domingo, 1 de diciembre de 2013

Poner a un niño en medio

Portada Estar 283
Atardece en Cafarnaum. Jesús y los suyos regresan de un viaje por Galilea. Acaban de entrar en casa. El Maestro se acerca a algunos de ellos y les pregunta: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callan, pues habían estado discutiendo quién era el más importante. Entonces se sienta, llama a los Doce, acerca a un niño, lo pone en medio y les dice: Si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el Reino…
Atardece también hoy aquí. Y Jesús nos sigue preguntando a los suyos: ¿De qué discutís? Y hoy como ayer no nos queda más remedio que callar… porque muchas veces seguimos, erre que erre, discutiendo quién es más importante, quien tiene más razón, o prestigio, o… Y ante nuestro silencio Jesús vuelve a poner hoy a un niño en medio y nos dice: ¡Convertíos, volved a ser como niños!
Este número de Estar quiere dirigir nuestra atención al “valor de ser niño”. Nos coloca a un niño en medio y nos propone, en primer lugar, ser como niños. ¿Cómo serlo? Confiando en Dios como Padre, recibiendo todo como un don, estando abiertos a todo y a todos con sencillez y alegría… Todo un programa de vida, en estos días previos a la Navidad.
En segundo lugar, ante ese niño, Jesús nos dice: Quien acoge a un niño como éste me acoge a Mí… ¿Qué significa acoger a un niño? Significa cuidar a cada niño, respetarlo, protegerlo, educarlo… Y más en nuestro mundo en el que los pequeños parecen no contar ni decidir, condenados a ser infantes (etimológicamente, los sin voz). Más aún ¡cuántas veces son considerados un estorbo, que hay que quitar de en medio incluso antes de nacer, o abandonar, o convertir en víctimas de cualquier forma de violencia…! Dediquemos tiempo, atención, afecto a nuestros niños en estos días. Seremos nosotros los primeros beneficiados…
Y, por último, Jesús ahora en Navidad también nos pone a un niño en medio… ¡Él mismo! La Navidad es Jesús Niño que viene a acampar en medio de nosotros, que se cuela en medio de nuestras calles, de nuestras casas y ojalá también en medio de nuestros corazones.
Te propongo que leas cada una de estas páginas como una invitación a poner a ese niño en medio de tu vida en estas tres direcciones: hacerte como niño, cuidar a los niños, y sobre todo, acoger al Niño por excelencia. Y para ello, ¿qué mejor que acudir a la Madre? Si, como los pastores en Belén, encuentras a María y a José, descubrirás al Niño, y volverás dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que has oído y visto…

Siempre fue así. La sangre de los mártires ratifica una historia de amor

Por Santiago Arellano

La persecución a la Iglesia es una constante desde el inicio de su presencia evangelizadora hasta nuestros días. Ahí están los cristianos asesinados en Oriente Medio.

Paul Claudel, poeta francés convertido al catolicismo, dedicó un magnífico poema, en el ritmo solemne de los salmos, a los mártires del 36. Lo publicó en 1937, fíjense en la fecha. Y lógicamente le costó que le diera la espalda el glamour de la intelectualidad; pero él pasaba, porque conocía muy bien a España y la amaba.

En esta hora de tu crucifixión, santa España, en este día, hermana España, que es el tuyo,
con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas, yo te envío mi admiración y mi amor…

Dice al inicio:

Es la misma cosa, es parecida, es lo mismo que le han hecho a nuestros antepasados.
Es lo que aconteció en tiempos de Enrique VIII, en tiempos de Nerón y Diocleciano.

Como clave de sentido:

Y decirnos que es verdad que sois el Hijo de Dios,
con vuestra sangre.

Y como genial causa y síntesis de las persecuciones, dicen los verdugos:

Esta gente que nos hacía el bien a cambio de nada, al fin y al cabo eran algo intolerable.
Todos estos curas que nos miran, vivos o muertos, no digáis que no nos han provocado.

Os ofrezco el cuadro El martirio de los diez mil cristianos, del pintor alemán Alberto Durero, realizado en 1508. Lo podíamos titular “los horrores del martirio”. En él podéis encontrar una antología de los diversos modos del crimen: despeñar, empalar, crucificar o decapitar. Los árboles del paisaje, retorcidos y agitados, parecen estremecerse ante el dolor, no así los solemnes y engalanados personajes a pie o a caballo que contemplan indiferentes la masacre. Destacan los rostros crueles, sádicos o lascivos de los verdugos. Como contraste, el niño cogido de la mano de un soldado que prefiere jugar con el perrito a contemplar el horroroso espectáculo. Y la indiferencia de un colorido ajeno por su belleza, a tanto sufrimiento. O el mismo pintor que aparece en la escena con un cartel para publicar su autoría.



Pero no es la heroicidad lo que define el martirio. Por truculentos, sádicos o crueles que sean los instrumentos de tortura, el martirio proclama una sublime historia de amor en la manera única que el ser humano puede demostrarlo: entregando la vida, haciendo creíble el dilema poético: amor o muerte, hasta convertirlo en un sinónimo abierto a la esperanza. El mártir muere por amor y porque tiene la certeza de que, cruzada la barrera de la muerte, va a seguir amando. Santo Tomás de Aquino afirmaba que el martirio es el acto más perfecto de caridad (Cfr. Summa Theologica II-II, 4 Q.3).

Una petición final. Es de santo Tomás Moro en su Agonía de Cristo: “Cuando veamos u oigamos que tales cosas empiezan a ocurrir, aunque sea muy lejos de nosotros, pensemos que no es momento para sentarse y dormir, sino para levantarse inmediatamente y socorrer a aquellos cristianos en el peligro en que se encuentran y de cualquier manera que podamos. Si otra cosa no podemos, sea al menos con la oración” (La agonía de Cristo. Ed. Rialp, Madrid 19892, pág. 98).

Poner a un niño en medio

Atardece en Cafarnaum. Jesús y los suyos regresan de un viaje por Galilea. Acaban de entrar en casa. El Maestro se acerca a algunos de ellos y les pregunta: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callan, pues habían estado discutiendo quién era el más importante. Entonces se sienta, llama a los Doce, acerca a un niño, lo pone en medio y les dice: Si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el Reino

Atardece también hoy aquí. Y Jesús nos sigue preguntando a los suyos: ¿De qué discutís? Y hoy como ayer no nos queda más remedio que callar… porque muchas veces seguimos, erre que erre, discutiendo quién es más importante, quien tiene más razón, o prestigio, o… Y ante nuestro silencio Jesús vuelve a poner hoy a un niño en medio y nos dice: ¡Convertíos, volved a ser como niños!

Este número de Estar quiere dirigir nuestra atención al “valor de ser niño”. Nos coloca a un niño en medio y nos propone, en primer lugar, ser como niños. ¿Cómo serlo? Confiando en Dios como Padre, recibiendo todo como un don, estando abiertos a todo y a todos con sencillez y alegría… Todo un programa de vida, en estos días previos a la Navidad.

En segundo lugar, ante ese niño, Jesús nos dice: Quien acoge a un niño como éste me acoge a Mí… ¿Qué significa acoger a un niño? Significa cuidar a cada niño, respetarlo, protegerlo, educarlo… Y más en nuestro mundo en el que los pequeños parecen no contar ni decidir, condenados a ser infantes (etimológicamente, los sin voz). Más aún ¡cuántas veces son considerados un estorbo, que hay que quitar de en medio incluso antes de nacer, o abandonar, o convertir en víctimas de cualquier forma de violencia…! Dediquemos tiempo, atención, afecto a nuestros niños en estos días. Seremos nosotros los primeros beneficiados…

Y, por último, Jesús ahora en Navidad también nos pone a un niño en medio… ¡Él mismo! La Navidad es Jesús Niño que viene a acampar en medio de nosotros, que se cuela en medio de nuestras calles, de nuestras casas y ojalá también en medio de nuestros corazones.

Te propongo que leas cada una de estas páginas como una invitación a poner a ese niño en medio de tu vida en estas tres direcciones: hacerte como niño, cuidar a los niños, y sobre todo, acoger al Niño por excelencia. Y para ello, ¿qué mejor que acudir a la Madre? Si, como los pastores en Belén, encuentras a María y a José, descubrirás al Niño, y volverás dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que has oído y visto…

Contemplar la Navidad desde san José

Por Fernando Martín

Este número de Estar llegará a casa cerca de las fechas entrañables de la Navidad. Diciembre es un mes marcado por dos fiestas difíciles de olvidar: la Inmaculada y la Navidad.

Me gustaría animaros desde estas líneas a volver a descubrir el misterio de la Navidad. Es verdad que cada año lo celebramos, pero tanta publicidad, tanto consumismo, tanto juguete y, en el fondo, tanto secularismo nos han hecho perder el sentido originario de una fiesta cristiana por excelencia.

Al estilo de una meditación ignaciana, en la que se nos aconseja “meternos en la escena, como si presente me hallase”, os propongo entrar en la Navidad desde un lugar privilegiado: desde el corazón de san José.

Y para no errar en el camino quiero sencillamente proponeros un texto del P. Morales que nos habla de la Navidad. Uno de esos textos que muchos tenemos grabados en el corazón más que en la memoria, porque se lo oímos tantas veces y ya sólo con escucharlo nos ponía en clima de oración. Es una de esas joyas de la mística de la oración con las que iniciaba sus meditaciones ignacianas del Nacimiento durante los días de Ejercicios Espirituales.

San José se fue convirtiendo para el P. Morales, sin duda que influido por la mística teresiana, en algo así como un lugar teológico: un lugar donde tienes la certeza de que siempre se va a encontrar a Dios. Una perspectiva privilegiada, junto con el corazón de la Virgen, desde los que gustaba de contemplar el nacimiento de Jesús. La sencillez del santo, su fidelidad, su fortaleza, le cautivaron siempre.

Es un texto sin pulir, aún sin publicar porque está tomado directamente de las grabaciones que tenemos de sus meditaciones, pero he preferido respetar las repeticiones propias del lenguaje oral.

Así empezaba su oración de preparación a la contemplación del Nacimiento:

San José: en mi pobreza para hacer oración, en mi pobreza para amar a este Jesús que nace para mí, rodeado como estoy de pecado por todas partes, san José: en mi pobreza, compadécete. En mi pobreza compadécete. Ayúdame. Llévame de la mano para estar contigo a tu lado, haciéndome pequeñito adorando a Jesús que nace, acompañándote en estos momentos. Tus sentimientos deben ser también los míos. Tu fe iluminada, que no ve nada pero cree en todo -vas muriendo a ti mismo-, es la fe iluminada que yo necesito. San José ¡llévame de la mano, condúceme a María y por María a Jesús!

Me cuesta tanto hacerme como niño y, sin embargo, san José, si no me hago niño, no puedo entrar en este Evangelio del amor.

Esta es mi propuesta para esta Navidad. Contemplarla desde la mirada y el corazón de san José. Repetir esta oración para que se nos contagie la “fe iluminada” del santo para contemplar el Misterio de la Navidad.

¡Feliz Navidad a todos!

Construyendo una cultura de vida

Por José María Echeverri y María Luisa Gabas

“Quien negare la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida, pero todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente”
Juan Pablo II


El valor de la vida humana y el derecho a la vida
En la sociedad actual el valor de la vida humana está en crisis puesto que está sufriendo grandes ataques, y muchas veces de un modo casi inadvertido. Para descubrir la verdad acerca del valor de la vida humana personal deberíamos tener en cuenta las siguientes reflexiones1:
Lo más valioso que cada ser humano tiene es su propia vida, ya que sin ella se carecería de todo lo demás, por muy valioso que sea. Todos los derechos humanos se fundamentan en uno: el derecho a la propia vida. Si toda persona, por el hecho de serlo, es sujeto de derechos fundamentales, se ha de concluir que el primero de ellos es el derecho a la vida, y que por lo tanto a nadie se le puede arrebatar.
Aunque los hombres nacen unos de otros y viven en mutua dependencia, nadie es el dueño de la vida de otro. Por otra parte, nadie se ha dado la vida a sí mismo, sino que le ha sido dada gratuitamente.
Todas las vidas humanas tienen valor en sí mismas, y este valor es el mismo para todos; de otro modo el más fuerte acabaría con el más débil.
De estas premisas se puede concluir que la vida del ser humano tiene dignidad en sí misma, por lo que en todo momento ha de ser respetada y valorada por sí misma, y que el primero de los derechos es el derecho a la vida. De otro modo, la vida humana pasaría a tener un valor relativo dependiendo del beneficio que pudiera proporcionar a otras personas y/o a la sociedad.
Por tanto, cuando se ataca el derecho del hombre a la vida desde el momento de la concepción, se ataca indirectamente el orden ético-moral que asegura los derechos fundamentales de la persona.
Dignidad de la vida humana
El término dignidad de la vida humana quiere decir que cada ser humano, personal y concreto, tiene un valor incomparable, es un ser único, irrepetible e insustituible. Su valor no se puede medir en relación con ningún objeto ni persona.
La Iglesia, cuando habla del derecho a la vida, además de basarse en unos principios racionales como los vistos, que propugnan el bien esencial del hombre, reconoce la majestad del Creador, que es el primer Dador de esta vida2.
Todos deberíamos valorar que cada ser humano es único e irrepetible porque es criatura de Dios, amada por Él, y llamada a vivir en Él. Por ello, toda vida humana es sagrada. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su creador3.
La persona es bien tratada y valorada cuando es respetada y amada. En cambio, es maltratada y minusvalorada cuando es tratada como objeto de intercambio, como medio para alcanzar un fin. Es tratada indignamente cuando la vida es destruida antes del nacimiento; cuando se habla del niño como una carga, o se le considera como medio para satisfacer necesidades emocionales; cuando el matrimonio queda abandonado al egoísmo o reducido a un acuerdo temporal, ya que los hijos tienen derecho a vivir en una familia unida en el amor; cuando la libertad se utiliza para dominar a los más débiles, para destruir las riquezas naturales y para negar a los hombres las necesidades esenciales; cuando los enfermos, ancianos y moribundos son abandonados4.
Cultura de vida
La vida es un don, fruto del amor entre los padres, que se manifiesta en la transmisión de una nueva vida. El matrimonio participa del poder creador y de la paternidad de Dios. En el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana5.
Los padres no piden permiso al hijo para darle la vida; es un regalo gratuito de los padres, que aman al hijo aun antes de nacer. Con el paso del tiempo el niño va creciendo, y el hijo ve en esa vida que ha recibido el amor de los padres y de Dios Creador.
Todo ser humano está llamado al amor, no puede vivir sin él. La persona necesita el amor para reconocer su dignidad y para encontrar un sentido valioso a su vida. Este amor se experimenta en primer lugar en la familia: siendo amados en ella, se aprende a amar y a establecer relaciones de amor en círculos más amplios. Cuando se vive desde el amor verdadero, se pueden afrontar las limitaciones de la vida encontrándoles un sentido.
Los cristianos sabemos y experimentamos que el amor de Cristo sacia los anhelos del corazón humano y es capaz de sanar todas las carencias afectivas, tan frecuentes en nuestra sociedad. Por la Revelación valoramos a cada persona como criatura de Dios, dignificamos la vida humana al ver en ella un don de Dios que nos ha sido dado por medio de nuestros padres.
El ser humano ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza. Por ello, la vida del ser humano tiene dignidad en sí misma; la persona no es algo que se pueda usar y tirar, sino alguien a quien Dios ama.
En consecuencia, los cristianos tenemos una tarea como constructores de una cultura de vida que conlleva no sólo su defensa sino también respetarla y promoverla. La actitud del cristiano frente a la vida comprende:
1. Recibirla: la vida es un regalo que Dios nos hace, no una propiedad de las personas. Sólo Dios, el Señor de la vida, es su dueño.
2. Amarla: una vez recibida, la vida se debe amar como el mejor regalo recibido; por ello hemos de tener una actitud de agradecimiento.
3. Promoverla: Dios entrega la vida para hacerla crecer y fructificar, en un primer momento, creciendo y madurando como persona y, en un segundo, ayudando a que los demás sean auténticos hombres y mujeres Creced y multiplicaos, llenad la tierra (Gn 1,28). 
4. Defenderla: en nuestra sociedad la vida se encuentra amenazada de muchas formas. Para generar una cultura de vida hay que luchar contra las agresiones que ésta sufre desde su origen hasta su muerte.
Generando una cultura de vida
Generar una cultura de vida supone6:
• Tomar conciencia de que la vida humana es un don precioso de Dios, sagrada e inviolable; por ello, son inaceptables el aborto provocado y la eutanasia.
• Vivir el amor matrimonial siendo conscientes de que los cónyuges son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes, por lo que han de vivir la paternidad responsable desde una justa generosidad.
• Conocer y respetar la sexualidad y la fecundidad que conlleva no romper el significado unitivo y procreativo del acto conyugal. Para armonizar amor y procreación es esencial el conocimiento de los períodos de fertilidad.
• Proteger y cuidar la vida humana en todo momento, especialmente en los momentos más frágiles.
• Ayudar a vivir un amor auténtico desde donde el sufrimiento y la muerte tienen un sentido.
• Trabajar por que la ciencia y la técnica estén siempre ordenadas al hombre y a su desarrollo integral.
• Desarrollar legislaciones, instituciones y servicios que respeten, defiendan y promuevan la dignidad de cada persona humana en todo momento y condición de la vida, incluyendo el modo de regular los nacimientos y de ser concebidos.
Trabajar por la familia y los jóvenes
La cultura de la vida está estrechamente relacionada con la cultura de la familia; por eso, generar una cultura de vida, es promover, valorar y defender la familia.
Trabajar por la familia supone ayudar a los jóvenes a descubrir la verdad sobre el matrimonio y la familia, capacitarles para que vivan su vocación al amor a través de una auténtica educación afectivo-sexual que implica la formación en la castidad. La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida7.
Consideramos que nuestros jóvenes han de ser conscientes del contexto en el que les toca vivir. Gran parte de las relaciones personales afectivas en nuestra sociedad, están impregnadas de un modo de concebir la vida que lleva a una manipulación emocional y un manoseo afectivo, por medio del que se busca entrar en la intimidad del otro para manipularlo y conseguir que sea objeto del propio placer.
En esta sociedad se hacen más necesarios que nunca jóvenes capaces de amar con autenticidad, que garanticen con su manera de vivir una acogida de los demás libre y sana. En la adolescencia y juventud es donde se empieza a hacer consciente la vivencia afectiva. Por ello, habitualmente es donde comienzan las primeras amistades. Una verdadera amistad entre chicos y chicas es una escuela de amor que va generando una cultura de vida.
El “corazón”, por el que se hace realidad la capacidad de amar, aparte de la misma vida, es el regalo más hermoso que se nos ha dado, la fuerza que Dios ha puesto a disposición de cada uno y del mundo. Para ser constructores de una cultura de vida es prioritario ayudar a los jóvenes a lograr el equilibrio afectivo que les hará amar a los demás con un amor auténtico. Para ello es necesario8:
1. Ser dueño de uno mismo: nadie puede dar lo que no tiene. Por ello es imprescindible ayudarles a conocerse, aceptarse y quererse.
2. Amar con amor noble: un amor que no se preocupa de recibir sino de irradiar, que va al encuentro de los demás para consolarlos, acompañarlos, iluminar su vida, que es generoso para entregarse y tierno para compadecerse. Amar con un amor noble es una grandeza para el que lo tiene y un tesoro para los demás.
3. Dominio del corazón: hay que ayudarles para que dentro de su corazón no entre nada turbio, malsano, apasionado. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; somos templo de Dios. Si nuestros jóvenes son limpios de corazón serán capaces de ver a Dios habitando en cada ser humano, y su amor será reflejo del amor de Dios a los hombres.
4. Amar a María: ayudarles a que María sea realmente la Madre; ella es la que ayuda a superar todas las crisis. El amor a la Virgen calma los ardores de un corazón caprichoso y apasionado, ayudando a saber esperar y madurar hasta llegar a amar con un corazón noble.
5. Amistad con Jesús: es imprescindible enseñar a conocer a Jesús, aprender a tratarle como a un amigo íntimo al que contarle todo lo que pasa por el corazón, las alegrías y las penas. Solo en el Corazón de Jesús se alcanza la madurez de una vida plenamente humana y cristiana.
De este modo se puede ayudar a nuestros jóvenes a que logren el equilibrio afectivo, de manera que vayan madurando al hilo de las actividades que con ellos se realicen para sensibilizarles hacia una cultura de la vida.
Son muchas las actividades que se les pueden proponer: acudir a centros de acogida donde hay madres que han decidido seguir adelante con su embarazo, potenciar lugares y actividades en los que haya una auténtica diversión y donde se aprende a ser amigo de verdad (deportes, salidas a la montaña, grupos...), realizar visitas y acompañamiento a ancianos en residencias, ayudar a niños inmigrantes…
Si logramos que nuestros jóvenes vivan con equilibrio afectivo, estas actividades serán algo más que unas buenas obras que se hacen en unos días; les ayudarán a descubrir que la vida tiene un sentido, que el otro es el rostro de Dios, y a madurar afectivamente.
Viviendo de este modo cada joven descubrirá la vocación al amor, el amor fiel y el aprecio a la vida humana, y será constructor de la cultura del amor y la vida.
1 Cf. Javier Mahíllo (1994), Ética y vida. Ed. Internacionales Universitarias (2ª ed.) p. 62 y ss.
2 Juan Pablo II. Homilía en Nowy Targ, 8.6.1979.
3 Gaudium et Spes, 19.
4 Cf. Juan Pablo II. Homilía en el Capitol Mall, Washington, 7.10.1979.
5 Gaudium et Spes, 50.
6 Idem, 81.
7 Idem, 97.
8 P. Tomás Morales (2012), El Ovillo de Ariadna. Ed. Encuentro, pp. 74-83.




El respeto al niño

Por Abilio de Gregorio

La ternura que nos produce todo el imaginario navideño que pone en el centro del foco celebrativo la figura de Dios Niño, me da oportunidad para la reflexión de educador acerca del papel que representa hoy el niño en nuestras vigencias culturales.

No es raro oír a personas mayores expresiones quejumbrosas que vienen a decir: “cuando éramos niños nos mandaban arbitrariamente los padres y el resto de los adultos; hoy nos mandan caprichosamente los hijos o los nietos”. ¿Qué ha cambiado realmente en la estimativa social del niño?

La aportación de la tecno–ciencia en el ámbito de la genética ha proporcionado los instrumentos para posibilitar la gestación a la medida del deseo y del cálculo programador de los padres. En consecuencia, se ha producido una suerte de exaltación del “hijo deseado”. El ser hijo deseado o no serlo, se ha convertido incluso en presupuesto desde el cual se trata de explicar frecuentemente el comportamiento de niños, adolescentes y adultos.

La cosa parece tener cierta lógica: los hijos deseados se supone que no corren el riesgo del rechazo subconsciente por llegar inoportunamente a la vida de los padres y, además, tendrán la posibilidad de llegar en las mejores disposiciones anímicas y quizás físicas de unos padres anhelantes de satisfacer su pulsión a la paternidad y la maternidad. Sin embargo en la médula de la actitud receptora del hijo hay un componente ético que quizás tenga una proyección educativa de largo alcance: no es lo mismo transmitir a un hijo el mensaje de que lo queremos y es valioso porque vino a colmar nuestros deseos de felicidad, que dejarle patente que, independientemente de nuestro deseo, lo queremos y es valioso simplemente porque es persona y es nuestro hijo y está ahí, entrara o no entrara en nuestra programación.

Quizás, paradójicamente, esto explique algunas de las sociopatías de ciertos jóvenes en la vida familiar y escolar. Mientras se siente la vida y su cuidado como un don recibido de los padres a cambio de nada, es probable que los hijos se sientan deudores de sus progenitores y se comporten como tales. A partir del momento en que se les quiera persuadir de que fueron buscados y deseados para colmar los deseos de felicidad de la pareja, quizás se sientan legitimados para comportarse como acreedores y exijan el precio de su aportación. Entonces tratarán de cobrar la factura de su contribución y de ocupar su trono y exigir servicios de reyes. ¿Será por esto que hay hoy tantos padres que no se atreven a desestabilizar el equilibrio afectivo del “do ut des” con los hijos practicando un permisivismo letal para el niño? ¿Aman a los hijos porque los hijos necesitan ser amados para crecer como personas, o los aman para ser ellos amados por los hijos? ¡Cuánto hay de solipsismo en muchos de los desparrames superprotectores afectivos de muchos padres! Si ellos no aciertan a ver que hay la misma distancia entre el deseo y la aceptación, que entre el animal y el ser humano, tendríamos que dudar de si están preparados para ser padres. Algún sociólogo perspicaz decía hace poco en una tertulia radiofónica que hoy hay muchas parejas (sintomático: ya casi no se usa el término matrimonio…) que no tienen hijos: simplemente tienen niños.

Pero quizás sea necesario enfatizar que uno de los primeros derechos naturales del niño es el derecho a tener padres y, por lo tanto, a ser hijo con todo lo que esto comporta. Y que los derechos de los padres, una vez comprometidos a tener hijos, han de considerarse derechos dependientes y subordinados al derecho prevalente de los hijos.

Después del curso de esta reflexión se pone de relieve todo el valor del “fiat” mariano: la aceptación de una maternidad contra toda programación, contra toda seguridad y contra toda lógica. María no chequea sus deseos, la oportunidad en la situación social o económica para responder al anuncio de su maternidad. Llego a pensar que ni siquiera es un “sí” a la maternidad. Lo suyo fue un “sí” a la Voluntad, al Querer de Dios.

Internet y el cuidado de los hijos

Cuando en el colegio se pregunta a los padres en qué redes sociales están sus hijos, la mayoría no lo sabe. Sabemos que es muy duro ponerse al día, pero para los que tienen hijos es algo innegociable. Muchos creen que a ellos no les va a pasar, y tal vez sea así, pero para eso hay que tomar algunas medidas.

¿Qué podemos hacer si nuestro hijo o hija de ocho años sabe más que nosotros sobre el ciberespacio? ¿Cómo guiamos a nuestros hijos con seguridad por este nuevo mundo? ¿Cómo ponemos las normas si ni siquiera entendemos los riesgos? ¡Bienvenidos al nuevo mundo de la paternidad TIC! Estamos ante un nuevo reto para padres y madres. Pero no hace falta perder los nervios... no es tan duro y merece la pena el esfuerzo.

Cuando nuestros hijos navegan por internet, están adquiriendo habilidades que necesitarán para su futuro. No hay duda de que el acceso al conocimiento y a la información pasa por las ya no tan ”nuevas tecnologías”. Pero así como en la vida ordinaria es preciso acompañar el desarrollo de los hijos, prevenir los peligros o remediar los daños cuando se producen, en el nuevo mundo de las redes sociales e internet es preciso no permanecer ignorantes y pasar a la acción, anticipándose en lo posible.

A tiempos nuevos, viejas advertencias… adaptadas
Porque ser padres nunca es fácil y las reglas básicas cambian constantemente; pero ahora, de forma acelerada. A las contrastadas advertencias que pasan de generación a generación... “No hables con desconocidos”, “debemos conocer quiénes son tus amigos”… se añade ahora el conocimiento de que en el ciberespacio existen mayores peligros y es necesario situarse a la altura del nuevo escenario tecnológico y cultural.

Esos peligros se pueden manejar empleando en esencia las mismas advertencias, debidamente adaptadas.

Trasladar el sentido común al ciberespacio
Lo primero de todo, asegúrate de que hay una razón para que estén conectados. (Vente derecho/a a casa después del colegio) Andar sin rumbo por la Red no es diferente a deambular por las calles sin un quehacer a la salida del colegio o una tarde de sábado o de domingo. Los padres tienen que saber que sus hijos están seguros y haciendo algo productivo, como los deberes, o divirtiéndose de forma sana y segura. Permitir que tus hijos pasen un tiempo ilimitado online, navegando sin un objetivo fijo, es llamar a los problemas.

No hables con desconocidos. Eso es lo primero que aprendemos cuando nos hacemos mayores, y lo primero que enseñamos a nuestros hijos. El problema en el ciberespacio, no obstante, es enseñar ese “peligro del desconocido”. En la Red, la gente con la que chatean los niños entra en tu casa a través de tu ordenador. Nuestros chavales tienen que aprender que, a menos que ya conozcan muy bien a esa gente en la vida real, esa persona es un desconocido y no importa durante cuánto tiempo hayan estado chateando. Tienes que recordarles que esa gente son desconocidos y que se deben aplicar con ellos todas las reglas de prudencia acerca de los extraños. Además, cualquiera se puede enmascarar en la Red para fingir ser alguien distinto. La “chica de doce años” con la que han estado charlando, puede ser en realidad un adulto de treinta o cuarenta años...

No cuentes a la gente detalles personales sobre ti. Muchas veces no sabemos con quién estamos charlando en la Red. E incluso podría haber extraños acechando y leyendo nuestros mensajes sin hacernos saber que están ahí. No dejes que tus hijos pongan información personal en sus perfiles. Es como escribir un diario íntimo en un tablón de anuncios. Compartir información personal les pone en peligro, y a la familia también. Asegúrate de que entienden lo que tú consideras información privada, y que acceden a mantenerla como confidencial en la Red y en cualquier otro lugar.

No aceptes caramelos o regalos de desconocidos. A menudo aceptamos “adjuntos” que vienen con el correo electrónico. Exactamente igual que los caramelos offline, pueden llevar drogas o venenos, por ejemplo; un adjunto aparentemente inocente puede destruir los ficheros de nuestro ordenador, suplantar tu identidad para destruir los ficheros de tus amigos o espiarte sin que ni siquiera lo sepas. Usa un buen programa antivirus, actualízalo con frecuencia y prueba algunos de los nuevos bloqueadores de spyware. ¡Practica la informática segura!

Tenemos que conocer a tus amigos. Debes conocer a sus amigos de Internet, del mismo modo que harías por conocer a sus amigos en la vida diaria. Habla con tus hijos acerca de a dónde van cuando se conectan y con quién hablan.

No te pelees con nadie. Intentar provocar a la gente en el ciberespacio se conoce con el nombre inglés de “flaming”. Los “flames” pueden dar lugar a acaloradas y largas batallas, que se trasladan rápidamente de una sala de chat o un foro de discusión al correo electrónico. Si tu hijo cree que es el objetivo de los ataques de alguien, debe avisarte. No deben tratar de defenderse o meterse en revanchas. Es una batalla que nunca pueden ganar.

Respeto. Sabemos todos la ‘regla de oro’: no hagas a los demás lo que no es bueno para ti. Existe una versión especial para el ciberespacio: ‘No hagas nada online que no harías offline’. Si le enseñas a tu hijo o hija a respetar a los demás en la Red, será menos probable que sufra ciberacoso o sea víctima de accesos no autorizados. Recuerda que es tan probable que tu hijo sea un ciberabusador (a veces sin querer) como que sea víctima de alguno. Hazle saber que puede confiar en ti. Como en los demás aspectos de la vida, los padres tenéis que ser aquellos en los que confíe cuando le sucedan cosas malas. Sed merecedores de esa confianza.

Se pueden enviar y recibir mensajes de texto desde cualquier teléfono móvil o aparato de mensajería, y los aparatos de juegos permiten charlar, mediante telefonía de Internet. Recordad que los aparatos de juegos portátiles y con capacidad de conexión en Red tienen riesgos reales. Los dispositivos Bluetooth permiten a tus hijos recibir mensajes de cualquiera que esté en un radio de 90 metros, y podría ser un problema si juegan con aparatos de juegos Bluetooth en un centro comercial. Piensa en las capacidades que les estás proporcionando cuando les compras nuevos aparatos a tus hijos. Revisa sus configuraciones de privacidad y seguridad.

No pongáis el ordenador en la esquina de su dormitorio, ni dejéis que naveguen solos. Colocadlo a la vista y echad un vistazo a la pantalla de su ordenador de vez en cuando, eso ayuda a que se porten bien. Siéntate a su lado mientras están al ordenador, siempre que puedas. Te ayudará a poner reglas que tengan sentido para tu hijo. También te da un beneficio inesperado... ¡recibirás una lección personal de Informática del experto más asequible que conoces!

Algunas reglas básicas
  • Primero, ten claras tus prioridades y criterios educativos como padre o madre: ¿De verdad necesita tu hijo o hija, de 7, 8, 9 años, un móvil con 3G o wifi? Pensarás tal vez que es para tenerlo localizado, o que es gratis, o que todos sus amigos del colegio lo tienen. Estos, afirman los expertos, no son en ningún caso motivos suficientes. 
  • Da ejemplo tú de buen comportamiento. Lo que te vean hacer a ti es lo que tomarán como norma o como pretexto para su comportamiento ante el ordenador. 
  • Aprende lo suficiente sobre ordenadores de modo que puedas disfrutar de ellos con tus hijos.
  • Asegúrate de que tu hijo/a no pasa un tiempo fuera de lo normal ante el ordenador. Las personas, y no los ordenadores, deberían ser sus amigos y compañeros.
  • Tened el ordenador a la vista de todos, en la sala familiar, la cocina o la sala de estar, no en el dormitorio. Pero recuerda que este consejo no es muy útil cuando tus hijos tienen aparatos portátiles con conexión a Internet y mensajería: no puedes hacer que dejen sus móviles en un lugar central de la casa. Así que asegúrate de que les funciona en todo momento su “filtro entre las orejas” (su prudencia y buen criterio).
  • Fíjate en tus hijos cuando estén conectados y mira en qué lugares de la Red se meten.
  • Asegúrate de que tus hijos se sienten cómodos para acudir a ti con preguntas, y no reacciones exageradamente si las cosas se tuercen. Anima a tu hijo a debatir contigo sobre lo que le gusta de la Red.
  • Averigua qué cuentas de correo y mensajería tienen y (al tiempo que aceptas no espiarlas) pregúntales las contraseñas necesarias para acceder a ellas. (La idea es que puedas acceder en caso de necesidad grave, en el marco de una relación de confianza, sin pretender nunca entrar a fisgonear).
  • Enséñales qué datos pueden compartir con otros en la Red y cuáles no (como los números de teléfono, direcciones, nombres completos, nombre del colegio...)
  • Revisa los perfiles de tus hijos, los blogs y mensajes que envíen en comunidades sociales online. Ten cuidado también con Whatsapp. Los preadolescentes no deberían usarlas y los adolescentes sólo con precaución.
  • Llega a conocer a sus “amigos de Internet” del mismo modo que llegas a conocer a todos sus otros amigos.
  • Adviérteles de que la gente puede no ser quien parece ser, y que la gente con la que chatean no son sus amigos, sólo son… gente con la que chatean.
  • Si insisten en encontrarse con sus amigos de la Red en la vida real, considera la conveniencia de ir con ellos. Cuando piensan que han encontrado a un/a amigo/a del alma, es poco probable que sirva de algo decirles que “no”. Ofrecerte a ir con ellos les mantiene a salvo.
  • Discute estas reglas, consigue que tus hijos estén de acuerdo en ajustarse a ellas, y pégalas cerca del ordenador como recordatorio.
Para aprender más, visita por ejemplo: 

Cuestión de integridad

Por Antonio Rojas

Te querré... ¿mientras me apetezca?
El verdadero amor sabe esperar
Alfonso Aguiló Pastrana

Angela Ellis-Jones, abogada británica, es una mujer que no ha necesitado recurrir a los tópicos “liberal-feminista” para realizarse. Ha dirigido una asociación universitaria, ha sido candidata al Parlamento, ha intervenido muchas veces en programas de televisión, debates en la BBC2, y ha escrito numerosas colaboraciones en el “Daily Telegraph” y otros periódicos. No es creyente. Pero cuando habla de la castidad, lo tiene claro:

Hoy día, la mayoría de las mujeres sostienen su derecho a la libertad sexual. Pero la única libertad sexual que yo he deseado es la de estar felizmente casada. Desde mi adolescencia sabía que debía guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión.

Angela Ellis-Jones tiene muy claras las razones para permanecer virgen hasta el matrimonio.

La castidad antes del matrimonio es una cuestión de integridad. Para mí, el verdadero sentido del acto sexual consiste en ser el supremo don de amor que pueden darse mutuamente un hombre y una mujer. Cuanto más a la ligera entregue uno su propio cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo.
Quien de verdad ama a una persona, quiere casarse con ella. Cuando dos personas tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio no se tratan una a otra con total respeto.
Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado el destrozo que producía el sexo frívolo en las vidas de algunos compañeros de escuela. Ya entonces me resultaba evidente que cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia entre estar casado y no estarlo, y se devalúa el matrimonio mismo. Quiero casarme con un hombre que tenga un concepto de la mujer lo bastante elevado como para guardarse íntegro para su esposa.

Dejarse fascinar por el afán de saciar nuestros instintos es algo que impide alcanzar lo realmente valioso. El hombre de deseos insaciables es como un tonel agujereado: se pasa la vida intentando llenarse, acarreando agua en un cubo igualmente agujereado.

Si la Iglesia católica no aprueba las relaciones prematrimoniales es precisamente porque tiene una enorme estima por el amor conyugal. Quiere ayudar a proteger y custodiar algo de lo que tanto depende, para la propia pareja y para toda la sociedad. Puros hasta el altar y fieles hasta el sepulcro.

No es cuestión de modas, libertades o precocidad, es cuestión de integridad.

Ilustración de José Miguel de la Peña

Gracias, papá, por enseñarme…

Contado por Ángel Gómez

Víctor montado en su poni y su papá en un caballo, pura sangre andaluza, han pasado todo el día recorriendo las posesiones de su familia: una finca enorme en Sierra Morena. El propósito de su papá era que viera con sus propios ojos la pobreza en la que vivía la gente del campo y llegara a comprender el valor de las cosas, de sus posesiones y lo afortunados que eran ellos.

Terminaron el recorrido, y pasaron un día en la granja de una familia campesina muy pobre.

Al finalizar la excursión por todas sus posesiones, y de regreso a casa, el padre le pregunta a Víctor:

—¿Qué te ha parecido esta excursión?

—Muy bonita, papá.

—¿Viste lo pobre y necesitada que estaba la familia campesina en la que pasamos un día y una noche?

—Sí.

—Y ¿qué aprendiste?

—Vi que nosotros tenemos un perro en casa, y ellos tienen cuatro y unos cachorrillos preciosos.

Nosotros tenemos una piscina de veinticinco metros, y ellos un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas muy grandes importadas del extranjero que iluminan nuestro patio, ellos tienen las estrellas y su patio se pierde en el horizonte.

Pero lo que más me impresionó, papá, vi que ellos tienen tiempo para sentarse al atardecer y conversar toda la familia unida. Mamá y tú estáis tan ocupados todo el tiempo y casi no os veo. Sólo algunas horas los fines de semana…

Al terminar este diálogo entre Víctor y su papá, éste se quedó sin responder palabra y Víctor siguió hablando:

—¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podríamos llegar a ser si no tuviéramos tantas cosas!

Ilustración de Juan Francisco Miral

Cuando oréis decid: "Padre..."

El valor de ser niño; la relación entre padre e hijo; el amor recibido en la infancia que se derrama centuplicado en la vida adulta; el descubrimiento del amor de Dios Padre... Hemos seleccionado tres intervenciones de Abelardo en las que, tomando como partida sus experiencias personales, nos ilumina cómo puede ser el amor paternal de Dios y cómo ha de ser nuestro amor filial hacia él, y en las que nos anima a poner ese mismo amor en los jóvenes, hijos espirituales que nos encomienda Dios Padre.

Conmovidos por el amor
“Cuando yo era pequeño (esta anécdota se la oí a mi madre) vivíamos en un pueblecito de Valencia, adonde mi padre había ido a reponerse de la enfermedad que le llevaría a la muerte. Un día en que paseaba con él nos sorprendió una tormenta típicamente mediterránea. En medio de aquel aguacero que amenazaba derribarnos, mi padre se quitó la chaqueta, me cogió en brazos, y me tapó con ella. Al llegar a casa no encontramos a mi madre. Ésta llegó más tarde y sorprendió a mi padre llorando. Alarmada le preguntó:

–¿Por qué lloras?

–Tu hijo ha sido el responsable –respondió mi padre–. Le he cogido en brazos durante la tormenta y, de pronto, vi que lloraba. Le dije: “No llores, hijo mío. No tengas miedo, que vienes conmigo”, y me respondió: “papá, no lloro porque tenga miedo, lloro porque estás malito, y te estás mojando por mí”.

¡Mi padre estaba llorando porque su hijo se había conmovido de él! Si esto es un padre de la tierra, ¿qué hará Dios cuando le miremos con arrepentimiento buscando su misericordia, sintiéndonos pecadores, y vayamos como el hijo pródigo hacia Él?” (Luces en la noche. Ed. Cruzados de Santa María, 1982, pp. 237-238)

Captar el amor del Padre
“Hace unos años fui con un grupo de jóvenes a visitar el sanatorio psiquiátrico de Ciempozuelos. En la sala dedicada a los niños encontramos una escena sobrecogedora: un muchacho de unos diez o doce años en el que no había vida intelectiva, y creo yo que muy poca vegetativa. La cabeza, caída hacia un lado. El rostro, amoratado. La frente, llena de chichones, porque se golpeaba contra las paredes... De aquel muchacho no salía ni un solo acto de uso de razón.

Sentado junto a él estaba un hombre. Un religioso de San Juan de Dios que nos enseñaba aquello nos dijo que aquel hombre era su padre, médico, que venía todos los domingos a visitarle.

Yo me fijé en el rostro de aquel hombre. Estaba llorando. Aquel hijo, que él había deseado, lo había dado al mundo no para que viviera así, sino para que tuviera vida humana... Ese niño jamás haría un acto de amor hacia su padre ni sería capaz de captar el amor de su padre hacia él. Aquel día vi reflejado el drama de Dios ante la humanidad” (Op. cit, pp. 85-86).

Los gozos inigualables de la paternidad espiritual
“Esta noche me encuentro en las alturas de Cotos mirando a las estrellas. Me gusta mucho mirarlas, ver en ellas el amor de Dios haciéndome guiños. Y me gustan muchísimo los satélites artificiales que cruzan el cielo entre esas estrellas. Contemplando el cielo tengo junto a mí un chaval. Es huérfano de padre, al que casi no ha conocido por matarse en accidente de aviación cuando él era muy pequeño. De pronto le señalo un satélite que él nunca ha visto. Luego seguimos hablando del Padre de los Cielos que nos ama desde la eternidad.

De pronto me dice que ya no le importa ser huérfano de padre porque ahora me tiene a mí. Por dentro se remueve todo mi ser. Porque hace precisamente veinte años decíamos entre nosotros que en esos momentos, con dolor, estábamos engendrando hijos que todavía tardarían años en nacer. Y aquí, junto a mí, estaba uno de ellos confirmándolo.

Madre, haz que muchos descubran estos gozos inigualables de la paternidad espiritual tras lanzarse a la aventura de dejarlo todo por Cristo, por la Virgen y por España” (Santidad educadora. Ed. Cruzados de Santa María, 2010, p. 86).