, Historia universal. Edad Media, Barcelona 1987, 146.

7 Juan Pablo II, Discurso ante la Unesco, 2 de junio 1980. Página web oficial de la Santa Sede.

Mal de escuela

Por Juan Antonio Gómez Trinidad
Catedrático de Filosofía de instituto.
Ilustración José Miguel de la Peña
Lo bueno de la sociedad de la información, que no del conocimiento, es que a través de los medios de comunicación y de las redes sociales se consigue, de repente, poner de moda un problema. Lo malo es que con la misma facilidad se olvida.
Así ocurrió cuando a principios de 2010 toda la sociedad española percibió como uno de los principales problemas el educativo, y uno de sus más eficaces medios de solucionarlo, el pacto de Estado. Bastó su fracaso en términos políticos para que desapareciera de los medios tanto el problema como la solución.
Ahora, felizmente, estamos de nuevo, aunque con menor intensidad, en la necesidad de “darle una vuelta al tema de los profesores”. La elaboración de un libro blanco, las propuestas de los partidos y otros tantos agentes nos ayudan a tomar conciencia de la gravedad del problema, porque de lo que estamos hablando no es de una parte del programa electoral. De lo que hablamos es de un problema de Estado o, mejor dicho, de un problema de la sociedad española, de cuya solución dependerá su futuro bienestar. El bienestar está supeditado al desarrollo económico y a su justa distribución, pero ambas cosas a su vez dependen del capital humano que es consecuencia de la educación. Difícil será sostener un grado de bienestar y de “bienser” con los indicadores educativos actuales, y con la sensación de malestar antes mencionada.
El desajuste entre los niveles formativos y las demandas del sistema productivo, el fracaso escolar, la falta de implantación de una FP, su dicotómica existencia entre las redes educativas y laboral, el desgaste de modelos pedagógicos y de formación del profesorado y un largo etcétera, producen una permanente preocupación en las mentes más informadas y, cuando lo estiman oportuno los medios de comunicación, en la sociedad en general. No quiero pasar por alto el que el problema educativo no es meramente escolar y debiera abordarse también con las familias, los medios de comunicación o el ambiente social.
Con mucha acidez, y un poco de razón, circula por las redes la siguiente reflexión: “¿Cómo le explico yo a mi hija que el modelo no es la choni que se forra en la tele o el licenciado que atiende en McDonald´s?” Existe un cierto consenso entre los que nos preocupa la educación: nunca la calidad de la educación puede estar por encima de la del profesorado. Dicho de otra forma, tras las características personales de los alumnos y sus habilidades intelectuales, lo que sabe el profesorado y la calidad con la que lo transmite, explica hasta el 30% de los resultados, muy por encima de otros factores. Por tanto, parece existir un acuerdo sobre la necesidad de aumentar la calidad de los docentes a través de la formación, de la selección y de la evaluación.
Para conseguir dicho acuerdo es necesario inteligencia, voluntad y generosidad. No podrá llegarse a un consenso si solo se atiende a las propuestas políticas, contagiadas con frecuencia de electoralismo y populismo. Otro tanto debiera de decirse de las pretensiones sindicales, legítimos representantes laborales, pero la cuestión en juego va más allá de las cuestiones económicas y de promoción.
Lo mismo debemos decir de las universidades que, encerradas a veces en su torre de marfil, siguen impartiendo formación con frecuencia ajena a las necesidades del sistema y de la sociedad. No es fácil encontrar algún papel serio donde la academia pedagógica haya realizado una rendición de cuentas de su responsabilidad en el fracaso formativo del profesorado y, en consecuencia, del escolar.
Son miles los estudios realizados sobre la formación docente y miles de millones los invertidos en ella. Sin olvidar los estudios nacionales, merece la pena recordar los de la OCDE, entre los cuales destaca el Informe Talis, los de la consultora McKinsey, la Unión Europea, el Banco Mundial, la OEI o la Unesco. Bastaría consultar algunos para obtener una serie de recomendaciones, casi todas basadas en evidencias empíricas, ajenas a los enfoques partidistas y sectoriales. Pero tal vez antes, y al final de dichos estudios, debamos plantearnos una pregunta básica: “¿qué es un buen profesor?” Y esta nos lleva a una segunda: “¿Qué es una buena enseñanza?”
Dejo la respuesta en el aire para un segundo artículo. Ojalá del debate salgan conclusiones acertadas y compartidas. Mientras tanto, adelanto una conclusión extraída de una de las más antiguas investigaciones al respecto y que puede resultar paradójica, pero sugerente: No es el método de enseñar el que hace bueno al profesor, sino el profesor el que hace bueno al método. Un buen profesor es, ante todo, una personalidad única. Pero si los buenos profesores son individuos únicos, podemos predecir desde el comienzo que el intento de encontrar una unicidad común no va a tener resultado. ¿Pesimista? No, todo lo contrario. Daniel Pennac, mal estudiante y prestigioso escritor francés, nos recuerda en Mal de Escuela que: basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos a nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás.

El reto de abrir horizontes

Reflexiones en la madurez de una comunidad
Por Juan Rodríguez

El Grupo Santa María (GSM), vinculado a la familia de los Cruzados, ha cumplido recientemente 20 años. El autor nos ofrece este comentario en el contexto de un proceso de reflexión que el GSM abre en estos momentos de plena madurez del grupo. Una reflexión válida también para cualquier comunidad, grupo o institución llamada a insertarse en el mundo.

Un aspecto clave en la vida es la capacidad para estar abiertos a la realidad del mundo ampliando los horizontes de existencia y aceptando con valentía los retos que ello conlleva. En el extremo opuesto estarían quienes pretenden que la realidad se adapte a sus costumbres, fabricando espacios “de confort” reducidos, donde se sienten seguros, evitando mirar al mundo cara a cara por si acaso no coincide con sus necesidades, y estrechando así los horizontes de su propia vida.
Desde el punto de vista espiritual es algo tan clave como estar dispuestos a que Dios trastoque nuestros planes, nuestras seguridades, nuestra comodidad, atreviéndonos a mirar y a querer la realidad del mundo en que vivimos, el mundo de Dios, y arriesgándonos a que Dios nos llame por caminos que no son los que conocemos, pero caminos que hacen más grande nuestra vida, al fin y al cabo.
María es claro ejemplo de apertura a los planes de Dios y de valentía para aceptar el reto de una vida con un horizonte más grande del que nunca hubiera podido sospechar. María es ejemplo de renuncia a vivir en la estrechez de su bienestar; tan comprometida con su mundo que, aceptando ese reto tan inesperado y sorprendente, colaboró decisivamente a traer la Salvación a su tiempo y a todos los tiempos.
Los cristianos estamos llamados a responder desde el Evangelio a las dudas, incertidumbres y retos que encontramos en la vida. Pero cuando vivimos encerrados en nuestra comodidad pocas dudas e incertidumbres hay. Y retos, menos aún. Salir de nuestros límites de seguridad y de confort nos enfrenta a lo desconocido, a situaciones nuevas, a la posibilidad de dudar y equivocarnos, a comprobar cómo nuestra vida se engrandece, pero también a palpar con más claridad nuestras limitaciones.
Quien vive aburguesado pocas veces duda o experimenta esas limitaciones, pero son éstas precisamente las que nos permiten encontrarnos con la Misericordia de Dios que nos quiere con y en nuestras miserias. La mística de las miserias, propia de nuestra institución, supone la llamada a vivir abiertos a la exigencia del Evangelio y a los planes de Dios, que siempre son más grandes que los nuestros. Son las dos caras de una misma moneda.
Realmente es mucho más fácil limitarse a lo que conocemos y dominamos, viviendo como si lo demás no existiera, evitando aquello que nos interpela. Pero no es lo mismo comodidad que felicidad. En cierto modo pueden incluso tener matices contrarios.
El reto de ensanchar los horizontes
La tentación de creer que una vida feliz es una vida cómoda y aburguesada, aparece no solo a nivel individual sino también en muchos grupos, incluso comunidades cristianas. Los grupos cristianos, asociaciones o instituciones, no son fines en sí mismos, sino vehículos, ayudas, para que sus miembros puedan ser felices siguiendo el camino que Dios soñó para cada uno. Pero el peligro es que funcionen más bien como espacios colectivos “de confort”, generando dinámicas y rutinas que favorecen más la comodidad de sus miembros que una verdadera exigencia evangélica.
En ese caso dejarían de servir a su razón de ser, que es precisamente animar a sus miembros a vivir la grandeza de la vida cristiana. Podemos sospechar que algo de esto ocurre cuando se absolutizan, por ejemplo, formalismos o rutinas, cuando humanamente quienes vienen de fuera se sienten extraños, cuando cuesta ver lo bueno que hay fuera o cuando se tiene contacto solo con una parte reducida del mundo que nos rodea
Para cualquier comunidad cristiana la tarea de ensanchar los horizontes de nuestras vidas es un reto apasionante, de la mano de la Virgen. A ella Dios le cambió su horizonte de repente. Con nosotros quizás sea poco a poco, o quizás no. Pero debemos vivir en esa disposición. También la Iglesia nos llama a eso. ¡Qué bien se entienden en este contexto las palabras del Papa, que ha repetido tanto: preferir una Iglesia que se atreve a salir a las periferias del mundo, aunque eso pueda suponer dudas y heridas, a una Iglesia pulcra, sin rasguños, pero encerrada en sus “espacios de confort”!
El mundo que nos rodea no debe sernos un extraño. Es el mundo que Dios nos ha regalado, el mundo que Dios ama con locura. El primer paso para saber qué quiere Dios de nosotros es salir al mundo y mirarlo como Él lo mira. No dejar de mirar ciertas cosas, lugares o personas porque no nos gusten, o porque nos generen inseguridad o miedo, o porque nos interpelen, sacándonos de nuestra comodidad. No todos estamos llamados a hacer lo mismo, ni de la misma manera. Mirar, tener contacto con el mundo real, no significa que uno tenga que responder haciendo o viviendo algo que no está llamado a hacer o a vivir.
Si sentimos rechazo ante determinadas personas, proyectos o ambientes puede significar que no estamos llamados a estar ahí, pero también simplemente que hay barreras que debemos superar. En el camino que recorremos en la vida, ese soñado por Dios, muchas veces hay reticencias iniciales, e incluso rechazo, pero Dios nos hace ver luego con claridad qué quiere de nosotros. Y ese camino es el de nuestra felicidad. Y si tiene que ser que no, pues será que no, y será otra cosa, otro proyecto, otro camino.
Pero vivir como si el mundo fuera diferente al que es, como si determinadas cosas no existieran, rehuyendo aquello que no nos cuadra, es vivir una vida irreal, y no dejar a Dios ser Dios en nuestra vida. Las instituciones o comunidades, por tanto, no deben ser un espacio “burbuja”, donde se vive en un ambiente “ideal” alejado de la realidad, sino que deben promover contacto con lo real, con lo cotidiano que nos rodea, con la riqueza y diversidad de nuestro mundo y también con la miseria y el sufrimiento que hay en él, de todo tipo. Y luego deben enseñarnos y ofrecernos cauces para poder escuchar cómo quiere Dios que respondamos ante eso.
Abiertos a las realidades cotidianas
Una primera forma de concretar todo esto sería estar abiertos al contacto con realidades cercanas, cotidianas, o quizás más alejadas a nuestro entorno, con las que no solemos rozarnos. No solo hablamos de pobreza material, que también, sino de todos los lugares o personas que no son como nosotros, no viven como nosotros, no piensan como nosotros. En cualquiera de los sentidos posibles.
Quizás donde más fácilmente se entienda es con ámbitos de pobreza material, exclusión y sufrimiento. Como dice el Papa, atender y acompañar a los pobres es vocación de todo cristiano, por lo que acercarnos a estas personas debemos verlo como algo irrenunciable, y como una carencia importante si hemos estado alejados más de la cuenta de ellos. Por eso, las oportunidades que surjan para que un grupo pueda acercarse, rozar, palpar esas realidades debemos verlas como un regalo y no como una carga o como una amenaza. Es más, acogerlas preferencialmente. Más aún, caminar poco a poco hacia un escenario en el que sea el propio grupo quien vaya a buscarlas, a buscar al mundo diferente, a las “periferias” del papa Francisco.
Este mirar a las realidades deberíamos hacerlo desde la mirada de Dios. Podemos tender a plantearnos esa salida a la periferia en clave de cierta superioridad. Yo voy a “ayudar” al pobre, al alejado… Sin duda todos tenemos riquezas que compartir con otros y debemos hacerlo, empezando por nuestra fe, el mayor regalo, pero es otro signo de estrechez de miras la dificultad que a veces tenemos para ver al necesitado, o al que es diferente, como una riqueza para nosotros.
En el mundo muchas personas no viven como nosotros, no creen, no practican, no siguen las enseñanzas de la Iglesia en algunos temas, etc. (Pienso en quienes defienden la ideología de género, por ejemplo). Tenemos que saber distinguir entre el error que subyace en determinados planteamientos, que debemos evitar, y la relación con las personas, que debemos propiciar. Esas son también personas de la “periferia”, que viven fuera de nuestros espacios de confort, con las que nos cuesta relacionarnos, a veces incluso rehuimos, porque se nos hacen incómodas sus ideas, su forma de vida. A veces nos referimos a ellas con expresiones de distancia, cuando no de hostilidad. Pero quizás pocas veces pensemos en lo bueno que nos pueden aportar o en que algunas de esas personas, por ejemplo en otros aspectos de la vida, igual o más importantes, podrían darnos lecciones.
Sabemos lo estupendo que es tener una comunidad donde nos relacionamos con personas o familias que son y viven “como nosotros”. Es verdad que eso es necesario y bueno. ¡Pero no puede dar lugar a una burbuja! No perdamos nunca la mirada de Dios. La clave está en preguntarnos cómo mira Dios al mundo. Cómo mira Dios a las personas. Nosotros miramos desde nuestras limitaciones y condicionantes. No juzguemos nunca la cercanía o alejamiento a Dios de los demás. Hacerlo, genera barreras, aunque sea inconscientemente, que no nos permiten acercarnos a los demás con la actitud de Dios. Y así cerramos también la posibilidad de que se sientan atraídos por lo que podemos ofrecerles.
Como dice el Concilio Vaticano II: Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo [Gaudium et spes 28].
El papa Francisco nos ha enseñado cómo debe ser nuestra mirada a quienes viven en nuestra periferia. El amor verdadero siempre detecta y valora mucho más lo bueno. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras que el Padre mira el interior… No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo [Bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia].

Es un reto grande, pues consiste no solo en entrar en contacto con el mundo y las personas que viven fuera de nuestro entorno, sino hacerlo con la mirada de Dios, que les ama y nos pide que les tratemos como hermanos, enriqueciéndonos mutuamente. Es una salida hacia fuera, pero una batalla que se libra sobre todo internamente, superando nuestras propias reticencias, pero que ensanchará nuestra vida y la de nuestros grupos y comunidades, abriéndonos seguros a nuevos horizontes que Dios nos tiene reservados.

Abelardo de Armas, apóstol de la misericordia (II)

Por Bienvenido Gazapo

2. Las manos vacías

Una gélida mañana de febrero de 1981. Un pequeño y pobre conventico perdido en el campo abulense. Cumplía Abelardo 51 años y, pese al frío glacial, eligió para celebrar su aniversario el rincón de Duruelo, un caserío diminuto, cercano a Peñaranda de Bracamonte, reducido prácticamente hoy al convento de Madres Carmelitas Descalzas. Allí, cuatro siglos antes, un joven fraile inició la reforma del Carmelo masculino, viviendo tan austeramente que “espantaba” a su animadora Teresa de Jesús. Lo llamaban fray Juan de Santo Matía. Hoy lo conocemos como san Juan de la Cruz.
Abelardo se alimentó permanentemente de la espiritualidad del Carmelo (“savia carmelitana”, la llama el P. Morales) que revitalizó su “tronco ignaciano”, pues ambas líneas de espiritualidad son inseparables en los Cruzados de Santa María. Por ello fue un seguidor entusiasta de la doctrina de los grandes místicos españoles, y también muy en especial de santa Teresa de Lisieux (como lo fue del Maestro Ávila). Meditó mucho la doctrina de esta santa, ayudándose de varios comentarios sobre sus escritos1. Hizo vida propia la doctrina de la “manos vacías” de la santa carmelita.
En el momento que narramos, era priora de la comunidad de Duruelo la madre Carmen, una religiosa santa con quien Abelardo tenía una enorme afinidad espiritual. Se sentía muy acogido por aquella comunidad de religiosas, por eso, se me ocurrió ir a celebrar mi cumpleaños al convento de carmelitas de Duruelo. Y en el momento de la comunión ellas cantaban “grande es, Señor, tu ternura para con tus criaturas”, de música y letra de la M. Carmen2.

La gracia de Duruelo

Allí, sin sospecharlo, Abelardo vivirá una experiencia “límite”. Le llegó la luz que iluminará el resto de su vida. Poseemos varios testimonios escritos y orales de este acontecimiento, que ofrecemos a nuestros lectores como una primicia.
El primero de ellos es una carta circular escrita por él a los cruzados una semana después del acontecimiento, agradeciéndoles sus felicitaciones:
Quiero comunicaros que todas vuestras oraciones y sacrificios ofrecidos con motivo de mi cumpleaños debieron caer en mi alma cuando la mañana del 17 de febrero ofrecía la Misa con cuatro hermanos míos, en el Carmelo de Duruelo.
Era la gracia de ver mi nada en el momento de nacer. Cuando por no tener carecía hasta de la vida de la gracia. Vi mi cuerpecito sucio de niño recién nacido, atendido y acariciado por la ternura de una madre que, hasta el cariño que volcaba en mí, era puesto por Dios en su corazón.
Y deseé morir como nací. Nacer a la vida eterna como a la temporal. Si el ser se me dio gratis y la gracia del bautismo sin merecimiento alguno, así en la plenitud de mi nada deseo entrar con las caricias de la Madre del cielo en el regazo del Padre. Por pura gracia y con las manos vacías. Ser pura, purísima alabanza de Dios, Autor de todas mis obras que ha obrado Él en cuanto hayan sido buenas. Y glorificador de las auténticas mías, las malas, que su misericordia lavó con la sangre derramada por mi Salvador en la Cruz3.
Ve su “nada” y a la vez la ternura de Dios en un corazón de madre, que ama desinteresadamente. Desea morir como nació, sin nada, con las manos vacías. Para dar gloria exclusivamente a Dios. Meses después, repetía estos mismos datos enriqueciéndolos con nuevas pinceladas:
En aquella acción de gracias, bajo el influjo de esa canción, Dios me iba haciendo a mí sentir un deseo inmenso… de que me dejase manejar en mi nada, y comprender entonces que toda la vida (no solo la mía, sino la de cada uno) es un milagro de exquisita misericordia de Dios. Y yo me iba diciendo aquel día: “Señor, hoy hace 51 años que nací. Yo no hice ningún mérito para nacer. Yo no me escogí a mí mismo; me escogiste tú, me sacaste desde la eternidad. Y hoy nací yo, por pura misericordia, por pura gracia tuya. Y entré en la tierra por tu pura gracia.
Y lo primero que encontré fue una madre, que me cuidaba y que tenía puesto ese instinto maternal que es tu amor de Padre de los cielos puesto en las madres de la tierra para que te cuiden. Porque es mi madre quien me está amando, pero es Dios quien ha creado a mi madre para que me ame. Y al poco tiempo, enseguida, me bautizaron, y entraste en mi corazón. Yo no hice ningún mérito para recibir la gracia del bautismo.
Entonces, Señor, si mis primeros pasos fueron pura gracia, ¿por qué mi nacimiento a la eternidad no tendría que ser también pura gracia? Y entrar en el cielo como entré en la tierra: con las manos vacías… ¡Qué bonito sería vivir así, siempre con las manos vacías!4.
Ocho años después completaba esta información preciosa exponiendo las consecuencias en su día a día: vivir permanentemente con las manos vacías, inasequible al desaliento. Ha pedido que esta gracia se les conceda a todos los miembros de su Institución:
No me daba cuenta de lo que pedía… Desde entonces la gracia que yo he recibido es que veo mis manos totalmente vacías. No tengo ningún acto de virtud… Y no sólo no tengo actos de virtud, es que no los quiero. No quiero tener virtudes. Quiero que mi única virtud sea la confianza que nace de la virtud de Él.
A partir de ese momento la gracia mayor para mí ha sido quedar inasequible al desaliento. Por mucha miseria que contemple en mí; ésa sí que es mía... Sentí un gozo grande al pensar que se cumplía lo de mis manos vacías, que entraba en el cielo por pura misericordia, para estar en el último rinconcito…
Y aquello era tan grande para mí, una gracia tan inmensa, que la pedí para toda la institución, y tengo la confianza de que se me concedió5.
Es preciso meditar despacio, todo lo que hay encerrado en estas confidencias de Abelardo, porque no hay duda de que aquel día de su cumpleaños, Jesucristo se dignó elegirle de nuevo para “entrar más adentro en la espesura” (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual). Reparemos en algunas de sus afirmaciones:
1ª. “Ver mi nada en el momento de nacer… nací yo… por pura gracia tuya.
¿Qué entendió Abelardo en aquel momento de oración? Una verdad aplastante, rotunda, evidente incluso, que se nos olvida con demasiada frecuencia en el día a día. Experimentó en lo más profundo de su corazón, tres cosas: 1ª, que era “nada”; 2ª, que fue escogido por Dios para ser amado (no al revés); 3ª, que ese amor fue y es gratuito y primero que el suyo. Se dejó “primerear”, en lenguaje de nuestro papa Francisco: La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe… brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva6.
2ª. Y deseé morir como nací. Nacer a la vida eterna como a la temporal… Por pura gracia y con las manos vacías…
Cuando la Luz del Espíritu penetra la inteligencia, incendia inmediatamente el corazón y mueve la voluntad a la acción: Es el “deseo”
—inscrito tanto en la mística teresiana como en la ignaciana— de agradar a Dios en lo que Él más quiere: en su misericordia.
¿Qué sucedería entonces? Que yo en la eternidad sería pura gloria de Dios. Ninguna de las almas de los santos que estén en el cielo me podría mirar y hacer otra cosa a través de mí que ensalzar la gloria de Dios, porque en mí no hay nada. Y entonces, así, Señor, no te quito nada de gloria, nada en absoluto, ni un ápice, porque toda te corresponde a ti. ¡Qué bonito sería vivir así, siempre con las manos vacías!7.
Se encuentran en estas afirmaciones de Abelardo resonancias de santa Teresa de Lisieux:
A la tarde de esta vida, me presentaré delante de vos con las manos vacías, pues no os pido, Señor, que tengáis en cuenta mis obras… Quiero, por tanto, revestirme de vuestra propia Justicia, y recibir de vuestro amor la posesión eterna de vos mismo. No quiero otro trono y otra corona que a Vos (Ofrenda al Amor misericordioso).
3ª. Desde entonces la gracia que yo he recibido es que veo mis manos totalmente vacías... Quiero que mi única virtud sea la confianza que nace de la virtud de Él… A partir de ese momento la gracia mayor para mí ha sido quedar inasequible al desaliento.
“Inasequible al desaliento”. Una conclusión desconcertante y fuera de toda lógica, porque toda persona humana está hecha a imagen y semejanza de Dios para proyectarse, autoafirmarse al darse… Pero si esa persona se experimenta como “nada”; si se siente inútil, incapaz, vacía, su autoestima se hundirá y concluirá que su vida no tiene sentido. Es el momento en que acecha el suicidio8.
Pero en Abelardo la conclusión es opuesta. Se hace indestructible en su nada, porque tiene la vivencia de que es amado por Dios y no puede dejar de serlo. Se ha hecho niño evangélicamente hablando, como Teresa de Lisieux, a la que, en los últimos días de su vida, su hermana Paulina le preguntó qué significaba para ella permanecer niño ante Dios. Le respondió:
Es reconocer la propia nada y esperarlo todo de Dios, como un niño lo espera todo de su padre; es no preocuparse de nada… Es también no atribuirse a uno mismo las virtudes que se practican, creyéndose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone ese tesoro de la virtud en la mano de su hijito para que se sirva de él cuando lo necesite, pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse por las propias faltas, porque los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño (Últimas conversaciones, 6.8.8).
Vienen a la memoria también las máximas lapidarias de ese ganapierde que propone san Juan de la Cruz a aquellos que buscan a Cristo:
Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. Para venir a gustarlo todo, no quieras gustar algo en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada (Síntesis de la subida al Monte Carmelo).
4ª. “Y aquello era… una gracia tan inmensa, que la pedí para toda la institución, y tengo la confianza de que se me concedió”.
La gracia recibida por Abelardo se convierte a petición suya en una misión que supera su propia persona. Un legado, una herencia, que el Instituto que él fundó junto con el siervo de Dios P. Tomás Morales custodiará como un tesoro, dando un rostro concreto a la Misericordia. Así lo pedía insistentemente:
Señor, ¡haznos apóstoles de tu misericordia! De tu misericordia, el atributo que más tenemos que predicar. Porque es el que más has puesto en ejercicio. Porque, de todos tus atributos, Señor, es el que más sabe de tu esencia, que eres amor…
Sin revelaciones… Sino que yo sea apóstol de tu misericordia por la fe. Porque estoy viendo tu infinita misericordia para conmigo. Y de ahí nace el predicar a los demás, el ir acercando a los hombres, metidos entre ellos, como uno entre ellos. No sintiéndome redentor, sino sintiéndome miserable9.
* * *
Es preciso terminar esta reflexión. Escribe san Juan de la Cruz con inmensa elegancia y notable veracidad: Acerca de Dios, cuanto más espera el alma, tanto más alcanza, y entonces espera más cuando se desposee más, y cuando se hubiera desposeído perfectamente, quedará con la posesión de Dios en unión divina (Subida al Monte, lib. III, c. 7).
Desde mi torpeza he intentado describir algo muy grande que ocurrió entre Cristo y Abelardo aquel día 17 de febrero de 1981. Dios escuchó su deseo y no se hizo esperar. La catarata de sufrimientos interiores y exteriores que se precipitó sobre él a partir de ese momento, reduciéndole poco a poco a nada, fue inmensa: los sufrimientos físicos provocados por la artrosis de cadera; los sufrimientos morales, por las defecciones dolorosas de miembros cualificados del Instituto; el desamparo y la soledad interior; su progresiva e implacable debilitación neurológica.
Pero Abelardo no dejó de hablar y escribir sobre la misericordia de Dios para con cada uno de nosotros. Con su sensibilidad poética (que era mucha) acertó a hacer de su mensaje canción (a alguna de sus canciones nos referiremos en su momento). Y lo más grandioso, de su experiencia de vida supo hacer también estilo educativo.
(Continuará)


Notas
1Entre los que destacaron: C. de Meester, Las manos vacías. El mensaje de Teresa de Lisieux (Monte Carmelo, Burgos 19812); J. Lafrance, Mi vocación es el amor, Ed. Espiritualidad, Madrid 1985), Teresa de Lisieux, guía de almas (Ed. Espiritualidad, Madrid 1997).
2Abelardo de Armas, Retiro noviembre 1981, 5ª meditación (audio inédito).
3 Circular inédita a los cruzados (25.02.1981).
4 Retiro noviembre 1981 (5ª meditación).
5 Audio inédito, 18-VIII-1989.
6Evangelli gaudium, 24.
7 Ret. cit. Noviembre 1981.
8 Drama de nuestra sociedad occidental, al constituirse en primera causa de muerte no natural en España y segunda de muerte entre nuestros jóvenes entre los 15 y 29 años.
9 Retiro 25 abril 1982.