jueves, 1 de noviembre de 2012

El más hermoso rostro de la Iglesia

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Mira que a veces nos ponemos críticos con todo, o casi todo, y también con la Iglesia, que es un deporte de práctica muy general. Y cuando andamos en este plan, solemos ser muy duros con ella, porque venimos a juzgar el comportamiento de tal o cual persona, o de tales o cuales grupos, o del clero, o de los obispos, o qué se yo. (O sea, los demás. A menudo se nos olvida practicar aquello de los golpes de pecho, poniendo nuestros fallos y deficiencias por delante; no, suelen ser más bien los demás los que dan mal ejemplo…)

Total, que, mirando el lado humano de nuestra madre la Iglesia, concluimos que, como decía  Martín Descalzo, “este batallón de mediocres, que somos la mayoría, no representa lo que Jesús quiso dejar en el mundo”.

Pues seguramente será verdad. Pero no es toda la verdad, ni mucho menos la parte más importante de la verdad. A lo mejor un día nos llevamos la gran sorpresa. Porque, como vuelve a decir el recordado escritor y sacerdote, “por fortuna, dentro de ese batallón de mediocres florecen con bastante abundancia los santos, que son, ellos sí, el rostro más hermoso de la Iglesia, la honra de nuestra fe, los que nos permiten presentarnos ante el mundo sin demasiada vergüenza.”

Ellos son nuestra vanguardia, una legión inmensa de hombres y mujeres cuya vida y cuya muerte -coronación de su vida- demuestran que Cristo no luchó en vano. Santos conocidos y desconocidos, grandes  figuras que asombraron al mundo y gente humilde que sólo iluminó una casa, una familia o un pueblo. Reyes y labradores, madres de familia heroicas y políticos honestos y prudentes, pontífices señalados y humildes religiosos, abuelos y abuelas laboriosos y niños inocentes, mártires de la sangre y del gris anonimato cotidiano. Muchos de ellos pecadores sin adornos, al estilo del buen ladrón. Son nuestros mejores amigos, el tesoro, el más hermoso rostro de la Iglesia.

Y lo mejor de los santos, seguramente, es que como suele decirse, no sólo son admirables, sino también imitables. Es lo de san Ignacio de Loyola: “Si ellos lo hicieron, ¿por qué yo no?” Porque no eran de una raza especial. Aunque suene a paradoja podría decirse que no tenían “madera de santos”… tuvieron muchos de ellos caídas y recaídas, sólo que no se cansaron nunca de estar empezando siempre para intentar agarrarse con todas sus fuerzas a Cristo.

El III Encuentro Laicos en Marcha, que ha tenido lugar en Getafe como un inicio de este Año de la Fe, ha venido a recordarnos esa gran verdad que el Concilio Vaticano II anunció a los cuatro vientos, y que es, ni más ni menos, la moraleja del Evangelio: “Todos los fieles cristianos de cualquier condición y estado… son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto  el  mismo Padre.” (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, 11) Es la llamada universal a la santidad.

Pero si somos llamados, es que podemos. Dios, decía Juan Pablo II, no llama a los capaces, sino que hace capaces a los que llama.

Hemos elegido para el tema de portada de este número un texto precioso del siervo de Dios P. Tomás Morales, pensado y escrito para servir de meditación ante la solemnidad de Todos los Santos, con la que comienza este mes. La conmemoración de los amigos de Dios, que son también nuestros mejores amigos, nos dé impulso para vivir con “temple martirial”, como los primeros cristianos.

Vivamos este Año de la fe, todos y cada uno, estemos donde y como estemos, agarrándonos con fuerza a Cristo. Hemos sido llamados, convocados a participar de la belleza de su rostro.

Frente a la santidad, el vicio

Santiago Arellano Hernández

En 1714 Robert Mandeville (16701733) reditó, bajo el título Fábula de las abejas, el texto que ya había sido publicado anónimamente en 1705, un folleto de 26 páginas, que iba a dinamitar el orden moral. Es uno de los precedentes más claros del nuevo hombre que se predica desde la Ilustración.

El poema busca desacreditar la primacía de la virtud sobre el vicio. Anuncia a Hume o al todavía más demoledor Nietzsche.

El argumento es simple: una sociedad feliz deja de serlo cuando algún puritano quiere recuperar las buenas costumbres y la buena imagen de la sociedad persiguiendo el vicio y propiciando la virtud. Sólo el vicio impulsa el progreso.

El poema comienza describiendo, bajo la metáfora de una colmena, una sociedad feliz:


“Un gran panal, atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
 
En esta sociedad son los vicios los que hacen prosperar a la ciudad, y más cuanto el vicio tenga más poder. No se trata ni de la sátira ni de la caricatura mordaz. No. Es exaltar sin pudor ni paliativos que apartar de los vicios a las personas es conducirlas a la desgraciada pobreza y a la tristeza. Es el egoísmo individualista el origen de toda prosperidad.


... Los abogados, cuyo arte se basa
en crear litigios y discordar los casos,
... Deliberadamente demoraban las audiencias,
para echar mano a los honorarios;
... Los médicos valoraban la riqueza y la fama
más que la salud del paciente marchito
pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan
por hacer de un gran panal un panal honrado.
...Y la misma Justicia, célebre por su equidad,
aunque ciega, no carecía de tacto;
su mano izquierda, que debía sostener la balanza,
a menudo la dejaba caer, sobornada con oro
... El curioso resultado es que mientras
cada parte estaba llena de vicios,
sin embargo todo el conjunto era un Paraíso.


Júpiter decidió cambiar el deplorable estado de la sociedad. La consecuencia fue el colapso de la prosperidad:


Pero, ¡oh, dioses, qué consternación!
¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio!
Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio,
porque ya muy a gusto pagaban los deudores.
... Quienes no tenían razón enmudecieron,
... con lo cual nada podía medrar menos
que los abogados en un panal honrado.
... La Justicia, no siendo ya requerida su presencia,
con su séquito y pompa se marchó.
.……..


La moraleja es demoledora:


“Querer gozar de los beneficios del mundo,
y ser famosos en la guerra, y vivir con holgura,
sin grandes vicios, es vana
utopía en el cerebro asentada.
Fraude, lujo y orgullo deben vivir
mientras disfrutemos de sus beneficios.
 
No se trata de denunciar, sino de exaltar sin hipocresía, no el ideal del hombre moderno. No existen límites morales. El fraude como estímulo del crecimiento económico y social se ha convertido en un axioma indiscutible. Con cinismo sobrecogedor el autor proclama “Fraude, lujo y orgullo deben vivir mientras disfrutemos de sus beneficios.” ¿Es otro el fundamento moral de nuestro tiempo?

Os propongo que en clave de luz y sentido contrapongamos a la “Fábula de las abejas” la contemplación de las tentaciones que el diablo le hizo a Cristo en el desierto, tal como la encontramos en el tímpano izquierdo de la puerta de Platerías en Santiago de Compostela. Su candorosa imaginería nos permitirá entender lo que le está ocurriendo a nuestro mundo. Piedras que se convertirán en pan; milagros espectáculos y el dominio de la tierra. Recordad la respuesta de Nuestro Señor y comprenderemos la fábula.

Creo, Señor, pero ayuda a mi poca fe

Fernando Martín Herráez

Cada vez que la Iglesia nos presenta un acontecimiento como este año de la fe que acaba de comenzar, nos está invitando implícitamente a renovar nuestra vida y a retomar el camino cristiano de conversión con la ilusión del inicio. Por eso, en este año de la fe tenemos que ponernos muchas veces a suplicar al Señor que nos acreciente la fe, como aquel padre que le suplicaba la curación de su hijo en Mc 9,24: “Creo Señor, pero ayuda a mi poca fe”.

Señor, cuantas cosas he de renovar en este año de la fe. Me viene a la mente otro pasaje del evangelio de Marcos que he estado meditando esta mañana. Se trata de la curación del ciego Bartimeo a la salida de Jericó (Mc 10,46-52).

Como casi siempre me ocurre, cuando me acerco a un pasaje del Evangelio de Marcos, me ha impactado su simplicidad. Sin rodeos ni adornos presenta a este ciego que suplica por su curación y la acción milagrosa de Jesús que le cura de su ceguera “por su fe”.

Cuantas veces yo me veo como ese ciego. Mendigo, pordiosero, desvalido, sin esperanza y sobre todo, en completa oscuridad. Y de pronto oigo que pasa Jesús. Mi oscuridad y la fuente de la luz, frente a frente. Y me pregunto ¿acaso ese Jesús que curó a Bartimeo no vive hoy? ¿Dónde está mi fe? ¿Por qué no grito como el ciego para que Jesús venga en mi ayuda?

Creo, pero siento que mi fe es débil y pequeña. Y por eso me gustaría que no pasara este año como uno más. Me gustaría creer de verdad. Creer en Jesucristo y en su Iglesia. Creer en su amor misericordioso. Creer profundamente en todas y cada una de las verdades de salvación que proclamamos en el Credo. En todo esto “creo Señor, pero ayuda a mi poca fe”.

Una de las verdades de fe que confesamos cada vez que rezamos el Símbolo de los Apóstoles es la “comunión de los santos”. Y en esta verdad está incluida la intercesión de los santos. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 956, citando un texto de Lumen Gentium: "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (Lumen Gentium 49).

Estas palabras me llenan de consuelo y me animan a seguir creyendo y suplicando al Señor con la ayuda de su intercesión.

Porque los santos son nuestros hermanos mayores que ya han llegado a la meta e interceden por nosotros delante del trono de la divina gracia. ¿Creemos esto de verdad? ¿Les pedimos su intercesión? ¿Creemos que viven actualmente en la cercanía inmediata de Cristo y que nos ayudan?

Tenemos todo un año para reavivar nuestra vida de fe, para acercarnos más al Señor, para pedir por intercesión de la Reina de todos los santos, que nos ponga en el camino de conversión.