miércoles, 2 de mayo de 2012

Don Bosco en el botellón


Portada Estar 268 mayo 2012
Llama mucho la atención que desde edades muy tempranas, ya al inicio de una adolescencia que suele alargarse durante años, un gran número de muchachos y muchachas se inician en el consumo del alcohol y de otras sustancias no precisamente saludables. Salir a partir de las 11 de la noche los fines de semana se ha convertido en una costumbre contra la que muchos padres se declaran impotentes. Las reuniones en parques, jardines o plazas para beber y pasar el rato hasta la madrugada, la facilidad con la que los establecimientos dispensan bebidas a los jóvenes, las altas horas hasta las que permanecen abiertos bares y discotecas viernes y sábados, el regocijo con que se cuenta el lunes la resaca que uno o una lleva encima tras la “empalmada” o el “ciego” del fin de semana… son parte del paisaje habitual. Es aleccionador pasearse por nuestras ciudades a media noche un viernes o un sábado, y ver a nuestros jóvenes, ellos y ellas…

Pero también lo es que en muchos casos el horizonte de nuestros jóvenes se ha acortado de forma significativa. No se piensa a largo plazo. El criterio suele ser el del bienestar y la inmediatez: disfrutar, no sufrir, ver satisfechos mis deseos ya, sin dilación. Pero también se palpa por doquier el miedo a pensar a fondo, la incapacidad para asumir compromisos de por vida, la dependencia emocional de estados de ánimo y de estímulos de agrado/desagrado y, cómo no, la tristeza y el vacío existencial de los que se intenta huir una y otra vez.

La desesperanza no proviene sólo de que no abundan las expectativas de trabajo (el trabajo surge de la creatividad, de la constancia, del esfuerzo, del espíritu de sacrificio, de la búsqueda de metas e ideales valiosos…), sino de que faltan fuerzas para afrontar la incertidumbre y la frustración. Es elocuente que uno de los valores hoy en alza sea la “resiliencia”, la resistencia a la frustración; se demandan cursos y talleres para adquirir esta “habilidad” o “competencia” (como ahora se llama a las viejas y clásicas virtudes). Es verdad, nuestros jóvenes –y no pocos adultos- anhelan motivos para vivir, motivos para la alegría (esperanza) y recursos para adquirir fortaleza moral. Y también, quizás, desconocen modelos valiosos que imitar y que seguir.

Decía el psiquiatra Viktor Frankl que “quien tiene un para qué, es capaz de encontrar el cómo”. Tal vez las cosas van por ahí. Muchos jóvenes no encuentran motivos (motores, energía ilusionante, modelos y testigos) de vida y de esperanza.

Juan Bosco era un joven sacerdote, quería trabajar y era pobre, pero estaba lleno de Dios, de amor a la vida y de ingenio. Tenía motivos para vivir para dar y repartir. Su director, Don Cafasso, mira a lo lejos y ve nuevos tiempos, nuevos ámbitos de misión y evangelización, y le dice: “-Vaya y mire en derredor”. Quedó turbado: los adolescentes de Turín vagabundeaban por las calles sin trabajo, tristes, dispuestos a todo lo peor. Cuenta su discípulo Don Rúa: “Se tropezó con muchos jóvenes de todas las edades que vagaban por las calles y plazas… jugando, riñendo, blasfemando y haciendo de todo”. Si intentaba acercarse a ellos se alejaban desconfiados y despreciadores. Eran la consecuencia de un mundo que se venía abajo y de otro que empezaba a despuntar…

El joven Don Bosco acude a la cárcel, donde se hacinan montones de jóvenes desgraciados. Se vuelca con ellos, les habla de su dignidad de personas. Pero no siempre consigue vencer el desaliento. Un día, rompe a llorar. “-¿Por qué llora ese cura? –pregunta uno. –Porque nos quiere; también mi madre lo haría –le responde otro.”

Amigo lector: ¿sacamos la moraleja, tú y yo? Como Don Bosco, actuemos.

Una vocación cristiana: la educación

Fernando Martín Herráez

San Juan Bosco es modelo de educadores. La educación no es sólo importante para los que hacen de la enseñanza su profesión, sino que debe serlo para todo cristiano que en su familia, en su trabajo o en la amistad se siente transmisor de los valores humanos y sobrenaturales que encierra el Evangelio.

Nunca se ponderará bastante la importancia de la educación. Es seguramente el arte más sublime: modelar en el corazón de los niños y de los jóvenes -también de los adultos abiertos al perfeccionamiento de su naturaleza humana- el amor al Bien, a la Belleza y a la Verdad. Para Don Bosco, el cincel de esta obra maestra no es otro que el amor. Ya a los 9 años, un sueño iluminó su horizonte de por vida: “No con golpes, sino con dulzura, con amor podrás ganarte a estos muchachos”.

Uno de los virus más terribles de la educación católica actual y que ha inficcionado multitud de centros escolares es la de haber cedido al mercantilismo. Tal vez a la fuerza, obligados por la subsistencia material…, tal tez seducidos por las exigencias del management, han desdibujado su valor más preciado: el ser signo visible del Dios Vivo. Un Dios que es origen y meta perfectiva del proceso de crecimiento en todo ser humano: “Nos hiciste, Señor para Ti…” (San Agustín) El caso es que no difieren sustancialmente de otros centros cuyo proyecto educativo es ajeno a la iniciativa y misión de la Iglesia.

¿Qué es lo que debe añadir la educación católica a la “mera educación”? Por una parte, la afirmación inequívoca de que la vocación humana a la perfección sólo se cumple en la vida virtuosa, cuyo horizonte y sentido último se halla en Dios, y cuyo modelo y cauce no es otro que el seguimiento de Jesucristo, el Maestro. Por otra, un amor apasionado al mundo creado, a las cosas y a las personas, porque son don, signo y rostro de Dios creador.

Pero el modo de ayudar a otros a desarrollar su potencial de humanidad y de virtud pasa necesariamente por el propio maestro, por su actitud, por su riqueza interior, por lo que transmite. En realidad, educar es transmitir vida, llenarla de humanidad, orientarla hacia una plenitud de sentido. Y ello requiere un educador, un maestro de los pies a la cabeza, capaz de ayudar a sus educandos a introducirse lúcida y responsablemente en la realidad.

“¿Qué será de un mundo eminentemente de jóvenes sin nadie que los oriente, educadores que los formen, modelos vivos en quienes puedan ver reflejado un ideal de vida? Sólo cristianos auténticamente formados, educadores sin miedo a exigirse y a exigir, con un fuerte ideal en sus corazones que les empuje en su vida, pueden responder a esta inquietante pregunta”, escribía el siervo de Dios P. Tomás Morales SJ.

San Juan Bosco invitaba a sus colaboradores a educar a través del amor: “amad a vuestros chicos y que ellos se den cuenta de que les queréis”. Y la primera condición del amor es la dedicación. Estar. Estar con ellos por que se les quiere. Pero no para caer en la complacencia, sino para que la presencia transparente un interés real y verdadero por cada uno de los chicos. Que el educando se sienta personal y realmente querido. Es un estar activo, paciente, creativo, exigente, comprensivo, ilusionante, esperanzado y esperanzador.

Cuando, en aquel sueño premonitorio el niño Juan Bosco se preguntaba cómo podría conseguir ganarse amorosamente a aquellos muchachos, el Señor le dijo: “Yo te mostraré la Maestra bajo cuya disciplina podrás ser sabio…” Y Ella puso su mano sobre la cabeza del niño para mostrarle su protección.

Juan Bosco no dejará de repetir a lo largo de su vida: “Confiad en María Auxiliadora y veréis lo que son milagros.”

Quiera el Señor que la visita de Don Bosco a España, a través de ese signo que son sus reliquias, suscite en muchos corazones nobles la vocación cristiana a ser educadores, maestros, profesores… guías de la juventud.

martes, 1 de mayo de 2012

Se hizo todo a todos para ganarlos para Dios

Era un día de 1843: don Bosco había entrado en una barbería. Se acercó el pequeño aprendiz para enjabonarlo.

-¿Cómo te llamas y cuántos años tienes?

-Carletto, y tengo 11 años.

-Estupendo, a ver si me enjabonas bien. ¿Cómo está tu padre?

-Murió. Sólo tengo a mi madre.

-Lo siento mucho… Y ahora, ánimo, como un valiente, toma la navaja y a afeitarme.

-No, reverendo. -Apremió el barbero– El chiquillo aún no sabe. Sólo enjabona.

-Pero algún día tiene que empezar, ¿no? Que empiece conmigo. ¡Ánimo, Carletto!

El niño, temblando como una hoja, afeitó aquella barba… Alguna rascadura, algún corte, pero llegó hasta el fin.

-¡Bravo, Carletto!, sonrió don Bosco. Y ahora que somos amigos, quiero que vengas a verme alguna vez.

El niño empezó a frecuentar el oratorio festivo y se hizo amiguísimo de don Bosco.

Pero un día el sacerdote se lo encontró llorando sin consuelo.

-Ha muerto mi madre, y el barbero me ha despedido. No sé a donde ir.

-Ven conmigo. Ya ves que no soy más que un pobre sacerdote. Pero cuando no tenga nada más que un pedazo de pan, lo partiré a medias contigo.

Carletto estuvo más de cinco años en el oratorio. Era muy alegre y muy vivaz, llegó a ser el presentador obligado de todas las fiestas. Sus ocurrencias causaban risa a todos. Pero cuando hablaba de don Bosco, ya adulto, lloraba diciendo: “-¡Me quería tanto!”.

Cantaba siempre un estribillo que decía: “A los 70 de vida he de llegar, / me lo tiene dicho mi papá Juan”.

Era una de tantas “profecías” que, medio en broma, medio en serio, hacía don Bosco a sus muchachos.

Carlo Gastini murió el 28 de enero de 1902. Tenía 70 años y 1 día.

Adaptado de TERESIO BOSCO:
Don Bosco, una biografía nueva. CCS

Don Bosco, el hombre que sí creyó que Dios le amaba

P. Tomás Morales, S.J.

El hombre que creyó en el amor de Dios para con él. Así se puede resumir su vida. Se dejó mirar por Él, y se abandonó en humildad y confianza. La fe en el amor personal, infinito, efusivo de Dios Padre iluminó su vida. Sólo bajo este cono de luz y fuego resplandece su vida-milagro tejida de prodigios y realidades que parecen leyenda.

"Uno de los hombres que más han trabajado en el mundo", lo presenta Pío XI. Trató personalmente al hombre que canonizó en 1931, y añadía: "El que más ha amado a los niños y jóvenes". Tenía razón. Mamá Margarita le había educado en la exigencia amorosa, en el esfuerzo continuo. Le hizo comprender que "el hombre nace para trabajar, como el ave para volar". En los días de su última enfermedad podía exigir a sus salesianos: "¡Trabajad, trabajad! Dedicaos siempre e incansablemente a salvar almas". Les había precedido con el ejemplo. El amor jamás está ocioso, decía santa Teresa. Bosco vivió con intensidad esta consigna. Dios le había dado un corazón dilatado como los arenales a las orillas del mar para buscar las almas y servir a sólo Dios.

Quiere consagrarse a Dios. Consulta a su madre. Ella le dice: "Elige lo que sea voluntad de Dios, pero lo primero es salvar tu alma. No quiero ni espero nada de ti. He nacido en la pobreza y quiero morir en ella. Si te haces sacerdote y llegas a ser rico, nunca pondría los pies en tu casa. No te iré a ver nunca". Hay madres con vocación sacerdotal que saben transmitirla a sus hijos. Margarita es una. Juan decide hacerse sacerdote y será padre de religiosos, ellos y ellas, mirando a María Auxiliadora. No se deja esclavizar por la ideología reinante. Sabe que la moda es "la gran fascinadora y fabricadora de gregarios" (Pablo VI). Políticos o eclesiásticos cándidos, manipulados por la masonería, se dejan atrapar. Entre Roma y Turín, la lanzadera de los carbonarios va tejiendo la cuerda que pretende ahogar al último Papa por la mano del último Rey. Es el drama confuso del "Risorgimento".

Su genio rasga por encima de apariencias la realidad sangrante. La austera educación materna, su clara comprensión, su energía de voluntad y sobre todo su vida interior, le permiten pensar con la cabeza y no con la imaginación o el sentimiento. Sabe rechazar al mismo tiempo "la fácil condescendencia con el conformismo ideológico y práctico de la cultura ambiente, y la cobarde sugerencia de que para ser moderno hay que comportarse como los demás" (Pablo VI).

En Turín conoce y trata a los más implacables enemigos del Pontificado. Ellos le tenderán el lazo como a otros eclesiásticos. Con bandera de patriotismo y democracia, intentarán enrolarlo. No lo conseguirán. Es todo un carácter que une la candidez de la paloma a la prudencia de la serpiente. Sabe que el programa de las sociedades secretas, además de la democracia popular o unidad italiana, oculta mercancía de contrabando.

Cavour, admirado, le pregunta un día: "¿Cómo se las arregla usted para enseñar a sus colaboradores a educar? -Muy sencillo -responde-. Los echo al agua, y así aprenden a nadar". Educador nato, increíble agilidad y fuerza física, gran inteligencia y más sentido común, voluntad santamente arrebatadora y el don supremo, humildad y sencillez de niño que "no pretende grandezas que superan a su capacidad, sino que acalla sus deseos como niño en brazos de su madre" (Sal 131).

Confianza y abandono es la clave de su vida. La fe inquebrantable en el amor que Dios Padre le tiene, le lleva al abandono en sinsabores y persecuciones, dolores y sufrimientos, alegrías y gozos. El mismo siempre, con sonrisa apacible y conquistadora. Nada le inquieta.

Alguien ha comparado a S. Juan Bosco con S. Benito. Media un abismo de siglos. Un oculto y misterioso lazo los une, no sólo en lo sobrenatural y divino, sino en lo humano y natural. Campeones ambos del humanismo cristiano, frente al ateo que mutila y mata al hombre a quien pretende divinizar.

Igual comprensión de la naturaleza humana. Idéntica idea paternal de la autoridad, el mismo respeto a la persona y amor al trabajo. Perspicaz sentido práctico, ingénita rectitud y justicia, talento organizador y energía en el arte de conducir a los hombres, brillan en ambos.

Son las admirables virtudes de los viejos etruscos que hicieron grande a Roma. Sublimadas por el cristianismo, serían pilares para edificar, sobre las ruinas del Imperio, la naciente civilización occidental destinada un día a dominar toda la tierra. Estas virtudes hicieron a Benito de Nursia padre y educador del monacato occidental. Las mismas resplandecen en Bosco. Enaltecidas por la Auxiliadora Virgen María, lo convierten en "hostia salvadora que ama a Dios en todo, viviendo sólo para alabanza de Su gloria".

Teresita es la santa más grande de los tiempos modernos (S. Pío X) Juan Bosco es quizá el santo más grande, y desde luego, el más representativo de los santos modernos.

En un siglo de inquietud existencial, actividad febril, técnica que avanza, él lo sobrenaturaliza todo. Despliega una actividad inaudita, a lo Bolívar o Napoleón, pero diviniza todo lo que toca. En un mundo secularizado, enarbola bandera de consagración a Dios de todas las actividades profanas. Pionero, preconiza la consecratio mundi que Pío XII señalará como meta a todos los bautizados.

Hora de los Laicos

María y la vida consagrada


Por Santiago Arellano Hernández

MARÍA CAUSA Y RAZÓN
DE NUESTRA VIDA
A Fernando Martín,
a quien tanto ama la Virgen


No tendrían las rosas su perfume
Ni esplendor el rocío ni la estrella
No alentaría el valle su querella
Por la luz que en la cumbre se resume.

Difícilmente el mar, que en sí presume
De hondura sosegada y ola bella,
Plasmaría en la arena, como huella
Retumbante, el soñar que nos consume.

No podría la aurora entusiasmarte
Ni extasiarte en el arte y sus delirios
Ni asir la espina ni, al sangrar, gozarte

Si no dijera tu ángel, como un padre:
“Que María sostiene tus martirios
Y que está junto a ti como tu madre.”

Hace ya algún tiempo, un amigo común, le dedicó este poema a Fernando Martín, Mayor de los Cruzados de Santa María. Lo vi expuesto en el tablón de anuncios de la residencia de la calle Lisboa y al conocer los avatares que unos más que otros, hemos y estamos atravesando desde hace algún tiempo, lo he recordado. Me ha parecido oportuno presentarlo en la página dedicada a María y a la vida consagrada en este mes de mayo. Estoy seguro de que a ninguno de los dos les va a importar que se lo dedique en estos momentos a los hijos espirituales del Siervo de Dios Padre Tomás Morales, ahora que en carne viva han comprobado lo que es reinscribir sobre sus pechos llagados la cruz de Cristo, condición inexcusable de su autenticidad de Cruzados.

Hemos escuchado siempre que la consagración de María para ser la Madre de Dios la convirtió en la llena de gracia, en la purísima desde su concepción, y en la suma de cualidades que enumeramos en las letanías lauretanas, a cual más bella y consoladora. No menos cierto es que ello supuso la espada que atravesaría su corazón hasta convertirla en Dolorosa, en la esclava del Señor, hasta el extremo de poder decir que el Hijo era un retrato pasmoso de la Madre; y la Madre, una imagen viva de su Hijo. Esta verdad de la similitud es imagen primera de la serie innumerable formada por los que aspiran a ser discípulos de Cristo, por todos los bautizados. Con cuánta más razón por aquellos que han sido llamados por el mismo Señor a la vida consagrada, para hacer de su vida una referente ejemplar al servicio del pueblo de Dios, con la palabra, con la oración, con el silencio, con la acción y con la pasión y de esta manera hacerse unos con el Señor.

El descendimiento de Roger van Derweiden (Museo del Prado)
Si el poema nos recuerda que el cobijo maternal de María permite seguir gozando de la belleza de la cotidianidad, aún en medio de sufrimientos martiriales o espirituales, os he elegido el prodigio de El descendimiento de Roger Van Derweiden, que podemos admirar en el Museo del Prado, porque representa la consagración de María a su Hijo, hasta hacerse semejante a él. El padecimiento espiritual (místico) de María ante el drama de la pasión y muerte de Jesús, solo podía expresarse con el paralelismo de dos cuerpos, uno muerto físicamente; el de María, espiritualmente. Luego vendrán los gozos y reconocimientos de la Reina y Señora y Madre Virginal e Inmaculada y Asunta al cielo. Pero en vida, tenía que ser descendida a su modo también de la Cruz. Es un cuadro para mucho mirar y mucho pensar.

He aquí un asombroso ejemplo de cómo desde que Pilato presenta el Ecce Homo al mundo, la historia del arte y de la vida amplía sus caminos. Cómo puede ser bello, más aún, sublime tanto dolor. Las lágrimas de sus amigos no son suficientes para expresar el misterio de la Dolorosa ni tan siquiera las suyas. Al pie de la Cruz de manera incruenta María ha sido crucificada. Como su hijo, ella también necesitaba que la bajaran de la Cruz. No hay dolor más grande. El genio lo vio y nos señaló ruta y camino.