lunes, 2 de abril de 2012

El materialismo, ¿excusa para no cambiar de vida?

Portada Estar 267 abril 2012
Nuestro tema de portada no es nada rebuscado. Se trata de la cuestión más decisiva -y para muchos también la más apasionante- de cuantas en estos momentos ocupan a la vanguardia científica. Y en ella se pone en tela de juicio y en riesgo -una vez más- la comprensión del hombre y de lo humano.

Es la forma en que reaparece el sempiterno problema de la existencia de un alma espiritual y de las relaciones de ésta con el cuerpo. No faltan a nuestro alrededor los investigadores y los divulgadores -qué difícil es divulgar sin vulgarizar- que vienen a decir que el alma es un viejo y trasnochado concepto que ha sido desplazado por las investigaciones acerca del cerebro. Que el alma “está” en el cerebro… Que, en el fondo, el ser humano no es más que un ser biológico y que el espíritu es a fin de cuentas sólo una patraña.

Es evidente que si el comportamiento humano es sólo el resultado de la interacción de las neuronas ante los estímulos que llegan del entorno, la responsabilidad moral no existe. Y tampoco el amor oblativo, o las decisiones libres, o la creatividad estética… para no hablar de una dignidad inviolable en el ser humano. Su comportamiento vendría determinado por los elementos genéticos y biológicos. La verdad y el bien, de ser algo, serían relativos, y no habría exigencias para cambiar de vida.

Ni siquiera podría aceptarse un “yo” en sentido propio, una subjetividad personal, “alguien” que fuera el protagonista de su vida, responsable del contenido y de la orientación de ésta. Claro es que, entonces, tampoco la ciencia sería posible, ya que la ciencia dista mucho de ser un mecanismo biológico. Las posturas materialistas implican el absurdo intento de querer probar la no existencia del espíritu, porque sólo un ser pensante -es decir, espiritual- puede ponerse a “demostrar” que no existe algo, en este caso lo espiritual.

Pero el materialismo no es una tesis científica. Según el neurólogo y premio Nobel John Eccles, es una superstición. El análisis de los datos científicos y el ejercicio riguroso de la investigación racional nos lleva a aceptar que hay conocimiento más allá de la ciencia y que hay realidades que la trascienden. Quien mira solamente una de las secciones de un cilindro verá un círculo o un rectángulo, no un cilindro. Algo parecido sucede con las concepciones del ser humano que lo reducen a uno de sus aspectos parciales: toman la parte por el todo y pierden de vista lo esencial y nuclear del hombre.

El estudio sereno de los datos lleva a reconocer la presencia de una singularidad extraordinaria en el ser humano, poseedora de un gran valor, de una dignidad. No es un artículo de fe que la Iglesia proponga con la autoridad del Evangelio, sino una evidencia racional corroborada por la revelación divina.

El hombre está dotado de inteligencia y voluntad libre, y además de realidad material. Posee simultánea e inescindiblemente una dimensión espiritual y una dimensión corpórea. Somos espíritu, alma y cuerpo. Somos parte de este mundo, ligados a las posibilidades y a los límites de la condición material; y al mismo tiempo estamos abiertos a un horizonte infinito.

Algunas personas dicen creer en la existencia de un alma espiritual, pero a la hora de razonar dudan o la niegan. Su fe va por un lado y su razón por otro. E incluso un enunciado sin fundamento hace tambalear su fe. Por ello, y porque hemos recibido la razón para dar gloria a Dios, honrar al ser humano y colaborar en la creación del mundo, es preciso formarse y ahondar acerca de las grandes cuestiones de la vida.

domingo, 1 de abril de 2012

Mente y alma

Por Santiago Arellano Hernández

La conmemoración, en este abril, de la muerte del Señor, pone en mis labios la frase con que Cristo terminó su ciclo vital: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Su cuerpo se quedó en el sepulcro hasta el domingo de su resurrección. Pero su espíritu lo puso en manos de su Padre y según proclamamos en el símbolo de nuestra fe, descendió a los infiernos.

Todos los seres humanos poseemos un alma que da consistencia a nuestra identidad y que nos permite tomar conciencia de nuestro ser, como entidad diferenciada, no sólo de las cosas sino de todos los seres y en especial de los seres personales. Que existe una sutil sutura entre el cuerpo y el espíritu, que el alma manifiesta sus movimientos a través del cuerpo o si se prefiere, que la mente actúa mediante el asombroso mundo neuronal de nuestro cerebro, de eso estamos hablando cuando nos denominamos “persona”, ser fronterizo entre una realidad corporal, material y animal y un espíritu, un alma que subsiste al separarse del cuerpo con ocasión de la muerte pero que anhelará la resurrección de la carne, para recomponer la identidad personal.

Los descubrimientos que la investigación médica esta ofreciéndonos en nuestros días sobre el cerebro son un bien inmenso en el cumplimiento del primer mandato de Dios a los hombres, “dominad la tierra”; pero el alma inmortal no quedará ahormada ni reducida a la maravilla del medio que utiliza para manifestarse. Lo sabemos por fe: el alma ha sido directamente creada por Dios y unida a un cuerpo. Como definía Quevedo al hombre: “Espíritu en miserias anudado” o si se prefiere “anhela duración tierra animada”

Jorge Manrique en su maravilloso poema de las Coplas a la muerte de su padre en su afán de desvelar las claves de nuestra existencia engañosa no duda en proponernos el “buen tino” para cuidar nuestra alma con no menor esfuerzo que el que dedicamos a nuestro rostro corporal. No se anda en vacilaciones ni en disquisiciones estériles. Va directamente al grano:


Si fuese en nuestro poder
hacer la cara hermosa
corporal,
como podemos hacer
el alma tan glorïosa,
angelical,
¡qué diligencia tan viva
tuviéramos toda hora,
y tan presta,
en componer la cativa,
dejándonos la señora
descompuesta!
En El retrato de Dorian Gray, Wilde nos ofrece este significativo diálogo entre Dorian y el perverso Lord Harry, (qué funesto profesor era):

“-Se me ocurrió decirle al profeta que el Arte sí tiene un alma, pero no el ser humano. Mucho me temo, de todos modos, que no me hubiera entendido.

-No digas eso, Harry. El alma es una terrible realidad. Se puede comprar y vender, y hasta hacer trueques con ella. Se la puede envenenar o alcanzar la perfección. Todos y cada uno de nosotros tenemos un alma. Lo sé muy bien.

-¿Estás seguro, Dorian?

-Completamente seguro.”
Lo asegura quien hizo un pacto con el cielo: Dorian permanecería eternamente joven; la imagen del cuadro, su retrato, envejecería. Pero el cuadro no reproduce el natural envejecimiento de un hombre; sino el estado de un alma que ha transgredido todo límite moral. Dorian sabe perfectamente que el alma, unida al cuerpo, registra y guía las decisiones de su vida, para bien y para mal. La literatura y el arte están repletas de testimonios semejantes.

Ningún cuadro más aleccionador del alma que la representación que de ella hace el Greco en El entierro del Conde de Orgaz. Mientras el cuerpo está siendo enterrado tan solemne y prodigiosamente, su alma asciende al cielo. Como si de un niño que vuelve a nacer, atraviesa el alma, convertida en un muñeco vaporoso, un espacio estrecho que le permite llegar en esta ocasión al cielo. Le esperan María y San Miguel y arriba La Santísima Trinidad.

No es fácil, obviamente, representar el alma. Una de las maneras más antiguas es presentarla en la encrucijada entre la virtud y el vicio. Hércules en la disyuntiva eterna. Os ofrezco un cuadro más amable. José Antolinez, un pintor barroco de temática religiosa y mitológica. Un niño desde tan tempranos años representa al alma que tiene que elegir entre el vicio y la virtud. Otro día hablaremos de ello.

El diálogo ciencia y fe, tarea de los laicos

Fernando Martín Herráez

El pasado mes de octubre se publicaba la Carta Apostólica en forma de Motu proprio Porta Fidei, con la que Benedicto XVI instituye el “Año de la Fe”.

Lo presenta con una motivación que nos debería hacer reflexionar:

“Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud ». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”. (nº 2).
Me gustaría subrayar lo que dice el Papa al final de la cita: Ya no existe un tejido cultural unitario. No existe un contexto de fe compartido, ni tampoco podemos dar por supuesto que compartimos unos valores y unos conceptos que tienen una base cristiana. Estamos en un mundo que de nuevo tiene que ser evangelizado.

El documento subraya este cambio, del cual nos cuesta ser conscientes, quizás por eso la insistencia del Papa. Y toca un punto que es uno de los campos que corresponde especialmente al trabajo de los laicos cristianos en el mundo: el de las relaciones entre ciencia y fe.

“En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad”. (nº 12)
Esta tarea de mostrar la complementariedad entre ciencia y fe debemos hacerla propia como laicos cristianos. No podemos pensar que tiene que ser la Iglesia en general o sus pastores los que tienen que iluminar este tema u otros parecidos. La tarea evangelizadora en este campo nos corresponde especialmente a los laicos. No podemos eludir determinadas zonas de este mundo que resultan más extrañas a la fe y a la vida cristiana: la economía, el trabajo, la política, la cultura, la ciencia, entre otras.

¿Qué podemos hacer? Se me ocurren unas cuantas cosas como sugerencias. Promover el diálogo ciencia-fe por medio de congresos, encuentros, publicaciones. Como científicos y profesionales no cansarnos de testimoniar con sencillez nuestra fe, para mostrar que es posible esa conciliación. Y dedicar tiempo a leer y formarnos en estos aspectos, para poder dar siempre razón de nuestra fe.

Mente y cerebro: preguntamos por el hombre

Por Jesús Luis Hurtado

Santiago Ramón y Cajal es considerado generalmente como el iniciador de la neurociencia moderna, al haber mostrado con claridad la morfología del sistema nervioso y los procesos conectivos de las neuronas. Desde finales del siglo XIX, y en especial en las últimas décadas, los trabajos sobre el cerebro han experimentado un progresivo y espectacular avance, se han desarrollado técnicas de neuroimagen que permite conocer mejor su anatomía y su funcionamiento, y los avances científicos acerca de la estructura y el funcionamiento del sistema nervioso han puesto de manifiesto el papel rector que el cerebro ejerce sobre el resto del organismo.

Sabemos muy bien que todas las funciones orgánicas están reguladas por el cerebro y que hay un permanente flujo de información entre los órganos corporales y éste.

Se han ido conociendo las localizaciones cerebrales de determinadas funciones sensoriales y motoras, así como de otras funciones superiores, y se ha distinguido el papel de los dos hemisferios. Por otra parte, aunque ciertas funciones de la mente están localizadas en determinadas zonas, el cerebro se comporta como un todo unificado. También se habla de diferencias significativas entre el cerebro femenino y el masculino…

Al mismo tiempo los descubrimientos delatan lo mucho que queda por conocer en torno al cerebro humano, y han servido para replantear el problema clásico de la relación entre el cuerpo y el alma en términos de la relación entre el cerebro (centro que recibe los estímulos del medio, los integra y da origen a las respuestas correspondientes), y la mente (núcleo subjetivo de los procesos de recepción y procesamiento de información y de la ejecución o inhibición de las respuestas… y tal vez algo más, en cuanto ápice de la conciencia y la libertad).

La estructura del problema, sin embargo, sigue siendo básicamente la misma: ¿Cómo explicarnos que existe una sutil pero evidente “sutura” entre el cuerpo y el espíritu? ¿Son los procesos mentales distintos o idénticos a los procesos cerebrales? Si son idénticos, ¿cómo los procesos cerebrales producen los procesos mentales? Si mente y cerebro son realidades distintas, ¿cómo interactúan entre sí? ¿Tiene el corazón sus “razones” que la razón no comprende, como decía Pascal?

LAS NEUROCIENCIAS

Las ciencias que estudian el sistema nervioso en su conjunto y el cerebro en particular resultan cada vez más influyentes en la configuración de la imagen contemporánea del hombre. Reflexionan sobre las bases biológicas de la conducta. Su gran mérito consiste en integrar diversas disciplinas en torno al estudio del sistema nervioso.

Gracias a este empeño integrador, han adquirido relevancia para la biología aspectos decisivos de la condición humana como la conciencia, la subjetividad, la libertad, etc., que habían quedado marginados porque resultaban inaccesibles para el método científico. Y se vuelven a plantear las sempiternas preguntas, abiertas a otros ámbitos del saber.

Al investigar el cerebro y los fenómenos más íntimos de la persona (pensamientos, decisiones, emociones, valoraciones, etc.), las neurociencias tocan lo más esencial del ser humano, su dimensión de identidad libre y espiritual. Es decir, no se trata ya de cuestiones de mero análisis acerca de lo que motiva el comportamiento humano, el carácter y el pensamiento de la persona humana, sino de la misma definición de ésta.

Esta definición ya no se refiere sólo a un individuo perteneciente a una especie, sino que expresa lo propio de la subjetividad personal, lo más nuclear de la realidad humana. Cada uno de los seres humanos es un “yo”, y esto nos lleva a concebir un sujeto único e irrepetible, de naturaleza racional, llamado a llenar su vida de sentido mediante el desarrollo responsable y comunicativo de su libertad, recibiendo y aportando. Se aprecia con ello que el ser humano no es sólo biología, sino que es también “biografía”, protagonista responsable de una historia, vivida inequívocamente en primera persona.

EL CEREBRO

El cerebro es la parte más importante del sistema nervioso, es un órgano de gran complejidad que constituye el centro de este sistema. La mayor parte corresponde a la corteza cerebral, una capa de tejido neuronal plegado cuya superficie recuerda la fisonomía de una nuez pelada. El sistema nervioso central se encarga de la detección de estímulos sensoriales, la transmisión de informaciones y la coordinación general. Regula la relación entre el cuerpo y el exterior, dirige el funcionamiento de todos los órganos del cuerpo. Las células nerviosas -las neuronas- están especializadas en transmitir los impulsos nerviosos.

Se ha estimado que el cerebro humano contiene unos cien mil millones de neuronas, de las cuales cerca de diez mil millones son células corticales. Estas células transmiten información a través de hasta mil billones de conexiones entre neuronas, las llamadas sinapsis.

El cerebro controla y regula las acciones y reacciones del cuerpo. Recibe continuamente información sensorial, analiza estos datos y luego responde, controlando las acciones y funciones corporales.

La Neurobiología concibe el sistema nervioso como un complejo conjunto de células capaces de mediar entre un estímulo del medio ambiente y la respuesta motora del organismo: algo así como el mecanismo que hace sonar un timbre cuando se pulsa un botón.

Pero existen también en el ser humano comportamientos originales, imprevisibles, que no responden como reacciones prefijadas ante ciertos estímulos. Se trata de respuestas “auto-determinadas” por el propio sujeto humano, no explicables al modo de un mecanismo. Aludimos aquí al hecho misterioso de la libertad, a la creatividad, a la capacidad oblativa, a la experiencia estética y religiosa, y a la responsabilidad.

HAY ALGO MÁS

Es obvio que el ser humano puede tomar conciencia de sí mismo, se autopercibe como ‘algo más’ que un mero organismo vivo, es decir, como ‘alguien’: como un ser que trasciende el orden biológico y puede dirigirlo de acuerdo con propósitos que él mismo decide.

Esta conciencia de sí mismo pone de relieve la identidad personal que constituye a cada ser humano, y hace posible una conducta coherente. Porque sin la conciencia de la propia identidad, la conducta humana se descompondría en un conjunto de actos inconexos e irresponsables. Sus actos autoconscientes son los que le liberan de su servidumbre al medio externo y le sitúan en el mundo según su propia elección.

El pensamiento y la conciencia subjetiva no se pueden explicar en términos biológicos, pues aparecen como algo no deducible de la relación entre el cerebro y los estímulos del medio circundante o del resto del organismo.

Recuerda José Ramón Ayllón que el esquema bioquímico causa-efecto (el mecanismo del “botón” al que arriba aludíamos) permite explicar procesos como el sueño, el cansancio, el crecimiento y muchos otros. Pero es muy discutible que sea una explicación suficiente para comprender la conducta humana: “¿Fueron las neuronas de Einstein las que decidieron estudiar Física y proponer la teoría de la relatividad? ¿Pintaron las neuronas de Miguel Ángel la Capilla Sixtina?... Si la conducta de Hitler fue exclusivamente consecuencia de su actividad neuronal, los judíos no tienen motivos para odiarle. ¿Se concede el Nobel a una persona con méritos o a sus meritorias neuronas? ¿Están llenas las cárceles de neuronas asesinas y ladronas?...” (J.R. Ayllon: En torno al hombre).

Si queremos comprender de verdad lo más característico del hombre, lo más profundamente humano, habrá que ir más allá de las neuronas y de la biología, y afrontar hechos como la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de libertad, la nostalgia de lo bello, la pregunta por el más allá de esta vida, la voz de la conciencia, el amor oblativo y tantas otras cuestiones en las que se juega el contenido y el sentido de nuestra vida.

LA CUESTIÓN DEL ALMA HUMANA

El cerebro ni es el yo, ni –como algunos pretenden– hace innecesaria la existencia del alma. Cuando yo pienso en mí mismo y me reconozco, soy yo, no mi cerebro, quien tiene conciencia de sí mismo. El cerebro no se conoce a sí mismo; es el sujeto humano, el científico o el médico por ejemplo, el que va conociendo poco a poco la morfología y el funcionamiento del cerebro, sabe cómo funcionan los neurotramisores, identifica las zonas de la corteza cerebral donde se localizan determinadas funciones sensibles, etc. El sujeto humano se conoce “en primera persona”, de forma íntima y subjetiva; el cerebro es conocido por los estudiosos “en tercera persona”, como “objeto”. El yo, eso sí, se puede expresar a través de ciertas operaciones que el cerebro dinamiza: el lenguaje, gestos, movimientos, etc.

El materialismo es un prejuicio. A este respecto, autores como Eduardo Punset, entre nosotros, no ayudan precisamente a comprender qué es lo propio y específico del ser y de la naturaleza humana (Cfr. la reseña crítica de J. Arana a Punset en: http://www.unav.es/cryf/viaje punset.html). Hay una corriente de autores e investigadores que pretenden apoyar se en los datos y el método de las ciencias, pero sus conclusiones exceden a las premisas que manejan con el pertinente rigor, y se “salen de la ciencia”, acudiendo en muchos casos a explicaciones (filosóficas) deplorables. El materialismo es una filosofía torpe, porque es reduccionista. Volveremos luego sobre este punto.

Los procesos mentales no son el espíritu humano. El alma humana –vayamos poco a poco sobre este punto– es una energía o principio integrador que se sirve de los procesos bioquímicos y mentales, y a la vez es más que la suma de estos procesos.

Quizás el término ‘alma’ se puede interpretar de manera inadecuada pero, desde hace miles de años, nos referimos con él a una dimensión nuclear del ser humano, su dimensión íntima, a la vez vital y espiritual. Es una dimensión que trasciende lo biológico a la vez que lo incluye, pero que nos permite entender que el ser humano es alguien y no simplemente algo.

Es verdad que esto escapa a los métodos de la ciencia experimental, pero es coherente con sus resultados, así como con las grandes evidencias que muestran que el ser humano tiene conciencia de su propia singularidad, es capaz de tomar decisiones por sí mismo en función del bien y no sólo de sus necesidades, contrariando incluso sus tendencias biológicas y emocionales; es protagonista de una vida que incluye el lenguaje articulado y significativo, la ciencia, el arte y el ansia de belleza, la ética y la responsabilidad moral, el derecho, los conceptos universales, el perdón, la necesidad de sentido, la tecnología, la invención, la cultura en general…

Karl Popper divide la realidad en tres mundos –uno: el físico, dos: el mental, y tres: el de los productos de la mente–, y explica que estos mundos son reales y por ello actúan unos sobre otros. Por ejemplo: el mundo tres actuó sobre el uno cuando la teoría científica de la desintegración del átomo derivó en la destrucción de Hirosima. Los «objetos » del mundo tres -conceptos matemáticos, jurídicos, ideológicos- son inmateriales, pero bien reales; pertenecen a un misterioso yo personal que actúa sobre el mundo uno. Misterioso, pero real. Muchos neurobiólogos piensan que el yo es un fantasma, una superstición filosófica en la que no podemos caer. Después son ellos mismos los primeros en contradecirse cuando afirman constantemente: “yo pienso”, “yo propongo”, “yo quiero”...

Es perfectamente congruente con los datos que maneja la neurociencia y las demás disciplinas científicas la existencia en el ser humano de una energía subsistente, núcleo vital o principio que rebasa lo físico-químico-biológico, por la que nos descubrimos como sujetos protagonistas de nuestra propia vida y de sus peripecias, incluyendo también los procesos biológicos hasta el punto de poder afirmar que también “mi cuerpo soy yo”.

El sujeto humano, la persona, tiene un modo constitutivo de ser, una naturaleza corpóreo- espiritual, a la vez materia y alma humana (espíritu), en la que lo racional-espiritual es lo específicamente humano, si bien hay una dimensión biológica que nos emparenta con los demás seres vivos. Sí, también somos animales (conocemos a través de los sentidos, tenemos memoria y sentimientos) y hay en nuestra vida una dimensión vegetativa (nutrición, crecimiento, reproducción, autoorganización). Pero como ya decía el viejo Aristóteles, nuestra naturaleza se distingue de otras porque somos animales racionales.

El hombre no es ni sólo cuerpo ni sólo alma. Es todo entero y al mismo tiempo lo uno y lo otro, alma y cuerpo. Pero nuestra alma rebasa la estructuración y animación biológica corporal, como lo demuestran las operaciones espirituales (inmateriales) que realiza, las propias de la inteligencia comprensiva y de la voluntad libre, por lo que puede decirse que es una realidad “trans-biológica”, capaz de subsistir tras la muerte biológica. Subsiste, sí, pero sin el cuerpo no está completa. Más lejos no puede llegar la reflexión natural, por falta de datos concernientes al más allá… Pero precisamente aquí tiene algo que decir la fe cristiana, mediante el dogma de la resurrección de la carne.

LA VISIÓN CRISTIANA

Sin contradicción alguna con los datos válidos de la ciencia, aunque desde un punto de vista complementario, la doctrina católica afirma que la persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual (Cfr. Gn. 2, 7). A menudo, el término ‘alma’ designa en la Sagrada Escritura la vida humana (cf. Mt 16,25) o toda la persona humana (cf. Hch 2,41). Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre (cf. Mt 26,38) y de más valor en él (cf. Mt 10,28), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: "alma" significa el principio espiritual en el hombre.

Para la fe cristiana, el cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual: «Uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador. Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día» (C. Vaticano II, Gaudium et Spes 14,1).

La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza. (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 362 y ss.)

CIENTIFICISMO Y REDUCCIONISMO

Pretender que sólo la neurociencia puede ofrecer una visión cabal del hombre nos pone ante un serio reduccionismo: Que el ser humano “no es más que” biología, un organismo evolucionado y más complejo, no diferente en el fondo del resto de los animales. Pero eso dejaría sin explicación las evidencias de la subjetividad y espiritualidad del ser humano.

Para evitar este tipo de reduccionismos se impone la apertura a otros acercamientos serios al estudio y conocimiento del ser humano, con el fin de comprenderlo mejor. Esto implica, entre otras cosas, un rico diálogo interdisciplinar y una visión integradora.

Pero un diálogo interdisciplinar sólo es posible cuando quienes se proponen dialogar admiten la competencia del interlocutor.

La filosofía reconoce el ámbito autónomo y válido de las ciencias experimentales, aunque no siempre se ha interesado como debiera por sus resultados. Por su parte, la ciencia moderna tiende a negar validez a cualquier saber no empírico-material. Y así como suele decirse que dos no pelean si uno no quiere, tampoco dos dialogan si uno no quiere. O los dos.

Las neurociencias poseen hoy un prestigio auténticamente deslumbrante pero a menudo los investigadores no ven necesidad de un diálogo con otras áreas del saber. Brotan por doquier las grandes preguntas, no sólo sobre el ser humano sino también sobre la naturaleza misma de la ciencia experimental.

Así, entre éstas últimas, se pueden mencionar por ejemplo: ¿qué ciencias pueden y deben entrar en diálogo?, ¿sólo las ciencias experimentales entre sí o también otras formas de saber (como la filosofía, la psicología e incluso la teología) que en otro tiempo y sentido fueron consideradas asimismo como ciencias?; en el fondo, ¿a qué llamamos ciencia?, ¿qué significa saber?, ¿qué tipos de experiencia podemos considerar como fuente de saber, sólo la empírica de laboratorio o además otras?, ¿hasta qué punto es fiable, e incluso más segura, la intuición común que la demostración experimental?, ¿son dos modos de conocimiento realmente excluyentes o cabe a su vez una relación que favorezca la cooperación de los distintos modos del conocimiento?...

Todo esto podría parecer una discusión simplemente académica o de matiz, pero está en juego cómo comprender la racionalidad y cómo tratar el objeto de la neurociencia y de las ciencias humanas: a saber, el hombre, la persona. Como botón de muestra, dentro del campo de la psiquiatría (donde son insoslayables los dramas vitales y existenciales), piénsese en el progresivo abandono de la psicoterapia en favor de la psicofarmacología, que supone considerar a la persona cada vez más como puro ser biológico que como persona capaz, cognitiva y emotivamente, de dirigirse por un sentido de la vida.

El hombre y la civilización necesitan una concepción unitaria y orgánica del saber. Éste es uno de los cometidos que el pensamiento deberá afrontar a lo largo del futuro inmediato. El aspecto sectorial del saber –la tremenda especialización que se viene produciendo en el ámbito de las ciencias y de sus aplicaciones-, en la medida en que comporta un acercamiento parcial a la verdad con la consiguiente fragmentación del sentido, dificulta acceder a la unidad interior del ser humano y fomenta la tentación de absolutizar de forma incorrecta sólo determinadas parcelas del conocimiento en detrimento de las demás, con lo cual la visión de la realidad y de lo humano será inevitablemente sesgada, y las decisiones que se tomen al respecto seguramente serán poco congruentes con la dignidad del ser humano en su integridad.

Observa a este respecto Benedicto XVI: “Hay un nivel más elevado que necesariamente supera todas las predicciones científicas… La libertad, como la razón, es una parte preciosa de la imagen de Dios dentro de nosotros, y nunca podrá quedar reducida a un análisis determinista. Su trascendencia con respecto al mundo material tiene que ser reconocida y respetada, pues es un signo de nuestra identidad humana.” (A la Academia pontificia de las ciencias, 6-11-2006).

Educación de la interioridad

Por Abilio de Gregorio

He de aceptar que tengo una actitud de prevención hipercrítica ante las cuestiones que se ponen de moda en el campo del pensamiento y, especialmente en el ámbito de la educación, simplemente por ser moda, pues suele acontecer que, cuando todos piensan igual, todos piensan poco, o se trata de pensamiento blando y acomodaticio. Algo de esto me sucede con el tema últimamente recurrente en ciertos ámbitos de la escuela cristiana: el de “educación de la interioridad”.

Ciertamente, sería impertinente, hoy más que nunca, poner en duda la necesidad del cultivo de la interioridad en un mundo que parecería estar organizado para centrifugar a las personas. Un mundo que vive en la antinomia de la interioridad, (que no es propiamente la exterioridad, sino la superficialidad, la banalidad o la trivialidad).

Pero, en rigor, si nos limitáramos al cultivo de la interioridad –lo cual ya sería un alarde pedagógico en medio de la “sociedad del espectáculo”, (Guy Debord 1967)-, no habríamos sido capaces de pasar del atrio de los gentiles de una antropología cristiana. Hasta ahí no haríamos sino desarrollar esa condición humana definida por el pensador alemán H. Plessner como la propia de un ser “excéntrico”. Con esta descripción el antropólogo teutón caracteriza la facultad que tiene el hombre para adoptar una actitud de distanciamiento introspectivo respecto de sí mismo: la facultad de autorreflexión, de autotrascendencia, que es, a la vez el fundamento de la facultad humana de tomar distancia ante las cosas y ante el propio yo y, por lo tanto, de objetividad ante la realidad circundante, incluyendo el sí mismo.

El cultivo, pues, de la interioridad, muy recomendable y plausible, podría no pasar de cultivo necesario de una facultad sustancial de la condición humana, pero podría mantener al hombre en la mera inmanencia, en una interioridad intrascendente: no garantiza que dicho cultivo conduzca al encuentro personal con Dios, objetivo final de toda educación cristiana. Ese itinerario por los adentros del yo es condición necesaria para el encuentro, pero no suficiente. Es, preciso, pues, tener la cautela de que el cultivo de la interioridad no derive en solipsismo, en encapsulamiento en la propia subjetividad, o en complaciente narcisismo al modo del banal culturista que se coloca frente al espejo para admirar los músculos que ha logrado esculpir en el ensimismamiento del gimnasio.

Esta es la diferencia entre el cultivo interior de determinadas instancias esotéricas orientalistas y la que propone el cristianismo: mientras aquellas van conduciendo al monólogo consigo mismos, al autodominio, en el cristianismo el cultivo de la interioridad se dirige al encuentro personal con Dios hasta el abandono en su Voluntad. La educación de la interioridad no puede quedar reducida a una suerte de ethos terapéutico del tenor de la literatura hoy en moda de los manuales de autoayuda.

Martin Buber en su ensayo titulado Eclipse de Dios, viene a afirmar que Dios no ha dejado de existir para el hombre actual, sino que está eclipsado por una serie de ídolos interpuestos entre Él y la mirada del hombre. Uno de esos ídolos que impiden verlo es el Dios-idea de la filosofía o el Dios-categoría moral, y no el Dios persona que existe y se experimenta a partir de la relación dialogal personal yo-Tú. En realidad, mientras yo pienso al otro, el otro no es más que una idea en mi pensamiento. Adquiere condición de persona cuando me comunico con él como otro yo a quien llamo Tú. En consecuencia, no sabe de Dios quien puede hablar de Dios por sus saberes, sino quien habla “con” Dios.

Incluso la norma moral contenida en los Mandamientos no son sino el camino imprescindible que nos conduce ante su presencia personal, la senda segura para llegar a la cita del hombre con Dios, cita que es el núcleo del hecho religioso cristiano.

Por ello, el cultivo de esa interioridad trascendida incluye la experiencia religiosa de los educandos. Experiencia cultual y experiencia espontánea; experiencia grupal, pero experiencia personal. Y ello, desde el discernimiento del educador para no confundir la experiencia religiosa con experiencias de otro orden. Alarma, con frecuencia, la timidez con la que se trata de disimular esa propuesta de experiencia religiosa. Se hacen “convivencias”, no ejercicios espirituales, no vaya a ser que se asuste el personal. Nos reunimos para “hacer una celebración” (cantamos, hablamos, escuchamos, nos reímos,… ¡qué diver!) y ello sustituye a la Santa Misa, que ya está muy vista. Guardamos un ratito de silencio para encontrarnos con nosotros mismos (¡qué miedo!), no para hablar con Dios.

Es cierto: quizás ese encuentro con Dios no se enseña; se despierta. Pero se despierta cuando se da a probar y se pone al educando en disposición de experimentar. Enseñamos a los alumnos a comunicarse correctamente, a hablar en público y en privado, a gestionar sus emociones de forma inteligente, pero nos resulta vergonzante enseñarles a hablar con Dios.

Cuando la “educación de la interioridad” se reduce a puro contorsionismo mental para tratar de entrar en sí mismo, es fácil que se termine hablando solo.

...Comparados con la salvación de un alma

P. Tomas Morales

Vosotros sabéis hacer el diagnóstico de nuestro tiempo. En medio de las formidables conquistas de la ciencia y de la técnica, de las que todos disfrutamos, existe, sin embargo, una situación de malestar e inseguridad que alarma y espanta. Envuelve las mentes una gran confusión ideológica que niega la transcendencia, o se confina en un vago escepticismo de índole emotiva. En consecuencia, se habla lógicamente de una crisis radical de todos los valores y, por desgracia, se instaura una situación dramática de inquietud social, de inseguridad pedagógica, de incertidumbre, intolerancia, miedo, violencia, neurosis» (Juan Pablo II, 19.8.79).

El Papa, al veros en este mundo tan revuelto y corrompido, no quiere que os acobardéis. «En medio de esta situación, también a vosotros, como a los Apóstoles, os dice Jesús: "No los temáis" (Mt 10,26; Lc 12,14); "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de los siglos" (Mt 28,20) (...) En un mundo afligido y atormentado por tanta duda y angustia, ¡sed vosotros los misioneros de la certeza! Certeza acerca de los valores transcendentes, alcanzados por la buena y sana filosofía -la que fue llamada justamente perenne siguiendo las huellas de Santo Tomás-, aunque integrándola con las aportaciones del pensamiento moderno. Certeza acerca de la persona de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, manifestación histórica y definitiva de Dios a la humanidad, para su iluminación interior y redención. Certeza acerca de la realidad histórica y de la misión de la Iglesia, querida expresamente por Cristo para transmitir la doctrina revelada y los medios de santificación y salvación» (Ibid.)

Dios, en su providencia, ha ligado, unos con otros, los destinos de los hombres, como enlaza las estrellas en constelación, las uvas en racimo, los granos en espiga. El guía de montaña amarra la cuerda a cada uno de los alpinistas, para que todo el equipo, trabado entre sí y ayudándose mutuamente, logre escalar el picacho. «Es un misterio verdaderamente tremendo, y sobre el cual jamás puede meditarse suficientemente: la salvación de muchos depende de la oración y penitencia voluntarias de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo»… Es la «exultante tarea que os espera en vuestro trabajo, profesión, contacto diario con los hombres, nuestros hermanos» (Ibid.)

No os arredréis ante las dificultades. Acordaos de Santa Teresa. Una monja que quería ser santa le pregunta que cómo llegaría a serlo. «Hija -le responde- ahora iremos a una fundación y allí os lo enseñaré». En el proceso de la fundación, aquella monja tuvo grandes contrariedades y acabó por quejarse. Santa Teresa le preguntó: «Hija, ¿no me decía que la enseñase a ser santa? Pues ansí lo ha de ser».

Luchas, contradicciones, sufrimientos, os deben parecer insignificantes comparados con la salvación de un alma. Llena de gozo superaba la Santa dificultades y sinsabores en sus fundaciones. En cuanto empieces a actuar también «se te quitarán los temores». Tu valentía la necesita el hombre de hoy. Embriagado por las conquistas materiales y preocupado, al mismo tiempo, por sus amenazantes consecuencias destructoras, tiene necesidad de certezas absolutas. Exige que le abras ventanas, le brindes horizontes que resistan a la erosión del tiempo que pasa.

El hombre actual se encuentra insatisfecho o defraudado. Harto de vagabundear por los caminos de ideologías que lo alejan de sus más profundas aspiraciones, busca la verdad, la luz. Busca, sin darse cuenta quizá, a Cristo reflejado en tu vida.

Hora de los Laicos