jueves, 1 de octubre de 2015

Dios es familia y nos hace familia

Portada Estar 294
Jesucristo nos ha revelado algo insospechado: que Dios es familia, trinidad de personas. Padre, Hijo y Espíritu Santo están unidos por lazos de amor familiar. Más aún, Dios nos manifiesta cómo es su amor, al encarnarse el Verbo en una familia. La Sagrada Familia es la revelación del amor de Dios por cada hombre: un amor generoso, cálido, desinteresado, total.

Otro dato maravilloso de la revelación es que Dios hace familia. Nos ha llamado a ser miembros de la familia divina. El P. Morales expresa así el plan trinitario: Dios no ha creado el universo de los cuerpos y de los espíritus, no ha enviado a Su Hijo al mundo, más que con el fin de hacernos a todos hermanos, miembros de la misma Familia, hijos e hijas de la Trinidad, a imagen del Verbo, a impulsos de un mismo Amor. ¡Vivimos para ser integrados en la familia de Dios! Pero no en la vida futura, sino “desde ya”, hoy, saboreando cómo la Trinidad habita en nosotros por la gracia.

Me comentaba estos días una señora mayor: “vivo sola prácticamente todo el día, pero desde que soy consciente de la presencia de Dios en mí, hablo con Él continuamente, le expongo mis necesidades y las del mundo, y de hecho ya no estoy sola”.

Además Dios nos hace familia entre nosotros. Él es el fundamento de nuestra unidad. Y nos llama a ser familia en anillos concéntricos cada vez más amplios, como los que forman las ondas al tirar una piedra en el estanque. Comenta el P. Morales: La Cruzada —podríamos decir, nuestra familia espiritual— es un feliz encuentro de corazones que no se aman más que para amar mejor a Dios. Dios es familia, y nos hace familia con Él y entre nosotros.

Cuando Dios está en medio, nuestras familias (tanto naturales y espirituales) se convierten en revelación del amor de Dios. Son un testimonio creíble, simpático, directo e incontestable; un argumento real que molesta en muchos de nuestros ambientes, dominados por el egoísmo feroz. Son demasiadas las voces que pretenden convencernos del “imparable declive de la familia, y de la necesaria superación de su papel en la sociedad moderna”, interesadas en imponernos otros “modelos” de familia “más acordes con los tiempos actuales” —eso dicen—.

Este verano multitud de familias han aprovechado para dejarse hornear en el amor de la Familia trinitaria, mediante la convivencia, la formación y la oración. En estas páginas aparecen el Aula Familiar “Tomás Morales” y las Convivencias del Grupo Santa María. Estas “iglesias domésticas” nos muestran que la familia sigue siendo el núcleo insustituible, fundamento de la sociedad. A imitación de la familia de Nazaret, en lugar de discutir sobre los problemas de la familia —tan numerosos y tan cercanos—, se consagran a darles solución. Como dice el papa Francisco donde hay una familia con amor, esa familia es capaz de calentar el corazón de toda una ciudad.

Aquí está nuestro reto: ser familias llenas de vida hacia dentro, y a la vez hacer familia de nuestros ambientes: asociaciones, comunidades de vecinos, centros educativos, empresas... ¿Cómo? Derrochando amor en el trato uno a uno, olvidándonos de nosotros mismos en la atención a los demás, entregando nuestro tiempo para escuchar y acompañar, cultivando pequeños detalles… En definitiva, creando lazos familiares. Esta es la escuela de María: así la contemplamos en la Visitación y en Caná.


Como la tarea nos desborda, pedimos a la Sagrada Familia que nos aliente para ser y hacer familia, a imitación suya y a imitación de la Familia trinitaria hasta llegar a ser una familia espiritual, una familia de familias.

Modelo natural y cristiano de la paternidad

Por Santiago Arellano

Nos han habituado a que sintamos veneración indiscriminada por Roma y su civilización, y sin embargo deberíamos caminar con pies de plomo, no sólo en lo que atañe a la moral, sino, por ejemplo, al Derecho romano. ¿Recordáis la novela histórica Quo vadis (1896) de Henryk Sienkiewicz? Marco Vinicio le escribe a su pariente Patronio, (capítulo XVIII, 2ª parte):
Más aún te digo: no sé cómo los cristianos se las arreglan para vivir, pero sé que donde comienza su religión concluye el poder de Roma, concluye la misma Roma, concluye nuestro sistema de vida y concluye la distinción entre vencidos y vencedores, entre ricos y pobres, señores y esclavos; concluye el gobierno, concluye el César, concluye la ley y el orden del mundo concluye. Y sobre todo esto surge Cristo, lleno de una misericordia jamás conocida y de una bondad contraria a los instintos del hombre y a nuestros propios instintos romanos.
Los abusos en el ejercicio de la autoridad paterna contradicen la doctrina cristiana, no la legislación romana. Primer texto: El árbol de la ciencia. Pío Baroja. Capítulo 3º dedicado a la familia de Andrés. No comento. Sacad conclusiones.
La familia de Andrés, muy numerosa, se hallaba formada por el padre y cinco hermanos. El padre, don Pedro Hurtado, era un señor alto, flaco, elegante, hombre guapo y calavera en su juventud. De un egoísmo frenético, se consideraba el meta-centro del mundo. Tenía una desigualdad de carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos aristocráticos y plebeyos insoportable. Su manera de ser se revelaba de una manera insólita e inesperada. Dirigía la casa despóticamente, con una mezcla de chinchorrería y de abandono, de despotismo y de arbitrariedad, que a Andrés le sacaba de quicio... A éste (Don Pedro) le gustaba disponer del dinero, tenía como norma gastar de cuando en cuando veinte o treinta duros en caprichos suyos, aunque supiera que en su casa se necesitaban para algo imprescindible.
Respondo con un precioso soneto del poeta José Mª Valverde de su obra Años inciertos titulado “Paternidad”:
Con niños por en medio, ya no hay modode que sienta temor de Dios, que tiemblede aquel Yahvé del fuego y de la cóleraque llenó mi niñez de escalofríos.Con este amor abyecto que me arrastrapor verles sonreír, con mi tormentosi algo les duele, el vértigo pensandoqué será de ellos luego, solos, torpes,y sabiendo muy bien qué disparateshizo Dios por nosotros, no hay manerade temerle. Ya sé su punto débil:es Padre, es Hijo en medio de hermanitos.¿Cómo no he de abusar de mi confianza?Pero a ellos no les hablo de eso: un díaempezarán a verlo con sus hijos.

Pablo Ruiz Picasso, “Madre y niño” Colección particular. 
Y termino con un sorprendente cuadro de Picasso. Hoy en el museo Picasso de Málaga. Sí, de Pablo Ruiz Picasso. 1921. El reto está en que ustedes deben descubrir la presencia del padre y su misión protectora.

Escriben los expertos: Picasso transforma las emociones de la paternidad, la devoción y curiosidad por la magia de la vida íntima en creatividad pictórica del alto voltaje.../... los frescos de Pompeya, el manierismo italiano del XVI, los alto relieves de Goujon, las últimas bañistas de Renoir o las esculturas en bronce de Matisse se apilan como referencias eruditas para contextualizar esta maternidad. Los cánones de la Antigüedad y del clasicismo son triturados por un sorprendido padre malagueño.

Dios es familia y nos hace familia

Jesucristo nos ha revelado algo insospechado: que Dios es familia, trinidad de personas. Padre, Hijo y Espíritu Santo están unidos por lazos de amor familiar. Más aún, Dios nos manifiesta cómo es su amor, al encarnarse el Verbo en una familia. La Sagrada Familia es la revelación del amor de Dios por cada hombre: un amor generoso, cálido, desinteresado, total.
Otro dato maravilloso de la revelación es que Dios hace familia. Nos ha llamado a ser miembros de la familia divina. El P. Morales expresa así el plan trinitario: Dios no ha creado el universo de los cuerpos y de los espíritus, no ha enviado a Su Hijo al mundo, más que con el fin de hacernos a todos hermanos, miembros de la misma Familia, hijos e hijas de la Trinidad, a imagen del Verbo, a impulsos de un mismo Amor. ¡Vivimos para ser integrados en la familia de Dios! Pero no en la vida futura, sino “desde ya”, hoy, saboreando cómo la Trinidad habita en nosotros por la gracia.
Me comentaba estos días una señora mayor: “vivo sola prácticamente todo el día, pero desde que soy consciente de la presencia de Dios en mí, hablo con Él continuamente, le expongo mis necesidades y las del mundo, y de hecho ya no estoy sola”.
Además Dios nos hace familia entre nosotros. Él es el fundamento de nuestra unidad. Y nos llama a ser familia en anillos concéntricos cada vez más amplios, como los que forman las ondas al tirar una piedra en el estanque. Comenta el P. Morales: La Cruzada —podríamos decir, nuestra familia espiritual— es un feliz encuentro de corazones que no se aman más que para amar mejor a Dios. Dios es familia, y nos hace familia con Él y entre nosotros.
Cuando Dios está en medio, nuestras familias (tanto naturales y espirituales) se convierten en revelación del amor de Dios. Son un testimonio creíble, simpático, directo e incontestable; un argumento real que molesta en muchos de nuestros ambientes, dominados por el egoísmo feroz. Son demasiadas las voces que pretenden convencernos del “imparable declive de la familia, y de la necesaria superación de su papel en la sociedad moderna”, interesadas en imponernos otros “modelos” de familia “más acordes con los tiempos actuales” —eso dicen—.
Este verano multitud de familias han aprovechado para dejarse hornear en el amor de la Familia trinitaria, mediante la convivencia, la formación y la oración. En estas páginas aparecen el Aula Familiar “Tomás Morales” y las Convivencias del Grupo Santa María. Estas “iglesias domésticas” nos muestran que la familia sigue siendo el núcleo insustituible, fundamento de la sociedad. A imitación de la familia de Nazaret, en lugar de discutir sobre los problemas de la familia —tan numerosos y tan cercanos—, se consagran a darles solución. Como dice el papa Francisco donde hay una familia con amor, esa familia es capaz de calentar el corazón de toda una ciudad.
Aquí está nuestro reto: ser familias llenas de vida hacia dentro, y a la vez hacer familia de nuestros ambientes: asociaciones, comunidades de vecinos, centros educativos, empresas... ¿Cómo? Derrochando amor en el trato uno a uno, olvidándonos de nosotros mismos en la atención a los demás, entregando nuestro tiempo para escuchar y acompañar, cultivando pequeños detalles… En definitiva, creando lazos familiares. Esta es la escuela de María: así la contemplamos en la Visitación y en Caná.

Como la tarea nos desborda, pedimos a la Sagrada Familia que nos aliente para ser y hacer familia, a imitación suya y a imitación de la Familia trinitaria hasta llegar a ser una familia espiritual, una familia de familias.

Desafío a la familia: Algunos retos actuales

Por Abilio de Gregorio
Al reflexionar acerca de los retos actuales de la familia, parto de la afirmación, quizás un tanto estridente en ambientes en que se ha utilizado el concepto de familia como tótem ideológico, de que la familia no tiene su razón de ser en ella misma, sino en las funciones y servicios que presta a sus componentes, unidos entre sí por lazos de sangre, afecto o por vínculos jurídicos.
La familia no es un fin en sí misma, sino un medio o status al servicio de la persona. El verdadero final que está llamada a servir la organización familiar es el desarrollo del ser humano como persona. Y esto lo lleva a cabo a través del amor. Lo que nos cuestionamos en este excurso es, pues, cómo pueden afectar al núcleo germinal de la familia algunas de las transformaciones y retos en cuyo trance se encuentra actualmente la familia.
a) La pérdida de fuerza de los lazos institucionales sustituidos por el consenso emocional
Nunca lo institucional fue soporte único y sustancial del matrimonio y de la familia. Sin embargo, lo institucional, lo formal, fue adquiriendo con el paso del tiempo tal relevancia y primacía, que pudo llegar a asfixiar en muchos casos el amor que estaba llamado a vivificarla. En las relaciones familiares fue tomando especial protagonismo lo debido sobre lo gratuito hasta situar el mundo afectivo en un ámbito colateral o efecto secundario, al que era preciso vigilar, se decía, para que no desnaturalizase la institución. Ello pudo dar a la organización familiar una apariencia de fingimiento social, de trato contractual que ya se encargaron de ridiculizar los clásicos de nuestra literatura del realismo decimonónico.
Los giros de pensamiento de las últimas décadas han conducido reactivamente al matrimonio y a la familia a un nuevo status de soportes inestables. Dice Lipovetsky: Lejos de ser un fin en sí, la familia se ha convertido en una prótesis individualista en la que los derechos y los deseos subjetivos prevalecen sobre las obligaciones categóricas (...). Ya no se respeta la familia en sí, sino la familia como instrumento de realización de las personas, la institución “obligatoria” se ha metamorfoseado en institución emocional y flexible1.
A la vista de las repercusiones que va teniendo poner las bases del matrimonio y de la familia en arenas tan movedizas como es la simple emotividad, bueno será retornar la vista hacia los “bona” agustinianos del matrimonio a los que presenta no como obligaciones, sino como valores que conducen a la realización de la persona en la sociedad conyugal: la prole, la fidelidad y el vínculo irrompible2. La procreación, la fidelidad conyugal y la indisolubilidad no son, pues, mandatos, imposiciones o cargas que, a modo de factura por la satisfacción de las apetencias naturales, haya que pagar.
San Agustín, nos presenta estos tres bienes como los signos de la fusión del eros con el ágape, de la elevación del bien del amor concupiscente al amor oblativo, verdadero destino del amor y momento en que éste adquiere auténtica densidad humana. Son los bienes que no sólo dan calidad al amor del matrimonio, sino que dotan de dimensión transitiva a todo el amor de las relaciones interpersonales en la familia, desde las relaciones en la gestación y crianza de los hijos hasta las relaciones con los progenitores en la ancianidad.
Enfrentarse a este reto hoy supone ir contra corriente de una concepción exclusivamente “emocionalista” y pulsional del amor. Muchos de nuestros contemporáneos tienen asumido que enamorarse es algo tan pasivo como coger una enfermedad, que decía M. Proust, algo que a uno le acontece fatalmente porque pasaba por ahí, y no le cabe más remedio que seguir los dictados de su corazón. El espectáculo de los medios de comunicación y de las vigencias sociales parece conducir a un vaciamiento de contenidos humanos de la idea del amor para reducirlo a una concepción puramente zoocéntrica. ¿Se trata de la trivialización del fenómeno del amor o se trata de la trivialización de la misma condición humana?
b) El ejercicio de la “paternidad responsable”
Es ésta una expresión que, sobre todo a partir de su reiteración en la célebre encíclica Humanae vitae,3 adquirirá carta de naturaleza social hasta convertirse en una expresión comodín. Curiosamente, este concepto comenzará a circular por las rutas sociales de la mano del concepto de planificación familiar y, junto con él, el de la limitación de la procreación, como si planificar fuera sinónimo de impedir, evitar, incluso en su versión más perversa, eliminar… Lipovetsky describe con contundencia el panorama actual al respecto: No asistimos al resurgimiento del orden familiar sino a su disolución posmoralista, no es el deber de procrear y de casarse el que nos caracteriza, es el derecho individual al hijo, aunque sea fuera de los lazos conyugales4.
Nos apetecía ya ser padres…. Este bebé viene a colmar nuestro anhelo de maternidad-paternidad, ahora que ya hemos alcanzado otras metas profesionales o sociales…, son expresiones que se nos suelen comunicar con la naturalidad de quien nos anuncia haberse dado el capricho de comprar un todoterreno o un chalet en la playa. La resonancia ética de tales actitudes es profundamente reduccionista.
En último análisis, se viene a decir al hijo que su valor radica en la capacidad que tiene de satisfacer nuestros deseos. No posee valor en sí, que es el valor que le corresponde en tanto que persona, sino que el valor se lo doy yo dependiendo de su capacidad para responder suficientemente a mis apetencias, por sublimes que éstas puedan parecer.
Afirma G. Marcel: La familia captada en su realidad excluye todo matrimonio que sólo sea una asociación de intereses, o incluso de gustos individuales; es necesario, parece, que el matrimonio se ordene en cierta manera por sí mismo a la idea de una posteridad cuya venida hay que preparar; pero no es menos cierto, y esta nota tiene aquí la mayor importancia, que un matrimonio firmado simplemente en vistas a una procreación no sólo corre el riesgo de degenerar porque no reposa sobre una base espiritual sólida, sino que constituye una ofensa al orden específicamente humano en lo que tiene de más venerable. Hay algo ultrajante para la dignidad misma de la persona en el hecho de que un ser afronte a su cónyuge como simple instrumento de reproducción5.
Así las cosas, y, como quiera que desde el más rancio freudismo nos han convencido que la salud mental depende de la satisfacción del deseo, si se presentase un hijo a la vida sin desearlo, se elimina alegando riesgo para dicha salud mental. Y cuando, recibido al hijo, el ejercicio de la maternidad-paternidad no resulta gratificante porque entra en conflicto con otros apetitos, deseos o necesidades apremiantes, se renuncia al ejercicio responsable y se buscan sustitutos o se proyecta sobre ellos las propias insatisfacciones. Probablemente una de las manifestaciones más actuales de esta relación cosificadora sea el miedo y la renuncia a ejercer de padres. La permisividad no deja de ser una forma de abandono para no perturbar ese fondo de deseos.
En contraste con esa falsa perspectiva de amor materno y paterno, se sitúa la ética de la aceptación. Encarar, pues, la paternidad y la maternidad con responsabilidad suponen ejercer la libertad plenamente humana en la decisión de decir sí, o de tener que decir no para poner un hijo en la vida. Un hijo puede anunciar su venida en momentos en que no se desea, no se apetece, no responde a la satisfacción de necesidad alguna. La aceptación consciente y decidida es tanto como afirmar su valor solamente porque es persona-hijo y está ahí. Vale por sí, porque es un fin en sí mismo, porque es un valor absoluto. Solamente por eso es digno de todo el amor materno y paterno, aunque haya sido inoportuna su llegada o haya llegado mermado de talentos. La aceptación, no el deseo, es la respuesta que corresponde al valor persona. Este es el amor que personaliza.
Pero también, por otra parte, hay circunstancias en que lo que hay que aceptar, a pesar de todos los deseos e impulsos, es el no tenerlos. Por eso afirmamos que el derecho de los hijos a tener padres que les den la seguridad afectiva que les personaliza, es anterior al derecho de los padres a tener hijos. Como dice la Humanae vitae, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones (10).
Esa paternidad responsable se extiende más allá de la gestación y procreación de los hijos. Se despliega la responsabilidad de los padres hasta la asunción de la dirección y protagonismo en todo el trayecto de educación de los hijos para ayudar a que se configure en ellos una personalidad libre.
Convendría reflexionar acerca de uno de los cambios que se ha producido en las relaciones paterno-filiales, según señalaba G. Marcel en su magnífica conferencia sobre El misterio familiar: mientras los padres se sentían entregados a esa fidelidad creadora en un compromiso con la vida, los hijos se sentían deudores de sus padres. A partir del momento en que la procreación es producto de un cálculo al rebufo del deseo de la felicidad de los padres, los hijos actúan más como acreedores.
c) El derecho a la felicidad individual
“El único matrimonio legítimo es el que dispensa felicidad”, parecería ser el lema del pensamiento del posdeber en relación con el matrimonio. Mas esta proposición no es sino la manifestación de un cambio ético radical en el ámbito de la familia. La ética del sacrificio y de la renuncia o la ética del deber que apareció siempre como ética consustancial a la familia, ha ido paulatinamente dejando lugar a la denominada ética de la felicidad individual6.
Ello ha venido de la mano de la protesta reactiva por épocas y concepciones en las cuales para la mujer, sobre todo, el matrimonio y la maternidad eran un destino más que una opción. En consecuencia, se aceptaban las circunstancias y cargas que ello supone con la estoica entereza de quien se enfrentaba a un sino al que había que responder con un inquebrantable sentido del deber, más cerca de la épica que de la lírica.
En contraste, hoy asistimos a unas vigencias sociales en las que la felicidad individual se ha convertido en un derecho prioritario, en un supuesto previo, y se formula en términos de satisfacción inmediata de tendencias y apetencias. Así las cosas, se convive con el otro o la otra en virtud de la expectativa de que sea causa de la felicidad individual a la que se aspira. Y se tienen hijos porque se prevé que vendrán a dar respuesta a la necesidad de felicidad. Como expresaba recientemente un sociólogo, hoy no se tienen esposos-esposas, sino compañeros; no se tienen hijos: se tienen niños.
Esta búsqueda compulsiva de la felicidad individual por la vía de la satisfacción subjetiva de deseos lleva  a lo que se ha dado en denominar los “amores mercuriales” en los que el principio vigente parece ser una emocionalidad inestable y una fidelidad en precario que se formula: “todo, sí, pero no para siempre”.
Conviene retornar al fino análisis de San Agustín que define el amor como un “anhelo”, como un tipo de movimiento, y todo movimiento va hacia algo7. Anhelo ¿de qué? Movimiento ¿hacia dónde? Sin duda hacia la felicidad. Pero él distingue claramente lo que es el amor a las cosas y lo que es el amor a las personas. No cualquier amor lleva a la felicidad. Diferencia entre querer un bien para mí y querer el bien del amado.
La felicidad que es todo lo contrario del aislamiento, está siempre fuera de la esfera de la posesión, única relación posible con las cosas. Solamente surge cuando el amado se torna parte del ser del amante. En consecuencia no hay posibilidad de felicidad cuando el amor se queda anclado en el eros (“cupiditas”, para san Agustín), sino cuando ese eros se despliega en amor oblativo. Es decir, cuando hay transitividad. Amor de personas, no de cosas. Recuérdese aquello que ya nos enseñaba Aristóteles: a las cosas las amamos para nosotros; para las personas queremos el bien que las perfecciona.
El reto, pues, de la familia en este momento de “eudocentrismo” hedonista consiste en descubrir el camino, a veces árduo, de acceso a esa felicidad.
d) Unas relaciones fundamentadas en la libertad y en la igualdad
Se ha convertido ya en un lugar común la afirmación de que la gran revolución del siglo XX ha sido la correspondiente a la denominada “liberación de la mujer” y su incorporación a la vida social activa. Pero se ha convertido en un lugar común porque cada vez es más común que las relaciones entre hombre-mujer estén dirigidas por los principios de la libertad y de la igualdad. Es quizás este aspecto de nuestra vida social una de las visualizaciones más claras del progreso colectivo conseguido en lo que a dignidad de la persona se refiere.
Un sedicente amor que pretenda afirmarse en el control, posesión o dominio del supuesto amado habría que preguntarse si es algo más que mero apetito sensitivo. Pero un amor que se reduce a negociación contractual de libertades y de roles en la convivencia, que excluye la gratuidad tampoco puede ser digno de llamarse amor. Santo Tomás nos enseñó que el verdadero amante busca siempre la perfección (el mayor bien) del amado. Y el mayor bien del ser personal reside en la plenitud de su “esse” constituido por la libertad.
Conviene vigilar de cerca a todos los movimientos denominados de emancipación, (como se han de vigilar muy de cerca ciertas místicas de la gratuidad que esconden sometimiento y alienación) puesto que, a través de ellos, se puede colar una libertad sin vínculos, una libertad descomprometida. En otras ocasiones, con la celada de la emancipación se introduce la dialéctica de la lucha de clases en la relación familiar. Dicha emancipación, frecuentemente, camufla un nuevo tipo de dominio y unos nuevos agentes dominadores.
En todo caso, también  aquí es preciso afirmar que no podrán nunca entenderse los derechos individuales como derechos autónomos sino en una relación mutualista con los derechos de los demás miembros del organismo familiar. La libertad y la igualdad de los cónyuges-padres se han de convertir en instrumentos de construcción de una personalidad equilibrada y armónica de todos los hijos; la libertad de un esposo ha de ser instrumento de perfeccionamiento de la libertad de su partenaire. Un síntoma de libertad patológica es precisamente una libertad que se exhibe y se ejercita a costa o en contra de otro.
e) La cultura del bienestar
Es notorio que, al menos hasta ahora, el salto de unas generaciones a otras ha venido determinando una línea continua de bienestar. La sociedad de las carencias que vivieron muchos de los que hoy peinan canas ha ido dando lugar progresivamente a la sociedad de la abundancia, de tal manera que se ha ido creando una conciencia colectiva según la cual basta tener deseo de algo para que nazca un supuesto derecho a ello que se demanda con exigencia a los poderes públicos. Tal demanda de bienestar concede a las administraciones un protagonismo en nuestras vidas y una capacidad de intervención como nunca se pudo sospechar, incluso en los casos de los denominados estados liberales.
El Estado del bienestar parece ser una conquista y un dogma que nadie está dispuesto a poner en cuestión puesto que se presenta ante nosotros como la virtud civil de la solidaridad, de resonancias cristianas. En esta cultura del bienestar se convierte en obsesiva la preocupación por el bienestar de los hijos. Jamás los padres han estado tan preocupados por el saludable crecimiento de sus hijos. Pero jamás han estado tan poco ocupados, o bien porque han de ocupar su tiempo en proporcionarles bienestar, o bien porque entregan en manos de las instancias públicas funciones que habrían de serles propias.
Esta actitud claudicante golpea hoy a los educadores profesionales que se encuentran con una población escolar creciendo en la superabundancia de bienes, en la ausencia de normas y en la superprotección, como si de una especie en extinción se tratara.

Hay otros retos de los que tendremos ocasión de tratar en próximos números de ESTAR.

Dibujar, una hermosa manera de dar testimonio

Por Redacción Estar
José Miguel de la Peña nació en Burgos en 1970. Es diseñador gráfico e ilustrador, licenciado en Bellas Artes en la especialidad de diseño por la Universidad Complutense de Madrid. Fundador de “StudioA4”, un espacio profesional de diseño y comunicación gráfica con valores. Creyente, practicante, colabora con diversas entidades y asociaciones. Es también diseñador de la revista ESTAR.
Uno de los trabajos más gratificantes que ha realizado últimamente ha sido el de ilustrar el catecismo “Testigos del Señor”, por encargo de la Conferencia Episcopal Española.
¿Cómo surgió la oportunidad de realizar las ilustraciones del catecismo de la Conferencia Episcopal Española?
Conocía a alguien que trabajaba en la Subcomisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal y me propuso entrar en un concurso cerrado de varias empresas y profesionales para presentar una propuesta creativa para el segundo catecismo de la iniciación cristiana “Testigos del Señor”. Mis bocetos de diseño e ilustración gustaron, y así es como comencé a trabajar en este proyecto.
¿Ilustrar un catecismo supone ser creyente?
Cualquier dibujante profesional puede ilustrar con dignidad un libro, pero si tenemos en cuenta que el trabajo del artista está unido frecuentemente a lo emocional, concluimos que la vivencia de fe aporta, en este caso, un “plus”, sobre todo para dibujar las escenas que tienen que ver directamente con la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
¿Cómo vives y cultivas tu fe?
Como puedo… (risas) con mi tipo de trabajo y con familia numerosa, no tengo mucho tiempo para prácticas piadosas, por eso intento vivir y rezar en la vida cotidiana; ofreciendo el día a Dios cada mañana, rezando el rosario en los trayectos o dando gracias a Dios, con mis hijos, al final del día.
Además de lo mencionado, en la actualidad, lo que más me ayuda a vivir la fe es la pertenencia de mi familia al grupo Santa María. Cada vez veo más importante pertenecer a una comunidad de vida que te ayude a vivir y compartir la fe.
Tu vocación profesional, ¿te acerca a Dios?
Ahora claramente sí, aunque, no siempre ha sido así. Las profesiones artísticas se asocian, a menudo, a posiciones progresistas, radicales o provocadoras. Cuando eres joven y te internas en este mundillo, tienes sentimientos encontrados. Solo con la madurez vas descubriendo, sin complejos, que también se pueden ofrecer trabajos creativos y de calidad que respeten, al mismo tiempo, tus valores cristianos y tus inquietudes artísticas
La familia, ¿qué lugar ocupa en tu vida?
La familia es lo más importante, aunque yo, a menudo, no sea consciente de ello. Los artistas estamos siempre en nuestro mundo, con nuestras cosas creativas en la cabeza. Pero cuando, en alguna ocasión, me he visto obligado a pasar algún tiempo alejado de mi mujer y mis tres hijos, es cuando me he dado cuenta realmente de lo que los quiero y de la importancia que tienen en mi vida.
¿El dibujo creativo es una oportunidad para evangelizar?

Sí lo es, el catecismo “Testigos del Señor” es una prueba visual de ello, pero no solo el trabajo del dibujante, también el del ingeniero/a, el del jardinero/a o el del amo/a de casa. Recordando a san Pedro, debemos dar siempre razón de nuestra esperanza.

El Colegio Mayor San Pablo

Por Javier del Hoyo

En el Archivo General de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) se conservan varias cartas del P. Tomás Morales a Fernando Martín-Sánchez Juliá, escritas en la década de los años cuarenta desde distintas casas de la Compañía1. En ellas deja ver el interés que mantenía por la Asociación y por los Estudiantes Católicos, organización de la que Tomás fue presidente de la Federación de Madrid durante dos años (1928-1930).
¿Quién era el destinatario de la carta? Fernando Martín-Sánchez Juliá (1899-1970) fue ingeniero agrónomo, geógrafo y periodista; miembro fundador de la Confederación Nacional de Estudiantes Católicos y presidente de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas entre 1935 y 1953, cargo en el que sucedió a Ángel Herrera Oria. Fue redactor y consejero de El Debate, e impulsor del Colegio Mayor San Pablo CEU. Estudió también Economía y Derecho en la Universidad Católica del Sacro Cuore en Milán, de donde pasó a Rumanía, Austria, Checoslovaquia, Bélgica, Alemania y Francia, para estudiar las instituciones sociales de aquellos países.
Orador extraordinario, fue sin duda un laico comprometido con la Iglesia y con España, cuyos problemas los vivió desde dentro. Ha pasado demasiado desapercibido en el panorama español, quizás oculto por la sombra de personas cercanas como Herrera Oria, Martín Artajo, Castiella, etc. Su minusvalía (vivió buena parte de su vida en silla de ruedas, pues desde muy joven se vio afectado por una parálisis progresiva que le mantuvo prisionero en una inmovilidad casi absoluta. Una raya trazada de arriba abajo y de derecha a izquierda era su firma) no le impidió un trabajo incansable y una gran lucidez mental. Si en 1920 había fundado los Estudiantes Católicos, poco después (Friburgo 1921) fue uno de los promotores de la Internacional Pax Romana de Estudiantes Católicos, organización en la que desempeñó el cargo de Vicepresidente.
Hombre de profunda y arraigada fe. El 13 de febrero de 1943 el ministro Ibáñez Martín le condecoraba con la Cruz de Alfonso X el Sabio y él, aún relativamente joven y atado para siempre a su silla de ruedas, incapaz de mover un pie o una mano, decía: “Una cruz, bien está; muy agradecido, querido ministro. Después de esta otra cruz con que Dios me condecoró, esta gran cruz que llevo inseparablemente unida a mi cuerpo, que me ha hecho alejarme de todo lo que son vanidades y locuras mundanas”.
Temor ante el nacionalcatolicismo en España. La visión profética de Fernando le hizo pronunciar en un discurso en Aranjuez en la primavera de 1946, con el triunfo aliado reciente: “La pregunta concreta, el interrogante que atenaza el ánimo de muchos propagandistas y aun de muchos católicos españoles hoy, es saber a ciencia cierta, aunque lo preguntamos con la desesperanza de que no se nos podrá contestar de un modo definitivo, ni acaso tenemos derecho a exigir esta respuesta, si la Iglesia en un pueblo católico como el de España, salvando siempre ante todo su libertad, prefiere vivir ‘tutelada’, ‘protegida’, ‘defendida’, ‘respetada’, o si, abandonando totalmente esa gama de participios pasivos, prefiere, como en tantos otros pueblos donde los católicos no son ni la inmensa mayoría ni siquiera apenas minorías exiguas, vivir estos tiempos como entidad de derecho privado, con consecuencias públicas evidentes inevitables”.
Fernando murió al pie del cañón en 1970, poco después que Herrera Oria. Hemos de decir que la causa de su canonización ha sido introducida el 24 de mayo de 2012, y se une a las ya incoadas de Ángel Herrera y Tomás Morales. Amigos, relacionados en vida por un fuerte compromiso social, vivieron los difíciles tiempos de la España del siglo XX, y están camino de los altares sin haber sido mártires. Un laico, un obispo - cardenal, y un jesuita, conectados entre sí desde los años veinte, unidos en sus años de formación, en su amor a la Iglesia y a España, en su visión de la laicalidad, y ahora en sus causas de canonización.
Publicamos en este número la carta que le escribe el P. Morales el 27 de noviembre de 1945, desde la casa de Gandía, donde había comenzado la Tercera Probación el 16 de septiembre de ese año, último escalón en la formación jesuítica antes de emprender su ministerio apostólico. Acababa de terminar la tanda de ejercicios de mes que les había dirigido el P. Francisco Segarra SJ.
En la carta hay dos partes, y se trasluce un tono de añoranza en el P. Morales, que parece echar de menos las actuaciones combativas de los Estudiantes Católicos de los comienzos. Termina haciendo un llamamiento a la formación humana completa de los laicos y apóstoles.
Se trata de un cuadernillo con membrete, en formato folio doblado, que consta de dos cuartillas rayadas, escritas totalmente2. Hemos respetado en lo posible su grafía y sus abreviaturas.
* * *
27 noviembre 1945
Sr. Dn. Fernando M.-Sánchez
Madrid

Mi querido Fernando:
Llega a mí la noticia de la primera piedra del futuro Colegio Mayor San Pablo en la Ciudad Universitaria3. Mi felicitación sincera para ti y para todos los que te ayudan en esa importantísima y transcendental iniciativa, a mi juicio, una de las más fecundas que ha tomado a su cargo la A. C. N. de P. ¡Que la gracia omnipotente de Dios, con la cual “todo” lo podéis, nos haga ver pronto convertida en espléndida realidad incubadora de hombres para Dios y España a ese Colegio Mayor, vivero magnífico de apóstoles, si acierta a imprimir en sus colegiales ese espíritu sobrenatural sin la cual son infecundas todas las obras!
Mis oraciones, mis S. Misas, no faltan por ese futuro Colegio, ni tampoco por la A. C. N. de P. ¡Qué semillero el colegio de vocaciones para la Asociación! Cada día estimo más la fecunda labor formadora que se puede llevar a cabo en esos colegios: S. Pablo, Cisneros… Pidamos a Dios hombres con visión clara de su transcendencia, con abnegación sobrenatural para llevar incansablemente adelante una tarea tan ardua, como es la formación de la juventud. ¿Qué conexión tan bonita para el futuro la de esos Colegios con instituciones similares para ampliación de estudios o doctorados, existentes ya o posiblemente fundables en el extranjero?4
No sé si conoces un artículo del P. Salvador Cuesta (“Sal Terrae”, octubre 1945) en que a propósito futuro Congreso Pax Romana, habla necesidad y conveniencia reorganización Conf.de Es. Católicos5. En parte estoy con él; y me parece que sin ellos todo ese apostolado universitario será insuficiente, a pesar buenísimos deseos Juventudes C. y Congregaciones6.
Aquí me tienes en esta casa del Santo Duque de Gandía, haciendo en soledad fecunda mi Tercera Probación. Pide al Señor para que me santifique de veras, para que me lleno7 del Espíritu Santo, pueda realizar entre nuestra juventud una labor fecunda, el día en que acaben estos meses de retiro tan fundamentales en la vida de un apóstol.
Adiós, querido Fernando. ¡Que Dios os bendiga a todos! ¡Que la Virgen Inmaculada, vuestra patrona, lleve a la asociación ese elemento joven y batallador que quizás echáis de menos y que tan magníficamente preparaban nuestros Es. Cs.! ¡Que Ella bendiga a ese futuro Colegio Mayor cuyo fruto está en razón directa del grado de selección de los Colegiales y de la intensidad de una dirección espiritual a fondo que los forme muy hombres, muy hombres de Dios, muy hombres del día!
Affmo, in Cto. Iesu
Tomás Morales S.J.
Ten la bondad decir me remitan aquí, Gandía (Val.) Palacio Sto. Duque el Boletín A.C.N. de P. que mandaban Villafranca8

(Notas del documento)
1Agradezco sinceramente a los responsables del Archivo las facilidades prestadas para su consulta y publicación.
2 El código del documento es: ES.28668.AGACdP-CEU-N217-N498-C140-115-03/15. N.012.
3 La primera piedra fue puesta el 12 de octubre de 1945 en una ceremonia oficiada por Mons. Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá. Fue inaugurado oficialmente el 7 de marzo de 1951.
4 Debió querer poner admiraciones, pero escribió interrogaciones a comienzo y a final. Indudablemente está pensando en instituciones como el Colegio de San Clemente en Bolonia, fundado por el cardenal Gil de Albornoz, y donde él mismo estuvo becado el curso 1932 para hacer la tesis doctoral en Derecho. La misma palabra “ampliación” parece recordar la Junta de Ampliación de Estudios, vinculada a la ILE y creada en 1907 para becar en el extranjero a licenciados de reconocido prestigio.
5 En este párrafo y en los siguientes se ve la tendencia del P. Morales a utilizar abreviaturas y a un estilo conciso.
6 En esos momentos, los Estudiantes Católicos estaban en la sombra; y los universitarios católicos estaban integrados principalmente o en la Acción Católica o en las congregaciones marianas de los luises (San Luis Gonzaga) y los kostkas (San Estanislao de Kostka). También comenzaba su andadura el Opus Dei, y entre las universitarias las teresianas del P. Poveda. Eran estas organizaciones más confesionales que lo que habían sido los EE.CC., por lo que al P. Tomás Morales le parece que falta cierta laicalidad en la actuación, así como más preocupación por lo humano y estrictamente universitario. Es significativa la última frase de la carta: “muy hombres del día”.
7 Había redactado primero “me llene”.

8El contacto con la ACNdP no lo había perdido ni en sus años de estancia en Bélgica y Avigliana (1932-1939), adonde le habían enviado circulares y cartas. Desde su llegada a España ha ido reclamando el Boletín desde las casas de la Compañía en que se encontraba.

Charlene Andersen

Por Jesús Amado

Mes de octubre, mes del Rosario. ¿Cómo no dedicar a la Virgen esta sección de ESTAR en este mes?
Hace años escribía el literato protestante Max Yungnickel: Hace mucho frío en la iglesia luterana. Tenemos que calentarla un poco. ¿Cómo? Trayendo una Madre: María. Entonces sin duda estaremos mejor. Volvamos a los cánticos a María; adornemos nuestras iglesias con las flores del campo. Hagamos fiestas, como por la vuelta de una Madre, porque una Madre haya reaparecido en nuestra Iglesia. Sí, una Madre, María, nos hace falta. Venid. Vamos a traerla. Que Ella embalsame de nuevo nuestra Iglesia. María, llena de gracia, yo te saludo.
No ha perdido actualidad. Ella, junto al sagrario, caldea nuestras iglesias y capillas. Y Ella nos lleva siempre a Jesús.
Traemos hoy a nuestros lectores el relato autobiográfico de una conversión, la de Charlene Andersen. Detestaba de modo especial el rezo del Rosario entre los católicos, y sin embargo, —como ella mismo reconoce—, fue María la que le condujo hacia Jesús-Eucaristía. Leamos:
Nací en una casa incondicionalmente luterana. Mi padre era un pastor luterano, y nuestra vida familiar giraba en torno a la iglesia. Mis padres eran muy dedicados a su fe, a sus cuatro hijos, y a las personas a las que servían en sus parroquias rurales en Alberta y Saskatchewan, Canadá. Pero las finanzas eran extremadamente estrechas en aquellos días, y mis padres apenas podían ganarse la vida.
Cuando tenía ocho años, mi padre decidió convertirse en capellán militar. Así, podría ser un pastor luterano en un contexto diferente, pero sería más capaz de mantener a su familia. La vida militar le ofrecía la oportunidad de vivir en Europa con las Fuerzas Armadas canadienses (de 1969 a 1974).
Aunque fomenté una fe personal durante mi infancia, esta situación cambió durante nuestros años en Alemania en el ejército canadiense. Me involucré con compañías nada recomendables, y me convertí en una muy adolescente rebelde y agitadora. Mis padres pensaron que sería mejor para mí enviarme a un internado privado luterano en Canadá. Durante mi último año de escuela secundaria, regresé a la fe, y deseé vivir mi vida para Dios.
Terminé una licenciatura en Educación, y encontré mi hogar espiritual como evangélica protestante. Cinco años más tarde conocí a Peter, mi marido. Él se había convertido al catolicismo, pero no era realmente practicante en ese momento. Nos mudamos a la costa oeste, asistiendo a varias iglesias Bautista, Anglicana, Luterana y la Alianza Cristiana Misionera, pero no nos sentíamos como en casa en cualquiera de ellos. Peter quería asistir a una iglesia católica, pero como yo no estaba cómoda allí, buscamos una iglesia protestante en la que ambos nos sintiéramos como en casa. Oramos duro y continuo, pero con el tiempo nos empezamos a sentir desanimados y desilusionados. Nuestra asistencia a la iglesia decayó.
En 2001 pasé por una crisis. Peter perdió su trabajo y cayó en una profunda depresión que duró siete meses. Durante este período, Peter comenzó a volver a Misa —a Misa diaria—. Comenzó a salir de su depresión, que atribuyó exclusivamente a la sanación por la recepción del Cuerpo y la Sangre de Jesús todos los días. Dios lo bendijo con una nueva posición en un hospital católico como trabajador pastoral. Continuó asistiendo a Misa todos los días, comenzó a participar en nuestra parroquia, y dedicar más tiempo a la lectura espiritual y oración. ¡Me sentí excluida, y le supliqué que no fuera tan lejos como para llegar a rezar el Rosario! El Rosario era para mí la mayor herejía. El pensamiento de verle siendo devoto de María era muy preocupante para mí. Estoy segura de que rezaba el Rosario en privado, pero nunca me lo decía.
Aunque yo seguía en busca de un hogar espiritual en las iglesias evangélicas, sentía una pesadez y vacío, sin duda agravada por el hecho de que nosotros asistíamos a iglesias distintas. Peter creció en su fe y devoción, y yo me sentía dentro de una creciente frustración. Por último, a regañadientes, decidí ir a la iglesia con él, al menos para poder estar sentados juntos. Pero la separación que sentía al no recibir la Santa Comunión se me hacía muy difícil de soportar. Peter nunca me obligó a venir a la iglesia con él para convertirme en católica. Él sólo me dio un libro para leer (Roma, Dulce Hogar, de Scott Hahn) que no toqué durante meses. Me sentía rechazada por el título. Me di cuenta de que había mucho sentimiento anti-católico en mí, en particular en torno a la devoción a María, los santos, el purgatorio, la oración por los difuntos, la penitencia y la autoridad papal.
En septiembre de 2002, asistí a un curso de catequesis en la iglesia católica sólo para “probarlo”. Le dije a mis amigos que si me convertía católica, sólo sería para poder recibir la Comunión con mi esposo. El dolor de no recibirla en común era cada vez más difícil de soportar. Insistía en cambio en que yo nunca aceptaría las enseñanzas de la Iglesia católica.
El equipo de la parroquia católica se componía de varias personas llenas de fe, de gente encantadora. Les hice algunas preguntas difíciles acerca de la fe católica, pero la gente, tan maravillosa como eran, no poseían la preparación suficiente para las preguntas que en mi formación teológica llegaba a plantearles.
Al tiempo que aumentaba mi lucha contra las tradiciones y la doctrina católica, también crecía mi deseo de la Eucaristía. La Eucaristía, el verdadero Cuerpo y la Sangre de Cristo, elevado, ofrecido, venerado y adorado en el altar me atrajo con tanta fuerza que pensé que no podría vivir sin ella. ¡Era tan bello! Pero yo estaba en un punto muerto, porque no podía aceptar o comprender las doctrinas de la fe católica, las que separan del protestantismo. No sabía a quién recurrir para obtener ayuda.
Una amiga anglicana me habló de la realidad de la “Comunión de los santos” y cómo tenía sentido así pedir y rogar unos por otros, entre los vivos de la tierra y con los santos del cielo. Y entendí entonces cómo por tanto no era ilógico orar y suplicar de modo especial a la Virgen María. Y comencé a pedirla que me hiciera ver y comprender.
A la altura de mi dilema, el Señor me dio la gracia de conocer a un sacerdote maravilloso, el padre John Horgan. Un santo varón. Él se tomó mucho tiempo para escucharme y para explicarme con rigor todos los tópicos que me atormentaban, desde la devoción mariana y el rosario hasta el celibato sacerdotal. También me dio una pila de libros para leer, que yo devoraba. Él oraba por mí día a día en el altar. Como yo leía, hablaba, rezaba y asistía a Misa, mi mente y mi corazón comenzaron a abrirse a la riqueza y la belleza de las doctrinas que antes había despreciado. Me encontré con la suficiente confianza para poder defender estas doctrinas y tradiciones frente a mis amigos evangélicos. Y no solo defenderlas, sino aceptarlas y amarlas.
Por supuesto, el P. Horgan me explicó bellamente todo lo concerniente al Rosario, haciéndome ver que al rezarlo uno medita sobre la vida de Jesús. Me hizo ver que la intención de María es llevarnos más cerca de Cristo. Yo antes pensaba que los católicos adoraban a María, y descubrí que no es así. Al acercarnos a María, nos acercamos a Cristo. Y en el rezo del Rosario uno se acerca a Cristo.
Pero el gran impacto para mí fue descubrir el capítulo 6 de san Juan. Para mí la Eucaristía es la fuente, la cumbre y el corazón de la fe católica. Es Jesús que está siempre presente en nuestros sagrarios. No solo espiritual sino también físicamente.
Y así en la Pascua de 2002, con gran paz y alegría de corazón, fui recibida en la Iglesia. Yo estaba dispuesta a abrazar la fe católica de todo corazón. Este fue un momento de enorme renovación de la fe y el amor de Dios. Fundamental en mi crecimiento espiritual ha sido santa Teresa de Lisieux, a quien he elegido como mi santa patrona. Ella me ha enseñado y mostrado muchas cosas. Tres meses después de ser católica, tuve la oportunidad de visitar Lisieux con Peter, y allí absorber su vida, mensaje y el amor quemante por Cristo.
Al hacerme católica puedo afirmar cuán feliz me siento y cuán cerca me siento del cielo.

Estoy sorprendida por la gran profundidad y los tesoros de la fe que yo no sabía que existían, y que abrazaré para descubrir y entender cada día más. Por encima de todo, tengo un profundo sentimiento de gratitud y de paz al estar “en casa” al fin

Entonces, ven tú

Por Antonio Rojas
Unos tienen soluciones para todos los problemas,
y otros tienen problemas para todas las soluciones.

— G. K. Chesterton—

Había una familia muy numerosa, de diez hijos. Uno de ellos se llamaba Agustín. Un día estaba Agustín con su amigo Saúl y le dijo:
—¿Qué te parece, Saúl? Tengo nueve hermanos, y al único al que mi papá manda hacer las cosas es a mí. Todo lo que él quiere que le hagan, tengo que hacerlo yo y siempre yo.
Entonces Saúl le dice:
Lo tienes fácil, cuando tu papá te llame, dile que Agustín no está, y así tiene que mandar a otro de tus hermanos.
Llega Agustín a casa y al poco rato el padre empieza a llamarlo. Siguiendo el consejo de su amigo, Agustín responde que no está y en ese momento dice el padre:
Bueno, entonces, ven tú.
Ilustración Juan Francisco Miral
Con frecuencia nos vemos en la tesitura de tener que escoger entre egoísmo o servicio y, aunque no siempre es fácil, hay que desarrollar una actitud positiva hacia todo y hacia todos. Serenidad de ánimo y predisposición al esfuerzo. Amar la vida creciendo al servicio de un gran ideal. Sólo aman y disfrutan de la vida los que la ponen al servicio de una idea buena, grande y bella, por ejemplo: servir, ayudar, estar disponibles.
Sabe muy bien el egoísmo disfrazarse de victimación y engendrar mal humor, tristeza áspera, distanciamiento y postura incómoda para los demás. Y es que el egoísta genera un espíritu amargado y sin sentido sano del humor convirtiéndose, así, en una pesadilla para los demás, un motivo de inquietud y de disgusto.
La generosidad es la virtud que nos conduce a dar y darnos a los demás de una manera habitual, firme y decidida, buscando su bien y poniendo a su servicio lo mejor de nosotros mismos, tanto bienes materiales como cualidades y talentos.
Debemos dedicar lo mejor de nuestro esfuerzo a formarnos en la generosidad, el desprendimiento y en el dar lo mejor de sí, contrarrestando los efectos del egoísmo. Mantener una postura generosa saliendo de sí mismos y experimentar la felicidad que proporciona el donarse a los demás viviendo el valor del servicio, que implica una participación y solidaridad profunda con el otro.
Para crecer como persona mientras enriquecemos nuestro entorno, debemos preguntarnos cada día cómo podemos mejorar intentando ayudar a otros, y tratando de compartir nuestra felicidad con los que nos rodean.
Hay que ayudar. Y, mejor aún, hay que aprender a querer ayudar con disponibilidad generosa que nos evite el bochorno egoísta que puede evidenciar el:

Entonces, ven tú.

El hijo como un don y su rechazo en la sociedad actual (y II)

Por Juan Ignacio Serrano y Raquel Toldos
3. Significado de la donación
3.1 Vocación al amor
La antropología adecuada de la que partimos tiene como primera afirmación que la persona solo puede conocerse, de modo adecuado a su dignidad, cuando es amada. Juan Pablo II afirmaba: “El hombre no puede vivir sin amor, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”.
Así, el plan de Dios para la vocación del hombre, hay que entenderlo como una “verdadera vocación al amor”, una llamada inscrita en nuestra alma y nuestro cuerpo. De ahí que la plenitud del hombre se encuentre en una comunión de personas, cuyo primer vínculo viene dado por la  complementariedad sexual.
Es también una llamada a la libertad del hombre asumiendo su condición pecadora: si no, justificará su debilidad acomodando las normas a su situación y cambiando la llamada original a entregarse a otros, por una relación de dominio y de deseo.
“El amor es, por tanto, la vocación fundamental e innata de todo ser humano”. FC 11.
3.2 Matrimonio y familia
En los planes de Dios, la lógica del don del hijo se lleva a cabo en el matrimonio, que  no es un producto cultural o ideológico que pueda cambiarse en cada época. Es una institución creada por Dios para realizar en la humanidad su designio de amor.
3.3 Características del amor conyugal
En la vocación al amor dirigida al matrimonio tienen un significado central las características del amor conyugal que Pablo VI definió en la encíclica HV:
1/ “Es un amor pleno y humano, un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y crecer en las alegrías y las penas de la vida. No es un sentimiento o un instinto.
2/Es un amor total, una forma singular de amistad personal” con la otra persona que es única e irrepetible, en el cual se comparte todo sin reservas egoístas.
3/ “Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte”. A pesar de las dificultades, la fidelidad es posible (ejemplo de tantos matrimonios que envejecen juntos). No es un amor a prueba, porque acepta a la persona como es y pueda llegar a ser.
4/ “Es un amor fecundo”, capaz de comunicarse generando nuevas vidas, no está encerrado en sí mismo. Los hijos son el mejor don del matrimonio.
Si falta alguna de ellas, puede hablarse de amor, pero no es un verdadero amor conyugal, sería un amor a la carta.
3.4 Donarse
De nada sirve disertar sobre la donación a otros, si uno mismo no es libre antes, conociéndose y aceptándose a sí mismo, si no es capaz de amarse tal como Dios le ha creado. Sólo así podemos donarnos a los demás.
Aquí debemos tener en cuenta que la sexualidad afecta al núcleo íntimo de la persona, de ahí que la donación física total sería un engaño si no estuviera físicamente presente toda la persona, tanto corporal como espiritualmente. Y el único lugar que hace posible esta donación total es el matrimonio.
Pero el amor humano encierra una paradoja: no se puede obligar al otro a ser recíproco del don que se le da: depende de su libertad. Surge así la distancia entre el don que se da y el que se recibe, produciéndose un sufrimiento para los amantes que pone en entredicho la plenitud que se buscaba.
3.5 El don del hijo
Comprendido el significado de donarse, podemos profundizar en el don del hijo.
Y es que el origen del hombre no se basa sólo en leyes biológicas, sino en la voluntad creadora de Dios. Por eso un hijo es “la mayor de las bendiciones divinas”. El hijo debe ser recibido con dignidad: como un don, gratuita, desinteresadamente, en el acto conyugal. Puesto que somos cooperadores y administradores del plan establecido por Dios, si el hombre no tiene el dominio absoluto de su cuerpo, con mayor razón tampoco sobre una nueva vida.
Así, podemos afirmar que “el hijo no es un derecho, sino un don”. Pero, ¿cuáles son los derechos del hijo? El hijo tiene derecho a ser fruto del amor conyugal de sus padres y a ser respetado desde el momento de su  concepción.
3.6 El deseo de tener un hijo
El deseo de tener un hijo pertenece a la realidad del amor entre un hombre y una mujer.
Pero, ¿cuál es el sentido de este deseo? “Desear un hijo quiere decir desear engendrar a alguien movido por una llamada de amor de Dios”. No es querer algo que sacie el propio deseo, sino la posibilidad de compartir el propio destino y acompañarle.
Puede surgir una tentación si no vienen los hijos: producirlos mediante la fecundación artificial ya que la medicina es capaz técnicamente de satisfacer este deseo de los padres.
Pero, ¿se puede producir una vida humana para satisfacer el deseo de tener un hijo? ¿Es lícito sustituir el acto de donación recíproca de los cónyuges? La dificultad que ha planteado la esterilidad en la vida de los esposos y la posibilidad técnica de producir un hijo pueden ayudarnos a descubrir el sentido de la verdadera paternidad humana.
3.7 Paternidad responsable
Los cónyuges somos cooperadores de Dios, pero esto no basta. El amor conyugal nos  exige una conciencia de nuestra misión en la Paternidad Responsable. Pablo VI en la encíclica HV definió sus ideas básicas:
1/ Los esposos deben conocer los procesos biológicos de generación de la vida para poder respetar así sus funciones. Sabemos que no hay nueva vida en cada acto conyugal, ya que Dios ha dispuesto con sabiduría los ritmos naturales de fecundidad. Conociendo la fertilidad combinada de hombre y mujer, los esposos admiramos y respetamos el cuerpo como obra de Dios.
2/ Las pasiones y el instinto sexual pueden ser dominadas mediante la razón y voluntad.
Aquí entra en juego la castidad, mal entendida como represión del instinto y del afecto cuando en realidad consiste en ordenar,   reconducir, integrar el instinto y el afecto en el amor de la persona, dominando el propio cuerpo para que exprese con plenitud la donación personal.
3/ Deben tenerse en cuenta las condiciones físicas, económicas, psicológicas, sociales y espirituales para evitar o post-poner un nuevo nacimiento por graves motivos. Por ello los esposos deben atender no sólo a su bien personal y al de los hijos (presentes o futuros), sino también al de la sociedad y al de la Iglesia.
4/ Debe seguirse el orden moral objetivo querido por Dios, cuyo intérprete es la conciencia, siendo conscientes de que los esposos no pueden proceder a su antojo, sino con una conciencia recta y bien formada acorde al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia.
Solo así podemos llegar a la clave de la paternidad responsable: “Cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida” siendo inseparable la conexión entre los dos significados del acto conyugal: unitivo y procreativo”.
Porque el niño no es algo que venga al mundo por su utilidad o para satisfacer un deseo, ya que es una persona digna de ser amada por sí misma, incondicionalmente, corresponda o no a los deseos de sus padres. No es el producto directo de la voluntad de sus padres ni un simple proyecto humano, es un regalo maravilloso de Dios que sus padres han acogido en un acto de amor.
3.8 Esterilidad
Somos conscientes del sufrimiento de tantas parejas que ven tambalearse su vocación conyugal, pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación: El matrimonio sigue en pie como intimidad y comunión total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad. La esterilidad física no es un mal en absoluto. Los esposos deben asociarse a la Cruz del Señor, fuente de toda fecundidad espiritual. Pueden manifestar su generosidad adoptando y acogiendo niños o realizando servicios en beneficio del prójimo.
Pero, ¿pueden ayudar las técnicas médicas de fertilidad a los esposos? “Si la intervención técnica facilita el acto conyugal o ayuda a alcanzar sus objetivos naturales, puede ser moralmente aceptado”. Pero si sustituye al acto conyugal, es ilícita moralmente.
4. Cómo abrirnos a la lógica del don: soluciones pastorales
Vamos a desarrollar una serie de puntos en los que la espiritualidad y la formación son el punto de partida, ya que las buenas intenciones no son suficientes. Luego continuaremos con unas indicaciones sobre el apostolado y el trabajo pastoral desde el interior de la Iglesia, para terminar con temas que afectan más a la vida pública de las familias. Intentando así tocar todas las facetas de nuestra vida como familias cristianas.
4.1 Espiritualmente: nuestra vocación la alimentamos mediante los sacramentos, que son la mejor escuela y alimento del amor conyugal, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, junto con la oración en familia.
4.2 Formación: es necesaria una formación de la conciencia moral sobre todo de los esposos, pues ellos mismos se convertirán en guías de otros matrimonios que se acerquen a ellos. Pero es una realidad el que muchos sacerdotes y catequistas no difunden la doctrina católica sobre moral sexual y la apertura a la vida. Por ello, sería conveniente que se trataran estos temas en la formación permanente del clero, en las catequesis de adolescentes y jóvenes, en las clases de religión, en cursillos prematrimoniales, ejercicios espirituales, convivencias, así como cerciorarse de la seguridad doctrinal de los materiales didácticos que se empleen.
4.3 Apostolado: Debemos anunciar el Evangelio de la Vida en la catequesis, en la predicación, en el diálogo personal… Promover los Centros de métodos naturales de regulación de la fertilidad para un buen ejercicio de la paternidad responsable. También es necesario que existan Centros de ayuda a la vida y Casas de acogida a la vida para ayudar a jóvenes y parejas en dificultades.  Destacamos también la experiencia tan positiva de los Centros de orientación Familiar, y la responsabilidad que tienen los obispos de dar prioridad a esta iniciativa en sus diócesis.
4.4 Trabajo Pastoral: Promover estructuras de acogida y acompañamiento de matrimonios en las parroquias. La importancia de trabajar juntos sacerdotes, matrimonios y movimientos en las  parroquias y en las Delegaciones  de Pastoral Familiar. Muy positiva y necesaria es la predicación de los sacerdotes del “evangelio de la vida” en la homilía dominical, por ser ésta muchas veces la única fuente de formación para muchos católicos.
4.5 Política familiar: para eliminar las causas que no favorecen la aceptación del hijo hay que asegurar el apoyo debido a la familia y a la maternidad, de modo que la política familiar sea el eje y motor de todas las políticas sociales. Las familias también tenemos la misión de intervenir en política para que no se vulneren los derechos fundamentales de la familia.
4.6 Asociaciones familiares: crear grupos de presión como un modo poderoso de influir en política.
4.7 Educación: educamos mediante el testimonio de vida personal y de amor de los padres, mediante la participación de los progenitores en los colegios y asociaciones de padres, verificando el ideario del colegio de nuestros hijos y con la ayuda de escuelas de padres.
En el colegio puede darse una educación afectivo-sexual acorde a la antropología adecuada. Pero no es el único sitio, puesto que los padres (los primeros que deben implicarse), la parroquia o las asociaciones de jóvenes también pueden hacerlo.
4.8 Medios de comunicación: luchar porque se proponga en los medios un respeto por los valores de la sexualidad, el amor, el matrimonio y la familia. También educar a los hijos, y a nosotros mismos, en su uso responsable, especialmente la televisión e Internet.
4.9 Trabajo y familia: Entendemos y apoyamos que la maternidad debe obtener un reconocimiento económico, no mediante subvenciones, sino mediante un salario maternal. Se tiene que facilitar la integración de los horarios laborales y familiares, hay que tener tiempo para estar con los hijos.
4.10 Vivienda: sobre todo su adquisición, es uno de los factores que frenan la venida de los hijos o el aumento de la familia. De ahí que sea urgente una revisión de la política de vivienda.
4.11 Nuevo feminismo: a las mujeres corresponde promoverlo, para que sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino, especialmente en todo lo relacionado con su función materna y familiar.
4.12 Familias sin hijos: por un misterio divino son llamados a otra misión, pero hay que ayudarles, desde la Iglesia, a encontrar la fecundidad de su amor.
Conclusión
Como conclusión de este trabajo vemos que nos encontramos ante un choque dramático entre el bien y el mal, entre la muerte y la vida. Éste es el momento de Dios que nos toca vivir y tenemos que responder ante la invitación que Dios nos hace, como lo hiciera a Moisés en su día: “mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia…; te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida para que vivas, tú y tu descendencia”
Nuestra tarea consiste en defender y promover una cultura de la familia que contribuirá a desarrollar una cultura de la vida humana; el camino es Cristo, que  inició la pastoral familiar al nacer y pasar la mayor parte de su vida en una familia. Y al poner la mirada en Cristo lo que se nos pide es que nos convirtamos, que seamos coherentes para poder generar una cultura de la vida y de la familia.
Una vez más, Dios no nos abandona y nos muestra el camino. El Hijo de Dios se hizo embrión y cobra especial relevancia la figura de su Madre, la Virgen; Ella nos descubre que no somos árbitros de la vida humana, sino depositarios y receptores de un don que precede y supera todo deseo humano. Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte ya han sido derrotadas en Él: “lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la vida, triunfante se levanta”.
 Bibliografía
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Larrú Ramos, Juan de DiosApuntes de Paternidad y Maternidad, Máster en ciencias del matrimonio y la familia: especialidad universitaria en Pastoral Familiar
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Pérez–Soba Diez del Corral,
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Máster en ciencias del matrimonio
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Pérez–Soba Diez del Corral,
Juan José. Antropología del don de la vida. Conferencia impartida en Burgos el 22-10-2005.
Rhonheimer, M.,
Ética de la Procreación.
Rialp, Madrid, 2004.
Wojtyla, K.
Amor y responsabilidad. Razón y Fe, Madrid, 1978.

Cuestionario orientativo para reuniones, encuentros, puestas en común, etc.
Define con tus propias palabras lo que significa para ti el don de un hijo.
Nuestra sociedad, ¿se alegra por el nacimiento de una nueva vida?
¿Has tenido la experiencia de que tu hijo no sea aceptado con alegría en tu entorno?
¿Has sido recriminado por tener un hijo  y hasta insultado?
¿Ha peligrado tu puesto de trabajo por un embarazo?
¿Son suficientes las ayudas económicas a la familia en España?
Hoy en día, ¿atraviesan el matrimonio y la familia una grave crisis?
¿Cómo ha afectado el vuelco de la concepción de la sexualidad en los últimos
cuarenta años a la idea de matrimonio, familia, paternidad, hijos…?
¿Estás de acuerdo con la siguiente afirmación? Hoy en día, la mujer no está
discriminada tal como se suele afirmar, sino que las madres son las discriminadas.
¿Crees que si se concedieran más ayudas económicas y laborales por
nacimiento y cuidado de hijos, las familias tendrían más hijos?
¿Cuándo es lícito el deseo de tener un hijo?


Enumera los temas que te ha suscitado esta charla para tratar en próximas reuniones.