viernes, 1 de febrero de 2013

“La Iglesia ha dicho sí. Ahora depende de vosotros...”

Portada Estar 276
El 11 de este mes, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, se cumplen 25 años de la aprobación de los Cruzados de Santa María como Instituto Secular y de sus Constituciones. Es un motivo de gran gozo y de agradecimiento ya que, “entre los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo” (Vat. II) que sabemos no han faltado, sigue adelante la pequeña y providencial historia de esta “partecita de la Iglesia”, como la llamaban el P. Morales SJ y Abelardo de Armas.
Que los Cruzados fueran constituidos en Instituto Secular no es secundario; antes bien acentúa y garantiza su índole seglar, mediante la profesión de los consejos evangélicos vividos en medio del mundo. El camino a seguir es claro: “Cuanto habéis dejado escrito en vuestras Constituciones ha sido detenidamente estudiado por mí. Más de treinta años de viva historia quedan codificados en cada uno de los artículos que con tanto cariño y desvelo habéis observado para permanecer fieles en el seguimiento de Cristo”, escribía el padre Morales (Circular, 6 junio 1985).
La fidelidad a esta pauta de vida respaldada por nuestra Madre la Iglesia significa insistir en la “paradoja cristiana”: trabajar como seglares entre las realidades cotidianas y mostrar hasta qué punto pueden ser transformadas para Dios por el espíritu de las Bienaventuranzas.
Abelardo, al comunicar la aprobación canónica del Instituto a todos los miembros, daba lectura a una carta del padre Morales del mismo 11 de febrero del año 1988, en la que éste relataba aspectos que consideraba providenciales y en los que veía la mano intercesora de Santa María.
Uno de ellos, junto a fechas que jalonan la corta pero intensa historia del instituto desde el 8 de diciembre de 1955, es la aprobación en las Constituciones -fruto de la paciencia y la oración constante- de cuatro puntos neurálgicos que, “habiéndolos vivido durante más de 30 años, dan fisonomía a vuestra Cruzada: Conservar el nombre de Cruzados de Santa María, hermanaros a todos, laicos y presbíteros, en un único instituto, el gobierno laical y la posibilidad de elegir al Mayor general a perpetuidad.”
Insistía el fundador en “realizar en vuestras vidas esa santidad que es lo específico de la Iglesia y por lo tanto el carisma de vuestra vocación. Nacisteis para ser santos, y la Virgen os trajo a la Cruzada para vivir, con Ella y San José, esa santidad que os hace contemplativos en la acción. La gratitud os debe espolear siempre a vivir ocultos en Cristo Jesús adentrándoos en Nazaret. Las palabras de D. José María García Lahiguera, en mayo 55 han de serviros como consigna: ‘La iglesia ha dicho sí, pero de vosotros depende que este sí se convierta en realidad’. Pedid que la Virgen de Lourdes os consiga el milagro de entrar en el camino de la santidad, una santidad sencilla y alegre como la suya, sin acciones brillantes, que se sepa ocultar siempre sin llamar la atención nunca.”
Tal vez no sea anecdótico que en una postdata de ese mismo escrito, el P. Morales comunique a todos que un matrimonio de la Milicia de Santa María recién constituido, se halla a punto de volar a Perú. Y muestra el horizonte de una alegre multiplicación de “matrimonios misioneros”, que harán “que el militante que no se sienta llamado por Dios a la consagración, abandone la idea falsa de que pasa a segunda división al orientarse a la vida matrimonial. Os ayudará a formar a los militantes en desprendimiento del dinero y sus comodidades para que constituyan hogares de nuevo cuño que salven el mundo, y sin los cuales vosotros no podríais hacer casi nada.” 

El verdadero Don Quijote de la Mancha


Santiago Arellano Hernández

Me uno al gozo de la conmemoración de estos veinticinco años de los Cruzados de Santa María metiendo en el homenaje a mi bienamado Don Quijote de la Mancha. Permitidme esta osadía. Don Alonso Quijano el Bueno, el hidalgo de la Mancha, seglar o laico a quien le encendía no poner remedio a los males físicos y espirituales que estaban asolando la sociedad de su tiempo, si hubiera conocido al Padre Tomás Morales y a Don Abelardo de Armas, no tengo la menor duda de que hubiera querido ser un Cruzado de Santa María. Hubiera encontrado en María la auténtica Dulcinea del Toboso, sin necesidad de esperar ningún tipo de desencantamiento. Con más espacio os lo mostraría mejor. Ahora creedme. Imaginad a Don Alonso en vez de Caballero andante un Cruzado de Santa María.

Os invito a leer atentamente el capítulo LXXII de la segunda parte, el penúltimo. Entre las mil venturas y desventuras este fragmento me sirve para mi homenaje. Que cada uno habla de la feria como le va en ella, y a mi buen Don Quijote nada menos que hasta la víspera de su acabamiento mucho le dolió lo de El Quijote de Avellaneda.

“-Eso creo yo muy bien -dijo a esta sazón Sancho-, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas (…), y el verdadero don Quijote de la Mancha (…) es este señor que está presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.

-¡Por Dios que lo creo!, respondió don Álvaro, porque más gracias habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas (…) Pero no sé qué me diga; que osaré yo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le curen, y agora remanece aquí otro don Quijote, aunque bien diferente del mío.

-Yo -dijo don Quijote- no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza; antes, por haberme dicho que ese don Quijote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira; y así, me pasé de claro a Barcelona (…) Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos.

A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de que vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.

-Eso haré yo de muy buena gana -respondió don Álvaro-, puesto que cause admiración ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones (…)

Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente; la declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras.”

Un sencillo recuerdo


Fernando Martín Herráez

Hace 25 años que fue aprobado el Instituto Secular Cruzados de Santa María. Celebrar un aniversario es una ocasión para volver la mirada agradecida al Señor por tanto amor y misericordia derramados en estos años sobre la institución, sus miembros y todos los que de alguna manera se relacionan con ella.

Celebrar es volver la vista atrás y recordar aquel año 1988. Me voy a permitir unos recuerdos personales, aunque sea un tanto difusos y muy limitados. Si alguien quiere recordar con nitidez los acontecimientos de ese año desde la perspectiva de la Cruzada, basta acercarse a la lectura de Profeta de nuestro tiempo”, de Javier del Hoyo.

En aquel año yo llevaba ocho años en la Cruzada... Prácticamente empezando. Estaba en el segundo periodo de formación que nos introduce en nuestra vocación. Para mí los Cruzados de Santa María lo eran todo. Había entrado en ellos desde la Milicia de Santa María, y en realidad entendía la consagración como una prolongación de la Milicia, aunque algunos formadores se empeñaran en decirnos que eran diferentes.

Sí, mi concepción de la vocación secular era la de un apóstol militante. Y entonces, en aquel año, de los pocos recuerdos que he podido rescatar, escuché unas palabras del Padre que he tardado muchos años en entender. En medio de las celebraciones de aquel año, el Padre Morales nos dijo que la Iglesia había dicho sí a la Cruzada como Instituto Secular, y que ahora era nuestra responsabilidad vivir como se decía en nuestras Constituciones.

El P. Morales no dijo aquello por decir algo. Lo dijo con todo el sentido y el conocimiento de cada uno de los cruzados. Para nosotros lo más fácil era continuar con la vida de militante, de apostolado alma-alma, de actuaciones de conquista para ejercicios espirituales o para los círculos de formación, de organización de actos masivos como vigilias y rosarios…

Todo esto es una bendición, pero no es lo esencial de un cruzado. Yo no lo entendí en ese momento y tardé muchos años en entenderlo, y aún a veces se me nubla el entendimiento anhelando eso otro que he vivido en mi vida de militante.

He tardado muchos años en entender que la esencia dela vocación cruzada es la teología de la Encarnación, la vida de Nazaret, el fermento que actúa en la masa, pero que es realmente eficaz porque desaparece en ella y vive escondido. La esencia de la vida de un cruzado es vivir su consagración en medio del mundo, escondido, sepultado, pero tremendamente fecundo y transformador de las estructuras del mundo, donde tiene su puesto, si vive unido al Señor.

Como Cruzada y Milicia han ido siempre unidas, muchos de los que nos conocen y nos quieren, pero no entienden bien la vocación consagrada en el mundo, nos llaman, como las sirenas a Ulises, para que volvamos a la acción apostólica directa; y en algunos casos habrá que hacerlo. Pero la vocación que el P. Morales soñó desde el principio y que vio plasmada en las Constituciones, no es la del militante, sino la del Cruzado de Santa María, consagrado a Dios en medio del mundo.

Son muy necesarios los laicos militantes conscientes de su fe, pero en medio de ellos, animándoles, orientando, y sobre todo ofreciéndose a Dios en la vida escondida de la profesión, son igual de necesarios los Cruzados de Santa María. Así nos ha querido el Señor y es motivo de acción de gracias.

Que María nos siga amparando otros 25 años más y todos los que el Señor quiera. Y que nosotros demos frutos de santidad para la Iglesia y el mundo.

La banalización de Dios


Abilio de Gregorio

Una de las maneras de banalización de Dios en nuestra cultura creo que ha consistido en su reducción a principios éticos.

El cristianismo, afirman algunos de estos reduccionistas, no es más que una manera de comportarse y su valor radica en la aportación que puede hacer a través del mandamiento del amor, a la gran creación ética de la humanidad. Ya intentó el maligno en los comienzos de la predicación del Evangelio desactivar el mensaje por reducción a la eficacia ética: -“di que estas piedras se conviertan en pan…”-.

El criterio de validez de la propuesta cristiana parecería proporcionarlo la capacidad de ésta para dar respuesta eficaz a las carencias materiales del hombre. Y a ello colabora, con la mejor de las intenciones, una apologética pacata que limita la aportación del cristianismo a las numerosas e, incluso, heroicas obras sociales.

Reduzcamos las preocupaciones de la Iglesia solamente al pan y la habremos convertido en uno más de los poderes de la tierra compitiendo con otras organizaciones terrenales por implantar órdenes sociales.

“Sucede hoy con frecuencia –acaba de decirnos Benedicto XVI en el motu propio Porta fidei- que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común”.

Probablemente sucede que la Iglesia y los movimientos apostólicos comienzan a perder el mundo que quieren evangelizar a partir del momento en que se hacen mundo, perdiendo de vista que el cristianismo es ante todo una fe entendida como la penetración en una reciprocidad, como el ligarse una mismo con el Dios del que procede todo sentido y que se puede experimentar en el hecho de estar unidos, como viene a decirnos M. Buber.

La loable labor de convertir las piedras en pan forma parte de la encomienda que Dios hace al hombre al entregarle el mundo después de su creación. Forma parte del núcleo de la vocación secular del laico. Y por eso venimos observando que, cuando las personas consagradas a hacer presente el misterio de Dios en su integridad se limitan a intentar convertir las piedras en pan, terminan en una secularización intrascendente, y entonces la sal se torna insípida.

Pero Jesús tampoco cedió a la tentación del quietismo: -“a sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevará”-. Si el cristianismo no consiste solamente en una ética social, tampoco es un refugio de confortable espiritualismo. No.

La caridad que conduce a amar a Dios es la misma que lleva a amar al prójimo. Habría que pensar que ese quietismo trascendentalista es otra forma de banalización de Dios.

Como lo es, frecuentemente, el activismo misionero desbocado bajo el señuelo de ganar el mundo para Dios. Satán sabía que era una tentación muy “apostólica”: “Te daré todos los reinos del mundo con su gloria si, postrándote, me adoras”. ¡Cómo atrae la gloria del éxito! Que todo el mundo siga la voz del Evangelio. Pero ¿a qué precio? Frecuentemente al precio de un dios a la carta de las modas, de las exigencias de los tiempos, de la reducción a puro espectáculo, de postrarse ante el príncipe de este mundo. Olvidamos que el Reino de Dios se anuncia en voz baja, en la intimidad del “alma a alma”.

El judaísmo, nuestra referencia germinal, todavía hoy nos sigue recordando que Dios es más grande que lo más grande al quietismo (“a sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevará), y al activismo misionero o evangelismo (“te daré todos los reinos del mundo si postrándote, me adoras…”)

Entiendo que el cristianismo es antes que una ética, una fe, lo cual supone vivir vuelto hacia Él, (como Él vive vuelto hacia el hombre). El, que no es una idea, sino una Persona.

Tengo la impresión de que, en su intento de convertir a Dios en algo irreal, e irrelevante, el pensamiento contemporáneo ha pretendido reducirlo a principios éticos. Es la línea de pensamiento, por ejemplo, de J. A. Marina en Por qué soy cristiano. “El cristianismo, dice, es un modo de comportarse, y no puede consistir más que en la puesta en práctica de la gran creación ética. Lo único que añade es la referencia privada a Jesús” (otros se refieren a Mahoma, a Buda, etc.) (pág. 151).

Desde luego, si el cristianismo no es más que una ética, habrá que convenir que desde esa perspectiva, todos los dioses son iguales…y daría lo mismo ser cristiano que un agnóstico observante.

El burro de las reliquias


Sucedió en un pueblo que se incendió la ermita. A toque de campana de la iglesia parroquial, acudió la gente en multitud. Todo el pueblo en masa hacia la ermita en llamas. Estaba lejos, en la ladera de la montaña. Llegaron a destiempo, y la ermita se hundió, pero hubo todavía tiempo para introducirse dentro, sacar la reliquia del Santo Patrón, la imagen de la Virgen, las vestiduras que había allí, algunos vasos sagrados y, con todo aquello, decidieron hacer una procesión hacia la parroquia para trasladarlo y colocarlo allí.

Se encontraron con que había llegado el burro que utilizaba el aguador del pueblo con dos tinajas. El buen hombre, al ver el fuego, se fue para hacer algo, lo que pudo, con las tinajas llenas de agua. A los aldeanos se les ocurrió desposeer al animal de la carga y ponerle en cada una de sus alforjas las reliquias de los santos, las vestiduras, la imagen de la Virgen, del Patrono. Inmediatamente se inició la comitiva hacia la parroquia. El pueblo, al ver arrancar al asno, se postraba de rodillas, y todo el mundo en reverente silencio iba dejando pasar la cabalgadura.

¿Qué le sucedió al burro? Le habían tratado siempre a palos y, de repente, se encontró, sorprendido, con que todo el mundo se postraba de rodillas ante él, le hacían reverencias, inclinaciones. Acabó por confundir lo que era con lo que tenía, y se sintió tan halagado, tan adulado (todo era estupendo, nadie le daba palos, todo eran reverencias), que pensó: "No doy un paso más". Y se quedó quieto. Entonces todo el mundo empujaba al asnito cariñosamente: "¡Anda, burrito! ¡Por favor, arranca!"

¡Qué satisfacción tan inmensa: todo el mundo de rodillas a mi alrededor!...

Esto nos suele pasar a nosotros: es lo que llama San Ignacio el peligro de las riquezas, que nos llevan al vano honor de las cosas del mundo, después a “crecida soberbia”, y de ahí a toda clase de vicios y pecados.

Tomado del libro de Abelardo de Armas:
Rocas en el oleaje. Páginas 129 y s

Jeroglífico...


P. Tomás Morales

La vida consagrada en pleno mundo es un jeroglífico indescifrable para los que no tienen fe. Paradoja irrealizable para cuantos olvidan que Cristo crucificado —escándalo para los judíos (cristianos a medias) o locura para los gentiles (incrédulos)— es fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados (I Cor 23-24).

Extremos a primera vista inconciliables: estar en el mundo sin ser de él. Esta presencia milagrosa entraña el cuádruple prodigio que aflora tu vocación laical.

Primero: vivir plenitud divina en soledad humana. La madreperla se abre solitaria en las profundidades del océano ocultando su belleza. Marchas tras las huellas del Salvador, compartiendo Su vida divina —de Su plenitud nosotros todos recibimos (Jn 1,16)—, en el mayor abandono humano sensible y espiritual —Padre, ¿por qué me has desamparado? (Mt 27,46)—. Te comprometiste a esto y lo sellaste con promesa definitiva. Deseabas hacerte "en el padecer algo semejante a este gran Dios nuestro, humillado y crucificado, pues que esta vida, si no es para imitarle, no es buena" (S. Juan de la Cruz).

Segundo: vivir íntimamente presente en medio de los hombres y misteriosamente ausente. Inmerso en el oleaje de las realidades temporales, compartiendo las preocupaciones de tus hermanos, pero adorando a Dios, conservando la serenidad, navegando a velas desplegadas cara a la eternidad. El sol se oculta a veces entre nubes misteriosas, pero su influjo permanece siempre activo. Así eres tú.

Tercero: ser contemplativo en la acción despegando el corazón de las ocupaciones que te absorben y de las personas que te rodean. Vivir bajo la mirada del Padre contemplándole con amor de hijo, siempre en actividad, pero en adoración continua. Rectitud y pureza de intención para agradarle a Él solo, sin buscar contento propio. En el mar, cuando nadas, te vas alejando, separando, y sacas la cabeza para orientarte buscando el objetivo. No te dejas arrastrar por el oleaje.

Cuarto: mantenerte en el torbellino de las pasiones conviviendo con los hombres, sin evadirte del mundo y sin dejarte arrastrar por él. Vivir sustrayéndote al ritmo alternante de la marea, pero sin salir del mar. Ser roca y no corcho. Estar en el río y resistir a la fácil y seductora tentación de añorar otra consagración en la Iglesia o dejarse llevar por la corriente.

Este cuádruple prodigio que entraña tu vida cruzada no lo alcanzarás sin corazón virginal en soledad martirial. La Virgen un día forjó el alma de San Juan Bautista. Ella quiere prolongar la Visitación de entonces en el alma de cada cruzado para hacerle también heraldo de Cristo, precursor de Jesús. Quiere que tu corazón viva en esa soledad virginal y misteriosa de las flores que se abren en los picachos de las montañas.

Tesoro escondido