sábado, 1 de junio de 2013

Una revolución cultural y moral

Portada Estar 280
El relativismo es una ideología que implica una concepción profunda de la vida y del ser humano. Sostiene que todo lo que se refiere a Dios y al sentido de la vida, como la diferencia entre el bien y el mal por ejemplo, es inaccesible, porque los hombres somos incapaces de conocer la verdad. Nuestro conocimiento es siempre parcial y discutible. Por eso se afirma que todas las opiniones son igualmente aceptables y válidas.

Desde el relativismo se considera que la tolerancia es incompatible con el convencimiento de que algo es verdadero. Todo vale. Todo debe ser permitido. Todo es igualmente bueno. El perfecto ciudadano es aquel que no tiene ninguna convicción ética permanente. Esta falsa tolerancia acaba convirtiendo en bueno y justo lo que no lo es.

A una concepción del mundo y de la vida, o del ser humano y la sociedad, que parte de que la cuestión propiamente dicha no es la verdad, sino hacer valer lo que se piensa, se siente o se desea, se la llama ideología. Cada uno construye su realidad y su mundo. La visión ideológica de la realidad descansa en el relativismo. No se basa en una “voluntad de verdad” (como dice X. Zubiri), sino en una “voluntad de poder”, por utilizar la expresión de F. Nietzsche.

Un ejemplo claro es el de la ideología de género. Ésta sostiene que cada uno puede elegir su propia identidad y orientación sexual con independencia de su sexo biológico. Parte de que la identidad de hombre o mujer no está determinada por la identidad sexual, basada en la naturaleza humana, es decir en el modo constitutivo de ser del hombre y la mujer, sino que depende de la psicología y la elección de cada uno y de la cultura en la que vive. Además, la persona es completamente autónoma y la libertad absoluta: en consecuencia, cada uno puede “construirse” como quiera.

Esta concepción de la persona supone que si no hay Dios, ni verdad, ni naturaleza de la cual se deriven exigencias ni principio moral alguno, entonces lo lógico es que cada uno haga lo que quiera. Lo que uno es, es consecuencia de su opción. Simone de Beauvoir, refiriéndose a la mujer, decía que “la mujer no nace, se hace”.

"El género es una construcción cultural… radicalmente independiente del sexo, viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino." (Judith Butler)

Este "feminismo de género" se basa en una interpretación neo-marxista de la historia. Para sus partidarios, los marxistas fracasaron por concentrarse en soluciones económicas sin atacar directamente a la familia, que era la verdadera causa de las clases. Así, Shulamith Firestone sostiene que es necesaria una revolución de las clases sexuales: «Para garantizar la eliminación de las clases sexuales, es necesario que la clase oprimida (las mujeres) se rebele y tome el control de la función reproductiva... Por esto el objetivo final de la revolución feminista debe ser… no exclusivamente la eliminación del privilegio masculino, sino de la misma distinción entre los sexos; las diferencias genitales entre seres humanos no tendrán ya ninguna importancia».

Frente a esta ideología que ha puesto en marcha una profunda revolución cultural y moral, apoyada por una parte en el relativismo y por otra en el feminismo de género, es preciso pensar a fondo la verdad de la naturaleza humana.


La colaboración fructífera entre el hombre y la mujer debe basarse sobre esta verdad. Los dos sexos, distintos y de igual dignidad, son una revelación de la imagen y de la semejanza de Dios y participan de la bondad de la creación. Es mucho lo que está en juego.

Sólo desde el amor y sólo para el amor

Por Santiago Arrellano Hernández

La llamada ideología de género constituye una de las amenazas más demoledoras que están socavando los cimientos de la sociedad humana. Incita a una rebelión entre el hombre y la mujer que dificulta, si no imposibilita, la configuración estable y firme de un amor que se alce por encima de las veleidades del deseo, de la atracción efímera, o sea, de un amor que venza la fragilidad del tiempo y de la vida misma y lo convierta en “para siempre”.

Lleva a consecuencias insospechadas un individualismo desvinculado de cualquier lazo natural, incluso del que constituye nuestra realidad corporal, de ser hombre o ser mujer según el código genético originario. Ser hombre o ser mujer, no es sólo una consecuencia de la cultura o de una libertad ajena a la naturaleza y a la historia. ¿No enseñan nada las dos guerras mundiales ni sus horrores? En medio de un capitalismo radical, en el que cada cual va a lo suyo, la ideología de género empieza a dejar en evidencia los horrores que esperan a nuestra aldea global.

Yo levanto en esta página la bandera del amor como razón de ser y de vivir. Hemos venido a este mundo para amar. Perder la oportunidad es dejarnos tirados en la cuneta de la vida, estériles, infecundos y corroídos por la tristeza. Pido para los seres humanos un amor que transcienda el tiempo y tenga el marchamo de eternidad. Ser o no ser, esta es la cuestión.

Así lo entendió Guy Rose, un pintor norteamericano impresionista de finales del siglo XIX y principios del XX. El juego de la luz consigue, en sus paisajes y retratos, que los colores se manifiesten con una intensidad inusitada.

El cuadro que he seleccionado es de 1890. Se titula La Mère Pichaud. La luz atraviesa el espacio e ilumina la silla, el rostro y el regazo de la Señora Pichaud, y relumbra en el espacio abierto del ventanal. Pero no es el esplendor de los colores lo que llama nuestra atención. El interior es oscuro, concorde con la pobreza material que parece reinar en la cocina de esta casa humilde. ¿Es una obra realista? Lo que a mí me conmueve es el valor simbólico que adquieren, por ejemplo, la mesa y la silla y la figura de La Mère Pichaud. Es lo que no vemos lo que me llega al alma. Esas manos abatidas sobre el halda; girado el rostro con un rictus de melancólica tristeza, esos ojos entornados que miran la silla vacía, en torno a la mesa del hogar, nos están narrando una historia de vida, una razón de amor, presente en todo, a pesar de la ausencia. Y ahora ¿Para qué seguir viviendo? Parece preguntarse en sus adentros ¿Para qué estas manos que tanto han trabajado por que él estuviera contento entre los detalles del servicio de cada día y mis gozosos afanes?

Si nos detenemos en los utensilios o en el paño de cocina de la pared del fondo, comprenderemos que nos están diciendo a gritos que no es el orden por el orden lo que la ponía en pie cada mañana, sino la creación de un espacio digno, en su pobreza, por la persona amada, otra manera de decir amor.

¿Os imagináis que un insensato le hablase a la Señora Pichaud, madre y esposa, de la ideología de género?


José García Nieto en este soneto en versos alejandrinos, titulado “Tú y yo sobre la tierra. Entrega incondicional” dice, de otro modo, lo mismo. En este caso, el amor como la realización más íntima del ser. Leed atentamente los dos tercetos.

A tu orilla he venido. Tengo un otoño, un pájaro
y una voz desusada. Tú me esperas: un río,
una pasión y un fruto. Y tiene nuestro encuentro
el vuelo, la corriente, seguros, proclamados.

He venido a tu orilla con los brazos tendidos
y ahora ya soy la hierba que no termina nunca,
el barro donde el agua sujeta sus mensajes
y la cuna del cauce para mecer tu sueño.

Dime si estoy pendiente de mi diario trabajo,
si basta a tus oídos mi tristísimo verso
o si a mi sombra vive mejor mayo tu carne.

De tu orilla me iría si ahora me dijeras
que te amo solamente como los hombres aman
o que mi voz te suena como todas las voces.


Jesús, oración, testimonio

Fernando Martín Herráez

Touché! Creo que es la expresión francesa que se usa en el arte de la esgrima cuando alguien es tocado con el estoque. Pues eso es lo que he sentido después de ver, leer y releer las palabras del Santo Padre Francisco con las que respondía a algunas preguntas en la Vigilia de Pentecostés.

Y cedo con gusto este espacio (sé que puedo permitírmelo y que no enfadaré a nuestro querido director), sin comentar el tema de portada, para hacerme eco de sus palabras. Porque las palabras del Papa Francisco están siendo un vendaval de Espíritu Santo y Dios quiere que toda la Iglesia acoja este don.

Sus palabras llegan directas y nos tocan muy dentro, porque los que le escuchamos intuimos, sabemos con la sabiduría del corazón, que habla no como maestro sino como testigo, porque nos da testimonio con su vida, con la coherencia de vida, como nos dijo en la Vigilia.

Me centro en la respuesta a la segunda pregunta. Trataba sobre el desafío de la nueva evangelización. Y el Papa ha condensado en tres palabras de sabiduría todo lo que necesitamos para ponernos en marcha. Tres palabras maravillosas y preñadas de significado: Jesús, oración y testimonio. Son una clave impresionante para interpretar toda la existencia cristiana en plenitud.

Sinceramente, ya me bastan. No necesito nada más, aunque sé que el Papa va a seguir regalándome palabras y testimonios, pero entiendo que lo que me ha dicho es de tal densidad que no puedo convertirme en un mero consumidor de palabras y expresiones bonitas. Tengo que parar aquí. Tengo que entrar en la escuela de María y meditar estar palabras ponderándolas en el corazón. Tengo que seguir a San Ignacio que decía en sus Ejercicios Espirituales que “no el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”.

Porque esas tres palabras dirigidas a los movimientos eclesiales, y yo me siento parte de uno de ellos, sé que están destinadas a cambiar mi vida, con la revolución del Evangelio, si las escucho de verdad y las acojo en el corazón.

Quizás incluso me sobran dos, y me quedo con la primera: Jesús. Dice el Papa: ¿Qué es lo más importante? Jesús.

La anécdota es que a partir de ahora cuando acompañemos al Papa en sus visitas o viajes, al verle cerca gritaremos Jesús, y no Francisco o Papa Francisco. Pero eso es la anécdota aunque es genial. Lo importante es lo que ese nombre significa para mi vida. La primera, la última y la única palabra en mi vida tiene que ser Jesús. Porque las otras dos son solamente una extensión y una consecuencia de la primera palabra. Oración es dialogar y dejarse guiar por Él. Y el testimonio, la coherencia de vida, es sencillamente la consecuencia, el reflejo del amor de Jesús en mi vida y de mi camino en pos de Él.

Jesús, oración, testimonio: y que todo lo demás quede en silencio.

¿Qué nos está diciendo el Papa Francisco?

P. Juan Ignacio Rodríguez Trillo

El Papa al que los señores Cardenales fueron a buscar casi al fin del mundo, ha cogido con decisión la barca de la Iglesia en el año de la fe y con sus gestos y palabras, nos va guiando hacia una fe confesada y anunciada sin miedos ni complejos.

Del conjunto de sus homilías, mensajes y catequesis entresaco algunas líneas directrices, entre las que nunca falta el humor, como en la carta que escribe a los obispos de Argentina reunidos en Asamblea a quienes dice “Van estas líneas de saludo y también para excusarme por no poder asistir debido a «compromisos asumidos hace poco» (¿suena bien?)”.

- El primado de la oración, al que exhorta de manera recurrente y convencida desde el día de su elección: “Les pido, por favor, que recen por mí, para que no me la crea y sepa escuchar lo que Dios quiere y no lo que yo quiero”

- La misericordia de Dios de la que siempre habla apasionadamente y desde la experiencia personal: “dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor”.

- Siempre unidos a Jesucristo. Esto no puede pasar desapercibido pues es el centro de su mensaje, sin duda porque es el centro de su vida. Así les dijo a los jóvenes el día de su confirmación: “No habrá dificultades, tribulaciones, incomprensiones que nos hagan temer si permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid, si no perdemos la amistad con Él, si le abrimos cada vez más nuestra vida. Permaneced estables en el camino de la fe con una firme esperanza en el Señor. Aquí está el secreto de nuestro camino. Él nos da el valor para caminar contra corriente. Lo estáis oyendo, jóvenes: caminar contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hay que ser valientes para ir contra corriente y Él nos da esta fuerza.

- Y en esta unidad con Cristo destaca la referencia a la Cruz. “Cuando caminamos, edificamos y confesamos sin la cruz nos somos discípulos del Señor. Cuando caminamos sin la Cruz somos mundanos. Podemos ser cardenales obispos, sacerdotes, pero no somos discípulos”.

- Salir a la periferia, el mensaje más repetido: “Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y nos impide experimentar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar».


- Y todo ello desde María. Toda la existencia de María es un canto a la vida … es la mamá que nos concede la salud en el crecimiento, para afrontar y superar los problemas, haciéndonos libres para tomar decisiones definitivas; la mamá que nos enseña a ser fecundos, a estar abiertos a la vida y a dar siempre frutos de bondad, de alegría, a no perder nunca la esperanza, a dar vida a los otros.

IV Edición Sabor y Saber ¿Se puede construir un mundo sin Dios?

Una iniciativa de la plataforma “Laicos en Marca

Redacción Estar, con la colaboración de Edgar Jiménez

1 de mayo, festividad de San José, el gran artista del trabajo cotidiano. Un centenar de personas procedentes de diferentes puntos de España, entre ilusionadas y curiosas y todas expectantes, disfrutaron en Burgos de la cuarta edición de “Sabor y saber”, una original experiencia de humanismo cuya hondura puede escaparse a los superficiales, pero llena en realidad de un profundo sentido humano... y más que humano.

Esta iniciativa, enmarcada en el proyecto “Laicos en marcha”, que nuestros lectores ya conocen, es la cuarta que se organiza bajo este epígrafe, “Sabor y saber”; y presenta un coloquio en el que se aborda un tema concreto de actualidad. En este caso: ¿Se puede construir un mundo sin Dios?… Se combina una pequeña ponencia de una autoridad en la materia con un coloquio en el que todos los participantes intervienen con sus ideas, dudas…Todo ello para un pleno goce del oído, la inteligencia y el corazón. En ocasiones anteriores se trataron cuestiones geopolíticas, y el calentamiento global, por ejemplo.

Para completar esta experiencia, un espléndido grupo de cocineros preparan y sirven unos deliciosos platos, siempre con una temática que ayude a complementar y abordar desde otra perspectiva el tema en cuestión, en un perfecto despliegue de talento culinario para estimular el gusto, la vista, el tacto y el olfato. Esta comida es siempre acompañada por un guión de preguntas o reflexiones que incitan a la conversación y el debate en el grupo reunido entorno a la mesa.

Tras esto y ante el café, se procede a una puesta en común de todas las ideas sacadas en claro por cada grupo, y a un contraste de opiniones entre todos los participantes para terminar de sellar el evento.

LA IMPORTANCIA DE LO COTIDIANO

“Sabor” y “saber” tienen la misma raíz etimológica. La sabiduría es una forma de acoger la realidad contemplando y gustando, con detenimiento, sin prisa ni superficialidad. Detrás de un menú exquisitamente preparado -y muy económico-, afloraban muchísimas horas de trabajo y sacrifico, de esmero y oración hecha trabajo entre los pucheros… Y también de deliberación, para buscar un menú que hiciera pensar -aprender, saber-, a la vez que saborear. El espíritu y el estilo humano de “Laicos en marcha” (cuidar los pequeños detalles, hacer extraordinariamente las cosas ordinarias, vivir el momento presente con amor, considerar a personas, cosas y acontecimientos cotidianos con una mirada de trascendencia…) se hicieron cauce de amistad compartida, evangelio vivido con sencillez.

La jornada empezó con la sorprendente y gratísima visita a la Cartuja de Miraflores, magníficamente guiados por Javier y Álvaro, que ofrecieron a los ojos de los participantes el brillo de su mirada sabia y sensible, capaz de transmitir un gozo lleno de matices ante la contemplación de la belleza, concentrada en ese recinto maravilloso, guardado por la vida consagrada y la perseverante oración de 23 monjes cartujos.

Seguidamente, los salones del Hotel Ciudad de Burgos, generosamente cedidos por la familia Segura Zariquiegui para la ocasión, se convirtieron en un auditorio para escuchar a Santiago Arellano, catedrático de literatura y sobre todo maestro de vida.

Desarrolló la fundamental idea de que el ser humano está llamado a colaborar con el Creador en el perfeccionamiento de la naturaleza de las cosas, y de la suya propia. ¿Cómo? Sabiendo mirar en el ser de las cosas mismas, trabajando y cultivando sus potencialidades según su orden propio, y convirtiéndolas en espacio habitable y alabanza, en ocasión de servicio y plenitud humana y –con la gracia de Dios- divina.

¿Se puede alabar a Dios con los cinco sentidos?... No sólo se puede, ¡se debe!: ¡y con toda la mente, con todo el corazón y con todo el ser!, con el alma agradecida, bendiciendo el regalo amoroso de la creación, colaborando con el propio esfuerzo e inteligencia a su perfeccionamiento, ofreciendo y apreciando el fruto del trabajo bien hecho, celebrando la perfección a la que pueden llegar las criaturas, y cumpliendo de este modo la primera voluntad del Creador (Gn. 2, 15).

Cuidar el jardín de este mundo, salido de la mano de un Dios que es Él mismo Don, es un mandato en el que lo humano y lo divino se hacen una sola melodía, por desgracia fracturada y tantas veces disonante por efecto del pecado. Restaurar todas las cosas al sueño primigenio de Dios es una forma de alabanza. En expresión de Santiago Arellano, “generar espacios de cotidianidad en los que lo hermoso nos lleve a la contemplación y al respeto de la propia dignidad de la que somos portadores”. Porque entre los pucheros anda el Señor, decía Santa Teresa, y desde la vida cotidiana –la cama bien hecha, el huevo frito elaborado con esmero, el quehacer público de la vida social con sus afanes a veces tan dramáticos…- ha de elevarse un canto al Creador, convirtiendo el saber y el oficio en servicio generoso, en caricia humana y divina, en bendición para los demás.

UN MUNDO NUEVO Y HABITABLE

Así es como se puede construir un mundo con Dios. Trabajando y dando un sentido profundo, alimentado por la oración agradecida y la alabanza, a las tareas de cada día, ordinarias y extraordinarias. Ora et labora. Asumiendo la responsabilidad de humanizar y divinizar este mundo para llevarlo a su plenitud y ofrecerlo al Creador -redimirlo de la indiferencia, el desorden y la banalidad triste del pecadopara que se convierta en bendición, en obra de caridad, en genio transfigurado y en fuente de alegría. Con el sudor de la propia frente y unidos al sudor del propio Cristo; ya que también Él quiso redimir este mundo mediante su trabajo humano, desde un humilde taller de carpintero. Así es como se construye un mundo desde Dios y para Dios -y por eso mismo, a la verdadera medida del hombre-.

Fue el ‘aperitivo’ luminoso para un menú exquisito, desinteresadamente preparado por un puñado de cocineros y cocineras -unos profesionales, otros estudiantes y algún meritorio aficionado-alentados por este mismo espíritu. Estuvieron -¡toda la noche anterior, durmiendo sólo dos o tres horas, y esa misma mañana!- trabajando con ahínco entre los fogones, convirtiendo su trabajo en virtud, en regalo efusivo nacido del corazón, del esfuerzo, del saber, del deseo de servicio. En obra de arte y en oración. Como las madres, cada día, como cada hombre o mujer que con sus tareas cotidianas y poniendo en ellas el corazón, hace la vida más amable, llevadera y gozosa a los suyos... y se santifica.

Los platos fueron elaborados desde una idea y un propósito que hiciera pensar. Y así se fueron explicando a los comensales al ser presentados. Durante el postre, Miguel Ángel y Javier Lorca ofrecieron una pieza musical, no sólo para deleite del oído sino también del corazón. Tras el coloquio final, con una nueva y luminosa intervención de Santiago Arellano, que recordó a los presentes y recomendó la bella película El festín de Babette, esperaba el viaje de vuelta.

UNA CONCLUSIÓN


Una convicción acompañaba a los participantes en esta Jornada: construir un mundo según el Corazón de Dios y a la medida del ser humano es una tarea posible, llena de valor y de sentido, cuando cada uno procura dar lo mejor de sí mismo en sus deberes y quehaceres diarios. Quizás sea una cosa demasiado olvidada -así nos va, al parecer-, pero hay un “sexto sentido” que nos hace pensar que es necesaria y realizable. Pero hay que empezar por “trabajar” el propio corazón… sabiendo que no estamos solos en la tarea: “Mi Padre siempre está trabajando, y yo también lo estoy” (Jn. 5, 17). 

Aula Familiar: “Pero, ¿dónde nos hemos metido?”

Emilio Fernández Urías

La Familia. ¡Qué gran palabra! La célula-base de nuestra sociedad y qué abandonada está desde hace muchos, muchos años por las autoridades que nos gobiernan. Somos los aguerridos padres que creemos en la Familia los que con la educación exquisita que damos a nuestros hijos estamos sacando adelante esta sociedad tan poco cuidada por nuestros políticos. Queremos darles... (a nuestros hijos me refiero)... lo mejor: les procuramos la mejor alimentación, les llevamos a los mejores colegios y les prevenimos de las amistades peligrosas. Como padres nunca bajamos la guardia… Al menos eso creía yo hasta que he conocido el "Aula Familiar P. Tomás Morales".

Uno no se da cuenta de los buenos amigos que tiene hasta que no sigue alguno de sus pequeños consejos. Y Beatriz y yo hemos estado cuatro años haciendo oídos sordos a un matrimonio que año tras año, sin cejar en su empeño, nos han invitado a la experiencia más gratificante jamás vivida desde que con la ayuda de Dios iniciamos este proyecto familiar el día de la Virgen de la Almudena en 1991.

¿Bajar la guardia por el Aula Familiar? Pues así es. Uno, en estos 20 años, ha probado de todo en las vacaciones de los niños: campamentos más o menos formativos, estancias con primos y demás familia... Pero al final sólo se trata de "colocarles" fuera de casa y siempre lejos de nuestro control aunque con personas de confianza. Y mira por dónde, el pasado mes de agosto, cuando por obra y gracia del Espíritu Santo, y además de verdad, me cae obligada una semana de vacaciones extra con la que no contaba, me encuentro de repente, pudiendo acompañar a mi mujer y a mis hijos en Santiago de Aravalle. Algo con lo que tampoco contaba.

Reconozco que el primer día enmudecimos ante la vorágine de niños de todas las edades sin parar de moverse de un lado a otro al mando de sus educadores. Pero es que a la vez pertenecíamos a otra vorágine, esta vez de padres, que tampoco se estaba quieta. Dije: “-Pero, ¿dónde nos hemos metido?". Me acordé del programa de televisión "Si lo sé no vengo". Pero allí estábamos Bea y yo cogidos de la mano, asustados, pensando si nos dejaría la organización al menos reposar la comida. Pero tampoco. -"Debería haber tomado el vino con gaseosa en la comida", le dijea Abelardo con mi mente cuando me senté en el aula que preside su retrato para escuchar al nuevo ponente, "...pero en ésta no me pillan mañana". Y sí, al día siguiente estaba otra vez allí pero habiendo bebido algo más agua en la comida, y con unas ganas locas de escuchar al orador y participar en la tertulia.

Y así un día tras otro. Y, mientras, nuestros hijos seguían moviéndose escaleras arriba y abajo sin apenas tiempo para decirles hola y adiós, pero viendo la felicidad en sus caras, desde la peque hasta los tres adolescentes. Pensamos: "-Estamos cada uno a nuestro rollo pero todos juntos, y si queremos ir a preguntarles cómo están o incluso achucharles no necesitamos el teléfono, les tenemos ahí, a nuestro alcance". Y ésta es la gran riqueza del Aula: los niños, por grupos de edades, disfrutan, y los mayores por nuestro lado también. Pero nos vemos en las Eucaristías, en el rezo del Rosario, en los partidos de fútbol, en los baños, en las marchas, en los fuegos de campamento...

Uno puede bajar la guardia porque sus hijos están en las mejores manos: buenas monitoras, buenos educadores, buenas cocineras y buenísimos, buenísimos amigos con los que pasar 24 horas al día. Y hay tiempo para todo, hasta para el “desánimo cuando uno ve que los días pasan, que el Aula se acaba y que habrá que esperar hasta el año que viene para repetir experiencia.

Gracias a los matrimonios organizadores y a los Cruzados por mantener este proyecto año tras año.

Los que conocemos otras experiencias y vivencias cristianas en años anteriores, y hemos disfrutado de este Aula solo podemos estarle eternamente agradecidos a Dios por abrirnos uno más de sus caminos para llegar a él en familia.


Cincuenta años de amor y de entrega

Adolfo Meseguer

El 30 de marzo, Fernando Meseguer y María del Carmen Copado cumplían 50 años de matrimonio. Con motivo de este acontecimiento tan especial, sus hijos les preparamos una celebración con una Eucaristía, fiesta con sorpresas y regalos, y un viaje a Madrid que pasaría al recuerdo.

Debido a que la fecha de su aniversario coincidía con el Sábado Santo, adelantamos la Eucaristía para el sábado anterior. Renovaron sus compromisos matrimoniales en la Iglesia parroquial de Santa Eulalia de Murcia, el mismo lugar en el que lo hicieran 50 años atrás. Presidió la ceremonia don Juan Carlos García Domene, sacerdote diocesano amigo de la familia, que nos pidió, tanto a los hijos como a los nietos, que participásemos de la homilía con algunas palabras emotivas y de agradecimiento por los años de entrega y dedicación a su familia. A pesar de la improvisación, llovieron las palabras y se derramó alguna lágrima al reconocer el esfuerzo y el amor de estos esposos, padres y abuelos, que han dado la vida por sus siete hijos y hasta ahora catorce nietos (pues el nieto número quince está de camino). Echamos la vista atrás acompañados por los cantos que en otro tiempo ellos mismos entonaban en multitud de celebraciones y encuentros, como “El senderito” de la vida que va hacia Dios. Recuerdos que en ese día se hacían realidad como frutos recogidos de una larga cosecha: tendrás que sufrir, tendrás que luchar, tendrás que llorar aquí (…), y has de creer que esto es amor, y has de saber que te amo yo. Años de amor y de entrega que no habrían sido nada sin la presencia de Dios en su hogar. Años difíciles de hacerse un lugar en Madrid, de formar una familia numerosa, de crear un hogar cristiano fortalecido por el amor de María, nuestra madre. Cuántas veces nos contaron que en sus primeros años de matrimonio los hijos no venían y los médicos no les daban garantías de poder tenerlos. Hasta que se lo pidieron a la Virgen y, desde entonces, Dios los bendijo con una numerosa descendencia.

Agradecidos por todo, tras la Eucaristía, continuamos la celebración almorzando todos juntos. Sus hijos quisimos que no les faltara de nada y les sorprendimos con muchos regalos: un álbum familiar con gran cantidad de fotografías que recogen desde su infancia, noviazgo, vida en Madrid, hijos, familias de los hijos y nietos; una imagen de la sagrada familia o unos muñecos a imagen de ellos, entre otros. Pero la sorpresa especial se la reservábamos para el sábado siguiente. Les preparamos un viaje a Madrid en el que ellos pensaban que pasarían con nosotros el fin de semana recordando viejos tiempos. Lo que desconocían es que se encontrarían con sus viejos amigos de los Hogares de Santa María y pasarían una tarde entrañable.

Emilio y Lidia, Dori, Esteban y Trini, Mercedes, Domingo y Ramoni, Vicente, Ángel, Nasi, Jesús y Almudena, Pili y Tino, compartieron con mis padres sus recuerdos y se alegraron de poder celebrar con ellos sus cincuenta años de matrimonio. Junto a ellos también, se alegraron desde el cielo Evaristo, Juan, Manoli, Maribel y Pepe. En una carta, que Fernando leyó al comienzo de la comida, lo expresaban así: “Indudablemente las bodas de oro matrimoniales son una ocasión en que se muestra y se demuestra la plenitud de las personas que han sabido guardar sus promesas de boda, entendiendo que el Sacramento es un camino de salvación y de felicidad ya en esta vida.” La sobremesa dejó fluir de la manera más natural los recuerdos de unos y otros como si hubiesen ocurrido hacía poco tiempo. Mi padre se marchó a Madrid a trabajar para el Banco Central y allí conoció a Emilio. Juntos trataron de formar un grupo cristiano animando a otros a participar en sus reuniones semanales. Como aquello no terminaba de salir, comenzaron a reunirse en las casas de aquéllos a quienes invitaban, para que de este modo, al menos dejaran de ser dos los únicos que asistieran. Así, sus esposas entablaron amistad entre ellas gestándose así el movimiento de los Hogares. Ángel Becerril exaltó la paciencia que con él tuvo Fernando y su insistencia al invitarle a participar con ellos cada semana en sus reuniones. Por ese esfuerzo, él le estaba enormemente agradecido. Tino recordó los años en los que eran jóvenes y las heroicidades que hicieron para tener encuentros en Semana Santa y verano, con los numerosos hijos que cada familia traía. Emilio recordó que todos esos esfuerzos contaron con un objetivo, cambiar al hombre desde la formación y la oración. A todos animaba a ponerse en manos de Dios en las adversidades y a no dejar descansar el espíritu, como aquel verano en Murcia en el que pasaron unas vacaciones en la playa de Villananitos durante dos semanas. En la segunda semana llegó Emilio con su familia y nada más instalarse les sugirió levantarse a las siete de la mañana a orar.

Todos estaban deseosos de escuchar a mis padres contar sus experiencias en Murcia, tras marcharse de Madrid después de veinte años de convivencia. Ellos continuaron con nosotros, sus hijos, la línea educativa aprendida tantos años con los Hogares. Y desplegaron sus alas de apostolado en su entrega en la parroquia, especialmente en los cursillos prematrimoniales. Mi madre contó su experiencia: las parejas que acudían a estos cursillos estaban ávidas de escuchar su charla acerca de la educación de los hijos y salían contentas al ver de cerca experiencia y vida, más que teoría y doctrina.

En la sala en la que estuvimos se respiraba ternura y se intuía el abrazo maternal de María, siempre presente en las reuniones de los Hogares. Vicente regaló, en nombre de todos, una imagen de María. Y como están ya un poco mayores, se les regaló un rosario para escucharlo y rezar junto al Papa Juan Pablo II. La reunión tuvo que ser interrumpida pues se hacía tarde, aunque a ninguno le hubiera gustado que acabara. A todos nos quedó la esperanza de volver a vernos pronto, incluso antes de las bodas de platino.


El domingo fuimos a participar de la Eucaristía en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced, del barrio madrileño de Moratalaz. Esa mañana también tuvo una enorme fuerza emotiva. Volvíamos al barrio que nos vio crecer. Y volvíamos todos, lo cual es una gracia poder contarlo. Paseamos por las calles y regresamos a la casa en la que vivimos seis de los hermanos (el pequeño ya es murciano auténtico). Muy cerca de ella se encuentra aún la guardería a la que asistimos los más pequeños, y por supuesto, el colegio Real Armada, junto a la parroquia. El sacerdote que ofició la Eucaristía tuvo unas palabras de reconocimiento para con mis padres y pidió por ellos. Dios los ha bendecido durante estos cincuenta años y seguirá bendiciéndoles.

El ser humano: persona masculina y persona femenina

Andrés Jiménez Abad

Uno de los signos del tiempo actual es el convencimiento, tan altamente extendido como infundado, de que ambos sexos, hombre y mujer, carecen de un fundamento natural e incluso biológico, de que sus papeles son absolutamente intercambiables y de que feminidad y masculinidad son construcciones sociales de una cultura patriarcal y machista -verdadero núcleo original del capitalismo, en esto Marx se equivocó, dicen- que es necesario destruir para lograr la verdadera igualdad social, y la satisfacción de los deseos individuales, de manera que cada cual podría elegir configurarse sexualmente como desee.

La revolución sexual que se desencadenó abiertamente en los años 60 del pasado siglo está a punto de alcanzar su punto álgido. La familia está siendo fuertemente cuestionada y diluida como institución. Se acusa al cristianismo de haber traicionado históricamente a las mujeres. Se hace necesario replantear lo que significa ser varón y ser mujer, y preguntarse por la adecuada comprensión de la relación natural entre ambos: si es una relación de complementariedad e igual dignidad, o si es una estructura dialéctica de poder generadora de “roles socialmente construidos”.

Debemos preguntarnos por el lugar de la sexualidad en la esencia humana. Si se discute que existe una naturaleza humana sexuada, también está en el aire el orden moral de la sexualidad y el fundamento de las relaciones sobre las que se sustentan la familia y la convivencia social.

SOMOS, TAMBIÉN, NUESTRO CUERPO

Cuando contemplamos al ser humano, hombre o mujer, lo que aparece inicialmente ante nuestra mirada es su corporalidad, ciertamente. Pero la riqueza expresiva que ofrece el cuerpo humano es tal que no podemos considerarlo como una realidad puramente material o fisiológica. El ser humano tiene una dimensión esencial física y biológica, pero no se agota en ella. El cuerpo humano es también expresión de una realidad íntima -el yo, la persona-, como manifiestan de un modo evidente los ojos, el habla, las manos, e incluso el cuerpo mismo en su totalidad, como puede apreciarse a través de la danza o en multitud de gestos.

El ser y el obrar humanos no se reducen a las expectativas biológicas, a la mera satisfacción de las necesidades orgánicas o fisiológicas, sino que ambos, ser y obrar, se desbordan mediante la apertura a la realidad, más allá de la corporalidad, pero también a través de ella, manifestando así lo específico de su naturaleza racional, de su intimidad creativa y aportadora de riqueza al mundo circundante, de su capacidad de comprender el mundo y de disponer de sí mismo por propia determinación, la libertad. El sujeto de toda esta riqueza vital es el yo, la persona.

Y aunque haya algo en nosotros que rebasa el espacio y el tiempo -nuestra vida “biográfica” y espiritual-, esta dimensión profunda y abierta no puede prescindir de una concreción física y biológica, corporal, que también ofrece una peculiar apertura al mundo en la cual se manifiesta el espíritu. También somos nuestro cuerpo y éste es parte esencial de nuestra naturaleza humana. Nuestro cuerpo nos constituye y nos hacer ser lo que somos. No somos espíritus puros, naturalezas angélicas. Intentar vivir sin contar con nuestra dimensión físico-biológica es intentar romper la unidad constitutiva del ser humano. La ruptura con lo biológico no libera de ataduras, antes bien, conduce a lo patológico.

En nuestra herencia genética recibimos una información complejísima que condicionará nuestras actitudes, preferencias, emociones, etc. Muchos de estos aspectos pueden ser considerados en parte como fenómenos mecánicos, térmicos, eléctricos, etc., y las interacciones que se producen en este nivel constitutivo influyen indudablemente en los niveles más profundos de nuestra vida personal: la fatiga, la enfermedad, la presencia de ciertas sustancias químicas en la sangre, la necesidad fisiológica, etc.

Pero al mismo tiempo, al considerar numerosos gestos, acciones y dimensiones de nuestro cuerpo, percibimos y comprendemos la existencia de un ámbito interior -el espiritual, nuestro yo- del que es expresión. Quizás los ejemplos más claros pueden ser los ya mencionados: el rostro y la mirada, las manos y el lenguaje articulado, pero pueden añadirse también la risa y el llanto, el trabajo, el arte o la sexualidad, entre otros. La sexualidad humana, a este respecto, y a diferencia de la animal, es capaz de ser expresión de una intimidad y es esta dimensión la que le da su sentido más profundo.

La naturaleza del ser humano, su modo constitutivo de ser, implica la estrecha unión de alma y cuerpo; ambos en unidad constituyen la totalidad singular que es la persona humana, que es al mismo tiempo, bien hombre o bien mujer. El ser humano personal es en su totalidad de alma y cuerpo masculino o femenino. La dimensión sexuada es inherente a la naturaleza humana e inseparable de la persona.

Distinguir entre persona masculina y persona femenina sugiere que la diferencia entre varón y mujer se encuentra en lo más íntimo del ser humano, en la persona, hasta llegar a configurar el propio yo; afecta a su cuerpo y a su alma.

EN REFERENCIA MUTUA

Es todo el ser humano, en todas sus facetas, el que está modalizado sexualmente: es todo mi yo el que es persona masculina o femenina. Y esa diferencia -que en lo biológico algunos genetistas calculan en un 3%, mientras que el resto de nuestro organismo sería del todo similar- se halla en cada célula de nuestro cuerpo, existen diferencias claras en la estructura y la conectividad del cerebro de mujer y del cerebro de varón. Pero también en la individualidad más íntima de la persona, en el yo, que es masculino o femenino.

La sexualidad no existe como entidad en sí misma. Lo que existe propiamente son las personas sexuadas, personas masculinas y personas femeninas. Y esto, ¿qué supone?

Significa que el modo masculino y el modo femenino de existir son complementarios, pero no sólo entre los sexos, sino en el interior de cada sexo. Esa diferencia forma parte sustantiva de la propia identidad personal y se ordena no sólo a la generación sino a la complementariedad y la comunicación íntima de las personas.

Más aún, el conocimiento de la propia identidad sexuada se produce ante y gracias al otro sexo: El hombre y la mujer son recíprocamente “espejos” en que cada uno descubre su condición. Hay un elemento de asombro, condición de todo verdadero conocimiento como afirma Julián Marías, que ayuda a que el encuentro con el otro modo de ser persona haga descubrir el propio modo de serlo. Más aún, es la aportación de la otra persona la que ayuda a crecer de acuerdo con el modo de persona que se es. La atracción que existe entre ambos sexos radica, aún más que en la pulsión fisiológica, en el misterio enriquecedor que se intuye en el otro modo de ser, en el diverso modo de sentir, de percibir, de valorar, de dar y de recibir, de amar y de ser amado.

No hay por lo tanto simetría, sino más bien adecuación desde una comunidad constitutiva, desde una naturaleza común. La persona humana es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. “Ser varón es estar referido a la mujer, y ser mujer significa estar referida al varón” afirma Julián Marías. Son como la mano derecha respecto de la mano izquierda; si no hubiera más que manos izquierdas, no serían izquierdas. La persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón, y no sólo en lo relativo a la genitalidad. Esta complementariedad no se refiere a la genitalidad, sino a la entera condición o modalización sexuada de la persona humana. Y no abarca solamente el ámbito matrimonial o de pareja, sino que se extiende a todos los ámbitos de las relaciones humanas en la familia y en la sociedad.

Ciertas cualidades decisivas en toda persona madura parecen más peculiares del modo de ser persona masculino y otras del modo de ser persona femenino. Hay, por ejemplo, un modo masculino de ejercer la ternura, distinto en la mujer; del mismo modo que hay un modo femenino de ejercer la firmeza, distinto en el varón. Que exista una cierta inclinación hacia determinadas disposiciones no significa exclusividad en su adquisición y ejercicio. El modo de ser masculino parece más capaz de aportar una tendencia a la exactitud y la racionalización, la técnica, el dominio sobre las cosas, la capacidad de proyectos a largo plazo. El modo femenino de ser persona muestra una mayor espontaneidad para el conocimiento de las personas, la delicadeza y el matiz en el trato, la capacidad de atender a lo concreto, la generosidad, la intuición en el raciocinio, la tenacidad... Ello no supone un “reparto” de cualidades, y menos aún una distinción de rango o dignidad, sino una predisposición a la complementariedad, al respeto y a la ayuda mutua.

No es que existan cualidades masculinas y femeninas, sino un diferente modo de cultivarlas y de mostrarlas, masculino y femenino, que induce a la colaboración entre las personas de uno y otro sexo. Escribe Blanca Castilla: “Masculinidad y feminidad no se distinguen tanto por una distribución entre ambos de cualidades o virtudes, sino por el modo peculiar que tiene cada uno de encarnarlas. En efecto, las virtudes son humanas y cada persona ha de desarrollarlas todas.” Y de ahí que no puede pretenderse que haya trabajos específicos del varón o de la mujer, pero sí que el papel de uno y otro es significativo, por ejemplo, en la educación y en la convivencia y, con mayor motivo, en el rol materno y el paterno, difícilmente intercambiables.

Desde una común naturaleza y desde la misma dignidad, varón y mujer, los dos modos sexuados de ser persona, aportan matices y perspectivas diferentes. Ambos se potencian y se necesitan recíprocamente. La mujer es el complemento del varón como el varón es el complemento de la mujer. Es como si una misma melodía, escrita a dos voces, resultara armónica y completa al ser interpretada a dúo: un modo de ser ayuda al otro. “Son como dos versiones de la misma naturaleza, pues son y hacen lo mismo de modo diverso, pero de tal manera que resultan complementarios” (B. Castilla), de forma que la personalidad de cada uno -y la de quienes conviven con ellos en la familia o en otros ámbitos- se va configurando con las virtudes y actitudes para las que cada uno está más inclinado, y con las que se ha aprendido por la aportación del sexo contrario. Una sociedad sin feminidad no sería una sociedad masculina, sino una sociedad inhumana. Y de hecho probablemente ya lo es en gran medida.

Masculinidad y feminidad no se reducen, así pues, al plano físico y biológico ni se agotan en la función reproductiva. Abarcan toda la corporalidad humana y por lo tanto al modo como la intimidad del yo personal se expresa a través de ella, de acuerdo con su modalidad sexuada constitutiva.

Por este motivo, “no teniendo la masculinidad la exclusiva de la fortaleza, ni la feminidad la de la ternura, no obstante, se puede hablar de una fortaleza masculina y femenina (modos propios o diversos de expresar el mismo bien) o de una ternura masculina o femenina. En suma, podemos hablar de personalidad masculina y personalidad femenina sin que por ello varón y mujer sean más o menos persona humana” (Pedro J. Viladrich). La feminidad realiza lo humano tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria, y sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino, lo humano se realiza plenamente.

Desde el campo católico sobresale el magisterio de Juan Pablo II acerca de la dignidad y la misión de la mujer, recogido en varias cartas y exhortaciones apostólicas, así como sus reflexiones teológicas acerca del cuerpo humano, vertidas sistemáticamente en sus alocuciones generales desde 1979. Pero también se ha empezado a escuchar la voz de un nuevo feminismo que reivindica una verdadera comprensión y defensa de lo que es propio de la mujer como tal. Escribe Janne Haaland Matláry, exministra noruega: “El auténtico radicalismo de la emancipación femenina consiste en la libertad de ser realmente una misma, de ser mujer en ‘términos de mujer’. Yo aspiro a que mis colegas masculinos respeten mi condición de madre. Quiero que me consideren como la mujer que soy, y no como una persona que aspira a ser como ellos. Quiero que mis valores femeninos y mis cualidades específicas sean apreciadas y reconocidas en la vida profesional y en la política al igual que lo son los valores y cualidades masculinos... Son mis cualidades femeninas las que precisamente me dan fortaleza, mientras que el imitar las conductas de los hombres me debilita porque entonces no soy verdaderamente yo misma”.

Puede decirse que la aportación más significativa del ‘neofeminismo’ reside en la demanda y el planteamiento de una antropología que permita engarzar tanto la igualdad como la diferencia entre hombre y mujer, que supere lo mismo la subordinación y el igualitarismo, y que permita comprender qué o quién es realmente la mujer, y qué o quién es realmente el varón. Pero esto a su vez requiere una comprensión cabal de lo que significa ser persona y en qué consiste la naturaleza humana, asunto tan mal entendido por la Modernidad.

LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Se ha estado oyendo durante estos últimos años la expresión "género" y muchos se imaginan que es solo otra manera de referirse a la división de la humanidad en dos sexos, pero detrás del uso de esta palabra se esconde una ideología que busca precisamente acabar con la distinción y referencia mutua del sexo masculino y femenino.

Esta ideología afirma que las diferencias entre el varón y la mujer no corresponden a una naturaleza fija que haga a unos seres humanos varones y a otros mujeres. Las obvias diferencias anatómicas serian irrelevantes e incluso deberían ser suprimidas. Las diferencias de manera de pensar, obrar y valorarse a sí mismos serían el producto de la cultura -de unas relaciones de poder- en una época determinada, que asigna a unos y otros ciertas características que se explican por las conveniencias de las estructuras sociales.

En concreto, afirman siguiendo a Engels, amigo y colaborador de Marx, que “todo matrimonio se funda sobre la posición social de los contrayentes, y sería una prostitución en la que la mujer sólo se diferencia de la cortesana ordinaria en que no alquila su cuerpo a ratos, como una asalariada, sino que lo vende de una vez para siempre como una esclava.” “La mujer se ha convertido en la criada principal. La familia moderna se funda en la esclavitud doméstica. El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletariado.” (Cita de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado).

Una sociedad patriarcal -en la que el poder dominante corresponde al varón- genera relaciones en las que el hombre es el dominador y la mujer la sometida. La máxima expresión de esta sumisión sería el “rol” (papel social) o estereotipo de la maternidad, organizada y protegida en el marco de la familia. Así ha sido hasta ahora, pero si las mujeres se hacen con “las fuerzas de reproducción” (la expresión es de Sulamithe Firestone), acabarán con la opresión que hasta ahora han venido padeciendo. Por eso el objetivo es el “empoderamiento” de “las mujeres”. Ya no se usa la expresión “la mujer”, en singular, puesto que denotaría la existencia de una esencia o naturaleza objetiva. Sólo existen los individuos y las relaciones de poder que generan. No se nace hombre ni mujer. Según la expresión de Simone de Beauvoir, el hombre y la mujer “se hacen”.

El feminismo de género busca establecer una igualdad total entre hombre y mujer sin considerar las naturales diferencias entre ambos, especialmente las diferencias sexuales; más aún, relativizan la noción de sexo de tal manera que, según ellos, no existirían dos sexos, sino más bien muchas "orientaciones sexuales”. Se insiste en la “desconstrucción” (destrucción) de la familia -sobre todo a través de la política, la educación y la utilización de un nuevo lenguaje-, no sólo porque esclaviza a la mujer, sino porque condiciona socialmente a los hijos para que acepten la familia, el matrimonio y la maternidad como algo natural, como dice Nancy Chodorow.

La igualdad feminista radical significa, no simplemente igualdad bajo la ley y ni siquiera igual satisfacción de derechos y necesidades básicas de “la mujer”, sino más bien que “las mujeres” -al igual que los hombres- no tengan que dar a luz. La destrucción de la familia biológica permitirá, según Alison Jagger, la emergencia de “mujeres y hombres nuevos”.

Las "feministas de género" incluyen como parte esencial de su agenda la "libre elección" en asuntos de reproducción y de estilo de vida. Pero “libre elección de reproducción" es la expresión clave para referirse al aborto a solicitud; mientras que "estilo de vida" apunta a promover la homosexualidad, el lesbianismo y toda otra forma de sexualidad fuera del matrimonio. Así, denuncia abiertamente la escritora Dale Oleary, “la nueva perspectiva de género tiene como objeto propulsar la agenda homosexual/lesbiana/ bisexual/transexual, y no los intereses de las mujeres de carne y hueso, normales y corrientes”. Cada cual podría “construirse sexualmente” como desee. A ello ayudarán el recurso a la cirugía, los tratamientos hormonales, la reproducción asistida, la ingeniería genética e incluso, en el futuro, la reproducción totalmente artificial y asexual. Entonces se hará presente el mundo feliz (Huxley), el paraíso de la ‘verdadera’ igualdad.

LA VERDAD SOBRE EL SER HUMANO Y LA MATERNIDAD

Pero a la luz de las reflexiones que hacíamos al principio, se advierte que el ser del varón y el de la mujer no son meros roles sociales, construidos por una cultura y por unas instancias de poder que hoy las configuran de un modo pero que mañana, tras la deconstrucción de éstas, pueden adoptar otra determinación.

Es verdad que el varón y la mujer “se hacen”, pero sólo a partir de lo que en ambos es constitutivo y que marca la referencia de la plena realización y el perfeccionamiento humano: su naturaleza. La naturaleza humana lleva en sí un orden de perfeccionamiento que se pone en manos de la libertad personal y que establece unas exigencias de índole moral, más allá de una u otra cultura concreta. Así, existe la exigencia moral de tratar siempre a las personas como personas, y nunca como cosas, e incluso de tratarse a sí mismo o a sí misma de acuerdo con la dignidad de persona (por ejemplo, yo no estoy moralmente autorizado a hacer con mi cuerpo lo que quiera). En este plano, aun cuando una cultura concreta puede condicionar la valoración e interpretación de los sexos y de lo que es propio de uno y de otro, se pone de manifiesto que toda cultura tiene más o menos valor en la medida en que hace más o menos justicia a lo que es propio del ser humano y a su dignidad.

De modo singular, conviene pensar en la maternidad y en su valor: “He sido siempre una mujer dedicada a una actividad profesional y consideraba mi trabajo como lo primero de todo, pero sólo cuando llegué a tener hijos pude darme cuenta de que es en la maternidad donde radica la esencia de lo femenino en su más profundo sentido. La maternidad no es simplemente una función auxiliar de la paternidad sino algo diferente. Para alguien como yo, que nunca pensaba en los niños ni demostraba interés hacia ellos, fue una especie de revolución existencial” (Janne Haaland Matláry).

Para el feminismo de género, para el materialismo dialéctico o para el existencialismo sartreano -profesado por Simone de Beauvoir y sus seguidores-, la maternidad es sólo una función social, un papel, un rol construido por la sociedad y por los patrones culturales vigentes en una época o en un sistema de relaciones determinado. Pero cuando una madre concibe, cría y se entrega al cuidado y la educación de su hijos, emprende una relación de por vida y sumamente profunda con otro ser humano, su hijo o hija. Esta relación define a la mujer y está en directa vinculación con su corporalidad y sus inclinaciones más hondas, le plantea ciertas responsabilidades y afecta enteramente a su vida –y a la de su hijos y su esposo cuando menos-. No está representando el rol de madre: es una madre. La maternidad no se agota en el rol reproductivo.

La cultura y el contexto, las condiciones económicas y la tradición ciertamente influyen sobre el modo en que la mujer cumple con la responsabilidad de ser madre y sobre el modo en que la maternidad es considerada y tratada en la sociedad, pero no crean madres. Y tampoco está de más advertir que el hombre sólo aprende a ser padre a través de la maternidad de su mujer.

No hay contraposición real entre naturaleza y cultura, sino que la cultura es el cultivo de lo específicamente humano. La naturaleza humana en sentido estricto no es el estado primitivo de la especie, contra el que una sociedad evolucionada puede alzarse con sus normas arbitrarias, sino el orden de perfección que corresponde al modo constitutivo de ser del hombre y de la mujer. Lo natural, en este sentido profundo, es lo mejor de lo que el ser humano es capaz según su orden de desarrollo propio. Y el desarrollo cabal de lo humano consiste en convertirse en don, es decir, en amar, en servir al bien de alguien a quien se ama.

PARA SABER MÁS:

Aparisi, Ángela y Ballestero, Jesús (eds.): Por un feminismo de la complementariedad. Eunsa, Pamplona, 2002.

Calvo, María: La masculinidad robada. Almuzara, Córdoba, 2011.

Castilla, Blanca: La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis. Madrid, Rialp, 1993.

Conferencia Episcopal Peruana: La Ideología de Género. Sus peligros y alcances. En base al informe "La desconstrucción de la mujer" de Dale O'Leary. Lima. 1998.

Consejo Pontificio para la Familia: Lexicón. Madrid, Palabra, 2004.

Haaland Matláry, Janne: El tiempo de las mujeres. Rialp, Madrid, 2000.

Juan Pablo II: Hombre y mujer los creó. (Ed. preparada por el Instituto Juan Pablo II). Cristiandad, Madrid, 2010.

López Moratalla, Natalia: Cerebro de mujer, cerebro de varón. Rialp. Madrid, 2007.

Marías, Julián: La mujer y su sombra. Alianza, Madrid, 1986.

Müller, Gerhard Ludwig (ed.): Las mujeres en la Iglesia. Encuentro, Madrid, 2000.

Scala, Jorge: La ideología de género, o el género como herramienta de poder. Sekotia, Madrid, 2010.

Stein, Edith: La mujer. Palabra, Madrid, 2000.


Trillo-Figueroa, Jesús: La ideología de género. Libros libres, Madrid, 2009.

José Celestino Mutis, sacerdote y científico (…sin problema)

Jesús Amado Moya

Dulce María Loynaz tiene una encantadora poesía que dice así:

“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz y sombra…
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde y rubia,
y morena…
Quiéreme día,
quiéreme noche…
¡Y madrugada en la ventana abierta!…
Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda… O no me quieras!”

Desacertada y fraudulenta la conducta que pretende ignorar la realidad completa. De un objeto, de una idea o de una persona. Hemos de aceptarla y mostrarla en todas sus facetas. “Sin recortes”, como nos dice la citada poeta cubana.

Todo esto pensaba yo al hojear un reciente libro “Kingdom of ants” (Reino de las hormigas) aun no traducido al castellano. Uno de sus autores, Edward O. Wilson, es un famoso y prestigioso biólogo estadounidense, muy conocido por sus trabajos en evolución y sociobiología. Pero también por su propuesta de ateismo científico. Que le lleva a afirmar que “los mejores científicos rara vez son religiosos”.

Sorprendente afirmación de quien en el citado libro, a lo largo de un centenar de páginas, va exponiendo toda la obra científica realizada por el español José Celestino Mutis en Centroamérica a finales del siglo XVIII. El subtítulo del libro es “José Celestino Mutis y el amanecer de la Historia Natural en el Nuevo Mundo”. Y si bien es cierto que se trata de una obra meramente científica, ¿por qué sistemáticamente se ha obviado la faceta religiosa del personaje biografiado, sacerdote por más señas? “Si me quieres, quiéreme entera… sin recortes”. Sirva, pues, este pequeño artículo de complemento al estudio científico que sobre José Celestino Mutis se nos ofrece. Y sirva, sobre todo, de exponente del posible y necesario diálogo entre ciencia y fe tan ponderado por la Iglesia y el papado de los últimos decenios.

José Celestino Mutis nació en Cádiz el 6 de abril de 1732. Estudió medicina y cirugía en el vanguardista Colegio de Cirugía de Cádiz y concluyó su carrera en la Universidad de Sevilla. Con 25 años se traslada a Madrid como profesor de Anatomía y médico de la Corte. Allí, en contacto estrecho con los especialistas del Jardín Botánico, surge su creciente interés por esta rama de las ciencias.

En 1760 llega a Nueva Granada (América) como médico de cabecera del Virrey D. Pedro Messia. E inicia su brillante labor como científico. En 1772 (con 40 años de edad) Mutis recibe las órdenes sagradas. Falleció el 11 de septiembre de 1808.

Si bien queremos resaltar en este artículo la faceta religiosa de Mutis, debemos al menos hacer mención a algunas de sus dimensiones científicas. Dirigió una expedición botánica en el territorio de Nueva Granada (actuales Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela) que se prolongó por 30 años. Sus informes y muestras de especies vegetales y animales fueron enormemente apreciados por naturalistas eminentes como Carlos Linneo, padre de la Taxonomía moderna, (con quien mantuvo una correspondencia que se prolongó durante 16 años, hasta la muerte de Linneo) y con Alexander von Humboldt, padre de la Geografía Moderna Universal.

Los elogios de Linneo a Mutis no pueden ser más cálidos: “Ojala que en esta vida me fuera dado verte personalmente, siquiera una vez… Me atrevería por ello a emprender un viaje a España, a pesar de que me lo impide la vejez y la muerte que no puede tardar”. Y encabeza una de sus cartas de este modo: “Al varón amicísimo, suavísimo y candidísimo Dr. D. J. C. Mutis, botánico sapientísimo y agudísimo”. Baste decir que según alguno de sus biógrafos Linneo “daba saltos de alegría cuando recibía cajas de plantas de Mutis”.

Precisamente es Linneo quien escribió en el prefacio de su última edición del “Sistema Natural”: «La creación de la Tierra es la gloria de Dios, como solo el hombre puede observar en las obras de la Naturaleza. El estudio de la naturaleza debería revelar el orden divino en toda la creación de Dios; la tarea del naturalista radica, por tanto, en construir una «clasificación natural » que mostrase este orden en el Universo». La Clasificación Natural a la que se refiere Linneo es la que llamamos hoy en día “Clasificación de Linneo, de plantas, animales y minerales”.

No menores fueron los elogios de Humboldt a Mutis. Ambos convivieron durante dos meses en Santa Fe de Bogotá, en el año 1801. Tres cosas impactaron a Humboldt al visitar a Mutis. La primera, encontrarse con que Mutis fuese un sacerdote. En la protestante Prusia, su país, no era eso lo corriente, mientras que en España ocurría todo lo contrario: la mayoría de los botánicos eran sacerdotes o religiosos. La segunda cosa que le impactó: el extenso “taller” instalado por Mutis; en él trabajaban bajo su dirección unos 15 discípulos entre botánicos, dibujantes, pintores y ayudantes, dedicados todos ellos al estudio del conocimiento y clasificación de las plantas. Finalmente, la tercera cosa que le causó admiración a Humboldt fue la fabulosa biblioteca de Mutis; tenía unos 8500 libros. De ella escribe Humboldt en su diario: “No hay otra biblioteca que la supere, con excepción de la de Banks en Londres; al menos en lo concerniente a historia natural». James Banks era a la sazón Director de la Royal Society. En su Geografía de las Plantas, se puede leer: «Dedicada con los sentimientos del más profundo reconocimiento, al ilustre patriarca de los botánicos, José Celestino Mutis, por Federico Alejandro, Barón de Humboldt».

Por cierto, Humboldt reconoce en uno de sus libros que “ningún gobierno europeo ha invertido sumas mayores para adelantar el conocimiento de las plantas que el gobierno español”.

El legado de la Expedición Botánica dirigida por Mutis llegó a Madrid en 105 cajones que fueron abiertos en presencia del rey, Carlos III a la sazón, que había propiciado dicha expedición. Su contenido, más de 24.000 ejemplares relacionados con 130 familias botánicas. Todo ello quedó en el Real jardín Botánico de Madrid, y hasta el día de hoy siguen inéditos contenidos de los mismos. Entre otros tesoros de su interior, no menos de 6.600 dibujos originales (de ellos 3.000 láminas coloreadas) que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad.

Brilló Mutis en todos los campos en los que trabajó: médico, botánico, matemático, astrónomo, metalúrgico, zoólogo… pero asimismo, hay que reconocerlo, en el campo del sacerdocio ministerial, como médico no solo de cuerpos sino también de almas. No en vano uno de sus mejores biógrafos llega a definirle como “Sacerdote de Dios y de la Naturaleza”. Y añade con entusiasmo: “Contemplando la Naturaleza, elevaba su espíritu al Autor de la misma, le adoraba y se desprendía enteramente de la tierra para unirse más a Él”.

De herencia le venía a Mutis el espíritu religioso, pues en su familia por parte materna, su tío, el P. Bosio fue Provincial de la Compañía de Jesús, y su hermano Francisco, mayor que él, también fue sacerdote jesuita. Y que su vocación clerical venía de muy atrás lo atestigua él mismo en una carta que dirigió a su amigo Martínez de Sobral, en la que le dice: «De haber permanecido en la corte española las tentaciones de las altas y temibles dignidades a las que me he podido resistir en el Nuevo Reino sin violencia, hubieran sido un obstáculo para abrazar el estado eclesiástico en España”.

Desde el momento de su ordenación fue un verdadero sacerdote de Dios y ministro de la naturaleza, divididos todos sus momentos entre la religión y las ciencias, y siendo un modelo de virtudes en la primera y un sabio en las segundas.

Aunque son pocas son las alusiones a su ministerio sacerdotal en los escritos de Mutis, sabemos que Mutis decía misa como capellán todos los días en el convento de Santa Clara, y era confesor de las monjas en un convento de Santa Fe. Cumplía religiosamente las leyes eclesiásticas en materia de ayuno y abstinencia, en cuanto se lo permitía su quebrantada salud.

En su condición de médico, y con licencia especial del Papa para ejercer la medicina y la cirugía, asistía a los enfermos con los auxilios de la ciencia y de la religión. Le caracterizaba una cualidad sacerdotal: su desinterés y la falta de apego por bienes terrenales. Cuando obtenía ingresos los dedicaba por completo a los menesterosos y –en sus últimos años- a la construcción del primer Observatorio Astronómico de América, al tener la experiencia de conocer el primero de ellos, construido en España por su maestro el insigne ingeniero naval Jorge Juan en 1753 en la Isla de León, (hoy la ciudad de San Fernando) a 14 kilómetros de Cádiz. No podemos extrañarnos de que la muerte le hallara pobre de bienes materiales, pero rico en obras humanas y, sobre todo, espirituales.

En conclusión, Celestino Mutis demostró con sus propias vivencias la compatibilidad de las relaciones entre religión y ciencia, y cómo una no excluye a la otra. Muchos científicos cristianos que Mutis sentó en su misma mesa de trabajo y a quienes siguió, explicó y dio a conocer en Santa Fe de Bogotá; y otros con quienes tuvo amistad como Jorge Juan, o se relacionó y cooperó intercambiando plantas, láminas y dibujos como Carlos Linneo, todos ellos mostraron sus creencias y su fe, al par de sus obras científicas en escritos y manifestaciones orales.


Podemos, pues, incluir a Mutis con la culta, amplia y valiente pléyade de científicos que están en desacuerdo con la idea de que la ciencia pretenda ser un absoluto para la vida y la concepción humana de la existencia.