miércoles, 1 de octubre de 2014

50 perlas: ¡una joya!

Portada Hágase Estar 288
Uno, con el paso de los años, va experimentando la sensación de haber gastado el tiempo haciendo cosas urgentes y, frecuentemente, innecesarias y dejando de sentir y hacer las realmente importantes. Supongo que no hay atajo posible y el camino recorrido era necesario para darse cuenta de esa cruda realidad. Y, cuando te das cuenta, tratas de reorientar tu vida huyendo de lo urgente para hacer solamente lo que nos parece importante para alcanzar lo esencial.

Por eso, en una sociedad como la nuestra, es muy importante distinguir lo urgente, lo importante y lo esencial.

Lo urgente es quitar el complejo a los creyentes, no caer en la trampa del encierro: la religión es cosa particular. No es cierto y en el anterior número de ESTAR hablamos extensamente del tema.

Lo importante es recuperar la dignidad de la persona que debe ser la medida de todas las medidas. La política, la economía, los intereses de Partido... todo debe estar al servicio del hombre y no al revés, servirse del hombre para los intereses políticos, económicos...

Lo esencial es colocar a Cristo en el centro de la persona, (Gálatas, 3,28). Cristo es el motor que mueve a la humanidad hacia su plena realización. Y para llegar a Cristo tenemos un atajo infalible: María. No hay camino más corto, rápido y eficaz para llegar al Hijo que la Madre. Y la Madre tiene un recurso infalible: El rosario.

Las cuentas del rosario entre los dedos son un arma tan poderosa en lo espiritual como frágil en la apariencia. Las palabras del rosario en nuestros labios hacen su trabajo: nos fortalecen y se van adhiriendo, inadvertidamente, a nuestra piel convirtiéndola en una suerte de coraza frente a las tentaciones y peligros del mundo.

Tenemos en este número ejemplos imitables de cómo la Virgen mueve corazones: El especial verano y el especial Modesto, son dos muestras palpables de las maravillas que hace la Virgen cuando la dejamos actuar en nuestras vidas.

50 avemarías, 50 perlas que pueden rescatar a muchos esclavos, renacer a muchos moribundos, entusiasmar a muchos indolentes o confirmar a muchas vocaciones entregadas.
No lo olvides amigo lector y toma nota: el rosario: ¡una joya!

El rosario, la oración de los enamorados

Os ofrezco hoy un fragmento de Solitaña, un cuento de don Miguel de Unamuno; y un soneto de Enrique Menéndez y Pelayo, médico cirujano y sobre todo escritor a quien le hizo sombra el prestigio de su hermano.

“Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra y el mar repiten su himno. Sentía un voluptuoso cosquilleo al llegar a los ora pro nobis de la letanía; siempre, al Agnus, tenían que advertirle que los ora por nobis habían dado fin; seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día, por extraordinario caso, no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo rezaba en Santiago, y era para Solitaña goce singular el oír, medio amodorrado por la oscuridad del templo, que otras voces gangosas repetían con él, a coro, ora pro nobis, ora pro nobis”.

El relato es candoroso. Solitaña tiene una tienda de ropas, a la que dedica la mayor parte de su tiempo; pero el eje de su cotidianidad es el rezo del rosario. No hay sátira sino ternura. Alma sencilla ordenada y piadosa. Con la misma naturalidad con que atiende a su clientela, reza el rosario. Cuántas personas sencillas me recuerdan a Solitaña.

Don Miguel compara su rezo al canto de la cigarra y al ritmo de las olas. La imagen de la cigarra no es negativa, es un himno de alabanza. ¿Rutina? El rosario imita el ritmo del mar.

El texto de don Enrique se titula El rezo del rosario.

El altar de la Virgen se ilumina,
y ante él de hinojos la devota gente
su plegaria deshoja lentamente
en la inefable calma vespertina.

Rítmica, mansa, la oración camina
con la dulce cadencia persistente
con que deshace el surtidor la fuente,
con que la brisa la hojarasca inclina.

Tú, que esta amable devoción supones
monótona y cansada y no la rezas
porque siempre repite iguales sones...

Tú, que no entiendes de amores y tristezas,
¿qué pobre se cansó de pedir dones,
qué enamorado de decir ternezas?


Un sencillo poema en el que con ingenio se responde a la acusación de monotonía. La respuesta es irrebatible: “¿Qué pobre se cansó de pedir dones, qué enamorado de decir ternezas?” Peor aún: perseverar en la acusación asegura “que no entiende de amores y tristezas”. Meollo de la oración.

El ritmo del rosario tiene la belleza del fluir de la fuente y de la brisa, y trae al recuerdo las duras tensiones de la vida cotidiana, muchas veces “hojarasca”, en contraste envidiable con el remanso de paz que difunde el rezo: “en la inefable calma vespertina”. Pero para apreciarla es necesario ponerse de hinojos ante el altar y rezarlo como quien sabe de amores y tristezas.


De fondo artístico, el maravilloso cuadro de Bartolomé Esteban Murillo: la Virgen del Rosario, el que se encuentra en el Museo Nacional del Prado. De los cuatro que llevan el mismo nombre, es el más entrañable y delicado. Madre e hijo nos miran fijamente. El niño, tiernamente sostenido por su madre, nos señala el rosario, como queriéndonos decir: “me gustaría que alabarais con él a mi Madre”.

50 perlas: ¡una joya!

Uno, con el paso de los años, va experimentando la sensación de haber gastado el tiempo haciendo cosas urgentes y, frecuentemente, innecesarias y dejando de sentir y hacer las realmente importantes. Supongo que no hay atajo posible y el camino recorrido era necesario para darse cuenta de esa cruda realidad. Y, cuando te das cuenta, tratas de reorientar tu vida huyendo de lo urgente para hacer solamente lo que nos parece importante para alcanzar lo esencial.

Por eso, en una sociedad como la nuestra, es muy importante distinguir lo urgente, lo importante y lo esencial.

Lo urgente es quitar el complejo a los creyentes, no caer en la trampa del encierro: la religión es cosa particular. No es cierto y en el anterior número de ESTAR hablamos extensamente del tema.

Lo importante es recuperar la dignidad de la persona que debe ser la medida de todas las medidas. La política, la economía, los intereses de Partido... todo debe estar al servicio del hombre y no al revés, servirse del hombre para los intereses políticos, económicos...

Lo esencial es colocar a Cristo en el centro de la persona, (Gálatas, 3,28). Cristo es el motor que mueve a la humanidad hacia su plena realización. Y para llegar a Cristo tenemos un atajo infalible: María. No hay camino más corto, rápido y eficaz para llegar al Hijo que la Madre. Y la Madre tiene un recurso infalible: El rosario.

Las cuentas del rosario entre los dedos son un arma tan poderosa en lo espiritual como frágil en la apariencia. Las palabras del rosario en nuestros labios hacen su trabajo: nos fortalecen y se van adhiriendo, inadvertidamente, a nuestra piel convirtiéndola en una suerte de coraza frente a las tentaciones y peligros del mundo.

Tenemos en este número ejemplos imitables de cómo la Virgen mueve corazones: El especial verano y el especial Modesto, son dos muestras palpables de las maravillas que hace la Virgen cuando la dejamos actuar en nuestras vidas.

50 avemarías, 50 perlas que pueden rescatar a muchos esclavos, renacer a muchos moribundos, entusiasmar a muchos indolentes o confirmar a muchas vocaciones entregadas.

No lo olvides amigo lector y toma nota: el rosario: ¡una joya!

La cadena de la vida

El misterio de la herencia está contenido en una molécula: el ADN. Tiene forma de doble cadena y la secuencia de sus cuatro unidades repetitivas permite explicar cómo se transmiten los caracteres generación tras generación. Por ello se llama al ADN la cadena de la vida.

Fijémonos ahora en el rosario. ¿No podríamos considerarlo también la cadena de la vida? Materialmente, es una cadena de eslabones distribuidos en cinco bloques: las decenas de avemarías intercaladas con las cuentas del padrenuestro. Y espiritualmente, lo es con mayor razón. Veamos por qué.

1) El rosario es cadena que une la tierra con el cielo. En la célebre representación del Juicio final que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, unos tiran de otros para subir al cielo, asiéndose a una especie de rosario. ¡Cuántos cristianos han mantenido su fe a lo largo de la historia siendo fieles al rezo del rosario en momentos de dificultad! Así les ha ocurrido a cristianos de Vietnam y Corea a lo largo de décadas de persecución: en ausencia de sacerdotes y sacramentos han encontrado en la recitación del rosario el aliento para persistir en la fe recibida.

2) El rosario es cadena que une a los miembros de una familia. Como escribe san Juan Pablo II en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (16 oct. 2002), fomentar el rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrarrestar los efectos desoladores de esta crisis actual que afecta a la institución familiar.

La persecución de cristianos en Irak y Siria nos está dejando testimonios impresionantes sobre el valor del rosario. Cabe citar el del periodista estadounidense James Foley, cuya decapitación por el “Estado Islámico” el 18 de agosto, estremeció al mundo. Pues bien, James era profundamente católico y se sentía unido así a su familia: era lo que mi madre y mi abuela hubieran rezado, escribió.

3) El rosario es además cadena que une a los seres humanos en la lucha contra el mal sembrando el bien, la libertad y la paz. Sigue comentando san Juan Pablo II que promover el rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que «es nuestra paz». No se puede recitar el rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz. El rosario nos encadena por la libertad ¡Cuántos cristianos perseguidos lo llevan colgado al cuello o se lo tatúan en la piel como medio para recordar y recordarse su identidad en ese medio hostil!

El rosario es, por tanto una cadena, pero lejos de esclavizarnos nos libera. Es una cadena ligera, que nos une con Dios, con María y entre nosotros. Y es una cadena de oro: cincuenta perlas ¡una joya!, como recuerda el titular de la revista.

Es verdad que la rutina amenaza con hacer mecánico su rezo. Pero consideremos que el peor rosario es el que no se reza, como decía san Juan XXIII. Por eso terminamos recordando al P. Tomás Morales: necesitáis un arma defensiva, un arma protectora. Es el rosario, que lo lleváis en vuestras manos, y sobre todo en vuestros corazones. Es el rosario que nos mantendrá unidos a todos en un solo corazón.

¿Qué es y qué no es el rosario?


Textos del siervo de Dios P. Tomás Morales, SJ sobre el rosario

Al cumplirse este año el veinte aniversario del nacimiento para la eternidad del P. Tomás Morales, y al estar en el mes de octubre, mes del rosario, nos ha parecido oportuno dedicar el Tema de Portada a una breve selección de los numerosos textos que el P. Morales nos dejó sobre el rosario.

Comenzamos con una meditación de octubre de 1992.

¿Qué es y qué no es el rosario?
¿Qué es y qué no es el rosario? No es una rutina, no es una costumbre, no es prisa; el rosario es toda la Iglesia reunida con María contemplándola. El rosario no es una devoción a la Virgen, sino una devoción a Cristo que centra perfectamente la vida del bautizado. Toda la Iglesia y tú, una parte viva, contemplando los misterios de Jesús con los ojos, y sobre todo con el corazón de la Virgen. No es el rosario una mecánica repetición distraída, o con rutina o con prisa, de cincuenta avemarías.


Sin contemplación de los misterios de la vida de Jesús, el rosario es cuerpo sin alma que acaba secándose, que acaba en rutina o prisa. Lo más bello que se puede ofrecer a Dios Padre después de la Santa Misa, Cristo-Crucificado, Cristo-comunión, Cristo-Sagrario, es el rosario contemplando los misterios de la vida de Jesús.

Es oración contemplativa y cristológica al mismo tiempo. Empieza siendo una oración contemplativa: ver a las personas, oír lo que hablan, contemplar lo que hacen, y, como todos los misterios de la vida de Jesús son reproducción del Christus humiles de san Agustín, me enseñan a desaparecer, me enseñan mi insignificancia, mi nada y mi pecado, y me preparan maravillosamente para contemplar el Dios majestad, sabiduría, eternidad, belleza, bondad y misericordia.

Oración contemplativa, aunque principia siendo súplica, tanto en las avemarías como en el padrenuestro que las entrelaza. La súplica con que se inicia el rosario se funde casi en oración de recogimiento primero, de quietud después, de unión transformadora finalmente. La cadencia de avemarías que se repiten se parece a las olas del mar, nos elevan a todos a las cimas de la contemplación.

Oración contemplativa, pero además cristológica, que nos hace comprender que Cristo no vivió hace veinte siglos en Jerusalén, sino que Cristo está viviendo en nosotros sus misterios de amor a cada uno. El rosario me enseña a vivir no solo, sino con María, la mejor contempladora de Jesucristo, la más amante de Dios.

Oración contemplativa, llena de una belleza tan grande... Oración de súplica, por el perdón de mis pecados: el egoísmo, padre del orgullo; la pereza, la hipocresía, la ingratitud, la desconfianza, el miedo.

Oración de acción de gracias por todos los beneficios que yo recibo, porque en el corazón inmaculado de la Virgen se dan gracias. También yo en mi pequeñez, puedo darlas. Oración de súplica, que obtiene milagros individuales y colectivos de transformación, de conversión. Por eso el rosario ha merecido siempre una vigilante atención y una cuidadosa solicitud de la Iglesia, mi madre y maestra.

Una segunda selección la tomamos del libro SEMBLANZAS, la dedicada a Santa María del Rosario, 7 octubre.

Santa María del Rosario (7 de octubre)
Un santo español, Domingo de Guzmán, en tierras de Francia. Desde Fangeaux domina la inmensidad del horizonte. Allí se le aparece la Virgen. Alborea el siglo XIII. Otra vez María a punto. Quiere salvar al mundo.

Ahora viene empuñando un arma, el rosario. Los albigenses niegan y escarnecen su Maternidad Divina y su Virginidad. Domingo implora el auxilio de la Virgen, se dispone a luchar contra los herejes. Asolaban el mediodía de Francia. Amenazaban al mundo. María baja desde el cielo, y nace en la tierra la devoción al rosario. El Santo y sus compañeros de la Orden de Predicadores, encontrarán en Santa María aliento para sus luchas de conquista.

Una epopeya de amor mirando a María
Desde entonces, la Virgen del Rosario acudirá puntual a la cita. La cristiandad peligra. Aguas de Lepanto. Amanecer del 7 de octubre de 1571. Los soldados de Juan de Austria desgranan las cuentas de sus rosarios. Se va a iniciar la memorable batalla. Triunfo cristiano. San Pío V instituye la fiesta de Santa María del Rosario en acción de gracias por la victoria. Años adelante, Carlos VI derrota a los turcos en Hungría y levanta el asedio de Corfú. Mientras, los cofrades del Rosario, en Roma y otras ciudades, invocaban a María. Clemente XI extiende la fiesta a la Iglesia universal en 1716.

En nuestros días, el hombre ensoberbecido por adelantos técnicos y progresos científicos, pretende hacerse dios. La Virgen, enarbolando el rosario, aparece en Lourdes y Fátima. Quiere salvar de nuevo al mundo, no de turco o albigenses, sí, de la esclavitud de orgullo, gula, dinero o impureza. Una juventud descreída que niega, no la Virginidad o Maternidad Divina de María, sino su dulce presencia en la tierra irradiando amor y generosidad. La Iglesia, cada bautizado, debe iniciar mirando a María una epopeya de amor en la tierra, que arrastre a los hombres a evangelizar de nuevo con energía y paciencia un mundo a espaldas de Dios.

Eternidad en la cabeza, mundo a los pies...
Luchará al servicio de Jesucristo, Rey eterno y Señor universal, por un mundo mejor. Se servirá del Rosario como arma predilecta. «Yo soy Nuestra Señora del Rosario», dice Ella en la última aparición de Fátima. «Rezadle todos los días para obtener la paz del mundo», aconsejará a los pastorcitos. Por eso, sus hijos cantan con júbilo y esperanza. «La Virgen nos manda las cuentas pasar, dice que el Rosario nos ha de salvar...» Y cuando en las noches serenas contemplan extasiados las estrellas luminosas, les parecen infinitas Avemarías de un rosario celestial pregonando las grandezas de Dios.

Se agarran... a los rosarios
Confianza en el poder incomparable de nuestra Reina. Miguel Ángel en el maravilloso Juicio Final de la Capilla Sixtina en Roma, nos ofrece un detalle muy significativo. Sólo lo captas cuando con ánimo atento, lleno de amor a María, contemplas esa maravilla del arte. Los que se salvan aparecen subiendo al cielo, a la derecha de la figura imponente de Jesucristo Juez, que ocupa el centro del cuadro. Agarrándose unos a los rosarios de otros, van trepando hacia arriba. El rosario de Santa María salvando las almas. Vida, dulzura, esperanza nuestra, ruega por nosotros.

Me vienen ideas y melodías...
10 de marzo de 1615. Reina en Inglaterra Jacobo II. Sube en Glasgow al cadalso un misionero jesuita, el P. Juan Ogilvie. Quiere dejar a los miles de espectadores un recuerdo de la fe por la que muere. Arroja su rosario a la multitud. Cae en el pecho de un joven aristócrata alemán, Juan Heckensdorf. En viaje de recreo se encontraba allí. A los pocos días, abjura de su herejía ante el Romano Pontífice. Se hace católico. Toda su vida repetiría que su conversión fue debida al rosario que hirió aquel día su corazón.

Confianza en María aun en las pequeñas necesidades. Son intrascendentes si se las compara con la eternidad hacia donde marchamos. A veces nos agobian estudios, trabajos, dolores... Haydn, el músico alemán, decía un día a sus amigos: «Cuando al componer una obra siento fugarse de repente la inspiración, no tengo sino coger mi rosario y rezar unas cuantas Avemarías. Entonces me vienen las ideas y las melodías a raudales. A veces en tal abundancia, que no me queda tiempo para apuntarlas.»

En tus dudas y apuros imita al gran compositor. Recurre a las cuentas de tu rosario. Y también cosecharás por su poderoso valimiento, éxitos inesperados y no merecidos. Mozart, después de sus obras en que interpreta como nadie la alegría de la música clásica, tomaba el rosario para agradecer a María la inspiración recibida.

Nada es imposible
Santa María del Rosario es también Santa María de las Victorias. No sólo en Lepanto. Una nave con este nombre de la Virgen tripulada por Sebastián Elcano, es la primera que da la vuelta al mundo paseando por océanos el nombre de la Reina y Estrella de los mares.

«Con María de la Victoria —decía el navegante después de su proeza—, nada es imposible.» Sin ella, todo se malogra. Por eso, la Santa Madre de Dios es Reina también de todas las odiseas que Ella ha desencadenado en la tierra para salvar almas y batallas a Dios.

Arma sencilla y eficaz
Confianza. Santa María del Rosario es Santa María de la Victoria. Para los Papas, la devoción del rosario es refugio providencial en circunstancias difíciles que se presentan a la Iglesia. Hacia ella vuelven siempre sus ojos san Pío V y Clemente XI ante el peligro turco. León XIII frente al desbordamiento racionalista y la apostasía de las masas del siglo XIX. Pío XII secundando los deseos de Santa María del Rosario en Fátima, desencadena la cruzada «por un mundo nuevo, distinto y mejor» del que conocemos. Se hace «su heraldo».

¿Cuál es el secreto de la eficacia de esta arma prodigiosa? Los mismos Papas nos responden. Es una devoción sencilla y llena de contenido. Sencilla, porque la más ignorante aldeana sabe rezar un rosario. Llena de contenido, porque con orden y suavidad exquisita al alcance de todos, nos hace recorrer los principales misterios de la Vida de Jesús de la más atractiva y eficaz manera, como los vivió su Santísima Madre.

El amor al rosario es, sin duda, una de las mejores herencias que nos dejó el P. Morales. A los veinte años de su muerte, justo es que actualicemos esta herencia y la entronicemos en nuestra vida en toda su pureza sabiendo qué es y qué no es el rosario: 50 perlas, una joya.

Visiones y misiones del estudiante de Teología Tomás Morales SJ (y III)

Por J. del Hoyo

Si en los dos números anteriores hablábamos del jesuita Tomás Morales, aún no sacerdote, como redactor de artículos litúrgicos y escriturísticos para la revista Estrella del mar, órgano de la Confederación Nacional de Congregaciones Marianas de habla española, en este nos vamos a centrar en sus colaboraciones sobre la Universidad católica.

Visiones y misiones; visionario y misionero; algo de lo primero y mucho de lo segundo. Un adelantado de su tiempo, con un ideal metido hasta la médula, casi una obsesión que lo va persiguiendo desde sus años universitarios: la creación de la Universidad católica en España. Nada menos que ocho artículos dedica en poco más de un año al tema que ronda su pensamiento, todos firmados con pseudónimo. Sin duda era uno de sus temas preferidos desde sus años universitarios. Él, que había sido presidente de la Federación Madrileña de los Estudiantes Católicos de 1928 a 1930, y había estado vinculado a Ángel Herrera Oria a través de los círculos de estudio que este dirigía en los años veinte los jueves a las 7 de la tarde, llevaba este tema en el alma. Él quiso haber sido catedrático de Universidad, como su primo Blas Pérez González, que en 1927 había conseguido la de Derecho Civil en Barcelona. La vocación religiosa truncó aquel deseo lícito, pero lo mantuvo latente durante toda su vida.

Ha estado casi ocho años en el exilio y, al regresar, se encuentra con una España destruida pero en vías de reconstrucción. Reconstrucción en todos los sentidos: físico, moral, económico, religioso, intelectual… Pilar fundamental para ello ha de ser una Universidad católica. Prueba de que él no se había desvinculado del tema durante sus años de formación en Bélgica e Italia (1932-1939) es que junto a algunos recortes de estos artículos suyos sobre la Universidad conservaba un informe de tres holandesas en papel cebolla, firmado en Burgos el 10 de julio de 1938 en la Casa del Estudiante, en que se condena la actitud ambigua y equívoca que en esos momentos de la contienda nacional demostraron tanto el presidente de los Estudiantes Católicos, Juan José Pradera, como el vicepresidente.

Punto importante a tener en cuenta es que muchos congregantes marianos, a quienes va dirigida la revista, eran universitarios. Recordemos a los Luises, que tenían en Madrid un importantísimo foco, y que muy pronto iban a ser dirigidos por el P. José Mª de Llanos, quien los iba a impulsar durante una década.

Sus colaboraciones

El 10 de marzo de 1941 publica un artículo titulado “En la festividad de Santo Tomás de Aquino. Haciendo historia. En torno a la fiesta del Estudiante. Panorama de apostolado”. En él narra los comienzos de la fiesta del estudiante. No se trata de un artículo nostálgico, de mera mirada al pasado, sino reivindicativo del puesto del católico en la sociedad. Comienza haciendo historia de los Estudiantes Católicos, nacidos el 7 de marzo de 1921, y todas sus líneas están sembradas de ardor con un léxico propio del tiempo. “Congregantes marianos, pertenecientes en su mayoría a los Luises de Madrid, fueron los campeones de aquel impetuoso movimiento de conquista. Ganosos de nuevas lides apostólicas, ardiendo en deseos de reconquistar para Cristo y para España una Universidad apóstata y claudicante (…)” Aparte de animar al apostolado alma-alma, al final del artículo, con certero realismo da la clave a los lectores católicos: “La preparación sólida para la conquista de cátedras universitarias debiera constituir el anhelo más vivo de todo congregante que se sintiese con aptitud para la formación de la juventud”.

La Universidad católica

Al menos seis artículos, firmados todos bajo el pseudónimo de Pedro Pérez, hablan de la necesidad de una Universidad católica en España. En el titulado “La Universidad Católica es posible”, publicado el 25 de octubre de 1941, desmonta dos objeciones que se ponían en ese momento a la creación de una Universidad católica. La primera, la falta de financiación. Va dando argumentos a lo largo del artículo para decir parafraseando a Pío X: “Antes de erigir suntuosos templos hay que fundar Universidades Católicas que garanticen su existencia”. Faltaban más de diez años para la creación de la Universidad de Navarra, y en España tan sólo funcionaban la de Deusto, y las pontificias de Comillas y de Salamanca (ésta creada un año antes, 1940), aunque con estudios claramente eclesiásticos. El estilo de todo el escrito recuerda la confianza del P. Ángel Ayala en sus obras, aquel célebre “se puede”. Llega a escribir: “Ni el óbolo de la viuda estaría ausente en el plebiscito, pues nuestra Universidad Católica sería eminentemente popular y democrática. El pueblo volvería a adquirir con ella el contacto que perdió en el siglo XVIII. Así la Universidad se mantendría, como sucede con la Católica de Milán, más con las humildes y numerosas aportaciones, que con las cuantiosas sumas de unos cuantos potentados”.

La segunda objeción hace alusión a que la Iglesia no tiene hombres preparados para dirigirla. “Ciertamente que para regentar una Universidad Católica de altura, tal como la pedimos para España, no es posible contentarse con vulgaridades y medianías. Hacen falta hombres magníficamente preparados, y éstos no se improvisan. Ciertamente también que para hacer las obras a medias es preferible no hacerlas, máxime tratándose de una institución de esta envergadura. Pero, ¿es verdad que carecemos de estos hombres?” En su soñar con algo que ve necesario para la cultura española escribe: “Y unificados todos los corazones bajo la suprema dirección de la Jerarquía, crearíamos una Universidad [...] que reviviría los días de gloria de Alcalá y Salamanca. Todos, pues, a una […] En pie, con la juventud, todos los españoles, para que, con la Universidad Católica, volvamos a tener aquella ‘ciencia indígena’, aquella ‘política nacional’, aquel ‘arte y literatura propias’ que echaba de menos el autor de los Heterodoxos”. Estos artículos, que parecen proféticos en 1941 —aunque leídos ahora, sin el contexto social y cultural de la época, no nos impacten tanto—, están ya apuntando a un deseo de apostolar en los medios universitarios del todavía no sacerdote Tomás Morales, y resultan más importantes viendo el devenir de los acontecimientos que le apartarían de la Universidad en su apostolado personal, a pesar de su deseo de trabajar en ella. “Y acabo mi Teología. Y entonces yo soñaba con volver a la Universidad [1943], de donde había salido y en donde había fraguado mi vocación a la entrega total a Dios en servicio a mis hermanos del mundo. Y resulta que al acabar la Teología no me destinan a Madrid, a una Congregación de universitarios que había muy floreciente en Madrid entonces, sino que me mandan a un colegio, y allí el rector me indica que tengo que dar clases de alemán [...] Y durante dos años me tienen allí enseñando alemán a chicuelos de catorce, quince años. ¡Y yo, que me había ordenado sacerdote para ejercer mi ministerio!” (Santibáñez de Porma, homilía 4-IX-1990).

No es, pues, de extrañar que muchos años más tarde, allá por 1977, impulsara los Encuentros de Universitarios Católicos, vividos de forma incipiente en su etapa universitaria, y añorados y deseados desde sus etapas de formación jesuítica, como queda ahora bien demostrado.

Menéndez Pelayo, el maestro luminoso


“Claridad de inteligencia, amor apasionado a España, se requieren para trazar con mano firme las líneas de nuestra futura Universidad”. Así comienza en abril de 1941 un artículo en el que alude a la fórmula de Menéndez Pelayo, “la Universidad católica, española y libre es mi fórmula”. En él va desarrollando con argumentos y citas de diversos autores la importancia y necesidad que tiene la sociedad española de esta Universidad.

En junio publica otra colaboración en la que se centra en el pensamiento de Balmes, coincidente con Menéndez Pelayo. De nuevo los tres adjetivos referidos a la Universidad y desarrollados con anécdotas y hechos. “La idea de que rectores y decanos salgan nombrados de Madrid, de que a los jefes políticos se les conceda el derecho de inspeccionar en todos los establecimientos de enseñanza le saca de quicio”. Esta frase, que hoy nos parece tan normal, hay que situarla en pleno 1941, a sólo dos años de haber terminado la guerra civil para valorar su importancia. “Balmes nos presenta al conde de Montalambert defendiendo brillantemente en pleno Parlamento francés la libertad de enseñanza para la Iglesia contra el monopolio estatal que en 1844 pretendían introducir Guizot y Cousin […] A imitación de Montalambert todo estudiante español, todo congregante mariano, debe mantener enhiesta la bandera de la libertad de enseñanza”.

Quince días más tarde publica un artículo sobre Donoso Cortés, en plena coincidencia con Balmes y Menéndez Pelayo. “Es injusto e ilícito todo monopolio educativo o escolar”. Con estas palabras del papa Pío IX, que bien podría hacer suyas Donoso, termina su artículo Tomás Morales. Es muy interesante toda la argumentación sobre la necesidad de libertad. Por ello habla Morales de cómo Donoso retrocede horrorizado ante la estadolatría, ante el estatismo tiránico.

En el siguiente artículo (julio de 1941) saca a colación a J. Vázquez de Mella, cuyas palabras son más comprometidas con el momento en que se publican. Aunque murió en 1928, su filiación al Partido Católico Tradicionalista le coloca en una posición muy marcada. Así habla Morales de la necesidad de una “Universidad que contemple orgullosa a su historia pues ‘un pueblo no es culto si se ignora a sí mismo’, ya que ‘un pueblo que se ignora a sí mismo sería tan ignorante como un hombre que no supiera su propia biografía”. El artículo quedó inacabado: “Y aquí dejamos al insigne tribuno en el uso de la palabra hasta el próximo artículo”. Este próximo artículo lo sacó a la luz nueve meses después (marzo 1942), que en realidad es el mismo con muy pocas frases añadidas.

Finalmente, es preciso citar un artículo firmado bajo el pseudónimo de Íñigo Íñiguez (un guiño al fundador de la Compañía), en el que hace una semblanza del papa Pío XI. Lo escribe el 25 de febrero de 1941, a los dos años de haber fallecido el papa, y recuerda aquel primer recibimiento que le hicieron los universitarios católicos en Milán en 1921. Surge el tema recurrente: “Y si fue Padre, Jefe, Maestro de todos los Jóvenes, lo fue especialmente de los estudiantes. Para el complejo de las organizaciones que se proponía montar, para la realización de sus vastos planes de apostolado, esperaba encontrar sus mejores colaboradores entre los universitarios”.

Terminamos aquí los comentarios introductorios a sus escritos en la revista Estrella del Mar. Realmente, nos encontramos ante un hombre de quien cuanto más sabemos más nos sorprende. Y esto no ha hecho más que empezar…



La educación es lo que preside mi actividad, ya sea como docente, gestor o político

Entrevista a Juan Antonio Gómez Trinidad
por Jesús Amado

Personalidades tan ricas como la de nuestro entrevistado, son difíciles de abarcar y de comprender. Moverse como pez en el agua en tantos ámbitos y tan distintos, permite tener una visión amplia de la sociedad y de la persona. Disponer de una amplia y profunda formación posibilita ser incisivo y clarividente.

Pero esta descripción podría corresponder también a Nietzsche. “Se suele afirmar que el hombre es, ante todo, cabeza. La lógica así lo postula, pero de hecho, 
la psicología va por otro camino. La locomotora suele ser siempre el corazón, y el entendimiento hace de vagón.” (P. Morales, Ovillo de Ariadna)

La cabeza privilegiada y despejada de Juan Antonio Gómez Trinidad sólo puede comprenderse a la luz de tres amores: amor paternal a su familia, amor apasionado a Jesucristo y amor vocacional a la educación. El lector podrá descubrir los dos primeros leyendo entrelíneas. El tercero aparece con convicción y fuerza. Abra pues, los ojos (y el corazón) quien esté dispuesto a dejarse entusiasmar con la educación.

* * *

Catedrático de Filosofía, Director General de Educación, Diputado en el Congreso Nacional… ¿cómo prefieres ser presentado ante los lectores de Estar?
Juan Antonio: Sin duda, como padre de familia de cinco hijos, lo cual no es mérito mío sino principalmente de mi mujer. Sin el papel de una madre de familia difícilmente podríamos hablar de una educación eficaz y acertada de los hijos. Por cierto, la incorporación de la mujer al trabajo y a la vida laboral (cosa que es necesaria y justa) ha abierto un hueco en el hogar familiar que no lo hemos cubierto los hombres. Lo que antes hacían las mujeres, ahora malamente se hace. Este es uno de los problemas con el que nos enfrentamos en el momento actual.

¿Qué datos destacarías en tu trayectoria vital?
Provengo de una familia humilde, extremeña. Con gran escasez de medios, al punto que mi padre tuvo que emigrar a Francia. Pero tuve la suerte de estudiar en un colegio con unos educadores que tenían las ideas claras, y que suplían la escasez de medios con la claridad de fines. Contrariamente a lo que está sucediendo en el momento actual, en que tenemos sobreabundancia de medios, pero escasez de fines. Tal vez por ello tuve la suerte de tener claro, desde el primer momento, lo que quería ser en la vida: profesor. Para mí la educación no ha sido sólo una profesión, sino una vocación. Es lo que preside mi actividad ya sea como docente, gestor o político y lo que me ha ayudado a superar las dificultades.

¿Tus impresiones de tu etapa como profesor de Bachillerato?
Como profesor he disfrutado muchísimo. Una de las mayores alegrías es encontrarte con antiguos alumnos que te agradecen tus clases, que se acuerdan de aquellos apuntes. Algunos me dijeron que sintieron rabia cuando dejé la enseñanza para dedicarme a la política: es uno de los mejores piropos que puedes recibir como profesor. Todas las profesiones son importantes, pero algunas imprescindibles y, entre ellas, evidentemente está la de maestro. Y al decir maestro, término tan entrañable, digo la de profesor. Todos, sin duda, tenemos algún profesor que nos ha marcado, que sigue siendo un referente moral para nosotros. ¡Qué pena ver que hoy día muchos acuden a la profesión docente más por resignación que por vocación! Acceder de esa forma a la tarea docente es una desgracia para él en primer lugar, y para los alumnos en segundo lugar. Se pueden poner ladrillos sin entusiasmo, pero no enseñar.

El tema recurrente de la crisis imperante. ¿Qué opinas al respecto?
A lo largo de la historia siempre han existido crisis. Pero también es cierto que se han superado porque en tales circunstancias ha habido hombres y mujeres que se han dicho: “Yo, además de quejarme, llorar o echarle la culpa a los demás, ¿qué puedo hacer?” Y dieron un paso al frente. Hicieron surgir una realidad nueva en el convencimiento de que era posible cambiar la sociedad. Es el ejemplo de Europa nada más finalizar la II Guerra Mundial. Una guerra que produjo, entre otras atrocidades, 50 millones de víctimas. Aquello sí que era una crisis. A pesar de lo cual una serie de hombres como Schumann, Adenauer, Monnet y De Gasperi (por cierto, profundamente cristianos) consideraron que era posible hallar una forma de entenderse unos con otros, que era posible hallar otro modo de vida. Y no lo hicieron solos, sino que buscaron la compañía de personas que sintonizaban con esos ideales. En una palabra, les unía un norte, un fin claro. Tenían un por qué y hallaron el cómo.
Frente a la crisis actual tenemos medios para salir adelante, pero no sabemos dónde está el norte. Y esta desorientación es general: en los políticos, en los gestores de la Educación, en los padres de familia. No sabemos, en el ámbito familiar, si he de pedir a mi hijo que se levante a la primera, si puede ver tal programa de televisión o a qué hora ha de volver a casa. Somos nosotros los primeros que estamos desorientados. Incluso llegamos al extremo de querer ser adolescentes en lugar de adultos. ¿Cómo podemos pedir madurez a nuestros jóvenes cuando estamos nosotros muchas veces en un estado de infantilismo?
Decía Séneca: “Cuando el marinero no encuentra la polar, cualquier viento le es adverso”. Y esto hemos de aplicarlo a multitud de campos: La Educación, la Política, el matrimonio. Si no sabemos cuál es nuestro fin, nuestro objetivo, ¿qué es lo que resta? Seguir disfrutando sin pensar en cosas complejas, o echar la culpa a alguien de cómo están las cosas. Nietzsche lo decía así: “Quien tiene un por qué, siempre encuentra un cómo”. Muchos de nuestros jóvenes tienen muchos medios, pero no un por qué, ni un para qué.
En definitiva, es verdad que estamos en crisis. Ahí están los datos de los cinco millones de parados o los dos millones de familias que no tienen ingresos pero con ser grave, la crisis económica no es la más importante y acabaremos saliendo de la misma, con ayuda o sin ayuda exterior. Pero en el fondo de la crisis económica subyace una crisis de valores. Incluso la crisis económica en el fondo no es más que una crisis de capital humano, y para salir de ella necesitamos una recapitalización humana.
¿Puedes desarrollar con más detalle lo de “capital humano” que acabas de indicar?
El capital humano no es ni más ni menos que el número de personas en condiciones de trabajar que tiene un país, multiplicado por un factor que es la formación que tienen esas personas. Formación que son los conocimientos teóricos, como el dominio de idiomas o la cualificación profesional, pero también las actitudes y los valores: equilibrio emocional, capacidad de comunicación, ser creativos, ver soluciones donde otros ven problemas, etc. Y sobre todo la talla moral.
La formación de las personas es en definitiva, la tarea de la educación, por eso no es exagerado decir que en el fondo de la crisis actual sólo podremos salir mediante una reforma educativa profunda, entendiendo por tal no sólo la reforma de las enseñanzas, sino la toma de conciencia por parte de todos los educadores de nuestra tarea y actuando en consecuencia: no podemos esperar cambios si seguimos haciendo lo mismo.
Abordemos el tema de la educación. ¿De qué hablamos cuando hablamos de educación?
Esa es la pregunta clave. Mientras no tengamos claros los fines, difícilmente acertaremos con los medios. ¿Se trata de hacerlos más competitivos? ¿Más competentes? De un modo sintético diría que educar es ayudar a una persona a que alcance su plenitud, que llegue a ser lo que es, aunque de momento sólo en potencia. Para lo cual necesitamos transmitir un legado cultural, que nos ha permitido llegar a ser lo que somos y prepararles para afrontar con esperanza y con coraje un futuro incierto.
Nos hemos olvidado de hablar sobre los valores esenciales de la cultura occidental: la verdad, la belleza y la bondad. Y los hemos sustituido por sus sucedáneos tales como la opinión, la apariencia y el interés, que cotizan con rabiosa actualidad en el mercado y en los medios de comunicación. El problema es si sobre estos últimos valores es posible una educación o por el contrario, lo único posible es la instrucción oportuna que permita a unos pocos un triunfo y a otros, anestesiados hoy con entretenimientos y éxitos fáciles, un fracaso vital y social.
Del mismo modo hemos renunciado a transmitir unos valores de sentido que justifiquen el esfuerzo como medio de conseguir un futuro mejor. De este modo sólo nos queda ayudarles a que vivan en un presente, tan efímero como angustioso: es la cultura de la evasión, del ocio convertido en negocio, de la mera instantaneidad y fugacidad.
En tu opinión, ¿cuál es en última instancia nuestra concepción de la vida?
Si se me permite la licencia literaria, nosotros somos hijos de tres colinas que nos han precedido en nuestra historia. Por un lado, la Acrópolis: nosotros somos griegos gracias a los cuales cultivamos y consideramos que la razón es lo más importante. Nos rebelamos contra lo irracional; “¡eso es absurdo, eso no tiene razón de ser, eso no tiene sentido, no es razonable!” decimos y repetimos. Pedimos que todo esté regido por la razón, en lugar de haber optado por el capricho, el mito, el azar o los poderes ocultos.
Pero también somos hijos del Palatino, de esa gran colina donde se funda Roma. Y de Roma hemos recibido en herencia el respeto al Derecho. Existe una Ley que tiene que ser razonable y razonada, y que está por encima del capricho y de la voluntad del Rey o gobernante de turno. Todo esto implicaba que la Ley está por encima de todos. Y por eso ante un hecho indignante repetimos: “¡No hay derecho, eso no es justo!”
Y la tercera colina que configura nuestra forma de ser es el Gólgota. Lo que allí sucedió da una visión completamente nueva a la historia de la humanidad, establece el valor de la persona sobre todo lo demás. Por ello, una persona justifica que se paralice toda una ciudad. ¿Acaso ante un presunto suicida ubicado en una cornisa no paralizamos todo el tráfico y reclamamos la ayuda de personas expertas? El cristianismo supone además una transmutación de los valores donde el débil, el enfermo, el que menos tiene, es igual de digno y de importante que el poderoso.
Todo esto es, en definitiva, lo que tenemos que seguir transmitiendo. Nos hemos olvidado de quiénes somos y sentimos complejo de nuestro pasado, de los valores que nos han permitido llegar a ser lo que somos. Tampoco sabemos muy bien hacia dónde vamos. Estamos en un auténtico recodo de la historia. Esta es la sensación que tuvo san Agustín cuando a las puertas de Cartago se encontraban los bárbaros: sabía que el modo de pensar y de comportar la vida de los romanos se venía abajo, pero no sabía muy bien qué era lo que venía.
“Nuestras raíces”, ¿aplicable solo a España o a nuestro mundo europeo?
No solo España, sino que es Europa entera la que está dudando constantemente de quién es. Como no quiere aceptar sus raíces, está totalmente desorientada. La Europa de los mercaderes no puede sostenerse por mucho tiempo, porque el mercader tiene como principio de su existencia el enriquecerse; y cuando se producen diferencias en ese enriquecimiento de unas naciones frente a otras, se producirá inevitablemente la ruptura. Tenía razón Juan Pablo II cuando decía: “Europa, ¡sé tú misma!”


Las mejores muletas

Es preciso saber lo que se quiere;
cuando se quiere, hay que tener el valor de decirlo;
y cuando se dice, es necesario tener el coraje de realizarlo.
—Georges Benjamin Clemenceau—

No le conocí personalmente, pero sí a su hijo. Dicen de Juan Pedro que es el vivo retrato de su padre en la cara y en el carácter. Su padre, Héctor, fue un señor medio paralítico que caminaba prácticamente arrastrando los pies y apoyado en dos muletas. Con estas serias limitaciones humanas, tuvo el coraje de hacerle frente a la vida montado una pequeña empresa. Con ella sacó adelante una numerosa familia y, al final de su vida dejó la empresa a Juan Pedro, que llevaba ya varios años trabajando con él.

Juan Pedro habla con veneración de su progenitor:

Por sus limitaciones físicas y porque no paraba de moverse trabajando, le vi caerse infinidad de veces. Pero jamás se daba por vencido: se levantaba y seguía luchando. A mi padre se lo debo todo. Pero lo que más le agradezco es el coraje, el espíritu de sacrificio y el amor al trabajo que me ha contagiado. Estas fueron sus muletas y las que yo he heredado.

Siempre me acuerdo de esta historia cuando me encuentro con personas que al estar pasando un mal momento de sus vidas, me hacen la misma pregunta:

¿Y yo para qué sirvo? ¿Qué sentido tiene mi vida?

Toda vida, toda, aun la más inútil tiene un sentido y se la puede llenar de sentido. Todo hombre es un tesoro único para algo y para alguien y cada uno de nosotros tiene un don que nos hará feliz si sabemos entregarnos tenaz y corajudamente a desarrollarlo.

El coraje, en el sentido de bravura, es una virtud humana, que se puede definir como la fuerza de voluntad que posee una persona para llevar adelante una acción a pesar de los impedimentos. El coraje es la habilidad de sobreponerse a dichos impedimentos y perseverar con la acción que se pretendía realizar.

Yo soy de los que piensan que la voluntad del hombre es más fuerte que las adversidades y tiene la virtud de transformar el mal en bien, si pone en marcha esa fuente de energía interior que llamamos coraje.

No podemos abandonarnos a la inacción justificándonos en la mala fortuna. Nunca he creído mucho en la fortuna porque siempre he tenido como divisa: más vale confiar en el coraje que en la fortuna. Y estoy identificado con Pietro Metastasio cuando asegura que la fortuna y el coraje suelen ir juntos.

Lo que ocurre es que la felicidad raramente la regalan; lo normal es que se construya con esfuerzo, con lucha, con optimismo. En definitiva: apoyándonos en las muletas de Héctor.

Antonio Rojas


La maternidad divina de María (y II)

POR TOMÁS MORALES, SJ
(Extraído de Estrella del mar, 10-X-1941)


Una consecuencia consoladora se desprende del dogma inefable de la maternidad divina. La Virgen, precisamente por ser Madre de Dios, lo es también nuestra. San Agustín, desentrañando el profundo contenido de una idea medular en la teología paulina, exclama alborozado: “No solamente somos cristianos; somos Cristo mismo. Él cabeza y nosotros miembros. Él y nosotros, el Cristo total.” La que es Madre de la cabeza, lo es por el mismo título de los miembros de esa cabeza. La Madre de Jesús es, pues, nuestra Madre. Madre nuestra desde aquel día venturoso en que Jesús nos injertó a Él mediante su redención dolorosa, desde aquel instante inolvidable en que las cumbres del Calvario escucharon emocionadas aquel Mulier, ecce filius tuus. Así, al pie de la Cruz, la Virgen es proclamada Madre de todos los miembros del adorable Salvador agonizante, porque “con su amor nos ha engendrado para Cristo, cooperata est caritate ut fideles in Ecclesia nascerentur (san Agustín).

Oía cantar un día santa Gertrudis aquellas palabras del Evangelio en que se designa a Jesús como primogenitus Mariae Virginis. ¿No debió el evangelista, se pregunta, llamarlo “unigénito de María”? Aún estaba absorta en la duda cuando se le apa­rece la Reina de los Ángeles. “Jesús es primogénito mío. No unigénito, porque después de mi dulce Hijo, o mejor dicho, en Él y por Él, os he engendrado a todos en las entrañas de mi caridad. Y vosotros os habéis convertido en hijos míos, en hermanos de Jesús.” ¡Hijos de María, hermanos de Jesús: feliz condición la nuestra!

 * * *

Vivir en su vida espiritual esta suave maternidad divina debe ser la línea de conducta que se trace todo congregante. Línea siempre en atrevida curva ascensional que le aproxime cada vez más a Jesucristo, hasta “injertarlo” en Él, hasta “revestirse” de Él con mayor perfección. Línea que no se detenga hasta lograr la “medida de la edad perfecta según Cristo”. Y para ello, confianza inquebrantable en el amor maternal de la Virgen, seguid el consejo de san Francisco de Sales, “como hijuelos suyos, echaos en su regazo en todo tiempo y ocasión con firmísima esperanza”.

Repetid en estos días, con entrañable devoción, aquella súplica tiernísima que conmovía íntimamente la virilidad de aquel hombre de hierro que se llamó Ignacio de Loyola. Al acercarse el gran día de su primera misa se dirigía suplicante a la Señora “pidiendo a la Madre que me ponga con el Hijo”. Y la Virgen Madre oirá vuestra plegaria, como escuchó la suya. Ella os pondrá muy cerca del Corazón de su divino Hijo. Al oír sus incesantes latidos de amor, os encenderéis en santo celo. Y sintiendo arder en vuestras almas la llama devoradora de la mayor gloria de Dios, os lanzaréis a llenar en toda su plenitud esas “gigantescas exigencias” del apostolado moderno, a que aludía recientemente Su Santidad Pío XI.

Tomás Morales, SJ