lunes, 1 de octubre de 2012

Empezamos el Año de la Fe

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"Quiero anunciar en esta Celebración Eucarística que he decidido convocar un “Año de la Fe”. Este Año comenzará el 11 de octubre de 2012, en el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Cristo Rey del Universo. Será un momento de gracia y de compromiso por una conversión a Dios cada vez más plena, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarlo con alegría al hombre de nuestro tiempo”. (Benedicto XVI, 16 octubre 2011).

Con estas palabras, el Santo Padre convocó hace un año a toda la Iglesia a movilizarse a favor de la gran aventura de la fe en nuestro tiempo.

La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dan- do al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida.

Es paradójico que algo tan fundamental como los grandes valores tenga que celebrarse con un o Internacional. Cierto. La fe no necesita ruido, ni marketing. Pero una llamada de atención para que reflexionemos y actuemos, unidos por lo que compartimos, puede ayudar al redescubrimiento de la fe por parte de muchas personas –nosotros mismos en primer lugar- y a su expansión.

Los bautizados necesitamos un revulsivo que despierte nuestra conciencia para redescubrir y revivir la belleza y la potencialidad de lo que nos constituye. Tal vez por eso en estos cincuenta años después de la inauguración del Vaticano II, en 1967 y ahora, se han celebrado ya en la Iglesia Católica dos años de la fe.

¿Qué pretende este Año de la fe convocado por Benedicto XVI?:

  • Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada.
  • Invitar a una auténtica y renovada conversión a Cristo. 
  • Promover el conocimiento y la aplicación de todo el potencial que encierra el Concilio, verdadera brújula para nuestro tiempo. 
  • Intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, en un momento de profundo cambio. 
  • Comprometerse a favor de una nueva evangelización y redescubrir la alegría de creer, y así volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe... ¡y comunicarla! 
  • Suscitar en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y re- novada convicción, con confianza y esperanza.
  •  Comprender de manera más profunda los contenidos de la fe y también el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. El acto de fe sin contenidos reduce la fe a un sentimiento subjetivo. Los contenidos sin el asentimiento vivo, instruyen pero no nos unen a Dios ni con- vierten nuestra vida al Dios vivo.

Para hacer crecer en nosotros una fe madura, bien formada, capaz de producir frutos en los demás, Benedicto XVI ha pensado en el apoyo que implica el Catecismo de la Iglesia Católica, que re- sume y expresa la fe de la Iglesia. En él hallamos la fe que profesamos, celebramos, vivimos y rezamos.

Como María, como los apóstoles, los discípulos y los mártires, hombres y mujeres a lo largo de la historia han dado su vida para acercar a todos a Cristo. ¿También nosotros?

Para reconocer a Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia, hemos de fomentar en nosotros el afán de que la fe sea nuestra "compañera de vida", un compromiso para convertirnos en testigos de Cristo, único Salvador. Y queremos hacerlo juntos, como una gran familia de hombres y mujeres llamados a ser luces en la noche.

Una mirada cristiana desde la fe

Santiago Arellano Hernández
Deidad
Como duerme la chispa en el guijarro
 y la estatua en el barro,
 en ti duerme la divinidad.
 Tan sólo en un dolor constante y fuerte
 al choque, brota de la piedra inerte
 el relámpago de la deidad.
 No te quejes, por tanto, del destino,
 pues lo que en tu interior hay de divino
 sólo surge merced a él.
 Soporta, si es posible, sonriendo,
 la vida que el artista va esculpiendo,
el duro choque del cincel.

¿Qué importan para ti las horas malas,
 si cada hora en tus nacientes alas
 pone una pluma bella más?
Ya verás al cóndor en plena altura,
ya verás concluida la escultura,
ya verás, alma, ya verás...

En este año que Benedicto XVI ha querido dedicar a exaltar y profundizar el misterio de la Fe, se me ocurre traeros un poemilla del gran poeta mejicano Amado Nervo. El nació en 1870 y murió en Montevideo, Uruguay en 1919. 48 años de una vida cargada de éxitos literarios, profesionales y hasta políticos, pero a su vez cargada de amargas experiencias personales. Su padre muere cuando él tenía 13 años, su hermano, también escritor, se suicida; y muere su esposa a los once años de casados. Sufrió tal convulsión interior que estuvo a punto de ordenarse de sacerdote. Su conocida poesía “Si tu me dices ven, lo dejo todo” divulgada por Antonio Gil y Los Panchos, aunque en versión de amores humanos, es un soneto en clave mística, escrito en medio de su crisis religiosa y cuyo centro temático es el encuentro vivencial con Cristo, por el que se sentiría capaz de abandonarlo todo. Otro día hablaremos de este poema.

El que os he elegido lleva por título “Deidad”. No se trata tanto de ponderarnos la divinidad y grandeza de Dios. Lo que quiere proclamar es la divinidad del hombre.

Todo el poema se organiza desde la firmeza de la Fe como presupuesto para entender todo lo que nos va aconteciendo en el vivir de cada día, lo favorable y lo adverso. Como canta el poeta: “¿Qué importan para ti las horas malas, si cada hora en tus nacientes alas pone una pluma bella más?” Dios aparece como el artista que va modelando en el barro o esculpiendo en la piedra nuestra escultura.

¿Cómo conseguir que la materia primera de nuestra condición, barro o piedra, deje entrever la realidad divina que por don cada ser humano ha recibido de las manos de su artífice divino? La respuesta reforzada por las imágenes que la ilustran nos sugiere que es el sufrimiento, la amargura o el dolor los medios que hacen saltar como en el choque del pedernal la realidad sagrada de nuestro espíritu. “Tan sólo en un dolor constante y fuerte al choque, brota de la piedra inerte el relámpago de la deidad” y añade: “No te quejes, por tanto, del destino, pues lo que en tu interior hay de divino sólo surge merced a él.”

Nos encontramos ante la visión cristiana de la existencia, que pide resignación y rostro sonriente y sereno, no por estoicismo, sino porque nuestra esperanza está puesta en un Dios que no nos puede engañar. Los tres últimos versos ratifican la andadura vital desde la fe, con la rotundidad de la anáfora y la musicalidad que vertebran el poema con esas originales sextinas que riman en agudo los versos terceros y sextos. Amado Nervo pertenece al movimiento modernista en las formas. En el contenido, es un poeta cristiano.

La Anunciación de Murillo
Como contrapunto de este poema presento la Anunciación de Murillo. El cielo es testigo de lo que ocurre en la tierra. El espíritu Santo centra en medio del cuadro la escena rodeado de angelitos regocijados. De rodillas en el suelo el ángel Gabriel, a su altura, bueno un poquito más elevada, María, humilde y sumisa, como nos indican sus brazos cruzados. Hágase en mí según tu palabra. Y todo ello en medio de la más ordinaria cotidianidad, la mesita de oración y de estudio con su libro y a los pies el cestillo con las ropas que cose, borda y prepara, esta doncellita de Israel. Y el Verbo de Dios se vino a ser uno como nosotros, menos en el pecado y abrió el camino de nuestra divinización. Esta es nuestra Fe.

Cruzando el umbral de la esperanza

Fernando Martín Herráez
Preparando estas palabras que comparto con vosotros cada mes, y consciente de la cercanía del 11 de octubre, fecha de inicio del Año de la Fe, he releído la Carta Porta Fidei.

Sus primeras líneas me han evocado la figura del Juan Pablo II y su invitación a “cruzar el umbral de la esperanza”. Ahora Benedicto XVI nos invita también a cruzar otro umbral: «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4).

Es necesario pararse y reflexionar en profundidad sobre lo que significa este año de la fe. El Papa ha querido subrayar distintos acontecimientos que enmarcan su celebración. Se inicia precisamente el 11 de octubre conmemorando el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II. Y también en este mes de octubre se va a desarrollar la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, sobre el tema de la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.

Subrayo las palabras que dice el Papa a renglón seguido de anunciar estas coincidencias: Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe.

Pero también es importante destacar el contexto en el que vive la Iglesia en este año. El mundo está en crisis. No hacen falta más explicaciones y comentarios. “Crisis” sin adjetivos ni añadidos, porque afecta a muchos aspectos de nuestra vida.

Y justo en este momento el Papa nos anuncia el año de la fe. Desde el corazón de la Iglesia, el Papa nos ofrece una luz para estos momentos de oscuridad. No es algo nuevo en la tarea de Pastor Supremo que ejerce Benedicto XVI. Ya lo hizo justo al inicio de la crisis con la encíclica social Caritas in Veritate. Merece la pena que reflexionemos sobre ello y que hagamos nuestra esa respuesta para trasmitirla a todo el mundo.

La respuesta para todos los problemas que vive el mundo es una Persona: Jesucristo. Y esto no podemos dejar de repetirlo, porque esa es la gran respuesta que ofrece este año de la fe.

En esto sentido me ha impresionado profundamente un párrafo de la carta del Papa que reproduzco al final. Dice Benedicto XVI que en Cristo “encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano”. Personalmente me he puesto el compromiso de releer y meditar este texto con frecuencia, porque si es verdad, y así lo creo, tiene que cambiar radicalmente mi vida.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

El Concilio Vaticano II, 50 años después

Por José Javier Lasunción

Cuando hace 50 años los millares de Padres Conciliares, obispos de todo el mundo, presididos por el Papa Juan XXIII, tomaban asiento bajo las fastuosas bóvedas de la basílica vaticana, se iniciaba una nueva etapa en la historia bimilenaria de la Iglesia. Se palpaba en la atmósfera intelectual y periodística de entonces la expectación de novedad que la asamblea conciliar suscitaba, aunque no faltaban los signos de recelo ante esta inesperada oportunidad (la idea misma de un concilio universal había sido expuesta por el Papa sólo tres años antes) de modificar algunas posiciones consolidadas y de abrir las ventanas de la Iglesia, según la conocida expresión de Juan XXIII.

Si hoy miramos al pasado, lo hacemos con la conciencia de que “el Concilio tuvo dentro de sí algo de Pentecostés” y que la “nueva evangelización con el Vaticano II tuvo su comienzo”. Estas expresiones de Juan Pablo II subrayan que la Iglesia actual encuentra su inicio en aquel acontecimiento (“el seminario del Espíritu Santo” lo llamó también) si sabemos interpretarlo de modo adecuado, o lo que es lo mismo entroncado en la gran Tradición de la Iglesia. Por tanto, referirnos en el presente al Vaticano II es ahondar en aquel estilo y aquel espíritu que caracterizaron al Concilio y que continuarán siendo por mucho tiempo, según Juan Pablo II, un reto para todas las Iglesias y una tarea para cada uno.

ELVATICANO II EN LA INTENCIÓN DE JUAN XXIII

De acuerdo con los testimonios del propio Juan XXIII, la inspiración del concilio ecuménico vaticano, que sumaría el número 21 de los celebrados hasta entonces, surgió espontánea en una conversación con su Secretario de Estado en los inicios de 1959 al confrontar la misión de la Iglesia y su respuesta a la situación mundial de tensiones y amenazas a la paz y de agitación ideológica en el ámbito cultural y moral:

“Nuestro interlocutor escuchaba en una actitud de respetuosa escucha. De pronto, una gran idea brotó en nosotros e iluminó nuestra alma… Nuestra voz la expresó por primera vez: ¡un concilio!”
 
Esta repentina iluminación se confirmó con los signos habituales que marcan la voluntad de Dios en el alma cristiana y rápidamente el Papa la puso en práctica. En su discurso inaugural del Concilio, el 11 de octubre de 1962, Juan XXIII expondría algunas ideas centrales que singularizan el espíritu del Vaticano II.

En primer lugar, la observación histórica de que el mundo estaba viviendo un período de cambio que inauguraría “un nuevo orden de relaciones humanas”, en el que la Iglesia debía hacerse activa y luminosamente presente, especialmente aprovechando la supresión de las injerencias de los poderes políticos que eran habituales en otros tiempos, incluso en los regímenes de cristiandad. Puede que esta valoración de las realidades políticas y comunicativas del mundo occidental de entonces sea excesivamente optimista, pero en cualquier caso se reconoce la conciencia papal de que la Iglesia estaba llamada a renovar su misión evangelizadora. Así se expresaba Juan XXIII:

“Vemos hoy cómo la Iglesia, libre finalmente de tantas trabas de orden profano, tan frecuentes en otros tiempos, puede, desde esta Basílica Vaticana, como desde un segundo Cenáculo Apostólico, hacer sentir a través de vosotros su voz…”.
 
Si la evangelización de las nuevas condiciones del mundo moderno era la finalidad primordial, se imponía un nuevo estilo de exposición del magisterio eclesial:

“En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas”.
 
Esta tarea primordial del Concilio, la renovación del magisterio desde una óptica eminentemente pastoral, rebasando el marco meramente apologético y eludiendo un estilo defensivo frente al mundo moderno, no significaba una erosión de la verdad íntegra de la fe, de acuerdo con su plasmación en el magisterio y en la tradición de la Iglesia, sino su actualización renovada, el célebre aggiornamento, que permite decir a los hombres de hoy la verdad religiosa y moral tradicional de tal modo que la vida y la misión eclesiásticas alcancen la mayor eficacia posible. De esta manera tan clara lo exponía Juan XXIII en su discurso inaugural de 1962:

“Una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno”.
 
Junto a la intención pastoral, la ecuménica centró el pensamiento del Papa que fue calificado del “Papa de la paz” y “Papa de la unión”. Juan XXIII proponía la unidad de los hombres como gran meta del Concilio:

“La Iglesia católica estima como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial… la unidad de los católicos entre sí, que ha de conservarse ejemplarmente firmísima; la unidad de oraciones y ardientes deseos, con que los cristianos separados de esta Sede Apostólica aspiran a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la Iglesia católica por parte de quienes siguen religiones todavía no cristianas”.
 
Recapitulando treinta años después su experiencia de padre conciliar y empeñado como Papa en la aplicación de las orientaciones del Vaticano II como principal medio para preparar a la Iglesia a su entrada en el III milenio, Juan Pablo II, en 1994, evaluaba de esta manera la intención y estilo del Vaticano II:

“Había necesidad no tanto de contrarrestar una concreta herejía, como sucedía en los primeros siglos, como de poner en marcha una especie de proceso bipolar: por una parte, sacar al cristianismo de las divisiones que se han acumulado durante todo el milenio que llega a su fin; por otra, reanudar, en cuanto sea posible en común, la misión evangélica en el umbral del tercer milenio.

Bajo este aspecto, el Concilio Vaticano II se distingue de los concilios precedentes por su particular estilo. No ha sido un estilo defensivo. Ni una sola vez se encuentran en los documentos, conciliares las palabras anathema sit (“sea anatema”, o «queda excomulgado»). Ha sido un estilo ecuménico, caracterizado por una gran apertura al diálogo, que el papa Pablo VI calificaba como «diálogo de salvación».

Tal estilo y tal espíritu permanecerán también en el futuro como la verdad esencial del Concilio”.
 
ELVATICANO II EN EL CONTEXTO DE LA IGLESIA

Podría parecer por lo dicho arriba, que este Concilio fue algo así como una corazonada del Papa bueno. Nada más falso, porque, aunque imprevisto, el Vaticano II hunde sus raíces en la inmediata historia precedente y se explica por un doble proceso de cambios que se iban gestando tanto en el interior de la Iglesia como en el ámbito civil en los decenios anteriores.

En primer lugar, y de manera decisiva, existió un proceso de “fermentación” teológica y pastoral que originó una nueva conciencia sobre la Iglesia, a partir de la reflexión sobre el episcopado y los seglares. También influirán otros movimientos de renovación (bíblica, litúrgica, ecuménica) que con diversa intensidad se viven en la Iglesia católica y otras comuniones cristianas desde las décadas iniciales del s. XX.

Por lo que respecta a la conciencia que la Iglesia tiene sobre sí misma, Juan Pablo II dijo que “nuestra fe en la Iglesia ha sido renovada y profundizada de modo significativo por el Concilio”. Ello fue posible en gran medida porque la reflexión teológica anterior al mismo había resaltado la sacramentalidad y la colegialidad del “oficio episcopal”, con el fin de equilibrar una visión en exceso piramidal y centralizadora que algunos deducían de la eclesiología tradicional reforzada por la declaración sobre la infalibilidad del Papa en el concilio Vaticano I (1870).

Por otra parte, y en relación con el laicado, se había ido recuperando la visión de la Iglesia como unidad orgánica de todos sus miembros (“el Pueblo de Dios”), cimentada en la igual dignidad radicada en la recepción común de la gracia del bautismo, y su consecuencia práctica que es la vocación universal a la santidad. Al mismo tiempo, esta nueva posición del laicado en el seno de la Iglesia, incidía en la importancia del diálogo de la misma con el mundo, por ser el ámbito específico de santificación de los laicos. El desarrollo de movimientos de apostolado laical y la creación de los institutos seculares son expresión de este nuevo enfoque hacia los laicos.

Sobre este trasfondo de ideas, la reflexión conciliar alumbró una nueva, rica y equilibrada comprensión del propio ser y misión de la Iglesia. “A través del magisterio del Concilio –dice Juan Pablo II-, la fe en la Iglesia nos ha sido de nuevo confiada como tarea. La renovación posconciliar es, sobre todo, renovación de esta fe, extraordinariamente rica y fecunda… Se trata no sólo de cambiar de conceptos, sino de renovar las actitudes”.

También debemos tener en cuenta, y nuevamente en relación con la “imagen” de la Iglesia, algunos signos de cambio que se dieron en coincidencia con el concilio: En concreto nos referimos a la universalidad y al ecumenismo. Con respecto al primero, y en claro contraste con la realidad a la que estamos acostumbrados en la actualidad, la internacionalización del colegio cardenalicio se inició con Pío XII, quien nombró dos cardenales no occidentales (un armenio y un chino), y fue proseguida por Juan XXIII, que elevó al cardenalato a un filipino, un indonesio y un africano. Por supuesto, la universalidad de la Iglesia estaba más extendida en el ámbito del episcopado, conforme las iglesias jóvenes no europeas iban adquiriendo su propia madurez.

Con respecto al movimiento ecuménico, nacido en el seno de las iglesias protestantes en 1925, la Iglesia católica selló su irrevocable vocación al diálogo por la unidad de los cristianos con la creación por el Papa Juan XXIII, en 1960, del Secretariado para la Unidad y con la participación en el mismo concilio de un número importante de observadores en representación de las Iglesias y comunidades no católicas. A este propósito de- claró Juan Pablo II que “en el Concilio el Espíritu Santo hablaba a toda la Iglesia en su universalidad, determinada por la participación de los obispos del mundo entero. Determinante era también la participación de los representantes de las Iglesias y de las comunidades no católicas”.

EL CONCILIO Y EL MUNDO

El Vaticano II asumió los “gozos y esperanzas” del mundo de su tiempo. Como ya hemos señalado, la dimensión pastoral, el deseo de promover una nueva evangelización (aunque el término como tal se difundió posteriormente en el pontificado de Juan Pablo II) y la intención de relanzar un diálogo sincero con el pensamiento contemporáneo y las realidades socioculturales coetáneas definen el espíritu y la concepción misma del magisterio conciliar.

El mundo de postguerra, tras el fin de la II guerra mundial, presenció la aplicación de una nueva orientación en la vida política. Se reforzó de manera singular la conciencia de la dignidad personal y de la libertad individual: La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) culminó en el orden jurídico este reconocimiento. Además, se difundió la voluntad política de crear organizaciones de cooperación supranacional y en particular se diseñó todo un sistema para la gestión coordinada de las problemáticas mundiales (la seguridad, el crecimiento económico y el desarrollo sociocultural) formado por la ONU y sus agencias especializadas y las instituciones de Bretton Woods (FMI y Banco Mundial).

Hasta aquí, digamos, el orden de los principios. Pero, en el orden práctico, la reconstrucción tras el cataclismo de la guerra estuvo condicionada por la aparición de una nueva tensión mundial, la guerra fría y sus inmediatas consecuencias funestas: La división de Europa, la carrera de armamentos y el estallido de un sinfín de conflictos “locales”, que distorsionaban, a menudo hasta hacerlos irreconocibles, aquellos principios teóricamente universales basados en la libertad y en la cooperación pacífica. Un mundo político complejo y paradójico, al que la aparición de nuevos protagonistas en la esfera internacional a causa de la descolonización de Asia y África, tornaba si cabe más inestable y ponía en primer plano de actualidad dos emergencias: la sustitución del liderazgo europeo y la primacía del desarrollo humano para la paz mundial.

El Concilio, en el orden que le es propio (el anuncio de la fe y la moral evangélicas), quiso responder a estas necesidades de los tiempos. El propio concilio era el mejor “escaparate” de la universalidad y unidad de la Iglesia católica, y expresaba en sus textos la argumentación más convincente de la dignidad y de la libertad del hombre. Animaba a todos los cristianos a comprometerse con la “ciudad temporal”, en el crecimiento de la justicia y la paz. Recojo de nuevo el planteamiento de Juan Pablo II, tan autorizado a este respecto:

“El Concilio vino en el momento oportuno y asumió una tarea de la que esta época tenía necesidad, no solamente la Iglesia, sino el mundo entero… La Iglesia del Concilio Vaticano II, la Iglesia de intensa colegialidad del episcopado mundial, sirve verdaderamente y de muy diversos modos a este mundo, y se propone a sí misma como el verdadero Cuerpo de Cristo, como ministra de Su misión salvífica y redentora, como valedora de la justicia y de la paz. En un mundo dividido, la unidad supranacional de la Iglesia católica permanece como una gran fuerza, comprobada cuando es el caso por sus enemigos, y también hoy está presente en las diversas instancias de la política y de la organización mundial”.
 
Con respecto a la crisis del humanismo europeo y a los síntomas crecientes de in quietud social e ideológica que se percibían en el contexto occidental, el concilio jugó un doble y complementario papel.

De un lado, reclamó la necesidad de la primacía de Dios en la vida de las sociedades y de las personas, frente al ateísmo, el indiferentismo, el individualismo y el cientificismo y el primado de la técnica, que se iban adueñando de la escena pública, y por ello defendió el derecho del cristianismo a construir la cultura y la moral públicas con una orientación verdaderamente humana; pero, por otro lado, puso los fundamentos teológicos, pastorales y antropológicos que le permitirían a la Iglesia católica descolgarse de algunas formulaciones de la cultura cristiana del pasado que ya estaban caducas, es decir, que no podían entrar en ese diálogo ansiado con la cultura y el hombre actual. Me remito por última vez a la opinión autorizada de Juan Pablo II, para quien el artículo 22 de Gaudium et spes constituía el eje teológico de todo el Concilio: «Es únicamente en el misterio del verbo hecho carne que el misterio del hombre se torna verdaderamente claro... [y] todo ello es cierto no sólo para los cristianos, sino para todos los hombres de buena voluntad en cuyos corazones se halla presente y activa la gracia.»

El Concilio Vaticano II fue sin duda la respuesta providencial de la Iglesia a un giro de la historia humana. Puso las bases para encarar los nuevos tiempos y ha dado numerosos frutos. Los católicos de hoy somos sus herederos y encontramos inspiración en sus ricas enseñanzas y estímulo en el “espíritu” del Concilio -el Espíritu Santo mismo- ante los graves retos de la nueva evangelización.

Frente a un nuevo ateísmo, nueva evangelización

Jesús Amado y Miguel Pérez

Ciencia y fe. Dos realidades omnipresentes, y entre las cuales se han dado muy diversos tipos de relación, desde la oposición frontal hasta la integración fructífera, pasando también por la independencia escapista o el diálogo sincero.

Superado el ateísmo militante vertebrado alrededor del marxismo durante gran parte del pasado siglo XX, asistimos recientemente a un renacer del ateísmo, pero no desde presupuestos filosóficos, sino desde raíces cientificistas (aunque el cientificismo sea también una mala filosofía).

Paladines de este nuevo ateísmo son de modo especial tres científicos de habla inglesa: el británico Richard Dawkins (El espejismo de Dios), y los estadounidenses Sam Harris (El fin de la fe: la religión, el terror y el futuro de la razón) y Chistopher Hitchens (Dios no es bueno: alegato contra la religión). También podemos citar a Daniel Dennett, que junto con los anteriores se hacen llamar “los cuatro jinetes”.

Pero, realmente, la alineación de superestrellas del ateísmo anticristiano debiera completarse con Antony Flew, colega y maestro de los anteriores. Sin embargo, el pasmo de la milicia racionalista fue mayúsculo cuando éste, hacia el final de su último libro, escribió: “El viaje de mi descubrimiento de la Divinidad ha sido hasta ahora un peregrinaje de la razón. He seguido la argumentación hasta donde me llevase. Y me ha llevado a aceptar la existencia de un Ser autoexistente, inmutable, inmaterial, omnipotente y omnisciente”. El título del libro era toda una declaración, por no decir una bomba: There is a God. Hay un Dios.

Pero volvamos a los ateos de la beligerancia. Sobre cuatro ideas fundamentales descansa este nuevo ateísmo: a) Existe sufrimiento en el mundo. b) La causa del mismo es la religión. c) Hay que erradicar la fe de la faz de la Tierra. d) Y el modo de eliminar la fe es seguir la “sagrada” senda del método científico. Indudable que existe sufrimiento en el mundo, pero llegar a afirmar (como hacen) que los credos monoteístas subyacen a una parte considerable de los males que los seres humanos se han infligido unos a otros en los tres últimos milenios, es una afirmación totalmente falsa. Llegan así al extremo de pretender hacernos creer que la causa primordial de las más insanas formas de violencia no es la pobreza y la injusticia, sino la fe y la teología. Por ello defienden que no solo la fe, sino también la cortés y cívica tolerancia hacia la fe ha de ser erradicada. ¿Cabe dudar de su particular y bélica cruzada contra toda forma de religión o creencia espiritual?

Para estos nuevos ateos, la desaparición de la fe de nuestras mentes y de la vida pública pondrá fin al sufrimiento y al mal, al menos en la medida que la Naturaleza lo permita. Y la mejor manera de deshacerse de la fe no es por medio de la violencia, ni siquiera a través de la acción política, sino llenando las mentes de las personas de ciencia y razón.

LOS ARGUMENTOS DEL NEOATEÍSMO

a) La religión es una creencia sin fundamento, pues solo puede aceptarse racionalmente aquello que posea una evidencia científica real. Todo el mundo se reduce a lo natural, a lo material. Nada hay fuera de ello. Por ello es lógica la oposición radical entre fe y ciencia. La ciencia es la única fuente de verdad fiable, y por ello hay que considerar a la religión como una superstición carente de pruebas, propia de una etapa infantil de la humanidad.
Más aún, postulan estos paladines de un nuevo ateísmo que la fe es totalmente irracional al exigir creer sin aportar pruebas ni argumentos que justifiquen lo que afirman. En conclusión, lo más terrible de la fe es –según ellos- su irracional certeza de tener todas las respuestas, sabiéndose por ello inmunes los creyentes a la crítica, al progreso o incluso al diálogo.

Afirmaciones todas ellas que ignoran descaradamente toda la base filosófica y teológica sobre la que a lo largo de los siglos se ha ido sustentando nuestra fe. Sin hacer mención al hecho de que la fe en una realidad sobrenatural es una adhesión libre y total, que rebasa a nuestra razón, pero en ningún momento irracional, contra la razón.

b) La religión es fuente de odio y de violencia, segundo argumento esgrimido por este nuevo ateísmo. Se pretende identificar a la religión con el fanatismo, hasta el punto de tratar de identificar a cada creyente con un terrorista en potencia. Bien sea porque crean que Dios desea que exterminen a cuantos no posean su misma fe, o porque ese mismo Dios desee la masacre de cuantos no crean en la divinidad. En conclusión, hay que deshacerse de la religión para que el mundo sea más seguro, para que podamos salvar nuestra civilización.

¿Cabe mayor aberración o manipulación de los hechos históricos? Se ignora deliberadamente, por ejemplo, que el cristianismo ha aportado a la civilización occidental conceptos como persona, libertad o igualdad. Se desdeña el hecho de que en la historia de la humanidad son incontables millones de personas las que han dedicado o entregado su vida por amor a Cristo. Eso sin mencionar el hecho de que estos nuevos gurús del ateísmo también prescinden premeditadamente de los males provocados por el ateísmo o los crímenes perpetrados por los regímenes comunistas o totalitarios ateos.

Criminalización de la religión

c) Tercer argumento esgrimido por el nuevo ateísmo: La religión es inmoral. Indigna tener que plasmar por escrito una afirmación tan descabellada como ésta, pero no hacemos más que exponer en síntesis los argumentos que de una u otra forma exponen al público a través de sus escritos.

Frente a la tesis de Dostoievski de que “si Dios no existe, todo está permitido”, ellos sostienen por el contrario que los creyentes pensamos así: “puesto que Dios existe, entonces todo está permitido”. Creer en Dios supone, según ellos, una violación de nuestro deber moral de ser racionales; creer es inmoral al aceptar algo sin pruebas suficientes.

La religión, afirman, es causa de buena parte de los sufrimientos humanos. Por ejemplo con sus afirmaciones sobre el alma humana, sobre la gratuidad o el valor sagrado de la vida, sobre la naturaleza caída y la necesidad de luchar contra pretendido y arraigados “instintos”, etc. Se adhirieren así a la idea de Kant de que “no es la religión la que funda la moral, sino la moral la que funda la religión”.

Tendremos que manifestar a estos autores que si la moral no puede encontrar su fundamento más allá de la simple materia, ¿en qué basarán la misma? ¿En la subjetividad, en el consenso, en la “buena voluntad”? ¿Sobre qué base sustentarán la lucha por la superación de las tremendas desigualdades económicas y sociales que dividen a nuestro mundo en ricos y pobres, consumistas y marginales, opresores y oprimidos?

d) Finalmente, y como colofón a este movimiento neoateísta, hemos de exponer las explicaciones naturalistas que tratan de ofrecernos sobre el origen de las religiones. Si bien no desdeñan antiguos y proverbiales argumentos (como el temor a la muerte, los sentimientos de culpabilidad, el horror a la nada o el deseo de la inmortalidad) estos nuevos ateístas tratan de darnos una interpretación “científica” de la religión. Y lo hacen acudiendo a la teoría de la evolución.

Según ellos, la religión persiste porque ha estimulado la supervivencia y transmisión de determinados genes humanos. La religión es como un virus, un parásito de los sistemas cognitivos que se transmite de padres a hijos de forma ancestral. En definitiva, es tratar de asignar una base neuronal a nuestras creencias, llegar a pensar que la neurociencia explicará la religiosidad y la espiritualidad humanas desde una perspectiva puramente fisiológica. Sin comentarios. Si no existe más que la simple materia, a ella trataremos de acudir para resolver todos nuestros interrogantes.

NO PODEMOS ESTAR AL MARGEN

Para finalizar, no podemos dejar de subrayar que este nuevo ateísmo es plenamente beligerante. Promueve un laicismo excluyente cuya finalidad es erradicar todas las formas de creencia religiosa, incluso aquellas que se presentan como más moderadas. La construcción de un mundo sin religiones es condición para la paz y la tolerancia, para la resolución de los conflictos existentes en nuestro planeta. Y el enemigo no es sólo todo creyente, sino toda aquella persona que se proclame tolerante con las religiones. La laicidad que postulan no puede ser neutral ante las religiones, sino que tiene como objetivo la descristianización no solo de la sociedad, sino de la misma metafísica y moral de nuestro Occidente. Y “mutatis mutandis”, de la civilización islámica, hindú o budista.

Se pretende hacer olvidar que el ateísmo no es una mera ausencia de creencias, sino una filosofía de la vida que puede generar pasiones sin medida o incluso guillotinar cabezas. Cualquiera que haya leído algo de la Revolución francesa y haya visto la rapidez con que la razón se convirtió en terror, en rebelión aniquiladora contra el cristianismo; o cualquiera que haya estudiado los horrores de los intentos bolcheviques o nacionalsocialistas de liberar a la humanidad de las cadenas de la religión mediante la fuerza, se dará cuenta de que no estamos ante un mero ejercicio teórico o académico. Los Jinetes del Nuevo Ateísmo abanderan una revolución cultural. Para ellos la religión es peligrosa y “hay que hacer algo”. Están llamando a la acción urgente. Como han dicho dos buenos comentaristas, S. Hahn y B. Wiker, “lo que les falta no es descaro; les falta poder político.”

La nueva evangelización hoy ha de tener respuestas para este fenómeno cultural y vital laicista. Y ha de desencadenar una pasión capaz de rehacer el mundo desde su raíz más profunda, que es la necesidad de sentido, la vocación a la gloria de Dios. No se trata sólo de defender el cristianismo -para eso, por cierto, se puede leer, por ejemplo, La fe es razonable, de Scott Hahn (Rialp, 2009)-. Se nos pide empeñar la vida, convertirnos en maestros de vida, portadores de esperanza en un mundo muy desesperado.

Una parte importante de esta iniciativa evangelizadora es enfrentarse a los contrincantes en su propio terreno, el del ejercicio de la razón y el de una vida emprendedora, comprometida, santa, congruente, heroica -aun en lo cotidiano-. Es decir, todo lo contrario a una fe cómoda. Tomás de Aquino apuntaba ya que no tiene sentido discutir sobre la doctrina católica o la sagrada escritura con alguien que no acepta su veracidad. Ponerse a discutir con un ateo sobre la Revelación es una pérdida de tiempo. Es preciso hacerse entender desde las categorías del otro. Así lo hicieron los primeros cristianos y entre ellos los Padres de la Iglesia.

Hemos de aportar nuestra experiencia de la realidad y aportar claves para introducir a los demás en la realidad, ofreciendo valores de sentido, respuestas a la sed que anida en todo corazón humano. No basta el mero sentimiento. Es preciso el coraje de dar razón de nuestra esperanza, de mostrar que la fe nos hace alegres de verdad en medio de un mundo en crisis. El primer paso será no avergonzarse del Evangelio (Cfr. Rm. 1, 16). Pero también habrá que formarse y estudiar: la doctrina católica (el Catecismo de la Iglesia Católica especialmente), el tesoro de la fe, las sagradas escrituras, los problemas y signos de nuestro tiempo. Y será preciso incluso el testimonio martirial de cumplir con los propios deberes cotidianos, dar la cara en público y devolver bien por mal. Complicarse la vida. Hacerse presente en la vida pública y transformarla. Impulsar el evangelio de la vida. Hacer una política y una economía acordes a la justicia y la dignidad de la persona. Mostrar la belleza y la fuerza de la familia cristiana, abierta al amor permanente y a la vida.

Para saber más:

  • Benedicto XVI: Carta apostólica Porta Fidei. 11 de octubre de 2011. (Diversas ediciones. En Internet: www.vatican.va)

  • Scott Hahn y Benjamin Wiker: Dawkins en observación. Una crítica al nuevo ateísmo. Madrid, Rialp, 2012.

  • Scott Hahn: La Fe es razonable. Cómo comprender, explicar y defender la fe católica. Madrid, Rialp, 2009