viernes, 1 de junio de 2012

La ciencia del bien y del mal

Portada Estar 269 junio 2012
La batalla por la cultura no es un tema secundario para la nueva evangelización. La cultura es la manera como concebimos el mundo, el sentido de la vida, lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Desde hace bastantes décadas, incluso siglos, los católicos llevamos perdiendo terreno en esa batalla, uno de cuyos aspectos fundamentales es cómo se concibe la diferencia entre el bien y el mal, quién decide qué es bueno y malo, justo e injusto, lícito e ilícito, y por qué.

Simplificando mucho pero yendo a lo esencial la clave es: ¿Quién es la medida de todas las cosas, Dios (fundamento de la realidad y de un orden moral objetivo que están por encima de nuestra voluntad) o el hombre, ya sea el individuo que hace su vida por su cuenta, o la colectividad, en última instancia movida por los más poderosos?

Lo más terrible del dilema es que dejando la “ciencia del bien y del mal” en manos de los poderosos de este mundo (los Estados, la riqueza, las ideologías, el hedonismo, los núcleos de poder…), el éxito sólo se produce a costa de que haya perdedores, a saber, los más débiles.

Esta es una de las grandes preocupaciones de Benedicto XVI, y no estaría de más estudiar con sosiego sus escritos e intervenciones al respecto. Un ejemplo: “Las nuevas ideologías han llevada a una suerte de crueldad y desprecio hacia el hombre, antes impensables porque se hallaba todavía presente el respeto por la imagen de Dios, mientras que, sin ese respeto, el hombre se absolutiza a sí mismo y todo le está permitido, volviéndose entonces realmente destructor” (Luz del mundo, Herder, pág. 67)

Pero pocas veces se plantea el tema con la seriedad requerida, ni por unos ni por otros: Unos, porque consideran un "dogma científico incontestable” (¡ahí es nada!) que el mundo y el hombre sólo son fruto de la evolución (no se preguntan de dónde ha surgido la evolución), que no cabe admitir a Dios, y que la religión es incompatible con la ciencia, la libertad y la felicidad (entendida ésta como bienestar subjetivo). Y los medios de difusión, que configuran la mentalidad social en gran medida, lo repiten con cacareo incontenible.

Otros, porque vivimos nuestra fe de forma insuficiente y no llega a impregnar nuestra vida entera ni el mundo que se nos ha confiado; y aunque nos decimos creyentes, pensamos y vivimos de acuerdo con lo que las teles, los periódicos, las emisoras de radio, la moda o el cine repiten, y dejamos que otros nos gobiernen, nos dirijan, piensen y decidan por nosotros… Y a los nuestros que intentan pelear en el ámbito de la vida pública (los medios, la política, etc.), les criticamos juzgando que son como todos.

El caso es que en los colegios, institutos y universidades, en los medios de difusión, en la calle, en las propias familias, en las instituciones y hasta en la ONU…, contribuimos a difundir un modelo de vida que exalta la libertad sin normas morales como instrumento para alcanzar el bienestar y el placer inmediato, como valor supremo de la vida (olvidamos que hay otra), sin ninguna otra convicción que la ‘moral democrática’, fluctuante en virtud de los consensos y las maniobras del poder.

Decía Julián Marías que solamente podemos llamar valioso a aquello ante lo cual la muerte no supone una objeción: o sea, atesoremos en esta tierra los tesoros que nos harán dignos de la eternidad, y no pensemos que el bien es lo que nos halaga, o lo determinado por poderes que tarde o temprano morirán.

Manuel Tomás Amorós, a quien recordamos especialmente en estas páginas, es ejemplo de una vida vivida como servicio a Dios y a sus próximos. Qué distinto sería el mundo, también la cultura, si muchos fuéramos como él.

Bueno, ¿y a qué esperamos?

El reinado social de Cristo

Por Santiago Arellano Hernández

El mes de junio nos trae, como tradición secular, la devoción al Corazón de Jesús. Se nos invita a la consagración y a la reparación. Nos recuerda promesas misericordiosas para nuestra salvación como las de los primeros viernes.

Sin embargo nos quedaríamos en la superficie si la tuviéramos como una devoción piadosa; si nuestro encuentro con el Amor al Jesús que se nos manifiesta en un Corazón Enamorado no se asienta en la esperanza contra toda evidencia engañosa de que en el combate que de manera especial en la Edad Moderna y Contemporánea se ha declarado contra Cristo, es Su Corazón quien triunfará “a pesar de sus enemigos”. Cristo es Rey y va a traer a este mundo la civilización del amor, la paz y la justicia que en el mundo todavía no se ha conocido. Las naciones y los reyes poderosos conspiran contra él, pero inútilmente.

No es verdad que, en la historia, la Iglesia ha encontrado siempre las mismas dificultades. Serán las dificultades todo lo fuertes que se quiera, pero no son de la misma naturaleza. No es igual la lucha en los siglos XI de un Enrique IV por el asunto de las investiduras contra Gregorio VII o de Federico II Barbarroja por la supremacía del Imperio sobre el Pontificado contra Adriano IV y Alejandro III en el siglo XII que las cláusulas acordadas, tras la guerra de los treinta años, en la llamada Paz de Westfalia en 1648 o en la auto coronación en 1804 de Napoleón en la Catedral de Notre Dame en presencia de Pío VII.

En los siglos medievales, en medio de la maravilla de los siglos XI, XII y XIII, las encarnizadas luchas suponían la fe de los contendientes, de lo contrario no podríamos explicarnos la reconciliación de Enrique IV en Canossa; ni tras la derrota de Federico Barbarroja en Venecia su marcha como cruzado a liberar la Tierra Santa.

Westfalia proclama, por el contrario que la religión es el origen de todos los males y que para conseguir la paz en la tierra no se necesita la intervención ni de Dios ni de sus representantes. Napoleón deja ante Europa claro que para ser emperador no necesita recibir poderes que vengan de lo alto, como Carlomagno, ni ser brazo protector de la Iglesia. Todo en la tierra debe quedar bajo su espada, incluida la Iglesia. Napoleón coronará a Josefina como emperatriz y no Pío VII.

Las apariciones a Santa Margarita fueron 25 años más tarde que la Paz de Westfalia y su difusión ocurrió durante todo el siglo XIX: Apostolado de la Oración, el padre Ramiere y Santa Teresita del Niño Jesús, además del Papado.

Sin la clave de “¡no queremos que Él reine sobre nosotros!” no es fácil entender ni instituciones ni acontecimientos de nuestra sociedad. El cuadro de David reproduce significativamente la escena: de la misma manera que Delacroix, dejará patente que la libertad moderna se consigue con violencia y sobre cadáveres.

Hoy os traigo, no un poema, sino un recuerdo: Pablo VI el 4 de octubre de 1965 pronunció un delicadísimo discurso en la ONU. Sobrecogedoramente dijo:

“Y así como el mensajero que al término de un largo viaje entrega la carta que le ha sido confiada así tenemos nosotros conciencia de vivir el instante privilegiado —por breve que sea— en que se cumple un anhelo que llevamos en el corazón desde hace casi veinte siglos. Sí, os acordáis. Hace mucho tiempo que llevamos con nosotros una larga historia; celebramos aquí el epílogo de un laborioso peregrinaje en busca de un coloquio con el mundo entero, desde el día en que nos fue encomendado: «Id, propagad la buena Nueva a todas las naciones! (Mt 28, 19) ». Ahora bien, vosotros representáis a todas las naciones.”

Contra toda apariencia, el mundo será de Cristo: su Corazón triunfará.

Dios sea servido en nuestra muerte

Manuel Tomás Amorós, in memoriam

Fernando Martín Herráez

Como en la vida toda, así también con más razón en la muerte y enfermedad, procuraremos que Dios sea servido y los hermanos edificados, aceptando con paciencia los sufrimientos y esperando con alegría el relevo final. Ayudará para ello suspirar por el cielo mientras dura nuestra peregrinación por la tierra, repitiendo con San Pablo "anhelo ser libertado y estar Contigo". Así el cruzado, habiendo vivido durante su vida el espíritu de Nazaret, llevándolo a los demás, tendrá el consuelo de encontrarse con la Virgen y San José en el momento de la muerte para empezar a reinar eternamente con Cristo Jesús bajo cuyas banderas se glorió en militar a su paso por el mundo”.

Así describe el P. Morales cómo hemos de vivir y morir los cruzados de Santa María y, en el fondo, todo aquél que pertenece a Cristo.

Nos ha sobrecogido y llenado al mismo tiempo de gozo la noticia de la partida hacia los brazos del Padre de nuestro querido Manolo Amorós. Salía de casa en dirección a su trabajo, al concluir su oración matutina. Después de un día de actividad incesante, dedicado a la memoria de su, por tantos motivos, querido San Martín Porres, patrono del centro en el que daba clases. La suya ha sido una “muerte profesional”, no simplemente porque se dirigiera al trabajo, donde Dios cada día le esperaba y le encontraba. No. Es algo más. La muerte profesional de un cruzado de Santa María, de cualquier cristiano, es dar la vida por amor. Y eso es lo que hacía Manolo en su trabajo y en todo momento. A eso dedicaba toda su vida.

Quiero dejar de nuevo la palabra a nuestro querido padre Morales. En sus palabras podemos leer lo que ha sido y es para nosotros la vida y la muerte de Manolo Amorós. Hasta el cielo, querido Manolo:

“La vida para el cruzado, como para los primeros cristianos, es servicio continuo, amor ininterrumpido, en espera del gran relevo. Mientras llega, aguarda, ceñidas las largas túnicas como los soldados y viajeros de la antigua Roma para marchar mejor. Escucha las palabras de Jesús: Están encendidas vuestras lámparas. Es el obrero de la viña del Señor. Tiene que soportar el peso del calor del día para merecer la recompensa eterna. Como fiel soldado de Cristo, tiene que librar a diario el buen combate de la fe. Es extranjero y viajero a su paso por la tierra. Antorcha en mano, ceñida la cintura, siempre sobrio y vigilante, espera la venida del gran Rey. Un médico muere contagiado de la epidemia al asistir a un enfermo. Una madre al dar a luz. Un torero de una cornada. Un marinero, como Nelson en Trafalgar. El capitán de un navío saluda marcial en el barco hundiéndose a los tripulantes que se salvan. Es la muerte del profesional. No la tuvo Napoleón en Waterloo. Por eso, acabó triste y sin gloria sus días en Santa Elena.

“¿Cuál es la muerte profesional de un cruzado? El cruzado muere de amor. Es su muerte profesional. Así murieron muchos santos. Fue la de Santa Teresita. Tuberculosis acelerada por el amor. Dice: "Te amo", y muere. Lo dice S. Juan de la Cruz: "El alma que ama, no muere por enfermedad o vejez, sino porque les arranca el alma algún ímpetu y encuentro de amor mucho más subido que los pasados, y más poderoso para romper la tela y llevarse la joya del alma. Y así, la muerte de semejantes almas, es muy suave y muy dulce, más que les fue la vida espiritual toda su vida, pues que mueren con más subidos ímpetus y encuentros de amor, siendo ellas como el cisne que canta más suavemente cuando muere". Eso le pasó a él. Después de tanto padecer y cantar pudo repetir al expirar la última estrofa de su Noche: "Quedeme y olvideme, /el rostro recliné sobre el Amado /Cesó todo, y dejeme, /dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.

“Morir de amor, muerte profesional del cruzado. Su alma vive "más en la otra vida, que en ésta, porque más vive el alma donde ama que donde anima, y así tiene en poco esta vida temporal". El cruzado sabe que "el amor nunca llega a estar perfecto hasta que se emparejan tan en uno los amantes que se transfiguran el uno en el otro" (Juan de la Cruz). Misa y comunión le enseñan a morir de amor cada día. Cristiano es el que esta preparado lo mismo para hacer Misa y comulgar, que para morir. En realidad son lo mismo. Desaparecer para unirse con Dios. En la Misa, como la gota de agua desaparece en el vino, así el cruzado se hace Hostia única en Él ofrecida al Padre. En la comunión, es la vida de Dios la que absorbe la mía: Es Cristo quien vive en mí.”

Vivir por encima de nuestras posibilidades

Por Abilio de Gregorio

Se ha convertido en lugar común la afirmación de que la pretensión consentida socialmente de “vivir por encima de nuestras posibilidades” es una de las causas de la crisis económica que padecemos. El precio de una tan atrevida insensatez es la lamentable precariedad en la que está sumida hoy nuestra sociedad española.

Pero la lección de esta historia creo que no puede reducirse a las simples coordenadas económicas. Tiene un carácter de principio generalizador que Quevedo formularía afirmando que nunca se debe estirar el pie hasta donde no llega la manta si no queremos coger un soberano constipado. Porque vive por encima de sus posibilidades la madre o el padre que pretende “realizarse” y sobresalir en su profesión abandonando a sus hijos a cuidados ajenos, como vive por encima de sus posibilidades el profesional de la enseñanza que no estudia suficientemente la materia que imparte o no prepara adecuadamente sus clases.

Tanto padres como profesores entrarán en crisis al constatar la indigencia educativa de sus hijos o alumnos por más que se busquen coartadas en las asechanzas de los mercados del mal de la sociedad. R. Spaemann suele decir que dar al educando cheques sin fondos es una de las mayores estafas del educador.

Solamente en la medida en que hay fuentes de ingresos y se practica el ahorro es posible tener disponibilidad de gasto e inversión. Si la educación, como el amor, es un darse, ¿qué puede dar quien no se posee, quien no es dueño de sí por falta de autodominio y voluntad?

Por encima de sus posibilidades vive su profesión el maestro que aspira a ayudar a madurar la personalidad de su discípulo sin haber querido ascender (ascesis) la pendiente de su propia maduración. Gasta lo que no tiene, y pronto se le presentarán los educandos reclamando legítimamente como acreedores de un crédito que nunca podrá pagar.

De igual manera, quiere vivir por encima de sus posibilidades esa pareja de enamorados que se ha jurado amor eterno en el recién estrenado matrimonio pero que dilapidó de forma irreflexiva e incontinente sus emociones en tiempos de bonanza afectiva juvenil.

De alguna manera nos recuerdan al indolente deportista que se presenta pretenciosamente a la competición sin haber entrenado y después de noches largas de francachela. Pretende, patéticamente, vivir por encima de sus posibilidades.

¿No estará por aquí la raíz de la crisis que se padece en muchos de los ambientes cuya misión era ser “luz del mundo” y “sal de la tierra”? ¿No se habrá pretendido vivir por encima de las posibilidades reales al despreciar la “fuente de “ingresos” –el encuentro personal y colectivo con el Señor al que se dice anunciar- y dedicarse desbocadamente al gasto de la acción gesticulante, de la retórica ocurrente y del escaparate de modas?

La resaca de tal alegre despilfarro termina en la triste sensación de fracaso, vacío y desamparo. No se puede olvidar que, un gozoso alumbramiento, requiere de manera imprescindible muchos días de callada gestación, de “oscuridad luminosa” (P. Morales) en el claustro materno.

Decía el padre Tomás Morales que “todos los que se han puesto en movimiento en nombre del Señor, corren el peligro de ser traidores, y en fin de cuentas ineficaces, si no conservan celosamente lo único necesario: el encuentro personal, silencioso, sentados a los pies del Señor escuchando Su palabra”.

Aprender a vivir de acuerdo con nuestras posibilidades supone no solamente el ejercicio de evaluar con realismo cuántas tenemos, sino también el coraje de producirlas si no se tienen, y la madurez de ordenar los “quereres”, pues solamente los niños inmaduros quieren todo al mismo tiempo.

La ONU: ¿Quién anda por ahí detrás…?

Por Andrés Jiménez Abad

La Organización de las Naciones Unidas, ONU, fue fundada oficialmente el 24 de octubre de 1945 en San Francisco (California), finalizada la Segunda Guerra Mundial. La primera Asamblea General se celebró el 10 de enero de 1946 en Londres y su sede actual se encuentra en Nueva York.

Actualmente la ONU tiene representación de 192 Estados Miembros. El Vaticano figura como observador permanente, con voz pero sin voto, y con el propósito de mantenerse neutral en los problemas estrictamente políticos.

Precursora inmediata de la Organización de Naciones Unidas fue la Sociedad de Naciones, concebida en similares circunstancias tras la primera guerra mundial, en 1919, de conformidad con el Tratado de Versalles, "para promover la cooperación internacional y conseguir la paz y la seguridad".

LA ONU Y LA DUDH

Además de la Carta fundacional de la ONU, el texto base de referencia de la Organización es la Declaración universal de derechos humanos (DUDH), promulgada el 10 de diciembre de 1948 en París.

Esta Declaración reconoce (y no establece) que todos los hombres tienen derecho a la vida; que nacen libres e iguales en dignidad; que son libres de asociarse, de elegir el régimen político que los gobierne, de organizarse, de fundar una familia, de adherirse a una religión, etc. Todos los hombres tienen el derecho de participar en la vida política y en la vida económica porque todos tienen algo único para aportar a los demás.

Tras el proceso de Nuremberg contra los crímenes nazis, se quería ofrecer un instrumento que permitiera defenderse a los ciudadanos y persuadiese a los Estados de no violar la vida y la dignidad. No es vinculante por sí misma en el plano legal pero señala los grandes principios que deben seguir los Estados al legislar y al gobernar.

En el momento de votar la declaración en 1948 se abstuvieron ocho Estados: Arabia Saudí, Unión Sudafricana, Unión Soviética, Yugoslavia, Checoslovaquia, Bielorruisia, Ucrania y Polonia. China comunista no pertenecía aún a la ONU. Esto ya anunciaba la actitud poco respetuosa con los derechos humanos desarrollada por los países comunistas y musulmanes.

Pío XII eludió reafirmarla de forma plena por no existir una mención explícita a Dios como fundamento último de la dignidad y de los derechos fundamentales del ser humano. El beato Juan XXIII se alegraba en la encíclica Pacem in Terris por la Declaración, como “un primer paso para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos”. Sin embargo, incluyó una más completa y luminosa relación de derechos y deberes naturales como base de la paz entre los pueblos. Juan Pablo II, gran defensor también de los derechos humanos, advertirá de los peligros de someterlos a las legislaciones y a la voluntad de los más fuertes.

FUNDAMENTACIÓN DÉBIL DE LA DUDH

Uno de los puntos débiles de la Declaración es ciertamente la omisión de su fundamento. Como afirmaba uno de sus redactores, “estamos de acuerdo en lo relativo a estos derechos, pero que no se nos pregunte el porqué”. Pero el fundamento es esencial: si no existe acuerdo sobre éste, tampoco lo puede haber al final sobre el contenido. No pueden entender igual el derecho a la vida, por ejemplo, quienes la conciben como un don de Dios que quienes la consideran como una mera decisión política.

La DUDH reconoce que los seres humanos tienen la misma dignidad y los mismos derechos básicos, y reclama instrumentos jurídicos que les den forma concreta, exigible, en la legislación de los Estados. Pero los años han mostrado que los mismos derechos pueden dar lugar a codificaciones distintas de acuerdo con las diversas tradiciones jurídicas de los países. Así, se pueden amparar en una concepción realista, como una ley moral natural objetiva. Pero para una concepción positivista, hoy muy extendida, sólo se admiten las leyes establecidas por los Estados, y las determinaciones jurídicas son las únicas que merecen respeto.

Claro está, las disposiciones contenidas en las leyes civiles pueden cambiar según el parecer de quien ostenta en cada caso el poder político o económico, de quien consigue imponer su visión acerca de lo que es o no justo.

Se argumenta que no somos capaces de alcanzar la verdad respecto de la persona, y que incluso dicha verdad no existe. Los derechos humanos se presentan entonces como el resultado de procedimientos consensuales. ‘Nuevos derechos humanos’ surgirán a partir de procedimientos consensuales que pueden ser reactivados indefinidamente.

Esta ideología, que rechaza el respaldo de un orden moral objetivo, se considera facultada, como ha dicho el filósofo judío Emmanuel Lévinas, para gobernar todo y a todos, y los derechos humanos, así entendidos, se convierten en una especie de “religión laica” incuestionable, que se justifica a sí misma y que podemos denominar humanitarismo, cuyas divinidades paganas son poder, eficacia, riqueza, bienestar y saber. Los ricos, sabios y poderosos demuestran, gracias a su triunfo sobre los débiles, que están justificados para ejercer un papel mesiánico de liderazgo moral universal.

Michel Schooyans, que ejerció como diplomático vaticano en la ONU, apunta con agudeza: “Esta ideología mesiánica y herméticamente laica, así como la moral del amo que le es inherente, exige que sus autores reprogramen a los demás hombres física y psicológicamente, su producción y su educación; para ello, habrá que utilizar el hedonismo latente. Habrá que alienar a las parejas, quitándoles toda responsabilidad en su comportamiento sexual. En suma, los tecnócratas médicos, piezas maestras de las fuerzas imperialistas, deberán ejercer un control total sobre la calidad y la cantidad de seres humanos.”

Tres son los frentes a través de los cuales la nueva religión de la humanidad -muy cercana e incluso coincidente con la espiritualidad de la New Age- se va abriendo frente en la cultura y en la política: el ecologismo panteísta, el feminismo radical y el neomatusianismo antinatalista. En todos ellos se niega que exista una naturaleza humana, recibida y no construida por el hombre, depositaria y plasmación de un orden moral objetivo previo a la voluntad humana y que está por encima de ella. También niegan que toda persona humana sea depositaria de una dignidad innata sólo por el hecho de ser persona, superior moralmente a toda ley de hechura humana.

LA CARTA DE LATIERRA, EL ECOLOGISMO PANTEÍSTA

La ONU está en proceso de difundir un documento muy importante sistematizando una interpretación ‘holística’ de la globalización. Se trata de la Carta de la Tierra, que ha sido elaborada a partir de la Cumbre de la Tierra de 1992 celebrada en Río de Janeiro. Dicho documento sería invocado, según algunos, para reemplazar a los Diez Mandamientos. En él se anuncia la idea expresada por Kofi Anan, a la sazón secretario general de la ONU, al celebrar los cinco años de la Conferencia Mundial sobre la Mujer (Pekín, 1995): “Nosotros no somos huéspedes de este planeta. Nosotros le pertenecemos”. El hombre, siendo sólo el producto de una evolución material, debe someterse a los imperativos del mundo que lo rodea, de la Naturaleza.

Veamos como ejemplo algún fragmento de la Carta: "Nos encontramos en un momento crítico de la historia de la Tierra, el momento de escoger su destino... Debemos unirnos para fundar una sociedad global durable, fundada en el respeto a la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y la cultura de la paz... La humanidad es parte de un vasto universo evolutivo... El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común a todos los pueblos. La protección de la vitalidad, de la diversidad y de la belleza de la Tierra es un deber sagrado...

Un aumento sin precedentes de la población humana sobrecargó los sistemas económicos y sociales... En consecuencia, nuestra opción es formar una sociedad global para cuidar de la Tierra y cuidarnos los unos a los otros, o exponernos al riesgo de destruirnos a nosotros mismos y destruir la diversidad de vida... Precisamos con urgencia una visión compartida respecto de los valores básicos que ofrezcan un fundamento ético a la comunidad mundial emergente..."

Empiezan a difundirse cada vez con más fuerza mensajes del tenor siguiente: “la Tierra se aproxima a un colapso inminente e irreversible. En cuestión de décadas, si no se toman las medidas adecuadas -algo para lo que aún estamos a tiempo-, la humanidad se enfrentará sin remedio a un nuevo régimen para el que no estamos preparados. El panorama desolador incluye carencia de alimentos y de agua potable, enormes sequías, extinción de especies y migraciones masivas de gente en busca de su propia supervivencia como nunca hemos visto en la historia. Las causas serían el brutal crecimiento de la población, la destrucción de los ecosistemas naturales en todo el mundo y el cambio climático.”

La argumentación "ecológica" desarrollada en la Carta de la Tierra es en realidad un artificio ideológico para camuflar una revolución cultural. En efecto, la ONU está instaurando una nueva concepción del derecho, de la religión y de la ética, de corte anglosajón, relativista y positivista. Las verdades fundadoras de la ONU y de la DUDH, referidas a la centralidad de la dignidad humana, son desactivadas poco a poco. Según esta concepción, ninguna verdad sobre el hombre se impone a todos. Y por encima de las múltiples opiniones se eleva el criterio de los responsables de un nuevo gobierno global, planificador del bienestar general e incontestable.

Los derechos humanos, aquí, son objeto de decisiones consensuales. Se negocia y al término de un procedimiento pragmático, se decide, por ejemplo, que el respeto a la vida se impone en ciertos casos pero no en otros, que cierta manipulación genética justifica el sacrificio de embriones, que la eutanasia debe ser legalizada, que las uniones homosexuales tienen los mismos derechos que la familia, etc. De aquí surgen los llamados "nuevos derechos del hombre", siempre renegociables en beneficio de los intereses de aquellos que pueden hacer prevalecer su voluntad.

Para instaurar dichos "nuevos derechos" se hace preciso obtener el mayor consenso posible en las asambleas y cumbres internacionales promovidas por la ONU, aunque sea recurriendo si es necesario a la agitación, al chantaje o a la amenaza (esto es de dominio público). Una vez logrado el “consenso”, se intenta reflejar en convenciones cuidadosamente preparadas y negociadas, y en las declaraciones que se votan al acabar las Conferencias internacionales. Así pasó en la de El Cairo, sobre la población, y en la de Pekín sobre la mujer. Este tipo de “globalización”, sostenida por una concepción puramente positivista del derecho, justifica las estrategias de diferentes lobbies y ONGs, que influyen sobre los Estados a la hora de proponer y aceptar textos y enmiendas.

Los “consensos” (reales, inducidos o ficticios) de El Cairo y Pekín, concretamente, no son jurídicamente vinculantes, pero de hecho sus agendas han pasado a formar parte (reinterpretadas y manipuladas, por la presión ejercida sobre muchos gobiernos por “comités de vigilancia”, lobbies y activistas de la revolución sexual autoconstituidos como “expertos”) del discurso de los derechos humanos, como si realmente formaran parte del Derecho Internacional.

EL FEMINISMO RADICAL Y LAS AGENCIAS DE LA ONU

En la ONU y en sus agencias se ha producido una exitosa infiltración institucional que ha conducido a la expansión de la ideología de género, en la cual se han dado la mano las estrategias políticas para la igualdad y libertad sexual de las mujeres con las de control de la natalidad.

Es el caso de UNFPA (Fondo de las Naciones Unidas para la Población), trampolín de los llamados “derechos reproductivos” y de la “salud reproductiva”.

El Fondo, controlado por multinacionales antivida (destaca sobre todas ellas IPPF: Federación internacional para la Planificación Familiar), coordina una estrategia en la que están implicados gobiernos de occidente, empresas multinacionales, ONGs y lobbies con el fin de suministrar contraceptivos y preservativos, intervenciones de esterilización y aborto “seguro” a los países en vías de desarrollo (en 2007, el Fondo recibió más de 500 millones de dólares de bastantes gobiernos, casi todos occidentales).

En 1967 la ONU publicó la Declaración sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la Mujer (CEDAW), en la que, tomando como base y pretexto la existencia de abusos y discriminaciones contra las mujeres en diversos lugares del mundo, planteó una línea de acción, capitaneada por lobbies feministas y gays, que llevó a la lucha por el reconocimiento de la homosexualidad, la eliminación del término ‘madre’ de los documentos oficiales relativos a la liberación y los derechos de las mujeres, y el libre acceso a todas las formas de contracepción y al aborto libre y gratuito. La maternidad, a juicio del feminismo radical, conduce a la mujer a la esclavitud, y la familia es concebida utilizando viejos esquemas marxistas, como una ‘estructura productiva y reproductiva’ en la que el varón sojuzga inevitablemente a la mujer.

Una personalidad destacada a este respecto fue la fundadora de IPPF, Margaret Sanger, que propugnaba una moral del placer individual que disocia el comportamiento sexual de la procreación. En la unión sexual el placer es el bien; el niño, es el riesgo. El otro es valioso en la medida que me aporta placer y/o provecho. De ahí se deriva el rechazo al matrimonio, el elogio del amor libre, del eugenismo, etc.

En Bucarest, en 1974, se celebró la Conferencia mundial sobre población de la ONU, en la que el derecho de planificación de los nacimientos dejó de ser propio de los ‘padres’, y pasó a serlo de ‘las parejas y los individuos’. En 1975 tuvo lugar en México la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, en 1980 la Segunda, en Copenhage; en 1985, en Nairobi, la Tercera, de la que salió un importante “programa de acción mundial”. En 1995, en Pekín, se realizó la cuarta, y se intentó introducir de forma oficial la noción de ‘género’ (gender) bajo la destacada presión de feministas socialistas, integradas dentro de las representaciones de países occidentales (Europa, Canadá, USA…) y de las 2.000 ONG que participaban activamente como “observadoras”. Aunque en la declaración final no consiguieron que se incluyera el derecho al aborto (bajo el rótulo de ‘salud reproductiva’), sí apareció en la agenda y en la plataforma de acción, y aunque ya no tenía valor vinculante para los Estados, no ha dejado de presentarse con éxito como si realmente lo tuviera.

En 1982, la IPPF -muy activa desde 1968 en las oficinas de la ONU- celebró su primera reunión de trabajo sobre “derechos y planificación familiar”. A partir de entonces se adoptó la estrategia de que las reivindicaciones de la revolución sexual sean amparadas bajo la noción de “derechos humanos”, y éstos, a su vez, se entiendan no como la capacidad de reclamar algo justo, propio de la dignidad innata de todo ser humano, sino como expresiones de la ‘elección individual’, por encima de la soberanía de los Estados y completamente al margen de toda fundamentación moral, metafísica o religiosa. Nótese que en el caso de la anticoncepción o del aborto, los no nacidos carecen por completo de toda posibilidad de ‘elección individual’, con lo cual se viene a consagrar una evidente forma de “derecho de los fuertes sobre los débiles”. Estamos muy lejos ya de la afirmación de la centralidad de la dignidad de todo ser humano en la que se sustentaban la DUDH y la misma ONU.

En el año 1994, en la Conferencia de El Cairo sobre Población, empiezan a mencionarse los “derechos reproductivos”, dentro de los cuales se incluyen los “derechos sexuales” bajo la noción de “derechos a la salud sexual”, que a su vez son amparados bajo el paraguas de los “derechos de la mujer”.

Actualmente, ONGs internacionales como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, asumen con vigor esta visión de los derechos y de la libertad sexual. La OMS (Organización Mundial de la Salud), una de las principales agencias de la ONU, se ha convertido también en portavoz de la ideología de genero a través de la ”salud reproductiva”. Otras muchas ONGs presentes en los organismos de la ONU actúan para difundir la contracepción o el aborto bajo los conocidos eufemismos de planificación familiar o promoción de la salud sexual y reproductiva. Médicos sin Fronteras entiende que la práctica del aborto entra dentro de sus "filantrópicos" fines, según ha publicado recientemente.

En 1995, IPPF, pionera del movimiento revolucionario cultural que ha ‘convertido en derechos’ la libertad sexual, el acceso a la contracepción, el aborto y la esterilización, publicó una Carta de los Derechos Sexuales y Reproductivos, proponiendo como evidente que los tratados, convenciones y declaraciones de la ONU en materia de derechos humanos contienen de forma intrínseca la agenda de derechos sexuales y reproductivos tal y como los interpreta IPPF, ofreciendo a los activistas de la revolución sexual, especialmente a las ONGs, herramientas para instigar a los gobiernos en su aplicación de los objetivos de El Cairo y Pekín.

En 2011 se ha creado la Agencia “ONU Mujeres”, poderoso instrumento de difusión e influencia al servicio de la ideología de género, financiado por gobiernos de ideología socialista, en la que destacan conocidas personalidades como Michelle Bachelet y Bibiana Aído.

LA CUESTIÓN DEMOGRÁFICA: MALTHUS

La ideología inseminada por la ONU, sus agencias y ONGs, discurre a través del fenómeno de la globalización, que ya no es sólo una coyuntura económica sino un principio ético-político prevalente sobre los demás. Es una visión planificadora de las líneas de desarrollo y de la “gobernanza” mundial. Aquí se acude al marco teórico de la ideología neomaltusiana.

Según las expresiones modernas de esta ideología, la seguridad de los países ricos estaría amenazada por el crecimiento de la población de los países del tercer mundo. Una «bomba» demográfica procedente del tercer mundo estaría a punto de estallar, sumergiendo a los países ricos y amenazando su bienestar. Por tanto, sería urgente controlar eficazmente el crecimiento de la población pobre.

Fundaciones, entidades financieras y empresas multinacionales son un mecanismo esencial del sistema global de la dominación; impulsan la industrialización y la limitan según su interés. Los centros de decisión de las metrópolis amenazan con el traslado de fábricas si ven excesivas las reivindicaciones de los trabajadores locales. Organizan la competencia y al mismo tiempo la controlan. En suma, las multinacionales velan sobre sus mercados, protegen sus oligopolios, vigilan y, en ocasiones, frenan el desarrollo económico y demográfico de las naciones emergentes.

Desde los años 50, los poderes públicos han sido cada vez más influenciados por la ideología maltusiana, se han ido desarrollando conferencias organizadas por la ONU sobre la población mundial con el fin de frenar la natalidad por el miedo a al crecimiento demográfico de los países pobres, que amenazarían la prosperidad de los más ricos. Mentiras y falacias se propagaron en torno al «problema del crecimiento poblacional mundial», a partir del Memorando Secreto 200/74, elaborado por Henry Kissinger.

Impregnados de esta ideología, los Estados occidentales, vigorosamente incitados por organizaciones internacionales públicas y privadas, intervienen cada vez más directamente en la planificación de las poblaciones. La India y China son los casos más conocidos, pero un intervencionismo parecido se observa en América Latina y en África. La ayuda a los países del Tercer Mundo está condicionada a la aceptación de programas maltusianos (esterilización masiva, difusión del preservativo y de la anticoncepción generalizada, el recurso al aborto provocado...) como presuntas armas contra la pobreza.

En estas políticas de “desarrollo” tienen parte esencial organizaciones como la Rockefeller Foundation, la WEDO (Organización para el medioambiente y el desarrollo de la mujer) y la citada IPPF, ONGs de primera importancia vinculadas a la ONU.

Las parejas son "administradas" en sus decisiones más intimas, y los Estados ven menguada su soberanía en nombre de la “situación global de necesidad" creada por la "explosión demográfica". La ideología maltusiana "legitima" campañas dirigidas a poblaciones sin defensa "por su propio bien"... Numerosos testimonios dan fe de que estas poblaciones no son informadas y que tampoco están en condiciones de dar un "consentimiento libre" a las medidas anti-natalistas que se les imponen para "su beneficio". Esta ideología se ha convertido en el arma más alevosa que utilizan los países ricos en la confrontación disimulada que han emprendido contra el Tercer Mundo, o la población hispana o afroamerica en USA, sin ir más lejos. Se sirve del engaño, y de la fuerza: es una mentira y una agresión física y psicológica, por ejemplo, decir a estas poblaciones que el desarrollo de la democracia pasa por la mutilación del 40% de las mujeres en edad de procrear.

Pero los países europeos, que han financiado ampliamente estas campañas, han quedado atrapados en su misma trampa. Al financiar y legalizar en su misma casa el rechazo a la vida, las poblaciones de estos países envejecen e incluso disminuyen, cayendo en un «invierno demográfico».

Las agencias de la ONU (UNESCO, OMS, el Banco Mundial, el PNUD -Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo-, UNFPA…) tienen a su servicio a demógrafos para dar pseudolegitimación científica a los programas de control de la población, y presentan su cientificismo demográfico como la panacea de todos los males que padece la sociedad humana. Existe una tecnocracia internacional de “expertos” al servicio de los intereses de las grandes potencias y de intereses en la sombra.

Según Michel Schooyans, “bajo el disfraz de responsabilidad compartida, la ONU invita a los Estados a limitar su soberanía. De esta manera Naciones Unidas se presenta cada vez más como un superestado mundial. Tiende a gobernar todas las dimensiones de la vida, del pensamiento y de las actividades humanas, ejerciendo un control cada vez más centralizado de la información y del conocimiento”.

Tras el prestigio de la mayor organización internacional del planeta se esconden poderosas redes de influencia, y frente a su vocación original de servir a la dignidad de toda persona humana se aprecian estrategias de poder de alcance mundial.

La minoría dominante, añade Schooyans, está constituida por personas con recursos que se sentirán halagadas al ser admitidas en grupos "informales" más o menos conocidos (como el Grupo de Bilderberg, el Foro de Davos, la Trilateral o el Club de Roma) u otros menos fácilmente identificables. El mismo autor destaca la presencia de la masonería.

Esta minoría se arroga la misión de planificar y regentar el mundo y tiene bajo control a todo un cuerpo internacional de intelectuales, expertos y divulgadores.

En ausencia de un Estado de contornos visibles, en el marco de este imperialismo de clase, nadie sabe quién decide ni quién es responsable. El lenguaje es anónimo. El productor del mensaje ideológico está oculto.

HAY TAMBIÉN QUIEN TRABAJA POR LA VERDAD

Pero no todos callan y otorgan. Por ejemplo, la organización Familia Católica y Derechos Humanos (C-FAM), Catholic Family & Human Rights Institute_ 211 E 43rd St., Suite 1306_New York, NY 10017, presidida por Austen Ruse, es una agencia de noticias que defiende la vida y la dignidad humana en la misma ONU; viene informando en su boletín semanal de noticias online (fridayfaxespanol@c-fam. org) de poderosos grupos de presión que imponen sus ideologías, de conferencias y organismos que ellos controlan e interpretan, de la falta de transparencia de Organismos como UNICEF o UNFAP, y de las cantidades que reciben.

La ONU está llamada a ser una instancia capaz de servir de foro para el diálogo y los acuerdos entre países, para avanzar en el reconocimiento de lo más genuinamente humano, de la libertad, la justicia, la igualdad de derechos y deberes, y la paz. Si hoy en gran medida es controlada por diferentes instancias en la sombra bajo la rúbrica del humanitarismo y la democracia, no deben faltar tampoco quienes trabajen para que llegue un día a ser lo que desde su origen está llamada a ser.

BIBLIOGRAFÍA:

HAALAND MATLARY, JANNE: Derechos humanos depredados. Cristiandad, Madrid.
PEETERS, MARGUERITTE.: Marion-ética. Los “expertos” de la ONU imponen su ley. Rialp. Madrid.
ROCELLA, EUGENIA - SCARAFFIA, LUCETTA: Contra el cristianismo. La ONU y la Unión Europea como nueva ideología. Cristiandad. Madrid.
SCHOOYANS, MICHEL La cara oculta de la ONU. Diana, México.
TRILLO-FIGUEROA, JESÚS: La ideología de género. Libros Libres, Madrid.

Frente al humanismo ateo, un “potencial inexplotado”

P. Tomas Morales

Más de 1.000 millones de católicos pueblan el mundo. Injertados en Cristo por el Bautismo, la inmensa mayoría se desentiende de su obra salvadora. Él viene al mundo para que tengan Vida y la tengan más abundante (Jn 10,10), y cientos de miles de hombres y mujeres, elegidos por Dios para ser luz del mundo (Mt 5,14) y colaboradores en la transmisión de esa Vida, desertan de su papel insustituible.

Se dejan esclavizar por el materialismo teórico- práctico que nos envuelve, claudican ante el espejismo engañoso del humanismo ateo. Encastillados en su egoísmo, olvidan las palabras de Pío XII: «El cristiano, si es consecuente con el nombre que lleva, si hace honor a su condición, es siempre apóstol. Desdice de ser soldado de Cristo al alejarse de la batalla» (Carta Encíclica a los EE.UU. 1-11-1939).

La raíz más profunda de la crisis que atraviesa el mundo, de la inseguridad que nos amenaza en todo momento y nos asedia por todas partes, hay que buscarla en esta deserción de los bautizados que, en medio del mundo, dejan de ser fermento para convertirse en masa amorfa (Mt 13,33).

En la catedral compostelana resonó vibrante la palabra de Juan Pablo II el último día de su estancia en España en 1982. Miraba a Europa, al mundo entero, y ponía el dedo en la llaga. La crisis espiritual del mundo procede de la «defección de los bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe, y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida».

La puesta en marcha del laicado, la obligación de hacer apostolado, ¿es un descubrimiento de hoy? Sí, y no. No, porque la vocación al apostolado brota de la pila bautismal como el agua de la fuente.

Sí, porque Cristo-Iglesia pretende hoy la movilización total de los seglares para que el Reino de Dios se extienda por todo el mundo. Quiere realizar un inmenso esfuerzo para despertar y aunar fuerzas aún latentes, para explotar un manantial de energía en gran parte baldío. En cada cristiano hay una potencia «cristífica» durmiente. Hay que despertarla, dilatarla, brindarle una oportunidad.

Los papas del siglo XX y el Vaticano II no han cargado, pues, en las espaldas del laico un nuevo fardo. No han inventado una tarea distinta de la que incumbe a cualquier bautizado. Se han limitado a recordar y urgir la enseñanza de los santos y doctores a lo largo de milenios.

San Juan Crisóstomo, «el apóstol de los seglares » (Viller), por ejemplo, invitaba ya a los cristianos de a pie «a la santa ofensiva». Paladín de la fe, ardiendo en amor a Cristo y a los hombres, afirma sin vacilar que «Dios quiere que todo cristiano sea doctor, fermento, luz, sal de la tierra, y así como estas cosas no reportan utilidad para sí mismas, sino para los demás, así se nos exige trabajar no sólo en provecho propio, sino también en provecho de los demás».

La fe se entenebrece porque nuestro orgullo la apaga. Los avances de la técnica y la presión continua del humanismo ateo nos hacen adorar al hombre y no a Dios. Nos creemos omnipotentes y, por tanto, autosuficientes. Nietzsche, sin darnos cuenta, triunfa en nosotros, doblamos las rodillas ante el «superhombre». Olvidamos a Jesucristo, que nos abre a la confianza y nos llena de gozo en nuestra pequeñez cuando nos repite: «sin Mí nada podéis hacer» (Jn 15,5).

La fuerza de Dios es como las estrellas. Resplandecen sólo en el silencio de la noche serena. Si hay en nosotros alguna perturbación o nebulosidad, ya no brillan. La poderosa acción divina sólo actúa en la sencillez humilde que «se oculta en su nada y se hace toda a Dios» (San Juan de la Cruz). La conversión del mundo y, por tanto, la puesta en marcha del laicado, sólo Dios puede hacerla, pero quiere contar con nosotros.