lunes, 1 de febrero de 2016

Renovación y forcejero

Portada Estar 296
Dice el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium en el nº 31 que con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia.
Y afirma en ese mismo número que a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.
En el nº 35 pide que “salgan a las periferias” a proclamar el reino del Padre con entusiasmo, decisión, atractivamente y sin complejos: no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos.
Porque los laicos incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo.
El P. Morales en su obra Hora de los Laicos en la 2ª edición publicada por Ediciones Encuentro, en la página 23 dice que hay que imprimir en ellos (los laicos) tensión misionera. Es necesario hacerles vivir la fe bautismal. Deben caer en la cuenta de que “cuando un católico toma conciencia de su fe, se hace misionero” (Juan Pablo II, 6 nov. 1982).
El decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos indica que es preciso que los seglares avancen en la santidad decididos y animosos por este camino, esforzándose en superar las dificultades con prudencia y paciencia, porque nada en su vida debe ser ajeno a la orientación espiritual, ni las preocupaciones familiares, ni otros negocios temporales.
Normalmente no se nos pide “descubrir América”, aunque no hay que renunciar a ello, pero sí evangelizar nuestro entorno viviendo con sencillez y humildad asidos de la mano de la Madre para que nuestro corazón arda en amor a Cristo. Y con ese fuego interior los reclamos mundanos nos seguirán deslumbrando, pero palidecerán como la luz artificial cuando amanece.
Vivimos en medio de un mundo atractivo al que debemos sublimar sin salir de él. Por eso hay que rezar. Y mucho. Pero nuestra vocación laical, además, nos empuja a extender el Reino con innovación y brega; nada de comodidad mediocre a la sombra de las sacristías.
Era en 1965 y ya marcó el camino el Concilio Vaticano II: renovación y forcejeo.

Laicos que salen del refugio

Sabemos que el concepto de persona exige relación y el servicio; pero nuestro ego —raramente excéntrico— patina dando vueltas sobre sí mismo y, casi sin darnos cuenta, tenemos mil razones para encerrarnos en nosotros mismos. “Señorita, —le decía un pequeñín a su maestra— usted a lo mío”. Eso es. Las sociedades en descomposición olvidan fácilmente el sentido comunitario y echan mano del lema de los naufragios: sálvese el que pueda.
No es eso lo que nos enseña Don Quijote. En este año del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, quizás nos animemos a releer las motivaciones y aventuras de aquel hidalgo, de mediano vivir —con ama, sobrina, discreto vestir, sobrio comer, dedicado a la caza y, mayormente, a la lectura, a la entretenida tertulia con el cura, el barbero y el bachiller, y a cumplir lo que la Santa Madre Iglesia ordene—. Tenía además un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. A este hidalgo de la Mancha los vecinos le pusieron el apodo de “el bueno” por sus costumbres.
¿Qué necesidad tenía de meterse en un berenjenal tan de poco provecho y seguro riesgo? Tenía la vida hecha y ordenada. Si se hunde el mundo, que se hunda. Qué bien se lo advirtió la sobrina: Pero, ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven tresquilados? (Cap. VI de la 1ª parte).
Harta prudencia humana tiene el consejo de la sobrina. Pero, ¿qué ocurre si te reconcome que este mundo no va bien, que está apartándose de los bellos ideales de un mundo mejor, de una sociedad que anteponía el bien común y la verdadera libertad al interés egoísta, al medrar a costa de los débiles, de los menesterosos, de los desvalidos? En El Quijote se percibe la nostalgia de un paraíso terrenal perdido. Su error, creer que con los ideales de la caballería andante podía restablecerse el mundo perdido (quizás lo anhelado por la sociedad cristiana en la era de las catedrales y cruzadas —Daniel Rops—).
Leed en el capítulo L de la primera parte, la disputa con el canónigo y entenderéis por qué Don Quijote creyó que el remedio estaba en las novelas de caballería. Lagos fétidos bajo cuyas aguas se encuentra la civilización perdida. En medio, la voz de una doncella que pide angustiosamente ayuda. Desde entonces el caballero Don Quijote se siente: “De mí sé decir que, después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos…”
Alma gigante en estrafalario y frágil cuerpo, inasequible al desaliento, capaz de descubrir a Dulcinea en Aldonza Lorenzo y estar dispuesto a morir por ella, de la misma manera que a la Molinera y a la Tolosa las había convertido en damas.

De nuevo, el pintor canadiense Rob Gonsalves. La fantasía y la realidad construyen la escena. Son los niños los que perfeccionan la ciudad con sus juegos o sus audacias. Otra manera de presentar a Don Quijote.

Levántate y echa a andar

Aquel hombre sigue postrado, pegado a su camilla (cf. Jn 5). Los escasos centímetros que le separan de la piscina de Betesda suponen para él una frontera insuperable. Agarrotado, entumecido, inmovilizado, así un día y otro, 38 años. Hasta que un día pasa algo; mejor Alguien. Es Jesús que pasa a la brisa de la tarde... Y le pregunta: ¿quieres quedar sano? El paralítico mira en la mirada de Jesús —percibe que va muy en serio— y contesta: Señor, nadie me lleva a las aguas cuando se remueven... Pero Jesús, misericordiosamente, hace más por él: lo remueve por dentro y le manda con voz imperiosa: ¡levántate y echa a andar!
Un vigor insospechado recorre ahora sus miembros atrofiados y desde entonces su movimiento testimonia dónde está la fuente de la sanación.
***
¡Cuánto se parece nuestro entorno a una nueva piscina de Betesda! Allí estaban echados multitud de enfermos, cojos, ciegos y paralíticos, dice san Juan. Cuántos cristianos inmovilizados esperan que alguien pase y les remueva las aguas con las que fueron bautizados, quizás 38 años atrás. Cristianos paralizados por el miedo: al qué dirán, a ser tildados de arcaicos o “ultracatólicos”, en cuanto se pongan a fructificar sus talentos en la vida pública. Cristianos atrofiados por la vida comodona: por vegetar tanto tiempo sin salir del perímetro estrecho de sí mismos. Cristianos estancados por las dudas, el desencanto y las miserias, incapaces de ponerse en marcha.
Y esta postración generalizada se vuelve contagiosa. Asegura resueltamente el P. Tomás Morales que la raíz más profunda de la crisis que atraviesa el mundo hay que buscarla en esta deserción de los bautizados que, en medio del mundo, dejan de ser fermento para convertirse en masa amorfa. Y afirma, como consecuencia, que la movilización del laicado con ímpetu misionero es quizás el problema pastoral que más acucia a la Iglesia para la evangelización valiente y eficaz del mundo.
Pero hoy, como ayer en Betesda, para ser curados necesitamos primero percibir nuestra incapacidad y avivar en nosotros el deseo de ser rehabilitados, sin evadir responsabilidades echando las culpas a otros. Y para ello, hoy como ayer, precisamos —en medio de tantos ruidos— escuchar a Jesús que nos pregunta: ¿Quieres ser curado? Necesitamos hacer silencio para percibir su presencia, para captar su mirada, para descubrirle nuestras miserias y para captar por fin su voz imperiosa que nos dice: ¡Levántate y echa a andar!
Y después de haber sido puestos en movimiento, ¡qué misión tan hermosa y necesaria!: ir a cuantos nos rodean y remover —con energía y con audacia— las aguas del bautismo estancadas en el hondón de su alma (en ello consiste la pedagogía del P. Morales, como escribe Abilio de Gregorio). Ese es el sentido de nuestro Movimiento de misericordia: laicos que indiquen, como enfermos que han sido curados cuando hablan con pacientes aún postrados, cómo recobrar la salud. Laicos que sean movidos por Jesucristo para que siga diciendo a nuestro mundo: ¡Lévantate y echa a andar!


La movilización del laicado

Por Fernando Martín

El sueño del P. Morales
El P. Tomás Morales S.J. tuvo un sueño: la movilización del laicado. Soñaba con multitud de bautizados, conscientes del don recibido y de su responsabilidad, transformando la sociedad para hacerla más humana y más divina. Un sueño que fue realizando a lo largo de su vida por medio de sus diversas obras apostólicas.
El escrito que mejor refleja este ideal soñado es una obra de madurez, Hora de los laicos (1984). Aquí recoge las experiencias y reflexiones de su vida y perfila una obra de pedagogía y espiritualidad laical que precede con sus intuiciones al horizonte eclesial que pocos años después se abriría con Christifideles Laici (1988).
Hora de los laicos
Comienza su ensayo con una dramática constatación: la mayoría de los católicos se muestran indiferentes ante su fe y no tienen ninguna energía evangelizadora.
Es esta dimensión apostólica, que está implícita en la profesión de fe, la que quiere hacer redescubrir a todos los bautizados, y especialmente a todos los que se dedican a la animación de grupos cristianos. Está convencido de que la fe lleva en sí misma a la dinámica de la misión. Entiende que es un potencial que está dormido en la conciencia de los cristianos, y pondrá todo su empeño en despertar esas fuerzas aletargadas. Así entendía la movilización del laicado.
Y este sueño no es un invento o novedad del siglo XX. El P. Morales se remonta al Evangelio y a los padres de la Iglesia para repetir con san Juan Crisóstomo: Dios quiere que todo cristiano sea doctor, fermento, luz, sal de la tierra, y así como estas cosas no reportan utilidad por sí mismas, sino para los demás, así se nos exige trabajar no solo en provecho propio, sino también en provecho de los demás (PG 54, 292)1.
Fundamentado en el Evangelio, enardecido por el ejemplo y la palabra del entonces Papa san Juan Pablo II, reforzado por la lectura de los santos padres y confirmado por la experiencia en la dirección de obras apostólicas, describe con estas palabras el ideal del laico cristiano en medio del mundo:
Nuestra tarea preferida debería ser pasar por el mundo sembrando inquietudes espirituales, irradiando amor en la calle, en la profesión, en el sufrimiento y en la alegría. El Bautismo y la fe nos hacen miembros de una familia, la Iglesia, una familia misionera que continúa y prolonga la familia apostólica instituida por Cristo para inundar el mundo de amor2.
Divino impaciente
Como otro “divino impaciente” el P. Morales se esfuerza por convencernos de que en la movilización del laicado está la clave de la nueva evangelización:
Un potencial insospechado, pero, por desgracia, casi totalmente inédito. Sin el lanzamiento del laicado, la Iglesia se encuentra bloqueada de pies y manos ante el mundo moderno. Confinada en el templo o en la sacristía, recluida en claustros o monasterios, es incapaz de cumplir su obra salvadora si los bautizados olvidan “la gran vocación cristiana que han recibido, y caen en el sopor o retornan a sus hábitos temporales, y se enfangan en los intereses inmediatos de la vida material” (Pablo VI).
Movilización universal en anchura y profundidad de todos los laicos bautizados. Mar sin riberas, horizontes dilatados, casi infinitos. Nadie puede permanecer al margen, y menos la juventud que irrumpe en la vida con ansias renovadoras. Padres, maestros, educadores, profesionales, sacerdotes, son los principales y más inmediatos responsables. No pueden limitarse ellos a ponerse en marcha. Deber primordial suyo es impulsar en los jóvenes, ya desde la niñez, a esta movilización misionera del laicado a escala mundial3.
Dos males que nos atenazan
El P. Morales denuncia dos males que nos atenazan y que han impedido el gran bien de la movilización del laicado: el primero es la neblina de ideas confusas que ofusca la inteligencia y el segundo es el miedo al compromiso y al esfuerzo perseverante que agarrota la voluntad. Advierte de ese peligro de confusión en las ideas de lo que es la vocación y misión del bautizado: El olvido de la auténtica misión del laico es nefasto para la Iglesia y el mundo. Este olvido arrastra a un clericalismo por parte de la Iglesia y a un laicismo por parte del mundo4.
Haciéndose eco de la doctrina del Concilio sobre la “índole secular” propia de los fieles cristianos, insiste: El seglar posee, como bautizado, el dinamismo de la fe que le exige iluminar todas las realidades profanas. Como laico comprometido con los afanes del mundo, cumple un deber que sólo él puede lle¬nar: cristianar sus estructuras5.
La movilización del laicado, a pesar de todas las apariencias, no es una quimera. Es posible hoy, y se ha realizado ya en la historia6.
El secreto está en dejar actuar a la gracia, sembrada en nuestros corazones desde la fuente bautismal.
Bautizados sin más
Igual que el origen de la vida se dio en las aguas, el P. Morales sabe que toda la movilización de los laicos surge de las aguas del Bautismo. Esta es una de las enseñanzas que más ha repetido en sus libros. Así lo captó Abilio de Gregorio en su ensayo sobre la pedagogía del P. Morales: Lo verdaderamente importante de la obra del P. Morales quizás no sea tanto el haber ayudado a tantos jóvenes a dirigir su vida hacia los votos dentro del Instituto secular de la Cruzada, sino el haberlos ayudado a descubrir su condición de bautizados sin más: de laicos. Es esta la almendra de su mensaje y, por ello, las referencias en su pensamiento son constantes7.
Y continuando con la imagen del agua, teniendo como fondo la escena evangélica de la curación en la piscina de Betesda, concluye Abilio de Gregorio: En esto consistía la pedagogía del P. Morales: en remover –con energía y con audacia- las aguas del bautismo estancadas en el hondón del alma de tantos hombres y mujeres8.
Hitos en la movilización del laicado
Esta visión profética del P. Morales sobre la movilización de los laicos, no es algo aislado en la Iglesia. Es consecuencia de una nueva eclesiología que ha nacido en el Vaticano II, con una nueva visión sobre el laico en la Iglesia y el mundo, y que se ha reflejado especialmente en la Exhortación Apostólica Christifideles Laici.
Para encuadrar esta visión del P. Morales en un contexto eclesial, y ver las coincidencias con lo que el Espíritu va suscitando en la Iglesia, vamos a señalar algunos de los hitos de la movilización de los laicos. Seguimos sobre todo las reflexiones de Mons. Raúl Berzosa en su obra Ser laico en la Iglesia y en el mundo9.
Desarrollo histórico10
Bruno Forte11 señala cuatro etapas históricas: la primitiva Iglesia con un fuerte protagonismo laical, da paso a una Iglesia dual (clero-laico), y a una Iglesia trial (clero-religioso-laico) para llegar a la actualidad donde se vive la comunión para la misión, lo que ha llevado a redescubrir la laicidad.
En el cristianismo de los primeros siglos y en la cristiandad medieval es el ideal monástico y la prevalencia de los clérigos quienes hacen impensables una teología del laicado y dan como resultado una inclinación preponderante hacia la fuga del mundo.
La controversia con la Reforma lo que hizo fue focalizar la acentuación de la jerarquía y el sacerdocio ministerial, con el consecuente olvido del laico y la laicidad.
La Acción Católica
El primer hito contemporáneo en la movilización de los laicos es la Acción Católica. Se partía de una idea original y básica: deben ser los propios laicos los apóstoles de los laicos. Y se constataba una realidad que empujaba a los seglares: la sociedad había dejado de ser “cristiandad” y se había secularizado.
Sin embargo, en la Acción Católica subyacía un dualismo entre el clero, que dominaba el espacio de lo sagrado (con el peligro, confirmado por la realidad, de identificar este espacio con la totalidad de la Iglesia), y el laico que prevalecía en lo temporal12.
Se perfilaban dos modos de ver la “novedad” de la acción apostólica del laico: como una necesidad suscitada por la falta de sacerdotes que no pueden llegar a todo y una visión más cristiana que profundiza en la eclesiología de comunión y parte de la misión propia del fiel laico.
Yves Congar OP13
Congar ha sido un faro luminoso que ha puesto las bases para una teología del laicado: en primer lugar, al valorar la categoría del “Reino de Dios” (el “ya”) y no solamente el “escaton” (el “pero todavía no”); en segundo lugar, al resaltar la relación Iglesia-mundo; y en tercer lugar al buscar los fundamentos cristológicos desde una eclesiología de totalidad.
El Concilio Vaticano II
El texto clave para toda la teología y espiritualidad del laicado es Lumen Gentium 3114:
Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde.
A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad.
La figura del laico en el Vaticano II 15
Sin pretenderlo quizá, al subrayar la índole secular como la propia del laico, se está dando una definición. Laico haría referencia a la relación con el mundo, y por eso la índole secular es lo específico, aunque no sea en exclusiva.
El mejor desarrollo de esta visión del laico la describió el Papa Pablo VI en Evangelii Nuntiandi 70 al destacar que la tarea del laico es poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.
En síntesis, la vocación propia de los laicos consistiría en buscar el reino de Dios ordenando las realidades temporales según Dios.
Último hito: Christifideles Laici16
Este documento nos da la clave para interpretar correctamente la movilización del laicado. Destacamos especialmente el nº 9. Al dar una definición de fiel laico remite al texto de Lumen Gentium 31. Así se le define desde el Bautismo, insertado en la Iglesia con una vocación particular: buscar el reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios.
La Exhortación Apostólica perfila una auténtica teología laical con una triple dimensión:
Dimensión cristológica: En primer lugar, aborda la identidad del laico, que se responde desde el misterio de Cristo.
Dimensión eclesiológica de comunión: En segundo lugar, lo sitúa en su contexto vital, en la comunión de la Iglesia, superando los antiguos binomios y trinomios.
Dimensión antropológica de misión: Solamente desde la comunión se puede hablar de la misión, que es la que enlaza con la movilización.
Conclusión

Después de este recorrido histórico retorno a la guía del P. Morales. Y la última palabra es la confianza en que Dios realizará el milagro que a nosotros nos cuesta creer pero que el P. Morales, dejándose guiar por Dios, comenzó a realizar en su vida: Enjambres de laicos, juventud sedienta de autenticidad, hambrienta de amor, harta de palabrería hueca, está deseando movilizarse. Se da cuenta de que la humanidad viene de uno de los inviernos más largos y más crudos, pero que camina hacia una de las primaveras más hermosas de la historia17 
Notas
1 T. Morales (2003), Hora de los laicos, Madrid, 19.
2 Ibíd., 21.
3 Ibíd., 24.
4 Ibíd., 35.
5 Ibíd., 36.
6 Ibíd., 44.
7 A. de Gregorio (2007),  Por las huellas de la pedagogía del padre Tomás Morales. Un idealista con pies en la tierra. Madrid, 37.
8 Ibíd., 39.
9 R. Berzosa (2000), Ser laico en la Iglesia y en el mundo. Claves teológico-espirituales a la luz del Vaticano II y Christifideles Laici. Bilbao.
10 Cf. Ibíd., 36-41.
11  Cf. B. Forte (1987), Laicado y laicidad. Salamanca, 66-72.
12  Cf. Ibíd., 30-33.
13  Ibíd., 33-40.
14 Merecería destacar también el documento Apostolicam Actuositatem especialmente en los nn. 4-7.
15 R. Berzosa, o.c., 63-67.
16 Ibíd., 106-107.
17 T. Morales, o.c., 84.


Dame tu corazón por que soy médico…

Por José Luis Acebes
Las imágenes de la misericordia tomadas de la experiencia humana por el P. Morales
En el número anterior veíamos en esta sección cómo el P. Tomás Morales extraía de la naturaleza imágenes para mostrar cómo es la ternura de Dios. Pero también acude a experiencias humanas muy diversas para hacernos comprender los perfiles y la profundidad de su Amor misericordioso. Vamos a adentrarnos en estas sugerentes imágenes presentadas por el siervo de Dios, para más conocer al Corazón divino, y para más amarlo y seguirlo.
El niño
El P. Morales —sobre todo mediante anécdotas— nos ha descrito cómo fue su infancia: se sentía querido, acogido y protegido por sus padres, que le rodeaban de gestos sencillos de amor. Y en su vida espiritual, fue sintiéndose cada vez más como niño querido en los brazos de Dios. Por ello recurrirá frecuentemente a la imagen del pequeño para desvelarnos este amor misericordioso de Dios. Así, se confidencia en una ocasión: ¡Cuánto le gusta a Dios que confesemos nuestra flaqueza, nuestra miseria! Es que se queda embobado, como un padre cuando un niñito pequeñín no puede ni levantarse del suelo y quiere arrastrarse para ir a abrazar a ese padre. Se conmueve mucho más que si ya es un chico mayor que viene andando por sus dos pies. ¡Naturalmente que sí!1.
¿Qué cabe esperar de un crío que apenas sabe andar? ¿Cómo se tomarán los padres las caídas de su niño? Así lo describe el P. Morales: Como Él conoce mi buena voluntad y sabe el buen deseo que tengo de quererle, se apiada mucho más de mí al ver que fallo. Como ese padre o esa madre con el niñito que no tiene más que unos meses y empieza a hacer los primeros pinitos para andar: viene y se cae muchas veces, y ni la madre ni el padre se indignan, sino que, al contrario, más cariñosos salen a su encuentro para cogerle en sus brazos y llevarle2. Y es que Dios nos contempla con mirada de misericordia, como la madre que al tener un hijo minusválido le quiere, le mima, le atiende más que al que está normal3.
Y reflexiona: ¿qué es lo que le duele más a un padre? Pues eso mismo será lo que más le apene a Dios respecto de nosotros: A un padre no le molestan para nada las trastadas que hace el hijo entreteniéndose en sus juegos y diversiones sencillas, y, en cambio, que ese hijo pueda dudar de que su padre le quiere bien, eso destroza el corazón del padre. El pecado que más destroza el Corazón de Cristo es la falta de confianza4.
¿Cómo vencer la desconfianza? Su mejor antídoto es la sencillez. Por ello la misericordia es patrimonio de los pequeños. Así lo comenta el P. Morales: Hay una palabra encantadora en el Libro de la Sabiduría: «La misericordia se concede a los pequeños»5. Escríbela con mayúscula: «A Los Sencillos». No a los listos, no a los ricos, no a los simpáticos, no a los que tienen éxito aparentemente. La misericordia, —y Dios es misericordia—, se concede a los sencillos6.
El mendigo
El hombre orgulloso se estrella en su autosuficiencia. Sin embargo, el que es sencillo y consciente de su pobreza acude a su Padre, que todo lo puede, consigue cuanto necesita. Este es el mensaje del P. Morales: Somos pobres, desvalidos, miserables. ¿Qué hace un pobre para mover la compasión a los que le pasan delante de él? Extiende sus manos, presenta sus harapos, exhibe su miseria; no se avergüenza, sabe que es indispensable para que se le socorra. Nuestra miseria reconocida y aceptada sin amargura es lo que conmueve el corazón de Dios. Nuestra miseria confesada a Cristo atrae su misericordia. Le mueve el corazón7.
E invita a recurrir a la Virgen para conseguir el auxilio preciso: Te necesito, Madre querida, para que tú me ayudes y yo no haga otra cosa que la oración del pordiosero, del miserable, del mendigo que pide, persuadido de que no tiene para comer, para seguir viviendo, para subsistir. La oración humilde y confiada8.
El artista
La expresión artística brinda múltiples imágenes para entender el mundo del espíritu. El P. Morales disfrutaba del arte en general, y de la pintura en particular, y así grababa en su retina cuadros que le impactaban, para después traerlos a colación en sus mensajes. Veamos algunas imágenes que toma prestadas del arte para orientarnos en el camino de la Misericordia. A propósito de la humildad como clave para conocer a Jesucristo comenta: Cuando tú contemplas Las Hilanderas ahí, en el Prado —o en la Pinacoteca de Munich cualquiera de esos cuadros que hay ahí—, te tienes que situar en el punto de vista adecuado. Para el Evangelio, no hay más que un punto de vista: la humildad. Porque si no, no sintonizas con el cuadro, que no va a ser solo la Encarnación, sino todo el misterio Cristo Jesús. «Se anonadó» (Flp 2, 7). Y todo para convivir con mis miserias. ¡Creo en Jesucristo, conviviendo con mis miserias!9.
La aceptación de la propia miseria es ya un canto de alabanza a la Misericordia divina. Así lo expresa bellamente, recurriendo de nuevo a Velázquez: Muy relacionados andan pecado y misericordia, humildad y confianza, hombre y Dios. Cuando reconocemos nuestra debilidad y miseria, implícitamente estamos cantando la omnipotencia, la sabiduría, la santidad, la bondad de Dios. Lo mismo que tú cuando contemplas Las Lanzas de Velázquez, y te quedas pasmado de la belleza de líneas, de colorido, de ese cuadro en equilibrio. Entonces, sin saber que es de Velázquez, ya estás glorificándole, aunque no le conozcas. Pues en tus faltas, en tus caídas estás glorificando a Dios, porque reconoces tu nada, te aceptas como eres10.
Y para cerrar este apartado, traemos una imagen procedente del arte musical. Dios es el pianista que sabe cómo tocar para conmovernos: Cuando es el Dios de la misericordia el que te envuelve en su suavidad y en su perdón, ya no te puedes resistir. Porque el hombre, por pervertido que sea y por soberbio que sea, todavía tiene un poquito de corazón, y si se le toca esa tecla, qué bien suele responder, aunque sea gran pecador. Entonces Dios, que lo sabe, nos quiere tocar con la tecla de la suavidad, del perdón, de la misericordia11.
El médico
El P. Morales se fija también en el mundo profesional para acercarnos, por analogía, al Amor misericordioso. Así, Dios será el médico de las almas que nos cura de nuestras enfermedades, y pone en su boca: «Busqué consolador y no lo hallé» (Sal 69, 21). Dame tu corazón. No te paralicen tus apegos, tus miserias, tus pecados; no importa. Dame tu corazón, porque soy Médico, y el Médico ha venido a buscar a los enfermos, no a los sanos. Mientras más bloqueado estés con miserias, apegos, pecados —mortales, gravísimos, lo que sea, me es igual—, con mis lágrimas borro tus pecados. Y mientras más miserias y pecados tengas, más apto eres para consolarme, dándome tu corazón12.
Pero para intervenir, el Médico divino necesita que nos reconozcamos enfermos. Comenta así: ¡Abrirse al amor misericordioso! Porque reconocer que estoy tísico o tuberculoso es ya el primer paso para curarme y encontrar un Médico que cura todas las enfermedades: Jesucristo13. Y la curación requiere además nuestra colaboración: La humildad consiste no en reconocer que tengo apegos, miserias, caídas, sino en alegrarme de tenerlas para que el Médico divino pueda intervenir —quirúrgicamente si hace falta, o médicamente, sin cirugía, según a Él le parezca14.
Y cuando el Sanador me tome a su servicio, ¿cómo le agradaré? El P. Morales lo expresa con esta original comparación: Un cirujano, aunque tenga un bisturí que esté ya un poco pasado, si es buen cirujano, hace una magnífica operación, se luce. Ahora, si realmente el bisturí es excelente, recién salido de fábrica, y está en unas condiciones estupendas, no hace falta mucha habilidad quizá para hacer una buena operación (siempre hará falta). Pero si tú coges un instrumento inadecuado para el fin que se pretende, resplandece mucho más la virtud del artista. Y concluye: me alegraré en mis debilidades y miserias, en mis impotencias, para que resplandezca en mí la fuerza de Cristo15.
El torero
La imagen del bisturí la complementa con esta tan gráfica tomada del arte taurino: Un buen torero con un mal toro hace una faena espléndida y a cortar rabos y orejas. Ya está: se luce mucho más el torero mientras peor es el toro. Pues aquí de lo que se trata es que se luzca Cristo siendo el toro como soy yo: barredura del mundo16.
Y por recoger otra imagen tauromáquica, sirva ésta tan simpática sobre la concreción del amor en la prosa diaria: Amar es desaparecer en cosas inesperadas, en disgustos, en toros que ese día te parece a ti que no tienes que lidiar y que de pronto van a constituir el programa y el horario del día. Todo el día lidiando toros que no te esperabas. Así se forman toreros. Porque lo otro es una corrida prefabricada: ahora un torito, luego el siguiente…; eso es muy fácil. El torero se luce cuando hay que salir allí como se pueda. Y como el Padre de los Cielos es el que desde arriba dirige la fiesta taurina, no hay problema ninguno: sé a quién me he entregado, sé de quién me fío (2Tim 1, 12)17.
El astronauta
Para acabar citaremos algunas imágenes procedentes del ámbito aeroespacial. El Corazón de Jesucristo es comparado a una nave espacial, veamos cómo: Te hace falta una cápsula. Los astronautas se meten en una cápsula y así permanecen insensibles a los cambios de presión y de temperatura. Tú estás experimentando continuamente cambios de presión y de temperatura: dentro de ti por los estados de ánimo; fuera de ti por un mundo cuya ola creciente de humanismo va inundándolo todo. Tú necesitas una cápsula protectora. ¿Sabes cuál es? El Corazón santísimo de Jesús, que te permitirá navegar por los caminos del amor18. Más tarde vuelve sobre esta imagen: Lo que quiere hacer el Corazón de Jesús es dejarte prisionero de su amor, preparándote para que te metas en la cápsula, que es la única manera de que no te atomices como el astronauta volando por ahí19. Y es que el Corazón de Dios no late al ritmo del nuestro; tiene su movimiento propio: el de su eterna misericordia, que se extiende todos los momentos de mi vida, que se dilata de edad en edad, y no envejece jamás20.

Que nuestros latidos se acompasen al ritmo de este movimiento propio del Corazón de Dios: el de su misericordia. Para ello acudamos a la Virgen María. Que exclamemos con el P. Morales: Me alegro de tener estas miserias para que la Madre me quiera más, me cuide mejor, para ser más hijito para mi Madre querida. Me alegro21. Eres mi Madre. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, ¡ayúdame!22

Notas
1 Ejercicios Espirituales  a los Cruzados de Santa María (EEC) 1972, Oronoz (Navarra).
2 Id.
3 EEC 1984, Santibáñez de Porma. (León).
4 EEC 1968, Ejercicios de mes  24.8-24.9, Villagarcía de Campos (Valladolid).
5 Sb 6,6. La traducción según la Biblia de la Conferencia Episcopal Española es: Al más pequeño se le perdona por piedad, pero los poderosos serán examinados con rigor.  Santa Teresa de Lisieux recoge esta misma cita para ilustrar su caminito de infancia espiritual (Historia de un alma IX, Manuscrito B 1), y también es utilizada por san Juan Pablo II en la carta apostólica  Divini Amoris Scientia (1997) por la que proclama a santa Teresita Doctora de la Iglesia universal.
6 Retiro a los Cruzados de Santa María (RC), febrero 1987.
7 RC, festividad de Cristo Rey, noviembre 1986.
8 RC, festividad de Cristo Rey, 21-22 noviembre 1987.
9 EEC 1971, Oronoz.
10 EEC, 25.8.1983, Santibáñez de Porma.
11 EEC 1981, Villagarcía de Campos.
12 EEC 1979, Santibáñez de Porma.
13 EEC, 23.8.1983, Santibáñez de Porma.
14 EEC 1979, Santibáñez de Porma.
15 EE, octubre 1965, Casa de EE S. Pablo, Madrid.
16 Id.
17 RC, festividad de Cristo Rey, Noviembre 1978. Los Negrales
18 EEC 1970, Oronoz.
19 EEC 26.9.1968, Ejercicios de mes (24.8-24.9, Villagarcía de Campos).
20 EEC, agosto 1982, Santibáñez de Porma.
21 EEC 1979, Santibáñez de Porma.
22 RC, 25-26.5.1974.