viernes, 2 de marzo de 2012

El lenguaje de la vida

Portada Estar 266
Nuestra portada reproduce el monumento al niño no nacido, del joven escultor eslovaco Martin Hudáčeka, inaugurado el 28 de octubre pasado en su país, y que sorprende por su realismo y poética expresividad. El monumento expresa el pesar y arrepentimiento de las madres que han abortado, y también el perdón y el amor del niño por nacer hacia la madre, cuya cabeza acaricia dulcemente. Éste ha sido esculpido en cristal, mientras se arrodilla a su lado la mujer, que se representa en piedra. Es una honda metáfora.

Si un lenguaje, se dice, es un conjunto de signos dotado de sentido a través del cual se expresa algo, el lenguaje plástico de esta escultura es elocuente, y se muestra en sintonía con el “lenguaje propio de la vida humana” –nos referimos aquí no tanto a la vida biológica como a la vida biográfica-, en el que con dramatismo se refleja lo mejor y lo peor del corazón humano.

El lenguaje humano es vehículo del espíritu: del pensamiento, de la voluntad y del corazón; reclama y es portador de un significado. Como la vida humana misma que en él se evidencia. A veces nuestra vida es dura, pero si es vida, es afirmación y crecimiento. Muy distinto es el lenguaje de la muerte, que es de negación, desolación, esterilidad y destrucción.

El lenguaje de la vida es, decimos, afirmación; y también comunicación, gozo, impulso, fecundidad, autodonación, unidad, energía, vigor, esperanza… Es por ello mismo, también, capacidad de perdón y de acogida. En la escultura de Martin Hudáčeka, la mujer que ha dado muerte a su hijo aparece tallada en piedra y postrada: padece una muerte interior, de dolor, de culpa tal vez. Su hijo, en generoso y erguido gesto plasmado a través de la transparencia del cristal, sugiere el potencial sobreabundante del espíritu, que afirma, bendice y es capaz de perdonar a pesar de todo. Él, que había muerto, es sin embargo el que devuelve a la vida.

Nuestro tema de portada se centra en la cultura de la vida porque en este mes se celebra la Jornada a favor de la vida, en torno a la festividad de la Encarnación, el día 25. Lo que está en juego es de la mayor trascendencia y gravedad. Invitamos a todos a celebrar la vida de forma visible, gozosa, valiente y firme. La cultura de la muerte sigue avanzando. No nos crucemos de brazos. Trabajemos día a día por hacer de esta vida un camino hacia Dios. Contagiemos amor a la vida a nuestro alrededor. Apoyemos a quienes la defienden –también en los Parlamentos…-, ayudemos a las madres.

De modo especial, nuestro artículo de portada se centra en la hoy tan extendida manipulación del lenguaje, que inocula muerte en la vida. Parémonos a pensar, juzguemos la importancia del momento que vivimos, y actuemos. Somos embajadores del Dios de la vida, y la vida es -decíamos- “afirmación, comunicación, gozo, impulso, fecundidad, autodonación, unidad, vigor, esperanza… Es por ello mismo, también, capacidad de perdón y de acogida”. Dejemos hablar a la vida.

jueves, 1 de marzo de 2012

Cultura de la vida

Santiago Arellano Hernández

CREO EN EL HOMBRE
Ángela Figuera Aymerich


Porque nací y parí con sangre y llanto;
porque de sangre y llanto soy y somos,
porque entre sangre y llanto canto y canta,
creo en el hombre.
Porque camina erguido por la tierra
llevando un cielo cruel sobre la frente
y el plomo del pecado en las rodillas,
creo en el hombre.
Porque ara y siembra sin comer el fruto
y forja el hierro con el hambre al lado
y bebe un vino que el sudor fermenta,
creo en el hombre.
Porque se ríe a diario entre los lobos
y abre ventanas para ver los pinos
y cruza el fuego y pisa los glaciares,
creo en el hombre.
Porque se arroja al agua más profunda
para extraer un náufrago, una perla,
un sueño, una verdad, un pez dorado,
creo en el hombre.
Porque sus manos torpes y mortales
saben acariciar una mejilla,
tocar el violín, mover la pluma,
coger un pajarillo sin que muera,
creo en el hombre.
Porque apoyó sus alas en el viento,
porque estampó en la luna su mensaje,
porque gobierna el número y el átomo,
creo en el hombre.
 
Porque conserva en un cajón secreto
una ramita, un rizo, una peonza
y un corazón de dulce con sus letras,
creo en el hombre.
Porque se acuesta y duerme bajo el rayo
y ama y engendra al borde de la muerte
y alza a su hijo sobre los escombros
y cada noche espera que amanezca.
Con razón León Felipe se sentía tan próximo a Ángela Figuera Aymerych. Ángela es de la estirpe prometeica, cantora del ser humano en la ética de su quehacer cotidiano. Poesía comprometida y hermosa. El poema tiene un toque de rebeldía, pero evoca la solemnidad de los textos religiosos. Expresa y canta, con admiración, su fe en el hombre; la dignidad de quien saca adelante la vida entre la obstinación, la resignación y la esperanza.

La mirada selectiva de Ángela está repleta de humanidad. Sobre el anclaje de una conjunción causal “porque” y el estribillo “creo en el hombre” que repite cada tres versos, se suceden los endecasílabos blancos en los que va enumerando facetas de su comportamiento o de sus circunstancias. El comienzo no puede ser más rotundo: nacemos entre llanto y sangre. El recuerdo de la maldición y expulsión del Paraíso se evoca constantemente: el esfuerzo del trabajo y el sudor que hace fermentar el vino, o ese cielo cruel “y el plomo del pecado en las rodillas” que no le impiden caminar erguido.

Qué hermosos los versos en que admira la risa diaria, abrir ventanas para ver los pinos, cruzar fuegos o glaciares, arrojarse al agua para extraer un náufrago, una perla, un sueño, una verdad, un pez dorado; acariciar una mejilla, crear música y poesía y tener la delicadeza de coger un pajarillo entre su mano sin que muera; construir aviones, subir a la luna, controlar átomos y números y ser capaz de guardar recuerdos entrañables en su cajón. Metonimias que se convierten en símbolos universales. Observad, si no, esos escombros sobre los que alza al hijo, esa espera del amanecer que aguarda cada noche y ese amar y engendrar al borde de la muerte.

Aquellos años sesenta propiciaron la visión de un cielo adverso y silenciaron a un Dios amigo de los hombres. Pero en aquellos años en que se podía oír “hombre no nazcas” es reconfortante escuchar en la vigorosa voz de esta mujer “Creo en el hombre”.

Mi familia, Joaquín Sorolla
La vida humana alcanza su plenitud en la familia. En ella cada miembro encuentra su rincón de amor y su crecimiento físico y espiritual. Las pinturas de Sorolla son un canto a la vida y a la hermosura de la creación. Mirad el que se titula “mi familia”. El padre que está pintando delante, entra en la escena como de puntillas, reflejado en el espejo, mientras la niña pequeña y su esposa lo miran con atención. La hermana mayor, contempla al padre y ayuda a su hermano que está dibujando. Escena llena de cordialidad y colorido. La luz resalta en un interior las tonalidades de cada color y la delicadeza de la escena.

La dignidad de la persona humana

Fernando Martín Herráez

He tenido la ocasión de adentrarme, en estas últimas semanas, con ocasión de preparar una conferencia, en la lectura gozosa del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia y, sobre todo, en la encíclica Centesimus annus, uno de los más preciosos regalos que el magisterio de Juan Pablo II nos donó.

Releyendo estas páginas que el Papa escribió para conmemorar el centenario de la Rerum novarum, he podido comprobar que toda la defensa que Juan Pablo II hace de la cultura de la vida y de los derechos de la persona tiene un punto de partida común: el respeto a la dignidad de la persona. Es la fuente de la que mana todo lo demás.

El Papa recogiendo la misma doctrina del magisterio social de la Iglesia, viene a reafirmar que si el respeto a la dignidad de la persona está en el centro, todo lo demás se situará de manera adecuada, si no es así, se produce las distorsiones, los abusos, las malformaciones personales y sociales. Si se atenta a la dignidad de la persona, se producirá un efecto dominó que arrasará con toda la obra humana construida sobre la mentira y la falsedad sobre el hombre.

La experiencia nos dice que esto no es pura imaginación de agorero y aguafiestas. No han faltado en el pasado reciente, y aún se asoman dramáticamente a la escena de la historia actual, múltiples concepciones reduccionistas y destructivas, de carácter ideológico o simplemente debidas a formas difusas de costumbres y pensamiento, que se refieren al hombre, a su vida y su destino. Estas concepciones tienen en común el hecho de ofuscar la imagen del hombre, de atentar contra su dignidad, acentuando, por ejemplo, sólo alguna de sus características, con perjuicio de todas las demás.

Frente a esto se alza la certeza que aporta el magisterio social de la Iglesia, y que es también una certeza para la bioética que trata de construir una cultura de la vida. Esto es, toda la doctrina social de la Iglesia se desarrolla, en efecto, a partir del principio que afirma la inviolable dignidad de la persona humana.

Es un criterio de juicio para toda la bioética y quizás, sin necesidad de exagerar, para toda configuración social, cultural o política que realizamos los seres humanos. Es un criterio de juicio y un criterio de acción. Porque nuestro empeño debe ser favorecer la construcción de una cultura de vida, que proteja el derecho primario de toda persona.

Nos tiene que animar saber que la preocupación de un cristiano para que se instaure en nuestras sociedades una cultura de la vida y no una cultura de la muerte, brota precisamente del precepto del amor. Esa es la conciencia que se expresa en uno de los primeros números del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, con el que quiero terminar invitando no sólo a la reflexión:

“El amor cristiano impulsa a la denuncia, a la propuesta y al compromiso con proyección cultural y social, a una laboriosidad eficaz, que apremia a cuantos sienten en su corazón una sincera preocupación por la suerte del hombre a ofrecer su propia contribución. La humanidad comprende cada vez con mayor claridad que se halla ligada por un destino único que exige asumir la responsabilidad en común, inspirada por un humanismo integral y solidario: ve que esta unidad de destino con frecuencia está condicionada e incluso impuesta por la técnica o por la economía y percibe la necesidad de una mayor conciencia moral que oriente el camino común”.

Manipulación del lenguaje y cultura de la muerte

Escribe el profesor Alfonso López-Quintás que “la manipulación ideológica afecta a las raíces de nuestra conducta, a la orientación que damos a nuestra existencia, a la concepción del mundo y de la vida que otorga sentido a nuestro ser… decide así nuestra elección del ideal que orienta e impulsa nuestra existencia. Con ello domina completamente nuestra voluntad y nuestro sentimiento. Se adueña de nuestro espíritu. A las personas y a los pueblos se les manipula para adquirir dominio sobre ellos reduciéndolos a la condición de masa.”

Pues bien, una de las vías más eficaces para conseguir este cambio de mentalidad es manipular el lenguaje con el que nos referimos a la realidad, especialmente mediante el control de la propaganda y los medios de difusión.

En la bioética y en general en la valoración social y moral de grandes cuestiones relativas a la vida humana se está produciendo un generalizado cambio de mentalidad, inducido por engaños y verdades a medias, fruto de hábiles manipulaciones de las palabras con las que nos referimos a la realidad.

Con estas confusiones se pretende -y se está lograndopolarizar la opinión pública hacia los intereses de la cultura de la muerte (esto es: la defensa del aborto, la eutanasia, la instrumentalización de embriones, etc.) y se está generando un inadvertido pero profundo desprecio hacia la vida humana, que se llega a contemplar como un objeto al servicio de los intereses de terceros (por ejemplo en el caso de la manipulación de embriones) o como un inconveniente o incluso algo malo (en el caso de la eutanasia y el aborto).

ARGUMENTACIONES Y SOFISMAS

Estos engaños se dan a través de diferentes tipos de argumentaciones: Están en primer lugar las que nos hacen creer que la intención de ciertos actos, que de suyo son malos desde el punto de vista moral, es defender a las personas y sus derechos fundamentales. Así, por ejemplo, el aborto se presenta como un medio de preservar la dignidad de la mujer y su derecho a elegir acerca de “su” vida. Pero como el fin justifica los medios, dejan de verse como acciones éticamente reprensibles.

Encontramos también las que niegan u ocultan las alternativas que permiten defender más eficaz y lícitamente esas mismas personas y esos mismos derechos. Es el caso, por ejemplo, en el campo de la medicina reparadora, de la ocultación que los resultados obtenidos con células madre adultas son infinitamente más alentadores que los obtenidos con células madre procedentes de embriones; con tal fin se habla sólo de investiga con “células madre”, sin distinguir si se trata de células adultas (las del cordón umbilical, por ejemplo) o de células embrionarias (un embrión es un ser humano, y utilizarlo como medio, o eliminarlo sería moralmente malo).

No faltan tampoco las argumentaciones que ignoran el mal, el dolor y el sufrimiento que tales acciones comportan, como en el caso de las secuelas psicopatológicas del aborto en la mujer (“síndrome post-aborto").

Son de la mayor gravedad aquellas que intentan negar la naturaleza humana del embrión, alegando sin fundamento que el embrión no es vida, que no es humano o no es más que un apéndice del cuerpo de la madre.

LA REALIDAD YA NO ES EL CRITERIO

En el fondo se pretende ocultar que las cosas son lo que son, y que si un embrión humano es un ser distinto de sus progenitores, es un ser humano, acreedor de todos los derechos que son inherentes a la persona. En lugar de esta evidencia ontológica (“las cosas son lo que son”), se apela a que “algo” tiene valor sólo cuando cuenta con el reconocimiento de otros: las leyes, la madre, la sociedad, los parientes, los médicos, etc.

En general, el ámbito del respeto a lo que es valioso se reduce a lo meramente “legal”; y así, si una ley establece que el aborto provocado deja de ser un homicidio y pasa a ser un derecho de las mujeres, es irrelevante preguntarse si eso “en realidad” es así o no: lo dice la ley y punto. Y si no lo dice, hay que conseguir que lo diga. Por eso es tan agresiva la actividad política de los partidarios de la cultura de la muerte, y tan virulenta su presencia a través de lobbys (grupos de presión), ONGs y Agencias internacionales ante los gobiernos, los Parlamentos, la ONU, las instituciones europeas, etc., conducentes a “transformar la realidad” por la introducción de legislaciones contrarias la vida, a la familia y, en el fondo, a la dimensión moral de la dignidad humana.

Deberíamos preguntarnos, y aclarar, hasta qué punto influyen las instituciones internacionales en cómo se trata a la vida y la familia en cada país. Si profundizáramos en ello, tendríamos motivos para estar más que preocupados. Pero también debemos estar alerta acerca de los cambios culturales provocados por la manipulación sistemática del lenguaje, de modo muy significativo en torno a los procesos relativos a la vida humana, su origen, su conclusión, su dignidad y su naturaleza.

Para promover y disimular estas tergiversaciones se han introducido nuevas palabras y expresiones de significados confusos o equívocos que desvían la atención de la realidad objetiva y completa a la que se refieren, ocultan las connotaciones que nos recuerdan lo que tienen de inhumano, e introducen engañosos matices con los que aparentar normalidad, inocuidad e incluso altruismo. La apelación a los sentimientos de compasión para conmover y convencer a la gente –lo que los expertos llaman las “connotaciones emocionales” del lenguaje, que no siempre coinciden con el significado de las palabras- está a la orden del día.

YA NO DECIMOS ABORTO, DECIMOS “IVE”…

Uno de los ejemplo más representativos de este tipo de manipulaciones es la sustitución de la palabra “aborto” por la expresión “interrupción voluntaria del embarazo” (IVE): este discreto cambio supone, en primer lugar, omitir la palabra “aborto” que tan dura suena (por ser tan explícita); en segundo lugar, aparta la atención del tema principal (la aniquilación del embrión o del feto) para centrarla en las actuaciones y las consecuencias sobre el cuerpo y la fisiología de la mujer que todo aborto supone. Además, incluye el adjetivo “voluntaria”, insistiendo en el hecho de que se trata de una decisión libremente tomada por una mujer, es decir, recalcando que, en realidad (o, mejor dicho, en apariencia), lo que se pretende defender es a la mujer, su dignidad y sus derechos. “Aborto” se hace así en cierto modo sinónimo de “liberación de la mujer”.

Con ello se pretende hacer olvidar que el embarazo es cosa de dos (incluso de tres: del hijo y de la madre, y también del padre) y no sólo de la mujer. Se tiende a hablar solamente de “derechos de las mujeres”. Se quiere ocultar también que un aborto supone, esencialmente, acabar con una vida humana (la más inocente e indefensa de todas) y se viene a sugerir que no es más que la modificación leve o transitoria de un proceso fisiológico de la mujer semejante a la digestión o el sueño.

HAY MUCHOS EJEMPLOS MÁS

Lo mismo sucede con otras tantas expresiones como “pre-embrión” (para referirse al embrión no implantado, como si no fuera realmente un embrión), “aborto terapéutico” (para denominar aquellos abortos que se practican por considerar que el embarazo y la maternidad suponen un elevado riesgo para la salud de la madre, pero que en realidad no “curan” nada, sino que eliminan una vida humana), “clonación terapéutica”, “eutanasia” (que literalmente significaría “buena muerte”, y que algunos empiezan a llamar “muerte digna”, cundo en realidad se trata de ocasionar la muerte de una persona con el pretexto de que no sufra y no haga sufrir a los demás, o de que hay que economizar recursos), “prevención de la enfermedad” (refiriéndose a la aniquilación de los embriones que supuestamente padecen alguna patología), “salud reproductiva” (en lugar de estrategias para el control de la natalidad incluyendo la anticoncepción, la esterilización y el aborto), “aborto seguro” (poniendo el acento sólo en que la mujer reciba cierta atención clínica), “sexo seguro” (es decir, el que se queda en lo meramente placentero y elude la posibilidad embarazos no deseados o la transmisión de enfermedades), “píldora del día después” (PDD) (en lugar de píldora abortiva, ya que su mecanismo de acción consiste en impedir la implantación), y un larguísimo etcétera.

ALGUNAS ACLARACIONES CONCEPTUALES

Aunque parezca una tontería, a lo mejor no está de más llamar a algunas cosas por su nombre, aclarando o reafirmando varios conceptos relativos al inicio de la vida humana:

  • Concepción: inicio del embarazo; se considera como tal el momento en que el espermatozoide penetra en el óvulo y forma un cigoto viable (acto o proceso de fertilización). Es el momento en que estamos ante un nuevo ser humano, distinto de su padre y de su madre.
  • Fecundación: acto o proceso de fertilización, es decir, fusión de ambos gametos: masculino (espermatozoide) y femenino (óvulo) dando lugar (concepción) a un cigoto o embrión.
  • Embarazo: proceso de gestación que abarca el crecimiento y desarrollo de un nuevo individuo dentro de una mujer, desde el momento de la concepción, a lo largo de los períodos embrionario y fetal hasta el nacimiento. El aborto no es la mera “interrupción” del embarazo, sino la provocación de una muerte.
  • Gestación: período de tiempo comprendido entre la fertilización del óvulo y el nacimiento. En todas sus fases (embrionaria, fetal) se da la continuación del mismo proceso vital. No tiene sentido biológico alguno hablar de una fase “pre-embrionaria” como si se produjera un cambio sustancial de lo que no es humano a lo que sí lo es.
  • Inicio del embarazo: tal y como se deduce de las definiciones precedentes, el inicio del embarazo se corresponde con el momento de la fecundación o concepción; los tres términos (inicio del embarazo, concepción y fecundación) se refieren a una misma realidad, son, por lo tanto, equivalentes. Debido a la profusión de las técnica artificiales de fecundación in vitro, algunos pretenden hacer creer que el “inicio” del embarazo se corresponde con la “implantación” del cigoto (óvulo fecundado) en el útero materno, de forma que “antes” de ésta no hay un ser vivo -y humano- distinto.
  • Implantación: proceso por el que el embrión anida en el endometrio uterino de la madre, en cuyo espesor tendrá lugar todo el desarrollo posterior del embrión-feto. El embrión inicia la implantación hacia el séptimo día desde la fecundación y la completa siete u ocho días después.
  • Anticoncepción (o Contracepción): procedimiento o técnica para impedir el embarazo mediante el uso de fármacos, dispositivos o métodos que bloqueen o alteren uno o más de los procesos de reproducción de tal forma que el coito pueda realizarse sin fecundación. El sentido común y la etimología ya nos permiten deducir que se trata de impedir la concepción (o lo que es lo mismo, la fecundación). No deja de ser un acto contrario a la vida, puesto que la impide, pretende evitarla.
  • Aborto (provocado): finalización del embarazo (que, recordamos, se inicia en el momento de la fecundación) y provocación de la muerte del embrión o feto antes de que éste haya alcanzado el desarrollo suficiente como para poder vivir después de su nacimiento. Se trata de un “homicidio” (muerte causada a un ser humano). Hablar de mera “interrupción” induce a pensar en un mero proceso fisiológico sin trascendencia moral. Julián Marías ironizaba al respecto al sugerir que al estrangulamiento o a la decapitación se les llamara “interrupción de la respiración”.

SIN CONCIENCIA

El resultado de todo lo anterior es que se le ha arrebatado al embrión su naturaleza real de ser humano, de modo que su destrucción o manipulación no se contempla como un delito. Esta falta de reconocimiento de la naturaleza del embrión conlleva dos importantes consecuencias:

1ª) Legitimar todo tipo de manipulación técnica sobre embriones humanos no implantados: si destruirlos sin más no supone ningún delito, será todavía menos punible el aprovecharlos para curar enfermedades o sacar cualquier otro beneficio…
2ª) Introducir el aborto en la sociedad como una práctica no sólo no punible, sino ni siquiera indeseable. La destrucción del embrión no implantado queda como un método más dentro de las técnicas de regulación de la fertilidad, reducida al ámbito de la intimidad de la mujer, de modo que, con el aval de las leyes, la vida o la muerte del embrión sólo dependa de la decisión personal de la madre (decisión hacia la cual el resto de ciudadanos debemos permanecer indiferentes). Como ha señalado lúcidamente María Valent, “esta situación es de extrema gravedad, puesto que no sólo se promueve el aborto sino que se induce a las mujeres a abortar sin que apenas tengan conciencia de ello.”

Este cambio cultural tiene uno de sus pilares en un cambio semántico que ha pasado poco menos que desapercibido; nadie parece haberse dado cuenta, y a los pocos que se han percatado les llaman meticulosos, pedantes y escrupulosos, como si no tuvieran otra cosa más que hacer que buscar las tres patas al gato. Y también se les tilda despectivamente de “conservadores” y “retrógrados”.

De forma sutil, la sociedad va asumiendo los nuevos significados sin reparar en las consecuencias que de ellos se derivan. Hay una paulatina “desensibilización” respecto del aborto y de la instrumentalización de embriones humanos, y una creciente dificultad para distinguir los límites y las diferencias entre anticoncepción y aborto, entre muerte digna y eutanasia, entre calidad de vida y dignidad de la persona, entre salud y bienestar subjetivo, o entre reprogramar células madre adultas y tratar a un embrión humano como un mero conjunto de células.

Si además se divulgan los supuestos beneficios terapéuticos que puede proporcionar el investigar con “pre-embriones”, nadie se rasga las vestiduras, pues se interpreta que no se está instrumentalizando y suprimiendo auténticos embriones humanos, sino con células que pueden ayudar a avanzar en la investigación de enfermedades y terapias.

Las continuas tergiversaciones semánticas y la confusión que se producen en torno a la bioética y que acompañan a la cultura de la muerte: no puede ser bueno lo que necesita de la mentira para triunfar. Al constatar esta dependencia del engaño, resulta más fácil tomar conciencia de su verdadera naturaleza, que es la de un ataque contra la vida y la dignidad humanas.

También seria deseable que la constatación de este cambio cultural camuflado bajo la transformación y manipulación del lenguaje acerca de la vida humana, impulsara a muchos a defender en los escenarios públicos –también en la política, no lo olvidemos- una adecuada concepción del ser humano y del bien común. Se trata en el fondo del compromiso de combatir la cultura de la muerte difundiendo la verdad, es decir: lo que las cosas y las personas son.

Después de analizar textos de varias instituciones y universidades, en los que, fundamentalmente, se pone en cuestión el uso genérico del masculino para designar a ambos sexos, el jueves, 1 de marzo, la RAE ha aprobado por unanimidad un informe del Académico Ignacio del Bosque, en el que se advierte de la falta de rigor gramatical de parte del contenido de dichas guías. Esta es su conclusión:


“No deja de resultar inquietante que, desde dependencias oficiales de universidades, comunidades autónomas, sindicatos y ayuntamientos, se sugiera la conveniencia de extender —y es de suponer que de enseñar— un conjunto de variantes lingüísticas que anulan distinciones sintácticas y léxicas conocidas y que prescinden de los matices que encierran las palabras con la intención de que perviva la absoluta visibilidad de la distinción entre género y sexo. La enseñanza de la lengua a los jóvenes constituye una tarea de vital importancia. Consiste, en buena medida, en ayudarlos a descubrir sus sutilezas y comprender sus secretos. Se trata de lograr que aprendan a usar el idioma para expresarse con corrección y con rigor; de contribuir a que lo empleen para argumentar, desarrollar sus pensamientos, defender sus ideas, luchar por sus derechos y realizarse personal y profesionalmente. En plena igualdad, por supuesto.”
ÚLTIMAS REFLEXIONES

Muy conscientemente, hemos evitado aportar argumentos o reflexiones basadas en la fe y la doctrina católica. Hemos hablado de una transformación cultural y la hemos analizado desde claves puramente racionales y desde consideraciones de ética natural.

Sin embargo no haríamos justicia al estado de la cuestión si omitiésemos la aportación de la doctrina católica –de la Iglesia misma en el ejercicio e su misión más obvia- a la lucha por una cultura de la vida. En lo nuclear de la misma, cualquiera podría aceptar los principios y juicios de valor de esta doctrina. Basta para ello una conciencia recta. Pero es claro que el reconocimiento del valor de la vida y de la persona humana quedaría a medias sin una fundamentación trascendente. ¿Por qué, en el fondo es valiosa la vida humana? Porque se funda en un origen y un destino asombroso: es un don del Dios de la vida; creados por amor, hemos sido destinados al Amor.

En la encíclica Evangelium vitae, Juan Pablo II llama de modo especial a los católicos a trabajar a favor de la vida humana, y recuerda que este compromiso es esencial en el ser cristiano. Concluimos con un elocuente párrafo del Beato Pontífice, que sirve de coronación y llamada, de programa de acción, porque es necesario educar en el valor de la vida humana comenzando por sus raíces más íntimas, es decir por la formación de la conciencia moral acerca del amor y de la vida:

“Es una ilusión pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado y en su íntima correlación. La sexualidad, riqueza de toda la persona, «manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el amor» (Familiaris consortio, 37). La banalización de la sexualidad es uno de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la sexualidad y del amor, una educación que implica la formación de la castidad, como virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado «esponsal del cuerpo.”

Redacción Estar

Casarse por la Iglesia

Por Abilio de Gregorio

Con frecuencia he pensado con una cierta insatisfacción que, dentro del elenco de vocaciones que se suelen presentar a nuestros jóvenes con capacidad de dar sentido a sus vidas, la vocación al matrimonio casi ni se menciona o tiene una referencia residual como si fuera destino de tropa al que fatalmente conduce la no elección de otros estados de “perfección” propios de corazones bragados que optan por transitar caminos alternativos (extra-vagantes). Admiramos a los jóvenes que son capaces de consagrar su vida a ser signos del Dios vivo y trascendente en el ámbito de la pobreza, del sufrimiento, de la enseñanza… Nos resulta heroico, con razón, el muchacho o la muchacha que cuelga las expectativas de un porvenir exitoso para dedicarse a la contemplación en el más escondido monasterio. Seguramente no le faltan argumentos a un conductor de almas para tratar de prender fuego a un corazón combustible y encaminarlo al seminario. Sin embargo, cuando nos encontramos con jóvenes que planean desembocar su juventud en el matrimonio y en la creación de una familia, parecen bajar los vuelos de los grandes ideales como si se tratara de condescendientes y resignados vuelos de aves de corral. ¿Qué argumentos o incitaciones reciben nuestros jóvenes para casarse “por la Iglesia”? ¿Dónde está realmente la originalidad del matrimonio cristiano? ¿Qué es eso de “casarse por la Iglesia” y qué es lo que ello añade al simplemente casarse? Si al matrimonio sacramental no se le logra descubrir un significado que conecte con la generosidad del joven, el rito no pasará de ser un conjunto de aspavientos de apariencia mágica al estilo de la gesticulación de los chamanes.

La perspectiva cambia, sin embargo, cuando se entiende el sacramento del matrimonio como una consagración hecha a dúo entre un hombre y una mujer, es decir como una decisión de empeñar sus vidas conjuntamente en ser un signo o sacramento del amor de Dios. “Nos comprometemos –nos consagramos- a amarnos de tal manera a lo largo de nuestra vida, empeñamos nuestras vidas para que nuestro amor sea para el es poso o la esposa y para quienes nos vean un indicio, un signo del amor de Dios. ¿Queréis saber cómo es eso del amor de Dios? Miradnos. Miradnos en la salud y en la enfermedad, en la bonanza y en la adversidad, en nuestra actual ardorosa juventud, en la madurez y en la vejez, porque nuestro compromiso común consiste en consagrar toda nuestra vida a una misión sublime: ser indicadores que hagan referencia al amor de Dios”; la promesa de vivir de tal manera el amor humano que remita a Dios a quienes nos vamos encontrando por el camino de nuestra vida.

Esta suerte de “voto” o de consagración convierte la opción del matrimonio en una aspiración de corazones hechos para la excelencia. Quizás no se le pueda calificar al matrimonio así entendido de “estado de perfección” porque ello parece estar reservado para otras consagraciones, pero sí se podría hablar de la consagración a dejarse constituir por Dios (porque es Dios Quien nos consagra) como signo de su Amor ante el mundo mediante el significante del amor de esposos, de “perfección del estado” de casados. Así adquiere otro sentido la invitación a “casarse por la Iglesia”. Y, entonces, la catequesis preparatoria para el matrimonio- consagración-sacramento cristiano habría de ser ante todo una profundización llevada a cabo juntos en el conocimiento del Amor de Dios del que se pretende ser signo, trascendiendo las lecciones de antropología, de psicología, de anatomía o de derecho matrimonial. La fidelidad, la indisolubilidad, la apertura a la vida, etc., pasan de ser vínculos que atan para constituirse en bienes a través de los cuales se pone de manifiesto un atisbo de lo que es Dios. Lo dice San Juan en su primera carta: (4, 12, ss) “Nadie ha visto jamás a Dios;(...) Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios; y Dios en él”. Es decir, Dios se nos hace visible a través del amor. Jóvenes, ¿os atrevéis a dedicar (consagrar) vuestra vida a hacer visible a Dios en el mundo a través de vuestro amor? También esto es una vocación al heroísmo y, por ello, el matrimonio es un llamado para valientes.

Los tres secretos de María

P. Tomás Morales SJ

Debemos salmodiar en el silencio de la oración las palabras y frases del Avemaría, contemplando a la Virgen en cualquiera de los tres momentos de la Anunciación: Antes de llegar el ángel; a solas en oración ante el Padre de los cielos, abriéndose con la sencillez espontánea y natural, generosa, de una rosa que se abre, con el ángel que la saluda; después, cuando se ha retirado Gabriel, a solas con el Verbo encarnado.

Nuevamente encarnado para mí ahora, porque ahora es cuando se encarna, porque quizá ahora es cuando más cerquita estoy de poder extasiarme ante esa maravilla que es Dios-hombre para mí. Uno de los Tres se ha encerrado en el seno de la Virgen. Uno de los Tres exinanivit semetimsum, se anonadó a sí mismo. Uno de los Tres, por mí.

Así hay que hacer ahora la oración, contemplando a la Virgen, repitiéndole con el corazón las palabras o las frases del Avemaría. “Virginiza”, dice san Anselmo, a los que se acercan. Si tú te virginizas, el enamoramiento vendrá como consecuencia y la fecundidad no será más que la resultante. Corazón virginal es lo primero que le hace falta a un cristiano.

Corazón virginal que no se contempla a sí mismo, que no se deleita en sí mismo; que no busca “amores ajenos” de ninguna clase. Los tres secretos de María en la Anunciación, son tres secretos de amor. La sinfonía del amor en tres tiempos maravillosos.

El primero, de la gracia, de la caridad de Dios hacia los hombres, su amor a María, llena de gracia. Segundo momento, el de la virginidad, es el amor de María que como rosa fragante, se abre hacia Dios, entregándose a Él sin reservas. Flor de consagración y renuncia. El tercer tiempo de esta sinfonía es la Encarnación, es la plenitud de este concierto de amor, la expresión más perfecta del amor de Dios al hombre y del amor del hombre a Dios.

Dios te salve, María, santa madre de Dios... Tres llaves para los tres secretos: El primer secreto nos lo dio la mano blanca de Gabriel cuando la saludó: “Dios te salve, llena de gracia”. Tendría ella 13 años, vivía en Nazaret, ciudad pequeñita, desconocida en la geografía humana pero para Dios la capital del mundo.

En este Nazaret vivía María, la niña de los tres secretos. Llena de la gracia, don divino, el mejor regalo que Dios puede hacer al hombre. Él encerró, como en arca preciosa, este tesoro en el alma de María. Y lo encerró, sin escatimar: llena, sobreabundante. Cuando la marea sube, desaparecen las rocas y se pierde de vista la playa, Corazón inmaculado de la Virgen.

El segundo secreto lo abrió ella misma, con su propia llave, cuando dijo: no conozco varón. Es decir, estoy consagrada a Dios, por la entrega de mi virginidad, para Él solo. Y germinó en la tierra una flor hasta entonces desconocida, la virginidad. A esa flor, María, se acerca el Espíritu Santo. Siempre busca flores de virginidad en que poder posarse. Corazones que vivan el momento presente, corazones que no se dejen zarandear por la imaginación o la sensibilidad. En esos corazones se posa el Espíritu Santo, como en María para cubrirla con su sombra, para convertirla en madre sin dejar de ser virgen. Para hacerla fruto, permaneciendo flor.

El tercer secreto es el mayor de todos, la clave, la razón de ser de los otros dos. El secreto, cuya llave es el mismo Dios que nos lo revela en la Sagrada Escritura. Una llave divina que abre un misterio oculto hasta entonces, oculto a los mismos ángeles. Cristo se encarna en las entrañas de María, es la salvación del mundo, es la salvación de todos los hombres. Obedeciendo, dice san Ireneo, es decir amando; porque obedecer es amar y amar es obedecer. Obedeciendo, la Virgen fue causa de la salvación propia y de la del mundo.

Esta frase hoy, en que dentro de la misma Iglesia hay una rebeldía contra las autoridades legítimamente constituidas: obedeciendo, es decir, amando. Amar es obedecer, y obedecer es amar. La Virgen fue causa de la salvación propia y de la del mundo. “Aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Tres secretos de amor, y tres llaves. Y ahora llego yo con mi cuarta llave, la de mi libertad propia, que tan pronto cierra la puerta como la abre. La cierra unas veces a Dios para abrirla al ladrón, y otras veces al revés. Al ladrón que roba el amor y la gracia, al amor que es el sentimentalismo, la imaginación, la inconstancia... Madre, aquí tienes mi llave, ponla en tu llavero de los tres secretos, mi puerta abierta para la gracia, para que Cristo venga a mi vida. María, niña de los tres secretos y Madre. Ama de llaves de mi casa y de mi vida, toma todos mis secretos, todas mis llaves; y que me deje yo bañar en la luz, que el Verbo Encarnado irradia y en la que te envuelve. Para que yo empiece a conocerle a amarle y a seguirle.

(Meditación de Ejercicios, Celorio, 1968)