martes, 1 de octubre de 2013

Un cambio de época

Portada Estar 282
Lo ha pregonado el Papa Francisco en Río. Hoy vivimos no una época de cambios, sino un cambio de época. Estamos en una época globalizada, difícil de entender, llena de incertidumbre… pero, mirada con los ojos de Dios, llena de esperanza. Y la JMJ ha sido eso: un soplo de aire fresco color esperanza que ha ido penetrando en nuestro mundo, asfixiado por tantas crisis, corrupciones y desencantos. Un aliento de aire puro que con la alegría y el dinamismo del amor purifica a su paso los ambientes cargados de tristeza y egoísmo. Un vendaval de fe puesta en acción en millones de jóvenes, capitaneados por este Papa sencillo.

Un vendaval, que amplificado por los medios de comunicación, llega a cada hombre y a cada mujer para recordarnos nuestra dignidad de hijos de Dios, y para pedir que nos abramos a los demás en responsabilidad social, evangélica y evangelizadora.

San Agustín no temía los tiempos nuevos, y razonaba así: Los hombres dicen que los tiempos son malos, que los tiempos son difíciles: vivamos bien y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos: así como somos nosotros, así son los tiempos.

Cambiemos nosotros y cambiarán los tiempos… Comenzamos un nuevo curso: cambiemos la actitud y notaremos cómo a nuestro alrededor van cambiando las cosas...

Un cambio de época… también en nuestra revista. Estar comienza una nueva etapa. Sigue estando con María, al pie de la cruz (esa ‘t’ estilizada de Estar) para proclamar, como Ella, las maravillas que hace el Señor en medio del mundo, a través de aquéllos que se dejan hacer. Hágase-Estar, ayer, hoy y siempre. 

Y así, manteniendo la frescura y la vitalidad de siempre, Estar se abre a nuevos retos. Por ello, aunque vuelve a su periodicidad bimestral, aumenta el número de sus páginas (¡de 36 a 52, y 60 en este número!), para dar cabida a nuevas secciones, de modo que llegue a todas las edades, a todos los lugares, a todas las situaciones vitales. 

Nuevas secciones, como los “microrrelatos” de experiencias personales de El mosaico y los proyectos de evangelización (Es la hora de actuar). O las dedicadas a los más pequeños (Con ojos de niño) y a los jóvenes (Jóvenes en marcha). O tantas otras que irás descubriendo.

Seas quien seas y estés como estés, Estar quiere ser “tu” revista: te pide que la leas con ojos ilusionados, que la lleves a tu oración y a tu vida diaria, y que la difundas, sobre todo con tu testimonio, y si puedes, también con nuevas suscripciones.

En definitiva, Estar inicia una nueva época para una época nueva. ¡Buen camino!

Necesitados de la Luz para restaurar la naturaleza perdida

Por Santiago Arellano

Percibir en tu entorno que hemos perdido el norte en nuestra vida es cuestión de mirar, al mismo tiempo que el presente, alguna ráfaga del pasado. Hablo desde el curso ordinario de las cosas; no desde la acción directa de Dios en nuestras vidas que siempre es misericordia y gracia. 

El occidente sabía mucho de Dios. Hoy parece que un borrador eficaz ha eliminado hasta su huella en las pizarras de la vida. Pero no es verdad. La nostalgia de Dios es perceptible en numerosas cuestiones cotidianas. Nos permiten descubrir sobre la prosa de nuestras preocupaciones una aureola de infinito y de misterio. Es el grito del poeta cuando exclama; Por qué, Señor, por qué esto no basta. 

Como afirma el Papa Francisco en la nueva encíclica La luz de la Fe: En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre

Pues el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz.

En el griterío airado de las gentes, hoy, se percibe una inmensa sed de justicia y de verdad. Si el hombre es ladrón, corrupto, mentiroso… ¿Pues qué le vamos a hacer? Si de la multitud surge el clamor es porque sabemos que es posible la honestidad, la verdad y la honradez. 

¿Somos nosotros los únicos responsables de lo que hacemos? Yo no tengo la menor duda. El desaliento ante tanto desastre moral es una manera de contribuir a su extensión y éxito. Basta ya. Me quedo con las reflexiones que bajo el título Aprenderás nos ofreció para siempre William Shakespeare:
Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre dar la mano y socorrer a un alma, y aprenderás que amar no significa apoyarse, y que compañía no siempre significa seguridad. Comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, ni promesas... Comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto.

Para redondear esta idea que pretendo transmitir nada mejor que este cuadro del pintor iraní Iman Maleki nacido en Teherán en 1976. Se le considera uno de los más grandes representantes del mundo del hiperrealismo de nuestro tiempo. Más parece su obra fotografía que pintura. Lo mejor la honda humanidad que sabe comunicar.

Observad el polvo de la tiza que ha manchado manos y piernas. La impresión de verdad se alza sobre la barquilla que eleva al niño como autor de sus sueños. Dos obras en una: el cuadro que reproduce lo que el pintor contempla y el dibujo del niño. ¿Qué vemos? Un muro infranqueable de ladrillo y cemento y una barquilla de madera que le sirve al niño de asiento y pedestal. Pero en ese muro ciego el niño ha compuesto un himno a la esperanza. Maravilloso. Un grafiti de tiza, unos trazos de blancura pobre han horadado el muro y han abierto una ventana y a través de la ventana aparece radiante el sol. Conmovedor. De la boca de los niños saldrá la sabiduría que añoran los adultos. La nueva evangelización debe partir de la creencia de que aún entre las máximas perversiones existe un anhelo de bien que se busca por sendas equivocadas. Como el niño, estamos necesitados de la luz.

¿Qué nos pide Dios?

Por Fernando Martín

Estoy todavía bajo el impacto de la lectura de los discursos e intervenciones del Papa Francisco en la JMJ de Brasil. No puedo salir de ahí y creo que tampoco quiero. Por eso mis palabras aquí van a ser simples ecos y comentarios de uno de los discursos del Papa: el pronunciado en el Encuentro con el episcopado brasileño, el 27 de julio.

Hoy nos encontramos en un nuevo momento. No es una época de cambios, sino un cambio de época. Entonces, también hoy es urgente preguntarse: ¿Qué nos pide Dios? Quisiera intentar ofrecer algunas líneas de respuesta.

Trasladando las palabras del Papa a nosotros mismos, creo que sus palabras son un regalo en este momento de nuestra historia y nos interpelan. Por esta razón os lanzo un reto: ¿Por qué no nos dejamos provocar por la llamada del Vicario de Cristo, que es para nosotros la expresión segura de la voluntad de Dios, de lo que el Señor quiere para su Iglesia?

¿Qué nos pide Dios en este cambio de época? 

1º.- No ceder al desánimo, a la depresión ni dejar paso a las lamentaciones. Vigilad al enemigo de la naturaleza humana que se mete siempre entre nosotros con estas insidias. Y vigilemos también nuestra psicología donde se deslizan estas actitudes negativas por el cansancio en nuestra labor de evangelizadores y el poco fruto, por el cansancio al seguir al Señor y ver que tantas veces nos desviamos del camino. Confiados en Dios, bajo la mirada maternal de María, “no cansarse nunca de estar empezando siempre”.

2º.- Hace falta una Iglesia que acompañe… Hace falta una Iglesia capaz de inflamar el corazón. Tomando el icono de Emaús como fondo, el Papa hace una lectura humilde, reconociendo los errores de la Iglesia al reflexionar sobre tantos que se han alejado de ella: Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta.

Aprendamos para nuestra propia reflexión, personal e institucional, la valentía, la humildad y el amor a la verdad del Papa Francisco. Traslademos despacio, frase a frase, lo que acaba de decir el Papa a nuestra realidad y volvamos a formular la pregunta: ¿Qué nos pide Dios?

3º.- Prioridad de la formación y de la inserción en el mundo. Es importante promover una formación de calidad, que cree personas capaces de bajar en la noche sin verse dominadas por la oscuridad y perderse; de escuchar la ilusión de tantos, sin dejarse seducir.

Este es el ideal de formación. Necesitamos laicos así, capaces de entrar en el mundo de las miserias humanas y ser transparencia de las misericordias de Dios; laicos que vivan y compartan las ilusiones, esperanzas, miedos y temores de otros hombres y mujeres, y no se pierdan ni se dejen seducir; capaces de acompañar en el bar, en la oficina, en el cine, en el deporte, en internet, estando presentes en esas realidades como presencia de Cristo.

Asumiendo los riesgos que eso implica, con las heridas y bajas que esa batalla en el mundo puede suponer, pero sabiendo que no podemos desertar, que nuestra vocación en el mundo no es la de retaguardia sino la de vanguardia, allá donde las almas se salvan o se pierden.

4º.- Renovar nuestro apostolado. Misión compartida: el apostolado es labor de todos. A la Iglesia en Brasil no le basta un líder nacional, necesita una red de «testimonios».

Nuestra misión apostólica es obra de todos, cada uno aportando desde su propia vida, pero sabiendo que, por obra de la gracia, el fruto del apostolado, dependerá de nuestra comunión y no directamente de nuestra acción. Necesitamos una “red de testimonios”: han pasado los tiempos en que nuestro apostolado podía descansar en la labor inmensa de líderes carismáticos como el P. Morales o Abelardo. Ahora es otra época y hemos de aprender a trabajar en comunión.

JMJ Río 2013. Vayan sin miedo para servir. Las claves del Papa Francisco.

Por P. Juan Ignacio Rodríguez y Bienvenido Gazapo 
En este momento comienzo a sentir un inicio de Saudade. Saudade de Brasil, este pueblo tan grande y de gran corazón, este pueblo tan amigable
Con estas palabras se despedía el papa Francisco, un poco melancólico, del país que le acogió durante los días de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud. Una semana que sin duda marcará un hito importante en la historia de la Iglesia latinoamericana contemporánea, porque Brasil es un país joven, de futuro, pero que plantea importantes interrogantes a la Iglesia Católica.

Los receptores de las enseñanzas y reflexiones del papa Francisco en este viaje no han sido solamente los jóvenes, principales receptores de su visita, sino también (y no en segundo término) los pastores (obispos, sacerdotes y consagrados), que han sido interpelados profundamente por sus afirmaciones clarividentes y sus propuestas valientes.

Brasil es un coloso físico. Tiene una superficie de más de 8,5 millones de km2, en la que cabe dos veces la Unión Europea o si se prefiere 17 Españas. Es el quinto país más grande del mundo, ocupando el 47% del territorio sudamericano. Sus dimensiones colosales, a las que en algún momento se ha referido el papa Francisco en su viaje, dan fe de ello: desde la frontera con Venezuela a Río de Janeiro se interponen 5.000 km. en línea recta (cinco veces la distancia Bilbao-Sevilla); los mismos que entre Río Grande del Norte, en el extremo más oriental del país y la frontera con Perú. Sus recursos de materias primas y fuentes de energía hacen de la economía brasileña la mayor de América Latina, dotada de un rápido crecimiento.

Brasil es también un gigante humano. Con una población de 200 millones de habitantes, se constituye en el sexto país más poblado del mundo. Y esa población es muy joven (un 25 por ciento es menor de 15 años), lo que supone un valor añadido. Su diversidad de espacios, climas y paisajes ha generado un mosaico variadísimo de etnias, culturas, lenguas (indígenas, europeos y africanos), pero esta diversidad se mantiene en una gran unidad política interior.

Desde el punto de vista de las relaciones internacionales, Brasil se ha convertido en líder regional de referencia al que hay que prestar atención, pues forma parte, entre otras Organizaciones Internacionales, de la ONU, del G.20, de la OEA, y es motor de MERCOSUR, “mercado común” Latinoamericano. Por todas estas características sociales y económicas se le reconoce como Potencia emergente y uno de los BRIC, con Rusia, India y China.

Brasil y los problemas endémicos de Latinoamérica
Pese a todos estos avances sociales y económicos, Brasil sigue afectado por algunos problemas endémicos de Latinoamérica:

1º. Las diferencias sociales son todavía notables. Brasil es uno de los 12 países con mayores desigualdades del mundo. Las protestas sociales que hemos conocido por los medios de comunicación en los meses previos al verano —las más fuertes en los últimos veinte años, según los expertos— reivindicaban más servicios sociales y se quejaban de la corrupción política y la violencia policial, y han hecho disminuir la popularidad de Dilma Roussef, Presidenta de la República, perteneciente al Partido de los Trabajadores, de origen sindicalista, al que también perteneció Lula da Silva, icono del Brasil actual.

2º. La corrupción y el narcotráfico también ofrecen perfiles preocupantes. Este negocio genera beneficios económicos fabulosos de forma tal que en algunos países, como Colombia y México, los cárteles de la droga amenazan la misma existencia del Estado de Derecho. En Brasil, el esfuerzo de la policía en su lucha contra los narcotraficantes ha adquirido en ocasiones caracteres épicos. Todos recordamos escenas de asalto a las favelas con tanquetas del ejército.

El país del mundo con mayor número de católicos
Desde el punto de vista religioso, Brasil es también una potencia, pues es el país del mundo con mayor número de católicos (165 millones), aunque con un importante problema de pérdida de fieles. Como espacio latinoamericano, participa de sus características religiosas:

1ª. Gran peso específico numéricamente hablando: el 40 por ciento de los católicos del mundo (480 millones) vive en Latinoamérica.

2ª. La falsificación de la fe católica, amenazada por un sincretismo religioso cada vez mayor que adopta la forma de un nuevo espiritualismo en el que caben todas las manifestaciones posibles de religiosidad (santería, magia, politeísmo, etc.) Son muchas las sectas (incluso satánicas) que se dibujan en el panorama religioso latinoamericano; algunas nacidas en Brasil.

3ª. La Teología de la Liberación nació en Latinoamérica tras la Conferencia de Medellín (1968), intentado aplicar las orientaciones del Concilio Vaticano II a la realidad de aquellas gentes. Ha tenido sus principales representantes en Perú (Gustavo Gutiérrez), Brasil (Leonardo Boff), Uruguay (Juan Luis Segundo), junto con algunos autores españoles, y una gran repercusión en el mundo espiritual latinoamericano. Algunos de sus promotores asumieron el análisis y la praxis marxista, cosa que la Iglesia consideró incompatible con las enseñanzas de Jesucristo. El reto de vivir el Evangelio en un ambiente social cristiano tan distinto del de Europa sigue presente.

4ª. Latinoamérica es el mundo de los populismos y caudillismos políticos que merecen atención desde el punto de vista religioso. Aunque éste no es el caso de Brasil, sí lo es de Venezuela y Bolivia, países limítrofes, en los que los líderes políticos no renuncian a “refundar” religiones nacionales, reinterpretando a su manera el catolicismo.

5ª. En Brasil es especialmente preocupante el retroceso del número de católicos: en el año 1970 se declaraba católico el 92 por ciento de los brasileños. Hoy, la Iglesia ha perdido un 27 por ciento de los fieles, situándose en un 65%, a favor de las confesiones protestantes, principalmente las iglesias pentecostales y evangélicas.

Un Papa sorprendente en una nación sorprendente
A esta nación sorprendente llega Francisco, el Papa sencillo y humilde dispuesto a anunciar a Jesucristo desde el corazón. Fueron sus primeras palabras: he entendido que para tener acceso al pueblo brasileño hay que entrar por el corazón. Pido permiso para entrar y pasar una semana con ustedes. No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado, Jesucristo. Vengo en su nombre.

Y así, en esa semana de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa nos ha sorprendido llenando cada momento de gestos sencillos y sorprendentes: portar su propio maletín, esperar en la fila del avión, convivir con los periodistas, renunciar al coche blindado y cerrado, tomar en sus brazos la imagen de la Virgen, abrazar, abrazar y abrazar a todos.

Y junto a todo ello, un mensaje vivo, que es el mensaje que el Papa está lanzando, marcando el camino para una profunda renovación de la Iglesia. Lo ha hecho mediante dos tipos de mensajes: a los jóvenes y a los pastores.

1) A los jóvenes, ventanal por el que entra el futuro en el mundo, les dedicó varias alocuciones, directas, de gran fuerza misionera: espero lío… quiero que la Iglesia salga a la calle… que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad… si no salen, se convierten en una ONG… Que me perdonen los obispos y los curas (a los jóvenes argentinos, 25 de julio). Bota fe: Poned fe…  ¿Qué deja la cruz en cada uno de nosotros?... la certeza del amor fiel de Dios por nosotros (Vía Crucis). Vayan…  sin miedo… para servir (28 de julio).

2) A los pastores les he dedicado tres intervenciones monumentales: la primera, a los obispos, sacerdotes y consagrados que acompañaban a los jóvenes, donde los envía a la evangelización, promoviendo la cultura del encuentro. La segunda, al episcopado brasileño, en la que aborda los grandes desafíos religiosos de Brasil e indica cómo caminar con la gente, desde la sencillez, no desde el poder, cercanos a ellos (utiliza el bellísimo icono de los de Emaús). La tercera, al Comité de Coordinación del CELAM, en la que ofrece una lección magistral de eclesiología, levantando la mirada sobre todo el panorama eclesial de Latinoamérica.

Claves de las enseñanzas del papa Francisco
Algunas de las claves profundas de sus enseñanzas:

  • Abiertos el misterio de Dios. Su predicación constante es la de dejar espacio al misterio de Dios y acogerlo en la parte más cálida de nosotros mismos, el corazón. Dios es sorpresa y, cuando quiere, Él mismo aparece en su misterio, con aspecto de pequeñez y siempre con un mensaje de recomposición. Dios quiere manifestarse en nuestros medios pobres, y por ello el trabajo de la Iglesia se basará siempre en la creatividad del amor, no en la riqueza de los recursos. Por ello no podemos alejarnos de la sencillez ni de la gramática de la simplicidad. Su primera aparición en el balcón de San Pedro nos abrió a este misterio de Dios.
  • Centrados en Jesucristo. Lo hemos visto en sus primeras palabras. Y su mensaje a los jóvenes en estos días se centró en Cristo: Tengan el valor de ir contracorriente, con la certeza de que quien ha sido encontrado, alcanzado y transformado por la verdad que es Cristo, no puede dejar de proclamarla. Se lo decía a los jóvenes argentinos, acostumbrados a sus palabras de pastor, y en ellos a toda la Iglesia: La fe en Jesucristo es algo muy serio, es un escándalo. Por favor, no licuen la fe en Jesucristo. La fe es entera...
  • Una Iglesia joven y alegre, cercana y acogedora. Pone su insistencia en la pastoral de la acogida, alejada de toda exclusión, promoviendo la cultura del encuentro. Él es un ejemplo vivo de ello. Y al hablar de ello el Papa piensa en cada joven: Hoy en día hay chicos que no tienen qué comer en el mundo; hay jóvenes enfermos que no tienen acceso a la salud, hay mendigos en la calle… este es el drama de este humanismo deshumanizado que vivimos y en él hay que recuperar a los jóvenes.  Su propuesta es educar a los jóvenes en la misión, educarlos a salir, a ponerse en marcha, a ser callejeros de la fe, a no enclaustrarse, pasando con decisión a la pastoral de la periferia, a los que están más lejos.
  • Una Iglesia sencilla, pobre, tierna y abierta. Lo manifestó desde el primer momento de su elección: cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres. Y para ello no duda en poner acentos y señalar las preferencias, alentando los esfuerzos para integrar todas las partes del cuerpo, especialmente las que más sufren. Repite que ningún esfuerzo será verdadero en una sociedad que ignora en las periferias una parte de sí misma: abrazar, abrazar, todos tenemos la necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, repite continuamente. El Papa piensa que la falta de sencillez aleja de la Iglesia: a veces perdemos a quien no nos entiende porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera una racionalidad ajena a nuestra gente. Y por ello pide hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida.
  • Una Iglesia misionera. Es el centro de su mensaje, expresado de miles de maneras, gestos y palabras: No balconeen; al cruce de caminos. Andad a buscarlos; quiero lío, espero lio, que la Iglesia salga a la calle, que nos defendamos de toda instalación, de estar encerrados en nosotros mismos; salid, no enclaustrarse, empujadles a que salgan; prefiero una Iglesia que se arriesgue y se equivoque que una Iglesia enferma por no salir.

Vayan sin miedo para servir
Y por ello no pudo ser otro su mensaje final en Río de Janeiro y el que nosotros recogemos con ánimo ilusionado: Vayan, sin miedo, para servir.

  • Vayan: es un mandato que nace de la fuerza del amor. No hay fronteras, no hay límites, nos envía a todos, a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales.
  • Sin miedo: nunca estamos solos, estamos juntos y así somos fuertes.
  • Para servir, explicado así: Evangelizar es dar testimonio en primera persona del amor de Dios, es superar nuestros egoísmos, es servir inclinándose a lavar los pies de nuestros hermanos como hizo Jesús 

El encuentro con Cristo me cambió la vida en un Campamento

Mons. Francisco Cerro

Ofrecemos a continuación el texto de la homilía que pronunció
Mons. Francisco Cerro Chaves, obispo de Coria-Cáceres
en su visita a los Campamentos de Santa María de la Montaña
en Santiago de Aravalle, el pasado 7 de julio.

Me pongo más cerca de vosotros, sobre todo para compartir esta alegría de estar aquí en este Campamento al cual yo recuerdo que empezaba a venir con catorce años: todos los veranos venía entonces con Abelardo, con el P. Manso, y con tantos y tantos cruzados; recuerdo a mucha gente.

Y eran siempre para mí un motivo de gozo y de alegría las eucaristías, diarias incluso, que teníamos siempre. Empecé a descubrir aquello que decía el P. Nieto (un santo sacerdote jesuita, que era director espiritual en Comillas, que era tan santo como feo, y era feísimo...) [risas]. Pues el P. Nieto decía que un día sin la eucaristía es un día perdido en tu vida. Y eso lo aprendí yo en los Campamentos. Porque desde los catorce años (quizás a muchos puede parecerles un poco exagerado o un poco trasnochado) yo empecé a vivir la eucaristía diariamente. Y eso me cambió la vida.

Encontrar a Dios en el camino de mi vida
Vosotros sabéis que el año litúrgico (o el año) se celebra en torno a dos momentos históricos de la vida de Jesús: el nacimiento, (cuya celebración sería la Navidad, que se prepara con el Adviento y su culminación es la Epifanía) y luego en torno a la muerte y resurrección de Cristo, (que se prepara con la Cuaresma y tiene su culminación en Pentecostés). Y en torno a esos tiempos litúrgicos está el tiempo ordinario, que es lo que vivimos hoy. Y el tiempo ordinario es muy bonito, porque significa que me tengo que encontrar a Dios en el camino de mi vida. Y eso es lo que brevemente os quiero comentar esta tarde. Porque lo que dice Jesús en el Evangelio, yo puedo corroborar con mi vida que es verdad.

El Evangelio: un camino de felicidad
La primera cosa es que el Evangelio es un camino de felicidad. Yo no recuerdo antes de conocer bien a Jesucristo que mi vida haya sido ni un solo día feliz. Nunca. Siempre había sombras, aun en los momentos mejores de mi vida... Cuando conocí a Jesús, verdaderamente mi vida cambió. Y desde entonces es al revés: he tenido sufrimientos en mi vida después, pero no ha habido ningún día en mi vida en el que no estrene la alegría y el gozo de vivir. Y esto es verdad. De tal manera es así, que existen dos tipos de cristianos (seguramente que aquí, en los tres campamentos que tenéis, les habrá). Están los cristianos que han oído hablar la noticia de Jesús, y hay cristianos que se han encontrado con Jesús. Es distinto. Para los que han oído hablar de Jesús, el cristianismo es una carga: “¡qué rollo ir a misa, qué rollo rezar, qué rollo con los curas, qué rollo ahora, qué rollo...!” Porque el cristianismo es una carga. Se han quedado en una ley, y entonces es una carga. Esos que ven el cristianismo como una carga es porque no se han encontrado con Cristo. Que es la diferencia que hay entre estar enamorados o no estar enamorados: que te cambia la vida. Sería ridículo que vieses a un chico en un portal y le dijeses: “oye ¿qué haces, a quién estás aquí esperando?” “No, a nadie... Llevo tres horas esperando, pero a nadie...” “Pero ¿te espera alguna chica?” “No, no: estoy aquí por fastidiarme, pero yo no estoy enamorado de nadie... Yo no espero a nadie, yo no tengo a nadie, pero es que me encanta fastidiarme...” ¡Está tonto! Ahora ¡qué distinto, cómo cambia, si estás enamorado!: aguantas tres horas y siete horas, y catorce horas, lo que sea, porque tienes a alguien que esperas, tienes a alguien que te quiere, tienes a alguien con el que te vas a encontrar.

Esto fue para mí lo que cambió mi vida. Y lo que me cambió la vida, en un Campamento. Cuando tú has conocido a Jesús... (Cada uno desde su edad, los más pequeñitos, los alevines, los infantiles, los juveniles..., cada uno con su edad, porque cada uno tiene que vivir a Cristo con su edad; no está bien querer que uno lo viva con pocos añitos, como si tuviese ya una madurez humana, no). Para mí este fue el primer criterio de mi vida. Yo pasé de haber oído hablar de Jesús, la noticia de Jesús (que eso aparece en el Evangelio mucho, por ejemplo en la resurrección, en las apariciones: “escucharon hablar de Jesús”), a encontrarme con Jesús: “lo hemos visto, lo hemos palpado, nos hemos encontrado con Él...”

Cuando confirmo (que estoy confirmando ahora casi todos los fines de semana en cuatro o cinco pueblos, a veces extremos, de mi diócesis) siempre les pongo una pregunta que me hizo una vez una chica de Montánchez, un pueblo cerca de Cáceres: “Usted, señor obispo, ¿Por qué cree y en quién cree? ¿Cuál es su fe?” Y siempre trato de explicarlo así a los chicos. Creo, porque a mí Jesucristo me cambió mi vida, y porque verdaderamente me hizo inmensamente feliz. Cuando uno no es feliz con Cristo es porque entiende el Evangelio y el cristianismo como una carga. Y de las cargas siempre hay que buscar descargarse. Como uno entienda la vida cristiana como una carga ya buscará, aunque espere mucho tiempo, el descargarse. Cuando una persona entiende el cristianismo, el encuentro con Jesús, que es su vida, como esta tarde (que es una gozada estar aquí disfrutando de la Eucaristía), entonces ya no te descargas, sino que buscas verdaderamente el encuentro con Él.

La presencia de Jesucristo hace que nunca nos encontremos solos
Segundo: ¿por qué soy cristiano en la vida del evangelio? Porque no quiero estar solo. Yo se lo digo mucho a los jóvenes. Los chicos y las chicas de hoy, los jóvenes, están muy solos, hay mucha soledad en el mundo. ¿Cómo empecé yo a nunca encontrarme solo? Cuando encontré a Jesucristo. En esa frase que repite el Génesis, “no es bueno que el hombre esté solo”, está expresándose la presencia de Cristo en el corazón humano. Porque tú tendrás que entrar un día en el quirófano, y entrarás solo. Tendrás un día en el que tengas noticias difíciles, y las recibirás solo. Tendrás que tomar grandes decisiones de tu vida, te ayudarán, pero estarás solo. ¿Quién hace que no estés nunca solo? Pues la presencia de Cristo en tu corazón, y por eso es tan importante encontrarse con Él. Y en eso fue en lo que a mí los campamentos me ayudaron. Sobre todo recuerdo las noches orando, las noches estrelladas de aquí, el amanecer... 

A mí eso me cambió la vida. Por eso siempre reconozco la labor que hace la Milicia de Santa María, la Cruzada. Yo creo que esa es una labor impresionante: poner a la gente en contacto con lo creado. Es apostar por lo que el papa Francisco dice, que la reconciliación con lo creado es descubrir el hombre otra vez sus orígenes en Dios. Los chicos de hoy, vosotros, a veces pensáis que hasta la leche nace del tetrabrik y del frigorífico ¿no? Hay que ver una vaca de vez en cuando, hay que ver la naturaleza de vez en cuando, y descubrir lo hermoso que es que te pique un mosquito y el agua fría y todas esas cosas: descubrir que uno está vivo y que a veces se tiene que sufrir para amar. Todo eso que tantas veces hemos aprendido.

El cristianismo es la alegría
Y termino, tercero: Yo creo que también en el evangelio de hoy hay una apuesta por la alegría; es verdad que el cristianismo es la alegría. El Papa Francisco tiene una frase... (He estado hace unos días en Roma, tenía interés en estar con él, pero al final no pudo ser. Pero cuando estuve en Buenos Aires, hace muchos años, ya había oído hablar de él, de este Papa, que es realmente una maravilla): él decía que hay muchos cristianos que tienen cara avinagrada; son como las terneras condenadas a muerte: cara de ternera condenada a muerte.

Yo creo que la alegría y el gozo de nuestra vida tienen que notarse. ¿Yo qué aprendí cuando empezaba a dejar mi pueblo, Malpartida, y venía a los campamentos? Pues que había una alegría distinta, que la gente empezaba a compartir, que se puede ser feliz con menos, eso que tanto nos llama hoy a la austeridad. Pues todo eso aprendí aquí a descubrirlo: la alegría de ser enviados por Jesús de dos en dos. Fijaos que el Señor no envía nunca de uno en uno. ¿Por qué? Iba a decir que por la promesa de estar presente por lo menos “cuando dos se reúnen en mi nombre”. Todos somos muy dados al individualismo, al ir “a nuestra bola”. Pues el Evangelio es una apuesta por la fraternidad, por estar juntos, por convivir, por ir de dos en dos, como dice el Evangelio.

Pues que la Virgen, nuestra madre (a la que aprendí a querer tanto siempre, sobre todo a través de mis grandes maestros en esos primeros momentos de mi vida cristiana: gracias a la Milicia estoy aquí, gracias a la Cruzada soy lo que soy en ese sentido), nos enseñe a vivir cantando las misericordias del Señor, la alegría... Yo creo que es hermosísimo descubrir esto en esta tarde, y vivir cantando las misericordias del Señor, la alegría.

Como no disfrutemos a tope del cristianismo, buscaremos otros disfrutes; como no encontremos dentro, lo buscaremos fuera; como no seamos felices con Jesucristo, buscaremos otras alegrías fuera de Él. Por eso es tan importante descubrir al Amor de los amores, que es Jesús, con su madre, nuestra madre, la Virgen, para que ellos nos ayuden a vivir el gozo y la alegría de este campamento.

Aprovechad hasta el último momento, disfrutad de cada cosa, compartid con los demás, aprended que en el sacrificio hay mucha alegría. Una frase que yo le escuché a la madre Teresa de Calcuta (a la cual tuve la suerte de saludar y estar con ella un par de veces), decía: “solo el amor autentico lleva el sello del sacrificio”. Por eso en el único amor que creemos todos es en el amor de una madre. En otros amores casi no cree nadie o muy poca gente. Pero en el amor de una madre creemos porque es un amor sacrificado: el amor de la Virgen, el amor de nuestras madres... Pues que aprendamos también a que el amor, cuando lleva el sello del sacrificio, lleva también el gozo y la alegría.

Cristianos contra corriente

Por Abilio de Gregorio

Será preciso pensar en una educación alternativa que se plantee generar en los jóvenes la íntima satisfacción de sentirse diferentes. Rebeldes que saben que hay otro reino que no es de este mundo en el que están instalados, y están dispuestos a llegar hasta él aunque sea en “patera”. Esa educación alternativa necesita educadores alternativos, espacios alternativos de educación y estrategias educativas alternativas.

En un encuentro para reflexionar acerca de la nueva evangelización organizado por los Cruzados de Santa María en octubre de 2012, se interrogaba a Mons. Fernando Sebastián acerca de qué tenían aquellos primeros cristianos que hoy nos falta a nosotros. D. Fernando, siempre directo y perspicaz decía: Los primeros cristianos tenían temple de mártires. Estaban dispuestos a dar la vida por la fe (…) Sólo así se cree de verdad en Dios.

Es decir, tenían conciencia de minoría. Lo que encontramos en aquellos primeros cristianos es, ante todo, a personas que creen “en” Dios, confían plenamente en Él, y Lo esperan. Y todo ello, tan “a contra corriente”, que corren el riesgo del martirio. Su fe les ha convertido en personas dislocadas de la sociedad. Quizás sea esta expulsión de las correcciones sociales y políticas de su época a causa de su fe lo que les lleva a buscarse, a defenderse, a refugiarse unos en la estima y cuidado de los otros, a proporcionarse mutuamente la estima que se les niega en el ágora social, a hacer piña para mantenerse en la fe y, más perentoriamente, en la vida.

Se unen, ciertamente, para sobrevivir, pero, sobre todo, para que sobreviva el fuego de la fe en el Dios vivo ante las amenazas y agresiones del medio. Esto crea un tal clima de mutua protección y cuidado, que pronto produce perplejidad a cuantos los observan desde fuera, hasta el punto de poder exclamar: ¡mirad cómo se aman! Y la perplejidad ha de llevar a interrogarse acerca de qué o quién les convoca a vivir en esa unión. Y, puesto que allí convergen ricos y pobres, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, judíos y gentiles, libres y esclavos, etc., la pregunta se hace aún más apremiante: ¿Qué es lo que les convoca a vivir juntos que está más allá de la condición económica, de la condición social, de la condición cultural, etc.?

Es así como su ajuntamiento se convierte en un dedo que apunta a Alguien que está más allá. Esa comunidad se convierte para quienes les rodean en signo de un Dios más grande que lo más grande en la estimativa de los hombres.

Quizás el primer impulso a la comunidad lo produjo una tendencia a la supervivencia de unos primeros cristianos perseguidos a muerte, pero pronto el modo de vivirla la convierte en un signo que la trasciende: en signo del Amor. Tenían un corazón y un alma sólo.

Me parece pertinente que hoy, cuando se preconiza el retorno al espíritu comunitarista de las primeras comunidades cristianas, no se pierda de vista la motivación original que sostiene y explica la peculiar unión original de aquellos primeros cristianos perseguidos: personas que creen “en” Dios, confían plenamente en Él, y Lo esperan (…) Los primeros cristianos tenían temple de mártires. Estaban dispuestos a dar la vida por la fe (…) Sólo así se cree de verdad en Dios. Sin este impulso, todas esas formas de fraternidades y de caridades épicas pueden llegar a ser parte del espectáculo en el que nuestra civilización tiende a reducir incluso a la ética: parecería que lo relevante no es “hacer el bien”, sino “quedar bien”. Y el espectáculo requiere espectadores que jaleen y aplaudan. Por eso se cultiva hoy una educación religiosa en la que parecen ser más importantes las técnicas de seducción que la Verdad desnuda del mensaje original. Como el adolescente necesitado de satisfacer su impulso a la afiliación y a la pertenencia mediante la estima de sus iguales es capaz de dejarse arrastrar hasta las más degradantes sociopatías, hay un cristianismo de consumo, anhelante de aplauso y de salvoconductos culturales, más atento a las vigencias sociales, -a veces con el señuelo de “signos de los tiempos”- que a la Palabra eterna. Así, puede uno pensar que regatea la marginación e incluso la persecución sin hacer demasiada violencia a la propia conciencia Pero lo dramático es que la Verdad siempre espera para ajustar cuentas.

Todo parece indicarnos que hoy, como en los primeros tiempos, incluso en nuestro medio cultural de raíz y tradición cristiana, el cristianismo vital es un llamado, una vocación, a vivir en los márgenes de las vigencias sociales y culturales. Habéis oído que se dijo (o se dice, o todo el mundo piensa y hace…), pero Yo os digo…

Por ello, será preciso pensar en una educación alternativa que se plantee generar en los jóvenes la íntima satisfacción de sentirse diferentes. Rebeldes. No rebeldes conformistas, que son aquellos jóvenes que quieren lo que tienen los burgueses a los que dicen despreciar, pero lo quieren ya, y, como no pueden, se rebelan. No rebeldes por resentimiento: al sentirse incapaces de practicar la virtud, como la zorra de la fábula despreciando las uvas, tratan de convertir la virtud en vicio. No. Rebeldes que saben que hay otro reino que no es de este mundo en el que están instalados, y están dispuestos a llegar hasta él aunque sea en “patera”. Esa educación alternativa necesita educadores alternativos, espacios alternativos de educación y estrategias educativas alternativas. ¿No estaba llamada a esto la educación católica?

El vacío interior

Por Abelardo de Armas

Reproducimos un artículo publicado por Abelardo de Armas en el primer número de la revista Estar, allá por mayo de 1966, cuando se editaba a ciclostil. “Yo estoy con ellos –jóvenes– porque les amo, y ellos lo saben” afirma Abelardo, al tiempo que nos da las claves para remediar este mal del corazón en este artículo que no ha perdido un ápice de actualidad...

He salido de una clase con jóvenes. Me acompañan J. y F., dos muchachos de una Empresa de Madrid. Tienen 17 y 18 años. Me cuentan sus problemas, sus inquietudes. Se van animando y poco a poco me descubren su estado interior. Yo estoy con ellos porque les amo, y ellos lo saben; saben que cada semana llego a clase y les llevo un mensaje de amor, de paz, de eternidad. Ellos me miran con inquietud, desean que todo eso tan hermoso sea verdad, pero no se atreven a creerlo.

Y ahora, J., en plena Puerta del Sol, me dice: Créame, me siento vacío, pero tan vacío que muchas veces me sorprendo pensando y buscando una razón por la que vivir. Me digo: –y no lo dice con angustia– ¡Tiene que existir algo que llene este vacío! Algo como usted nos decía el otro día, que llene por dentro. Nuestro otro acompañante me miró y rompió su silencio: Le digo la verdad, hay domingos, –y no me refiero ahora a los que paso como una bestia–, que por la noche tengo grandes ganas de llorar. Me siento vacío. Totalmente vacío.

No hacía muchos días que otro muchacho me decía casi textualmente lo mismo. Este estado interior lo encuentro en muchísimos jóvenes. Es más, hace pocos días refería estas conversaciones a un centenar de ellos, de 17 a 20 años, en un Instituto Laboral. Les produjo un fuerte impacto el sentirse retratados. Al salir me abordan en grupo y me solicitan una solución.

Lo trágico es que siendo cristianos mi respuesta no les satisface. El cristianismo que ellos conocen superficialmente, y que nunca han vivido en su grandiosa plenitud, no les parece solución. Son bautizados descreídos y miran a la Iglesia con la misma frialdad que los paganos acabaron mirando a sus dioses falsos. Y aunque la inquietud por lo divino existe, la adormecen con narcóticos esporádicos. El cine, la T.V., los espectáculos o los grandes avances de la técnica, la música moderna, la moda, la noticia que llega pronta desde cualquier rincón de la tierra, tienen poder suficiente para inocular un virus de frivolidad que no llena el vacío de los corazones, pero los mantiene en estímulos intermitentes. No dan felicidad, pero no dejan caer en la cuenta de que se es infeliz, altamente infeliz.

Y aquí veo a los hombres buscando solución a los problemas de los hombres. Y me da la sensación de que aplican remedios superficiales. La lengua sucia indica que algo no marcha bien. Sin embargo, no es la lengua lo que exige limpieza. Los muchachos de que hablo no pasan hambre, no tienen problema económico, son jóvenes y disfrutan de salud. Si acaso el futuro profesional no está resuelto todavía y se muestra difícil, pero esto debía ser un estímulo más para el esfuerzo. No obstante, no son felices, no viven satisfechos. Es que su mal está en el corazón.

Esto me recuerda la respuesta de aquel joven universitario paralítico que se arrastraba con sus bastones, siempre sonriente. ¿Cómo tú, en ese estado, puedes estar siempre feliz? Nosotros te envidiamos. Es que yo –repuso– tengo enfermas las piernas pero no el corazón.

De aquí el que yo busque cambiar los corazones. Estimo que hay que meter profundo el amor y desterrar el egoísmo. Y esto sólo se puede lograr metiendo allí a Jesús. Labor que, poco a poco y maternalmente, va haciendo la Virgen, si le damos oportunidad. De Ella les hablo y observo que se animan sus miradas. Cuando usted viene a clase y nos habla de la Virgen, nos sentimos mejores. Sí, la Virgen me lleva. Allí estoy cada semana desde hace catorce años. Cientos de muchachos me han visto pasar por sus aulas. Han escuchado la voz de María. Si yo me canso, –y muchas veces no tengo ningunas ganas de ir–, este débil “testigo de lo eterno” no aparecerá más. De nuevo un mundo material se presentará a ellos, sin vestigios de vida eterna. Ya no tendrán siquiera la duda de si será cierto exista algo que pueda llenar su vacío interior.

Hoy después de clase me ha acompañado J. Quisiera hacer unos Ejercicios Espirituales internos –me ha dicho–. Mi hermana los ha hecho. Creo que si hago esto encontraré lo que usted dice. Sólo he podido responderle, mientras daba gracias internamente a la Virgen pensando que estamos en su mes: Estoy seguro de ello.