sábado, 1 de agosto de 2015

2015 Jesucristo: luz del mundo

Portada Estar 293, agosto 2015
La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en su LXVIII sesión el año 2015 como Año Internacional de la Luz y de las Tecnologías basadas en la Luz. Dicha resolución cuenta con el copatrocinio de 35 países entre los que se encuentra España.

En España, tras el acuerdo conseguido con Loterías y Apuestas del Estado, El Año Internacional de la Luz será el protagonista de los décimos de Lotería Nacional correspondientes al sorteo del próximo 15 de agosto.

Y los creyentes que somos depositarios de la Luz, con mayúscula, ¿no tenemos nada que decir?, ¿no nos toca a los católicos, una vez más, cristianar las estructuras? Acepta­mos y acogemos todo lo que de bueno presente el mundo y lo potenciamos dándole una dimensión trascedente.

Lo importante es intentar vivir y pensar el cristianismo de tal manera que asuma en sí la buena, la correcta modernidad, y que al mismo tiempo se aparte y se distinga de esas tendencias que pretenden crear una especie de contra religión.

Así fue y así debería ser, pero hoy parece que la fuerza transformadora de los católicos está languideciendo mucho; otros nos marcan el camino, otros crean estados de opinión. ¿Por qué?

Respondo con una de las preguntas que el periodista Peter Seewald hace a Benedicto XVI en el libro Luz del mundo:

Vista con mirada sobria, la Iglesia católica es la mayor organización del mundo, con una red central organizada que se extiende por todo el mundo y que funciona bien. Tiene mil doscientos millones de miembros, más de cuatro mil obispos, cuatrocientos mil sacerdotes, millones de religiosos. Tiene miles de universidades, monasterios, escuelas, instituciones de servicio social. .../... ¿No es acaso extraño, o incluso un escándalo, que esta Iglesia no haga mucho más de ese potencial incomparable?

Benedicto XVI responde: A menudo uno se pregunta realmente cómo es que cristianos que son personalmente creyentes no poseen la fuerza para hacer que su fe tenga una mayor eficacia política. .../... Sólo podemos esperar que la fuerza interior de la fe, que está presente en el hombre, llegue a ser después poderosa en el campo público, plasmando asimismo el pensamiento a nivel público y no dejando que la sociedad caiga simplemente en el abismo. (Editorial Herder 2010. pág. 70).

Lee, lector amigo, este número de Estar y verás que, a pesar de los pesares, hay católicos comprometidos que, en su día a día, tratan de ser Luz del mundo. Y así, conscientes o no, están transformando 2015 en el año de la luz.

Cristo, única luz para el misterio del hombre

Por Santiago Arellano
El símbolo de la luz ha sido utilizado por todas las culturas para representar la divinidad. El sol, por su poder benefactor, es comprensible que fuera considerado como el más poderoso aliado de los hombres. La contraposición luz-tinieblas, vida-muerte, cielo-tierra, necesitan de una Luz que supere las contradicciones. El sol que cada mañana surge resplandeciente por oriente daba claves de esperanza a la existencia de los desconcertados seres humanos.
En el Himno a Atón, el bellísimo poema religioso egipcio, podemos encontrar, en la contraposición del día y de la noche una dualidad entre los poderes del bien y del mal, eternamente en lucha, y en cuyo combate los hombres solo pueden, pasivamente, gozar con la luz y sufrir con las tinieblas. Os reproduzco los versos iniciales:
Bello es tu aparecer en el horizonte del cielo¡Oh, Atón vivo, principio de la vida!Cuando tú te alzas por el oriente lejano,llenas todos los países con tu belleza.Grande y brillante te ven todos en las alturas;tus rayos abarcan toda tu creación,porque eres Rey; por ello lo alcanzas todo,y dominas todas las tierras para tu amado hijo.Aunque estás lejano, tus rayos llegan a la tierra;aunque bañas los rostros, nadie conoce tus designios.Cuando te ocultas por el horizonte occidental,la Tierra se oscurece, como si muriese.(El Himno a Atón. Alabanzas de Akhenatón al creador)

Los sacerdotes egipcios del reinado de Akenatón adora­ban al astro sol como a Dios. Antítesis del consolador y esperanzado sol de Cristo, libertador de todas las tinieblas que envuelven al ser humano. La luz de Cristo es sol hermoso que orienta la existencia del hombre y de la creación y da respuesta a los anhelos más profundos de los hombres de todos los tiempos. La herencia judeo-cristiana ve en el sol no a Dios, sino a un símbolo de Dios, un símbolo cristológico que se quedó en la Eucaristía hasta el final de los tiempos.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,nos visitará el sol que nace de lo alto,para iluminar a los que viven en tinieblasy en sombra de muerte,para guiar nuestros pasospor el camino de la paz.

Es muy significativo que para expresar la rebeldía del hombre frente a Dios, también se elija el símbolo de la luz, pero intencionadamente en plural “Las luces”, el Siglo de las Luces, el hombre no necesita más ayuda que las luces que encuentra en la Razón. En consecuencia la cultura se ha quedado a oscuras y el hombre, como ciego, a tientas.
George La Tour, “La Magdalena penitente”
(h. 1640, Metropolitan Museum of Art, Nueva York)
Leed la Oda a la Ascensión de Fray Luis. Bien sabía, como creyente y como teólogo, de los bienes que la Ascensión de Cristo  va a suponer para la Humanidad. Pero Fray Luis compone de hecho una elegía a las consecuencias del alejamiento de Cristo en la vida cotidiana. Desorientación y oscuridad “¿Qué mirarán los ojos que vieron de tu rostro la hermosura, que no les sea enojos? Quien oyó tu dulzura, ¿qué no tendrá por sordo y desventura?” La cultura de los sentidos nunca podrá encontrar nada igual a la hermosura de Cristo. Fray Luis concluye: “¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!” ¡Diana! ¿En medio de las luces de tanto saber actual, no estamos ciegos?

George La Tour supo expresar que la conversión de María Magdalena surgía de la contemplación de la Luz de Cristo

¡Alégrate, el Señor está contigo!

Por José Luis Acebes
¿Tienes el Evangelio a mano? Ábrelo, por favor, por el pasaje de la Visitación (Lc 1, 39 ss). Encontrarás un tesoro escondido inagotable.
Verás que María entra en casa de Zacarías y saluda a Isabel. ¿Qué tiene el saludo de María que desencadena tres acontecimientos sorprendentes, inesperados? Juan el Bautista salta de alegría; Isabel se llena del Espíritu Santo; y prorrumpe en una gran exclamación.
¿Cuál es ese saludo de María, que libera tal energía? El evangelio no lo explicita, pero aporta unas claves para identificarlo.
La Virgen pocos días antes había recibido un saludo que había cambiado su vida. El ángel le había dicho: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Y comenta el evangelista que Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. María había quedado afectada por el saludo de Gabriel, y lo había interiorizado. (El saludo era una de “estas cosas” que conservaba meditándolas en su corazón —cf. Lc 2, 9 y 51—). Y por eso, al encontrar a Isabel, la saludaría con estas palabras: “¡Alégrate, el Señor está contigo!”. Isabel (ayudada posiblemente por el tono de voz y el gesto de María, que llevaría sutilmente la mirada hacia el vientre), intuiría que “el Señor está contigo” era mucho más que una fórmula: era una realidad palpable por primera vez en la historia. El Señor, entrañado en María, revolucionaba así la vida de Isabel, llenándola del Espíritu Santo. Comenzaba así la revolución de la Encarnación.
* * * 
El saludo de María no afecta solo a Juan y a Isabel. Nos alcanza a ti y a mí, a la Iglesia y a toda la humanidad. ¿Qué ocurre cuando tomamos conciencia hoy del saludo de María: “¡alégrate, el Señor está contigo!”? Al percibir la presencia del Señor se disipan nuestros temores, como le ocurre al niño agarrado de la mano de su padre. Además, reconocemos nuestra propia dignidad: no somos seres anónimos; el Señor vive con nosotros. Y nos invade la confianza porque su presencia es permanente: el Señor ha estado, está y estará conmigo. ¿Qué consecuencias tiene esto para nosotros? Las mismas que señala el pasaje evangélico:
Nos hace saltar de alegría. No es una alegría cualquiera; se exterioriza, no te deja quieto. Juan saltó (literalmente se movió, se con-movió) de alegría en el seno de Isabel. La presencia del Señor en nosotros nos conmueve, nos impulsa a mostrar nuestra alegría.
Nos llena del Espíritu Santo. Es la misión de María: llevar a Jesús y abrir el alma para recibir el Espíritu Santo. Cuando abrimos una rendija de nuestro ser, por ella entra a raudales la luz del Espíritu Santo.
Nos hace levantar la voz y exclamar. A impulsos del Espíritu Santo este grito de entusiasmo se dirige, en primer lugar, como el de Isabel, a María portadora de Jesús, y le decimos: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Este grito unánime pervive en la Iglesia desde antiguo en el avemaría). Y después la exclamación va dirigida a todos: nos hacemos propagadores de la buena noticia.
Se cuenta que san Bernardo al rezar paseando por el jardín del monasterio, solía detenerse ante una imagen de la Virgen, hacía una reverencia y decía con cariño: “Yo te saludo María”. Así lo hizo mucho tiempo. Un día, al saludar así a la Virgen, escuchó una voz apacible que le respondía: “Yo te saludo Bernardo”. ¡Qué sorpresa se llevó Bernardo!

Dejémonos sorprender y transformar al escuchar el saludo de María (p.e. al rezar el avemaría): nos llenaremos del Espíritu Santo, y comunicaremos la alegría y la buena noticia a todos

2015: Año internacional de la luz

Jesucristo luz del mundo

Por Jesús Amado
Las obras de Dios, las obras del hombre y las obras de Dios en el hombre
“Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla llamó «noche». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero” (Gen 1, 3).
Así se abre la Sagrada Biblia, el Génesis, y la génesis de la creación. Con la luz. Coincidiendo con la propuesta teoría científica del Big Bang, que postula un principio del universo. Frente a juicios previos que exigían un Universo eterno, es la ciencia la que nos obliga a aceptar un comienzo antes del cual no hubo antes. Y aquella materia inicial se expandió vertiginosamente en un primer día cósmico. Y de aquella luz primigenia del Big Bang, aún han podido detectar y analizar los científicos (Arno Penzias y Robert Wilson, premios Nobel 1978) el tenue calor de aquella gran hoguera que marcó el comienzo de la historia cósmica, hace 13.700 millones de años.
Un universo evolutivo. Con un pasado, un presente y un futuro. El filósofo griego Heráclito de Éfeso (540-475 A.C) expresó que “El universo no es nombre, sino un verbo”. Un verbo, pues, que admite tiempos.
Las obras de Dios. Y el hombre, —la obra maestra de Dios—, ha ido descubriendo cada vez en mayor profundidad las maravillas de las obras de Dios. También en la naturaleza. Como en la luz, esa maravillosa realidad física. Pero como creyentes, trascendamos cuanto la ciencia nos va exponiendo acerca de la luz, de sus propiedades, de sus aplicaciones. Serán en cierta manera “meditaciones”, consideraciones espirituales que partiendo de la ciencia se elevan hacia la fe.
La luz
Comencemos con la definición que los físicos hacen de la luz: La luz (del latín lux, lucis) es la clase de energía electromagnética radiante capaz de ser percibida por el ojo humano. En un sentido más amplio, el término luz incluye el rango entero de radiación conocido como el espectro electromagnético. La ciencia que estudia las principales formas de producir luz, así como su control y aplicaciones se denomina óptica.
“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto del monte; ni se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín, sino para ponerla sobre el candelero, así alumbra a todos los que están en la casa” (Mt 5,14).
Puesto que Jesús era el sol de justicia, con razón llama a sus discípulos luz del mundo, pues ellos fueron como los rayos a través de los cuales derramó sobre el mundo la luz de su conocimiento. Ya que tenemos la dicha de haber sido liberados de las tinieblas del error, debemos caminar siempre en la luz, como hijos que somos de la luz.
La luz se refiere al gozo y a la felicidad, en contraste con la “oscuridad” del dolor y la tristeza. “Nace la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón” (Sal 97,11).
La luz representa la esperanza que trae Cristo, en contraste con la oscuridad de los que no tienen esperanza. “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 27,1). “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios” (Jn 3, 19-21).
La sal tiene un efecto secreto, sutil, casi clandestino. Por el contrario, la luz tiene una función abierta, “pública”. La sal opera internamente; la luz externamente. Nuestro deber es no ocultar esta lámpara de la ley y de la fe, sino ponerla siempre en alto para que ilumine a todos los creyentes.
El Señor espera que todos cuantos hemos sido beneficiarios de sus bendiciones, seamos ahora transmisores de las mismas para los demás. “Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminarias del mundo” (Filip 2,15).
Ondas electromagnéticas
Se nos ha dicho que la luz es una onda electromagnética. Nuevamente acudimos al texto de Física, que nos indica que una onda electromagnética es la forma de propagación de la radiación electromagnética a través del espacio. A diferencia de las ondas mecánicas, las ondas electromagnéticas no necesitan de un medio material para propagarse.
Estamos inmersos en un mar de ondas electromagnéticas; entre otras muchas, las procedentes de emisoras de radio y televisión. Basta poseer una simple antena y un receptor adecuado para poder captarlas y convertirlas en imagen y sonido.
Del mismo modo hay un emisor, Dios, que constantemente está enviándonos mensajes y señales. ¡Cuántas personas, sobre todo jóvenes, se cuestionan problemas tales como el de su vocación! “¿Qué querrá Dios de mí?... Ojalá pudiera escuchar su voz”. ¡Y resulta que Dios les está hablando a voces! El problema es que no disponen del receptor adecuado. ¿Cuál es este?: La oración. A través de ella es como podemos ponernos en sintonía con Dios.
Puede que un día, hace años quizás, en sintonía con la voz de Dios viéramos clara nuestra vocación. Y dimos un paso al frente entregando nuestra vida en pos de ese ideal que es Cristo. Pero no acaba ahí la comunicación de Dios hacia nosotros. En todo momento, en todo instante quiere comunicarnos su voluntad. Y se dirige a nosotros mediante inspiraciones, sugerencias, mociones del espíritu. Tarea nuestra es detectarlas, captarlas y —por supuesto— secundarlas con nuestro obrar. Y no es tarea baladí.
San Ignacio de Loyola en el punto 22 de su libro Ejercicios Espirituales, marca las reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en la ánima se causan: las buenas para recibir, y las malas para lanzar. Las deberíamos leer de vez en cuando para sintonizar más fácilmente con la voluntad de Dios sobre nuestras vidas.
Propagación de la luz
Y hablemos de la propagación de la luz. Nos dicen los científicos: la luz es una radiación electromagnética. La velocidad de la luz en el vacío (300.000 km/s) no puede ser superada por la de ningún otro movimiento existente en la naturaleza. En cualquier otro medio, la velocidad de la luz es inferior.
La materia se comporta de distintas formas cuando interacciona con la luz:
Transparentes: Permiten que la luz se propague en su interior en una misma dirección, de modo que vuelve a salir. Así, se ven imágenes nítidas. Ejemplos: vidrio, aire, agua, alcohol, etc.
Opacos: Estos materiales absorben la luz o la reflejan, pero no permiten que los atraviese. Por tanto, no se ven imágenes a su través. Ejemplos: madera, metales, cartón, cerámica, etc.
Translúcidos: Absorben o reflejan parcialmente la luz y permiten que se propague parte de ella, pero la difunden en distintas direcciones. Por esta razón, no se ven imágenes nítidas a su través. Ejemplos: folio, tela fina, papel cebolla, etc.
“Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). Así se definió Cristo. La luz ilumina el mundo para que el hombre pueda ver y orientarse. Él es la luz, a cuyo brillo se esclarece la gloria de Dios y el sentido del mundo y que brilla desde el principio de la creación.
Y ante la luz de Cristo nosotros podemos mostrarnos como transparentes, como opacos, o como translúcidos. Como transparentes aceptando total e íntegramente la luz de Cristo, aceptando en plenitud su gracia, sus mociones e inspiraciones. Podemos, en cambio, mostrarnos como cuerpos opacos, rechazando esa misma luz. O, finalmente, como cuerpos traslúcidos, permitiendo sólo en parte el paso de su gracia a nuestras almas. Es la tibieza que puede apoderarse de nosotros, el querer y no querer, el aceptar pero no querer llegar hasta las últimas consecuencias.
Pero, alternativamente, también nosotros somos portadores de la luz de Cristo, y ante cuantos nos rodean podemos ser transparentes, opacos, o translúcidos. Somos transparentes cuando a través de nuestras palabras y acciones hacemos visible a Cristo en medio de nuestros ambientes. Somos opacos cuando actuamos con un género de vida incoherente con nuestra fe, no somos consecuentes con cuanto creemos o decimos creer. Finalmente, somos traslúcidos cuando, nuevamente, arrastrados por el parásito de la tibieza o por el demonio mudo de la cobardía reducimos nuestra fe al reducto único de lo personal.
Presión de la luz
Y una maravillosa propiedad, desconocida por muchos: la presión de la luz. Leemos: Cuando una onda luminosa incide sobre un cuerpo, le transmite una cierta energía o, como se dice en Física, una cierta cantidad de movimiento, ejerciendo así una presión. Una aplicación astronáutica de la presión de la luz está dada por la astronave a vela solar. Se trata de un verdadero velero cósmico que se mueve en el espacio no en virtud del empuje de un motor a cohetes, sino al de la luz.
El hecho de que la radiación electromagnética ejerce una presión sobre cualquier superficie expuesta a ella fue deducido teóricamente por James Clerk Maxwell en 1871, y demostrado experimentalmente por Piotr Lebedev en 1900. La presión, aunque es muy débil, puede ser detectada.
Algo inherente a la luz: rasgar la oscuridad, ejercer presión sobre los cuerpos que halla a su paso. Es lo propio de su naturaleza. Y Jesús se definió a Sí mismo como “la luz del mundo” (Jn 8,12).
Dios está siempre saliendo en nuestra búsqueda. Al que está en las tinieblas del pecado le ilumina, le exhorta a la conversión según aquello de san Pablo: “Nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al Reino de su Hijo amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados” (Col 1,14).
Al que se vuelve hacia Él con corazón contrito y humillado le anima con sus palabras: “Vosotros sois la luz del mundo… Brille, pues, vuestra luz delante de los hombres para que glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,14-16).
Al que, quizás adocenado en una vida tibia y de medianía se resiste a la gracia, le recuerda el aviso paulino: “Despiértate tú que duermes, levántate de los muertos y te alumbrará Cristo” (Ef 5,14), sintiendo la responsabilidad de “anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (I Pe 2,9).
Láser
¿Acaban aquí las curiosas propiedades científicas de la luz y con ello nuestras consideraciones espirituales? ¡Ni mucho menos! Vamos a entrar en el campo de la denominada Física Moderna. Y comencemos hablando del láser. Se nos dice que: el láser es un dispositivo que utiliza un efecto de la mecánica cuántica, la emisión inducida o estimulada, para generar un haz de luz coherente espacio-temporal de tamaño, forma y pureza controlados.
Estamos inmersos en un mundo esclavo de la moda, de las apariencias, del mimetismo, del qué dirán. No singularizarse, guardar las formas, no desentonar, no chocar con el ambiente circundante. Y en consecuencia acabamos dominados por el espacio y por el tiempo.
Esclavizados por el espacio. Aquí muestro un comportamiento, una forma de ser, vestir y pensar acorde con el entorno. Viajo, y en ese nuevo ambiente claudico quizás de mis criterios y de mis valores para no chocar ni llamar la atención.
Esclavizados por el tiempo. Hoy vivo con unas convicciones concretas, con unos principios determinados. Pasan los años, y todo aquello ha quedado difuminado, relativizado, olvidado quizás.
El rayo láser, en cambio, ¿no es una bella imagen del cristiano? Un hombre coherente con su fe espacio-temporalmente, es decir, en cualquier lugar donde se encuentre y en cualquier momento de su vida. Una persona que no se encuentra a merced de cualquier viento de doctrina, sino que fijado el norte de su vida —Cristo— trata de orientar hacia Él todas sus acciones, palabras y pensamientos.
Si pensamos en patrones técnicos de energía, saber que podemos obtener temperaturas superiores a los 6.000ºC, concentrando haces de láser en puntos concretos. Obsérvese que la luz solar no puede concentrarse más allá de 500 W/cm², mientras que con el láser pueden obtenerse concentraciones energéticas superiores a los 100 millones de W/cm².
Pues bien, la coherencia espacio-temporal entre lo que creemos o pensamos, y lo que vivimos o decimos, es lo que comunica energía insospechada a nuestras vidas, capaz de romper las barreras de lo material para irrumpir en la vida eterna, y capaz de atraer gracias de vida eterna sobre nuestras vidas y las de cuantos nos rodean.
Cuando Ernesto Psichari, nieto de Renán, tras intensa, sincera y apasionada búsqueda de la verdad se encontró con Cristo, exclamó: “Señor, que yo sea lógico”. Que no era más que una forma alternativa de decir: “Señor, que yo sea coherente”.
Holograma
Y una última consideración acerca de una aplicación del láser. La holografía es una técnica avanzada de fotografía, que consiste en crear imágenes tridimensionales. Para esto se utiliza un rayo láser, que graba microscópicamente una película fotosensible, a la cual denominamos holograma. Para observar el holograma, se le ilumina con un haz luminoso similar al haz de referencia original. Curiosa propiedad del holograma es que cada fragmento del mismo contiene toda la información de la escena desde el ángulo en que fue grabada.
En cuatro detalles podemos fijar nuestra atención. El primero de ellos, que al examinar a simple vista un holograma no observamos nada en absoluto. Una película plástica semejante a una diapositiva con imagen indefinida de tonos oscuros. Segundo detalle, que para ver la imagen grabada en el holograma hemos de iluminar este con un haz de luz láser de la misma frecuencia que aquella con que fue impresionado el holograma. Tercer detalle, la imagen que observamos en estas circunstancias no es una imagen bidimensional como la de una diapositiva o fotografía cualquiera, sino tridimensional. Finalmente, y como cuarto detalle, el arriba señalado: que cualquier trocito de película del holograma conserva la totalidad de la información. Podemos iluminar ese trozo de holograma con la luz láser apropiada, y veremos la imagen que encierra.
¿No resulta admirable y, al mismo tiempo, sugerente? De inmediato acude a nuestra mente la comparación con la Eucaristía. Una a una podemos ir señalando las analogías entre ese invento de la técnica moderna, y esa divina invención que fue el regalo de quedarse Cristo en nuestros sagrarios, presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Para descubrir la realidad oculta en esa Sagrada Forma hemos de ser iluminados con la luz apropiada la de la fe. Sigamos el texto del Adoro te devote: “Pero basta con el oído para creer con firmeza. Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más cierto que esta palabra de Verdad”. En efecto, “la fe viene por el oído” (Rom 10,17), y creemos, pues, en su fórmula: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo; esta es mi Sangre”.
Finalmente, sabemos que en cada fracción o partícula de la Forma consagrada está Cristo realmente presente. ¿Nos extraña tras verlo ejemplificado en el holograma?
Las obras de Dios en el hombre
Vemos las obras de Dios en la creación; hemos visto las obras del hombre en la Ciencia. Finalicemos viendo las obras de Dios en el hombre. En un hombre concreto que supo aunar en sí la Fe con la Ciencia: Charles H. Townes. Sea esta breve semblanza suya un homenaje póstumo a su persona, pues falleció el pasado 27 de enero a la edad de 99 años. Inventor del láser, —cuyos rudimentos tecnológicos barruntó en 1951—, no fue hasta 1960 cuando realizó las primeras pruebas de su funcionamiento. Mereció por ello recibir el Premio Nobel de Física en 1964.
Townes era miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias y un cristiano confeso que había recibido el Premio Templeton en 2005 por sus contribuciones a la comprensión de la religión. En la ceremonia de entrega del galardón (un millón y medio de euros, la mitad de cuyo premio económico entregó a iniciativas católicas de caridad), explicó que el desarrollo concreto de la ciencia fue posible gracias a la religión monoteísta, y que el mismo concepto de un universo gobernado de forma ordenada por un Dios es un presupuesto para el desarrollo de las leyes científicas.
La ciencia y la religión son ambas universales, y básicamente muy similares... El hecho de que el universo tuviese un principio es algo muy chocante. ¿Cómo explicar ese evento único sin Dios? (Revista The Times, 1996).
Creo firmemente en la existencia de Dios basándome en la intuición, en las observaciones, en la lógica y también en el conocimiento científico (Carta a T. Dimitrov, 24 de mayo de 2002)

Iluminar sin cegar

Por Abilio de Gregorio
Ilustración José Miguel de la Peña
Como quiera que la savia de los medios de comunicación es la actualidad, el director de Estar nos recuerda a los colaboradores que la LXVIII sesión de las Naciones Unidas declaró al año 2015 Año Internacional de la Luz. La resolución, lógicamente, hace referencia a objetivos grandilocuentes de cooperación internacional, fomento del desarrollo sostenible y del desarrollo científico y un largo etcétera de intenciones-pose para el almanaque.
Pero un educador no puede olvidar que nuestras actuales coordenadas culturales proceden en gran medida no de un año, sino de un siglo denominado de las Luces. Sin esas Luces seríamos algo distinto de lo que somos. Es cierto que a su claridad y calor germinó el moderno saber (sapere aude), el progreso científico, el nuevo ordenamiento social, la modernidad.
Las Luces, por otra parte, establecen una nueva perspectiva para mirar la realidad: sólo lo que cabe en la ilustrada razón humana y más tarde en la ciencia positiva es real. La realidad queda simplificada a través de la certeza racional o de la verificabilidad científica. A partir de ese momento se comienza un proceso de sustitución de la religión entendida como relación o religación con lo divino por la relación con el conocimiento. No hay más poder que el poder del conocimiento y en él está la salvación.
La fe en la razón disponible del hombre y en la ciencia instaura un nuevo tiempo de antropocentrismo egotrópico que destierra toda trascendencia. Se abre así un tiempo de “desfundamentación”, como dirá Zubiri y queda el pensamiento atrapado en la inmanencia que, más pronto que tarde, le conducirá al nihilismo.
La historia de la modernidad, iniciada con las Luces de la Ilustración, es la historia del deslumbramiento del árbol de la ciencia anunciado en las primeras páginas del Génesis; del alucinamiento producido por el poder de la razón por el que el hombre moderno queda cautivado (más bien cautivo) en la oscuridad de un autocentrismo sin salida.
Quizás todo empezó con la sustitución del saber como contemplación de la verdad, en versión de Platón, por la atrevida proposición de F. Bacon de que “el saber es poder”. Se inicia así un tiempo en el que la razón aparta con desprecio a la religión como a una menor de edad en el mundo del conocimiento, mientras, por otra parte, no faltan antiilustrados apologetas de la fe que se alejen con medrosa desconfianza de la razón y de la ciencia.
Sin embargo convendría recordar aquel aforismo atribuido a Einstein: La ciencia sin la religión está coja; la religión sin la ciencia está ciega. San Juan Pablo II escribía: La ciencia puede liberar a la religión de error y superstición; la religión puede purificar la ciencia de idolatría y falsos absolutos. En el fondo es la advertencia de Habermas en diálogo con el entonces cardenal Ratzinger: fe y razón deben vigilarse mutuamente para evitar las patologías que pueden surgir en cada una de ellas si caminan incomunicadas.
Si el siglo de las Luces, pues, echó de casa a la revelación y a la fe para que ocupara su puesto la razón y la ciencia, dando lugar a la intrascendencia del mundo, la labor propia de los educadores cristianos comprometidos con el mundo consistiría en enseñar a sus educandos a reconducir la actividad de la razón al seno de una antropología integral, abierta a una trascendencia que se realiza en la fe.
En un alarde de “aggiornamento” oía hace poco a un locuaz clérigo que actualmente la teología tiene que aprender a leer la revelación bíblica a la luz de los resultados de las ciencias contemporáneas. Seguramente tenía razón, pero al hilo de su proposición me permito afirmar que es tan perentorio o más para un docente cristiano leer y enseñar a leer a sus discípulos las ciencias contemporáneas a la luz de la revelación bíblica. Sin complejos. Al fin y al cabo, como nos ha enseñado Benedicto XVI, conocimiento es todo cuanto el ser humano alcanza por medio de su capacidad racional y, por consiguiente, también es conocimiento el conjunto de informaciones que derivan de una fuente digna de confianza. Y el Dios que se revela lo es.
Ilustración José Miguel de la Peña
Pero se me ocurre pensar que quizás el campo de intersección, el espacio de validación de la fe y la razón, de la revelación y la ciencia sea la experiencia humana. Ahí adquiere valor de evidencia la categórica afirmación de Jesús: Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12).
Sólo desde esa experiencia humana se puede asumir la indicación del Señor que hoy nos estremece al mirarnos con tanta flojera, tibieza y debilidad: Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 13-16).

Aprendiendo con las luces del día

La luz en el pensamiento del P. Morales

Por José Luis Acebes
El P. Morales recurre a menudo a la imagen de la luz para “iluminar” su pensamiento, para hacer más comprensibles conceptos que escapan fácilmente a la imaginación. Una buena muestra de ello es el texto recogido en la sección “testigos y maestros”, en el cual ha reunido comparaciones diversas que utilizaba en sus discursos y homilías. Este artículo quiere adentrarse en el rico universo simbólico que representa la luz para el P. Morales. Vamos a dejar que sea él quien nos hable y nos contagie su fuerza persuasiva.
¡Qué bello es el amanecer en el mar!
El papa Francisco, en la encíclica Laudato si’ que nos acaba de regalar, afirma que san Francisco, fiel a la Escritura, nos propone reconocer la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad1. El P. Morales maneja con maestría este libro y frecuentemente nos transmite experiencias de su contacto íntimo con la naturaleza.
A veces las ofrece como composición de lugar para la oración. Como muestra, sirva este evocador comentario a la aparición de Jesús. Comienza a leer el pasaje evangélico y nos transporta a las orillas del lago de Genesaret: “Siendo ya de mañanita...” Amanecía, ¡qué bello es el amanecer en el mar! Eleva dulcemente a la contemplación de Dios, de las cosas eternas. Cuando la luz primera del alba pinta de perla la curva extrema del horizonte, y tiñe de rosa la arena de la playa... Eso es fantástico, yo lo he visto algunas veces. Ni cine ni televisión; ya se te quitan las ganas para ver los sustitutivos cuando tú has visto la realidad de los colores en la naturaleza en estos amaneceres, en la playa, en el mar. El encaje de espuma se ilumina, ese encaje que las olas hacen cuando van chocando contra el acantilado. Y cuando las aguas quedan tranquilas, la aurora borda un tapiz tan bello, colores tan variados, unos matices tan inigualables... “Siendo ya de mañanita...” ¡Qué sería aquel amanecer de primavera en el lago de Genesaret!2 ¡Vaya manera de entrar en oración!
Aprendiendo con las luces del sol y del día
El P. Morales disfrutaba con la magia de la luz. Y eso que apenas veía por el ojo derecho, y tuvo que ser operado de cataratas del ojo izquierdo. Eso demuestra que no se trata solo de ver, sino de mirar, contemplar y admirar. Y en ello fue un maestro.
A veces une la evocación del arte y de la naturaleza. Cómo nos gustaría tener sus ojos interiores para “aprender” con tanta belleza: Estaba yo admirando el otro día ese claustro maravilloso en El Escorial de Cuenca, ¡qué maravilla! Y estaba aprendiendo con las luces del día que Dios es la eterna novedad. Cuando salí a hacer la oración por la mañana, tenía que atravesar aquel claustro plateresco y renacentista, bañado en los rayos de la luna, plateado. (Me acordaba de los reflejos de la luna en esas acampadas en Gredos, cerca del Almanzor: en aquellas noches aparecían todas aquellas rocas iluminadas por los reflejos plateados de la luna). Pero luego, una hora después, salía, y ya la aurora empezaba a colorear aquellas magníficas columnas, aquellos follajes en la piedra tan bellos, y tan equilibrados al mismo tiempo. Y el ocre de la piedra empezaba ya a sonrojarse con la aurora sonrosada del día que amanecía. Pero luego salía de misa, a las nueve, y ya el sol empezaba a dar de plano; al mediodía, aquello era deslumbrante. Parece que es la misma piedra, pero cómo cambia. Y luego, al atardecer, los colores cenicientos, parduzcos, en aquel ocre de la piedra, todavía en el cielo azul... Dios es la eterna novedad —me decía—; parece que es lo mismo, pero si cada día contemplas esa belleza arquitectónica con un corazón renovado, la oración se te hace cada día nueva3.
Estrellas y miles de millones de años
El P. Morales echa mano de los conocimientos científicos sobre la luz para ilustrar su discurso. Así escribe comentando la centralidad de Jesucristo en la vida de todo cruzado: Jesús es su luz. A sus destellos camina. Tinieblas y muerte en la tierra si se apaga el sol. A los ocho minutos, no habría luz en el mundo. A las veinticuatro horas, nos oprimiría aire de hielo, 273 grados bajo cero. La vida se habría extinguido. Tinieblas y muerte en el alma de un cruzado, si no contempla la Eucaristía Luz, Vida, Fuerza4.
Y para dar a entender esta unión íntima con Jesucristo se apoya en dos “radiantes” imágenes. Comenta: la vocación en la Cruzada es para vivir con Jesús dentro (…) Dos velas se han juntado; sus llamas ya no puedes separarlas. Dos estrellas separadas por distancias inmensas, astronómicas, se hacen una al proyectar su luz sobre la tierra5.
Otras veces se basa en las dimensiones admirables del espacio–tiempo para hacernos intuir el misterio de la acción de Dios sobre nosotros. Argumenta: Así como hay estrellas que existen desde hace miles de millones de años y cuya luz no nos ha llegado todavía, y de repente un día, nos llega (porque la velocidad de la luz es gigantesca y la luz avanza veloz por los espacios, hasta que un día nos llega), lo mismo pasa con los misterios de Jesús. El Padre de los cielos nos miró entonces [hace dos mil años], aunque todavía no existíamos. Su mirada me llega a mí en el momento en que la gracia me ilumina. Para Dios no hay pasado ni futuro. Todo es actualidad presente6.
Y por último recogemos este recurso interesante con el que comienza una homilía. Plantea de forma coloquial: ¿qué ocurriría si no volviera a salir el sol? Expone: Cae el sol, continúa la noche. ¿Qué pasaría en el mundo? Al principio sensación de extrañeza, “no ha aparecido el sol, ¿qué pasa?” Y que mañana tampoco sale el sol. Entonces ya la extrañeza se va cambiando en inquietud. Pasado mañana tampoco, y entonces la extrañeza y la inquietud se empiezan a convertir en angustia, la desesperación empieza a apoderarse del corazón de los hombres. Y concluye: ¿No os parece muy oportuno pensar esto cuando llega la Navidad? El mundo está en tinieblas, Jesucristo es la luz. “Estamos en la noche”, te lo dice san Pablo. Exhorta él a que te prepares “porque va pasando la noche y se acerca el día”, y que te revistas de las obras de la luz y abandones, lanzándolas lejos, las obras de las tinieblas7.
Imposible iluminar si no se arde
El P. Morales utiliza con distintos enfoques la imagen de la luz para referirse a nuestra dimensión apostólica. Comenta, por ejemplo: Es más perfecto que un farol no se limite a lucir, sino que ilumine en la noche en la calle. Ilumina dando luz a los pasajeros que, si no, en la noche tropezarían, caerían… No sois solamente luz del mundo para lucir, sino para iluminar8.
Y en otra ocasión escribe: Imposible iluminar si no se arde. Apostolado es reflejar el misterio de Cristo en la vida propia. Con esto sólo, el cristiano es ya «luz del mundo», estrella en la noche de paganismo9. En otra ocasión señala muy gráficamente: Una bombilla eléctrica se enciende; no se preocupa de dar luz. Ella se pone incandescente en su filamento y ya está alumbrando, ¿o es que tiene que preocuparse ella de dar luz? No hace falta, sobra10.
Y recurre a veces a su experiencia personal: Visitaba yo una central eléctrica en el extranjero, y me enseñaba el ingeniero: “pulso este botón y se enciende una luz en Oceanía”. Bueno —yo pensé entre tanto— en el cuerpo místico de Jesucristo así nos pasa a todos: pulsamos un botón, se enciende un alma. Un solo acto de amor puro es más provechoso, útil, a las almas, a la Iglesia, que todas las obras exteriores11.
La luz y la misericordia de Dios
Podríamos recoger muchas otras comparaciones del P. Morales a propósito de la luz. Me centro en un par de ellas orientadas a preparar el Año Santo de la Misericordia. Comenta así de atrevidamente el pasaje de la conversión de san Pablo: De repente le cerca un resplandor, una luz. ¿Qué luz crees tú que es ésta? “¡Ah! Pues una luz de fuerza, que se desencadena, lo tira por el suelo, lo arrebata; es una luz del Dios todopoderoso, en cuya presencia se estremecen las montañas”. Pues mira, más bien es otra cosa: es el Dios de la misericordia que envuelve a Saulo en la suavidad de su perdón12.
Y en otro momento nos señala la correspondencia estrecha entre misericordia y miseria: Su misericordia solo puede brillar en tus miserias, como la luz de las estrellas solo resplandece en la noche13.
Más que el sol fue la nieve
Por último, destacan en el P. Morales las abundantes —y atrevidas— referencias a la luz que irradia María. Escribe, por ejemplo: La vida de María en Nazaret es un destello de la de Jesús. Él es la Luz del mundo, pero María es su vibración más pura y bella, más serena y limpia14. La conclusión es clara: Si María resplandece, Jesús, Luz del mundo, brillará en los corazones15. De modo que cuando María está en sombra, Jesucristo no está en luz. Es un axioma de la vida espiritual16.
Y pone este simpático ejemplo para ilustrar el papel de la Virgen en la vida espiritual: Gredos, dos días van allí unas de marcha; vuelven, les dicen que están tostadas, y ellas contestan: “Bueno, pero más que el sol fue la nieve, porque estábamos llenas de nieve por todas partes, además del sol”; y una hace la consideración siguiente: “¿Quieres que te tueste el sol Cristo? Ponte en la nieve que es María”17.
Cuánta luz brilla en el P. Morales; cuántas enseñanzas para nuestra vida. Dejémonos tostar por Cristo, en la nieve que es María, y nuestras vidas irradiarán y llenarán de luz este mundo hambriento de claridad.
(Notas)

1 Laudato si’ n. 12.
2 Ejercicios Espirituales de mes a los Cruzados de Santa María, 1981. Meditación de la aparición en Genesaret.
3 Ejercicios Espirituales de mes a los Cruzados de Santa María, 1981. Platica sobre Dios perdón. Se refiere al monasterio de Uclés, conocido como “el pequeño Escorial” o “el Escorial de Cuenca”.
4 Vademecum, p. 229.
5 Ejercicios Espirituales a los Cruzados de Santa María, 1985. Plática del día 22.
6 Ejercicios Espirituales a los Cruzados de Santa María, 1972. Meditación sobre san José en Nazaret.
7 Homilía en Valladolid, 5.12.1983.
8 Homilía en Valladolid, 11.11.1991.
9 Laicos en marcha, 3ª ed., p. 297.
10 Ejercicios Espirituales a los Cruzados de Santa María, 1974. Plática sobre la vida consagrada (IV).
11 Ejercicios Espirituales a los Cruzados de Santa María, 1974. Plática del día 3º.
12 Ejercicios Espirituales de mes a los Cruzados de Santa María, 1981. Plática del día 24 sobre Dios misericordia.
13 Id.
14 Vademecum, p. 26.
15 Laicos en marcha, 3ª ed, p. 274.
16 Laicos en marcha, 3ª ed, p. 266.

17 Ejercicios Espirituales a los Cruzados de Santa María, 1974. Día 4º. Meditación sobre la Anunciación.

¿Por qué no defendéis?

Por Jesús Amado
La reciente celebración el 25 de julio de la festividad de Santiago Apóstol nos hace pensar en la ingente multitud de peregrinos que en el recorrido del Camino de Santiago, o ante su tumba, han ido encontrándose con sus raíces cristianas.
Es el caso de una periodista alemana que hace quince años publicó el relato de su conversión. Y que no pierde actualidad. Dejemos la pluma a su narración autobiográfica:
Procedo de una familia protestante del norte de Europa donde la gente es históricamente luterana desde hace siglos.
Ser protestante allí no significa sólo pertenecer a una iglesia determinada. El hecho tiene también una fuerte connotación sociológica.
En Alemania ocurre como en Inglaterra o en Estados Unidos: ser protestante es, además y más bien, formar parte de un determinado estrato social, de un status. Y, por lo común, significa estar activamente en contra de los católicos. A estos se los suele catalogar como un rango social inferior, como gente inculta e hipócrita. Según piensan los protestantes, un católico puede pecar lo que quiere; luego va, se confiesa... y ¡listo! Puede parecer exagerado, pero eso es lo que yo he oído de mis mayores desde mi infancia.
No me interesaba ninguna iglesia
Por eso me sorprendió y me produjo cierta vergüenza cuando, a mi llegada a España, descubrí que —salvo excepciones— los católicos normalmente no hablabais mal de los protestantes, sino que soléis rezar por su conversión, por la unión de las Iglesias, y habláis de “nuestros hermanos separados” cuando os referís a ellos. Tal vez la razón sea que aquí prácticamente nunca ha habido protestantes y no ha habido fricciones.
Sea lo que fuere, a mí no me gustaba el protestantismo; “pasaba” completamente de él, sobre todo tras sufrir alguna decepción con pastores luteranos. Pero esto no era razón suficiente para convertirme al catolicismo, ni mucho menos. Yo tenía las cosas claras: podía vivir al margen tanto del protestantismo como del catolicismo.
Más tarde, cuando ya estaba en España y en contacto con muchos católicos practicantes, me empezó a parecer racionalmente sospechoso que alguien se hubiese atrevido a fundar una iglesia, que emergía de la Católica, pero al margen del Papa de Roma, sin la confesión y sin culto a María. Esto, quince siglos después de que Jesucristo fundara la Iglesia.
Sin embargo, yo estaba segura de que, aún así, nunca me iba a interesar la religión católica. Tenía mis propias ideas y una especie de compromiso social con mi familia: aunque no practicara la religión, yo estaba anclada en el mundo del que procedía. Mi padre y toda su familia eran luteranos; mis vecinos y amigos, también.
Viviendo en España entre los católicos, podía tolerarles o respetarles, siempre que a mí me dejaran en paz. Eran una realidad en mi nueva patria, pero no me atañían. De modo parecido a que por ser alemana era “diferente”, también era libre de pensar lo que quisiera.
En 1964 fui a Madrid, a estudiar. Enseguida conocí al que hoy es mi marido, católico practicante. Para casarnos, tuve que comprometerme a que mis hijos fueran educados en la religión católica. Mi marido, otros miembros de la familia y los colegios se ocuparon discretamente de la educación religiosa de nuestros cuatro hijos. Yo me mantuve al margen, consintiendo pero sin participar.
Seguramente he podido convertirme, después de vivir veintinueve años en España, gracias a que mi marido nunca hizo la menor presión sobre mí, respecto a la religión, asistir a misa, etc. Su exquisita discreción, su respeto hacia mí y su tolerancia lo hicieron posible.
Dios te ronda
Lo que hay que hacer, sobre todo, es rezar. He vivido durante muchos años al lado de personas practicantes, que seguramente han rezado a diario por mí, por mi conversión, sin que yo lo supiera. He visto y vivido auténticas muestras de fe viva por parte de estas personas, que depositaban toda su esperanza en Dios y en la Virgen María.
Sin que me diera cuenta, tanto roce, tanta perseverancia en la fe de las personas que me rodeaban, me han ido limando y moldeando imperceptiblemente, como el oleaje constante moldea las rocas.
Soy periodista, corresponsal extranjera para Alemania, y viajo bastante. Una vez tuve que hacer un reportaje cerca de Santiago de Compostela y me alojé en el Hostal de los Reyes Católicos, junto a la Catedral. Por la mañana, antes de nada, decidí hacer una visita turística a la catedral que no conocía.
Fui casi directamente a la tumba del Apóstol. Sabía que allí había estado rezando el Papa Juan Pablo II, arrodillado. Estaba completamente sola y quise copiar al Papa, por pura curiosidad, cuando entró un sacerdote y me preguntó si le podía asistir en las lecturas, porque —me dijo— había venido como peregrino, desde Perú, ex profeso para celebrar misa delante del túmulo del Apóstol. Le dije que yo no era católica.
En aquel momento entró otra señora que, sin decir palabra tomó mi lugar. Por una extraña razón yo permanecí de rodillas, y empezaron a saltárseme las lágrimas, que fueron en aumento. El sacerdote celebró la misa, que parecía para mí. Y yo, llorando como una Magdalena, de rodillas, clavada allí delante del Apóstol durante toda la Misa. Salí de la catedral profundamente tocada, como transformada.
Cuando, a continuación, fui a realizar mi trabajo, la persona que iba a entrevistar se negó. Es la única vez, en toda mi carrera de periodista, que no he podido hacer un tipo de reportaje después de un viaje tan costoso. Al parecer esta vez tenía que ir a Santiago sólo para asistir a la misa de aquel sacerdote peruano.
Ahora no me extraña el suceso: el apóstol Santiago, ¿por qué no iba a cristianizarme también a mí? El suceso de la Catedral me ha dejado marcada de por vida. Después de esto pedí a Dios que me diera la fe.
De todas maneras, recuerdo especialmente un día de mayo de 1992 en que fuimos mi marido, algunos de mis hijos y yo a Colmenar Viejo, a la ermita de la Virgen de los Remedios. Yo iba porque me gusta ir al campo con mi familia. Una vez allí, un sacerdote que nos acompañaba me invitó a rezar con todos. Yo le respondí algo así como: “Por favor, no malgaste sus esfuerzos, porque ¡yo nunca me haré católica!” Once meses después me convertía.
Tres sacramentos
Mi padre falleció en noviembre de este año. A partir de este momento me invadió el deseo de hablar con un sacerdote, para contarle mi vida y pedir consejo. No quería nada más. No pensaba en convertirme; quería solamente “soltar lastre” y comentar las cosas que me habían ocurrido.
Ahora ya podía hacerlo, porque mi padre había muerto. Ya no podía defraudarle, pasándome al “enemigo”; aunque —insisto— yo sólo quería hablar, o tal vez encontrar ayuda. Sin embargo, en muy poco tiempo vi todo claro: quería entrar en la Iglesia Católica.
Empecé a ir normalmente a misa, llorando prácticamente desde el principio hasta el final, sin poderlo remediar. Cuando le dije a mi marido que iba a convertirme, no se lo creía; solamente me preguntó si lo había pensado bien y sabía lo que iba a hacer.
Ahora hace ya más de siete años que me convertí. El 17 de abril de 1993 recibí la Confirmación y la Primera Comunión en Madrid, después de una, también primera, confesión de los pecados de toda mi vida.
Como he dicho, me emociono y, sin poderlo remediar, lloro a lágrima viva durante la misa. Ese día de la Confirmación, como tenía que leer el Credo, el sacerdote tenía muy fundados temores de que mi llanto no me dejaría leer. Pero estaba pletórica: sentía dentro de mí la fuerza viva del Espíritu Santo, que me llenaba y me llena todavía. Rezaba el Credo con una seguridad, un júbilo interior, una felicidad y un convencimiento tales, que me tuve que aguantar, al final, para no gritar, de forma rotunda: “¡Y lo digo y lo creo con todas mis fuerzas y con todo mi corazón”! Fue un momento glorioso, increíble.
A los católicos de España
Voy a permitirme el atrevimiento de deciros algo que siento respecto a la situación de la Iglesia Católica en España: tenéis el gran privilegio de haber sido cristianizados en el siglo primero. Y eso es un privilegio extraordinario.
En España el mensaje de Cristo fue defendido frente al Islam y otras influencias, y ha podido extenderse desde España al Nuevo Mundo. ¿Por qué no defendéis este tesoro con más convencimiento, más entusiasmo, más energía, más unión, más entrega, más pureza, y más sentido de responsabilidad?
¿Por qué permitís las dudas, las componendas, el “descafeinado”, el camino —en definitiva— hacia un protestantismo encubierto? ¿Por qué no defendéis a la Iglesia de Cristo con más vehemencia, con más audacia y más amor? Espero que sepáis perdonar mi atrevimiento, pero sentía la necesidad interior de decíroslo.
Barbel Martens de Marina