jueves, 2 de febrero de 2012

Esa belleza anhelada


Nave central de la Sagrada Familia.Barcelona.

Editorial revista Hágase Estar nº 265, febrero 2012


El 31 de agosto último, Benedicto XVI sorprendió al mundo con estas palabras: “Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de una poesía o un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una sensación de alegría, es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que «habla», capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma… Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se interroga ante la realidad visible, que intenta descubrir el sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito... Y una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto”.

Ese deseo de ir “más allá”, de alzarse “hacia lo alto”, está escrito en el corazón de todo ser humano. Es la sed de la belleza infinita que ha impulsado a tantos hombres y mujeres por el camino del amor más noble. Es un sello impreso en nuestra naturaleza, a un tiempo racional y ‘sentiente’.


En un bello fragmento de su diálogo Fedro, Platón describe una forma de “locura”, que también llama “entusiasmo”, e identifica con el amor a la belleza: “Cuando alguien contempla la belleza de este mundo, recordando la verdadera, le salen alas, y así, experimenta deseos de alzar el vuelo, y al no lograrlo mira hacia arriba como si fuera un pájaro… Esta es la mejor forma de entusiasmo, tanto para el que la posee como para que el que con ella se comunica; y al que participa de esta forma de locura, se le llama enamorado” (Fedro, 249, d-e).

La belleza de este mundo nos habla de otra Belleza que no pasa. Ese presentimiento de algo más, tiene que ver con el deseo radical del corazón humano, y resplandece en todo lo realmente verdadero y bueno. Percibirla es experimentar el orden que atraviesa el mundo y lo convierte en un ámbito de sentido y significado. Todo lo demás deja el amargo sabor del vacío y la decepción.

El propio Benedicto XVI, en otra ocasión, afirmaba: “Existe un mensaje divino, grabado secretamente en la creación, signo de la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo.” Pero advertía a continuación: “Es necesario tener ojos limpios para contemplar esta manifestación divina: «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sab 13, 5; Cf. Rm 1, 20).” Sólo los limpios de corazón pueden contemplar al Dios de la Belleza.

«Algunos, engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a merced de la casualidad…, sin embargo "en el principio creó Dios". Y ¡qué belleza tiene este orden!» Benedicto XVI retoma esta idea de San Basilio Magno, asegurando que, aunque “son muchos hoy los que, engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de un guía y de orden, como si estuviera a la merced de la casualidad..., el Señor, nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Y esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos, es también Amor”.

Dejémonos, por tanto, despertar por esta Palabra de Dios; pidamos que despeje nuestra mente para que podamos percibir el bello mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora, Sabiduría que es amor y bondad, y la fuente de esa belleza que, como decía Dostoievski, salvará al mundo. Irradiemos al mundo el amor a esa Belleza anhelada que brota del Amor de Dios.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La existencia del corazón de Dios, y la vía del corazón vía “pulchritudinis”

Por Santiago Arellano Hernández

A estas alturas de mi vida ¿he de ocultaros que soy creyente en Dios, Uno y trino, Padre misericordioso creador del cielo y de la tierra; en el Espíritu santificador y en Jesucristo, Verbo encarnado, en quien se explican los misterios del hombre y de la tierra? He recibido, sin mérito alguno de mi parte, tanta luz de la Fe en mi vivir de cada día que me atrevería a hacer mías las palabras de José Luís Martín Descalzo en su soneto “Lo que veo” de su admirable poemario “Testamento del pájaro solitario”


Ahora que estamos solos,
Cristo, Te diré la verdad: Señor, no creo.
¿Cómo puedo creerme lo que veo
Si la fe es creer lo que no he visto?
Pero no quiero escribir desde la información y evidencias que poseo por creyente; aunque las vislumbres que me llegan desde la fe, confirman como en un espejo las evidencias que encontramos en el itinerario del corazón.

Punto de partida:

Todo está dicho en las alabanzas a la creación que compuso el Rey David en el salmo XVIII, 2-7


Alabanza de la Creación

El cielo proclama la gloria de Dios
y el firmamento anuncia la obra de sus manos;
un día transmite al otro este mensaje
y las noches se van dando la noticia.
Sin hablar, sin pronunciar palabras,
sin que se escuche su voz,
resuena su eco por toda la tierra
y su lenguaje, hasta los confines del mundo.
Allí puso una carpa para el sol,
y este, igual que un esposo que sale de su alcoba,
se alegra como un atleta al recorrer su camino.
Él sale de un extremo del cielo,
su órbita llega hasta el otro extremo,
y no hay nada que escape a su calor.
He de confesaros que tengo el hábito de contemplar cuanto me rodea, grandioso o mínimo. Salgo en busca de la belleza, aunque no me mueva de mi cuarto. Cada instante trae su hermosura y mi asombro. Y la belleza me invita, como a David –con perdón- a proclamar la Grandeza de nuestro Dios. Si no nos gozamos de la Creación, es imposible cantar a su Creador. Es mi vía “pulchritúdinis”, gracias a tantos maestros. Por ejemplo el seráfico Francisco. El que enseñó a Europa y a toda la Humanidad a reconocer la relación que existe entre los humanos y las cosas: hermana agua, hermana luna, hermano lobo, y a ver en todo ello el reflejo de Dios. Y, ¿cómo no? Al divino San Juan de la Cruz que sentenció para siempre sobre el origen de la belleza de las criaturas:



Mil gracias derramando,
Pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Friedrich, Caspar David, en toda su obra en general, nos sabe transmitir el asombro del hombre ente la belleza de la creación. Un paisaje nocturno, en este caso. Salida de la luna sobre el mar y contemplando el paisaje dos parejas, dos mujeres sentadas y dos hombres de pie, todos embelesados. Dionisio el Areopagita tiene esta frase: Dios llama (kaloun) a todas las cosas a sí, por eso se dice que es kallos (belleza). La belleza que llega al corazón del hombre es una analogía interesante para recordar al Dios que llama. La belleza llama. No deja indiferente, despierta un deseo. Dios llama a él a todas las cosas.

El camino de la belleza

Fernando Martín Herráez

Hace ya algunos años el Consejo Pontificio de la Cultura se planteó una pregunta fundamental en el marco de la nueva evangelización: ¿cómo presentar el Evangelio, tanto a la masa de bautizados que viven de hecho como si no fueran creyentes, como a aquellos que nunca lo han conocido, en un lenguaje y con categorías comprensibles al hombre de hoy?

Como una respuesta posible a esta pregunta, se planteó la necesidad de estudiar más a fondo la Via Pulchritudinis, el camino de la belleza, un camino para hablar de Dios al hombre de hoy, y para permitirle, a través de la belleza, alcanzar a Dios. Fruto de esta reflexión fue el documento “Via Pulchritudinis. Camino de evangelización y diálogo” que recogía las intervenciones de la asamblea plenaria del 2006 del Consejo Pontificio de la Cultura.

El camino de la belleza es camino de acceso al misterio de Dios. No solamente la Verdad, ni solamente el Bien, sino el pulchrum, la Belleza, siempre unida a la Verdad y al Bien engendrando unidad y no división.

El camino de la belleza incluye y afecta a la fe cristiana, a su experiencia, a la búsqueda de Dios, a la espiritualidad, a la oración y a la liturgia misma. Por eso es un tema que tiene que estar presente en nuestra reflexión y en nuestro quehacer como laicos en el mundo. No es un añadido gratuito, como algo de lo que se podría prescindir.

Como estímulo para nosotros bastaría recoger las palabras que el Papa dirigió el 31 de agosto pasado en la Audiencia general tenida en Castelgandolfo:


“Tal vez os ha sucedido alguna vez ante una escultura, un cuadro, algunos versos de una poesía o un fragmento musical, experimentar una profunda emoción, una sensación de alegría, es decir, de percibir claramente que ante vosotros no había sólo materia, un trozo de mármol o de bronce, una tela pintada, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que «habla», capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se cuestiona ante la realidad visible, busca descubrir su sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Más aún, es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto.

(…) ¡Cuántas veces cuadros o frescos, fruto de la fe del artista, en sus formas, en sus colores, en su luz, nos impulsan a dirigir el pensamiento a Dios y aumentan en nosotros el deseo de beber en la fuente de toda belleza! Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino... La visita a los lugares de arte no ha de ser sólo ocasión de enriquecimiento cultural —también esto—, sino sobre todo un momento de estímulo para detenerse a contemplar en el paso de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que significa el rayo de belleza que nos toca, que casi nos «hiere» en lo profundo y nos invita a elevarnos hacia Dios”.
Sobran comentarios a estas palabras dignas de colocarse en la entrada de muchos museos y –por qué no- en la fachada de las Escuelas de Bellas Artes.

Termino con una cita de Simone Weil que nos debería hacer vibrar como apóstoles en medio del mundo, que reconocemos en la Encarnación el misterio que nos da sentido:

"En todo aquello que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de lo bello, está realmente la presencia de Dios. Hay casi una especie de encarnación de Dios en el mundo, del cual la belleza es un signo. Lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible. Por esto, cada arte de primer orden es, por su esencia, religiosa".

Más fetiches culturales: La sociabilidad

Abilio de Gregorio

Hay quienes tienen ideas fijas y hay a quienes se les quedan estancadas. En el ambiente de la educación hay hoy determinados “mantras”, políticamente correctos que, empiezan a oler a charca. Si se cuestiona acerca de qué valores deben cultivarse en la escuela, automáticamente le citarán con una cierta beatería cívica: “tolerancia”, “participación democrática y ciudadana”, “igualdad”, es decir, algo así como “educación para la ciudadanía”… Si pregunta por los modos didácticos más convenientes, le hablarán con entusiasmo del aprendizaje cooperativo, de la creatividad de grupo, del trabajo en equipo. El maestro exhibe con satisfacción la última destreza adquirida para el desarrollo de las habilidades sociales de sus discípulos, la centralidad de las competencias pro-sociales. Si el discurso toma altura retórica pronto aparecerá eso de la “alteridad” (el otro) como dimensión capital de la educación, olvidándose que el “alter” latino es también raíz semántica por ejemplo de “alteración” o de “subalterno”, con lo cual no se sabe bien si ese emperramiento en lo de la alteridad en las aulas no apuntará a la configuración de ciudadanos-alterados-subalternos.

En el fondo de la mayor parte de los comunitarismos, -blandos o duros, da lo mismo-, quedan algunos de los residuos de aquella sociología de Durkheim para quien el ser individual de cada persona está conformado por el sistema de ideas sentimientos y hábitos del grupo al que pertenece. Por ello, la educación no es sino un proceso de socialización en tanto que aprendizaje e interiorización que debe llevar a cabo el educando respecto a las normas y a la cultura de la sociedad en la que está inmerso. La educación ha de perseguir fundamentalmente modelar la conducta social. Por ello los dos grandes objetivos de la educación durkheimiana serán el fomento de la adhesión a los grupos sociales de pertenencia y el espíritu de disciplina. Por el primero el individuo llegará a su realización plena dentro y por medio del grupo social, pero para ello ha de aprender a superar toda tendencia al individualismo. La educación, afirma, ha de buscar la formación del carácter y la disciplina, con el fin de aprender a renunciar a su mismidad (a su identidad) y someterse al grupo.

Si para el psicoanálisis freudiano el sentimiento de culpa es una producción del super-yo de origen social, para el sociologismo durkheimiano, por el contrario, el sentimiento de culpa ha de surgir cuando hay resistencia a la mansa conformación social. La falsilla ideológica presente en la educación hoy parecería haber hecho una síntesis facilona entre ambos: ha optado por el atajo del “individualismo gregario”: ha prescindido de cuanto suponga exigencia y se ha quedado con la melaza del freudismo y con el arrullo del sociologismo para diluir las responsabilidades personales en “el colectivo”.

La ilusión de esta blanda conformidad a la comunidad de individuos egotrópicos no es sino la anestesia para el implante tranquilo del totalitarismo. Hanna Arendt en su clásico “La condición humana” deja constancia de los caminos que conducen a ese totalitarismo y, al releerlos hoy, no se puede evitar volver la vista a nuestras aulas tan entusiasmadas con las pedagogías de la socialización, del pluralismo; tan medrosas con las diferencias y con las identidades singulares:

En primer lugar, todo se presenta como político: lo jurídico, lo económico, lo científico, lo pedagógico. Al mismo tiempo, o quizás por ello, todas las cosas se vuelven públicas: iniciativa privada, familia, individuo, etc. terminan siendo subsidiarios del poder público. La ausencia de vida privada, la alienación respecto al mundo y a los otros, la falta de identidad clara son condiciones de posibilidad del totalitarismo. Para orientar a las mases es preciso manipular los hilos de sus deseos más primarios liberados de todo convencionalismo. Por último, al totalitario le conviene reducir al educando a hombre o mujer corrientes, frívolos, superfluos para que sean más manejables.

Ante la amenaza de todos los totalitarismos, incluso de aquellos que se presentan con la piel de la ética de la igualdad solidaria, será conveniente interrogarse si no está llegando el momento de educar hoy en la ascética de la diferencia. “Educar es convertir al discípulo en alguien, para que no sea un cualquiera, hacer que cada uno sea él mismo”, escribía el P. Tomás Morales. Y en “Forja de hombres”, siguiendo a Pío XI en “Mit brennender Sorge”, afirma: “Este despotismo intelectual reduce la persona a individuo. La hace cosa, la “cosifica”. La convierte en fragmento de materia. La confunde con una partícula microscópica perdida en la inmensa red de fuerzas físicas, cósmicas, vegetativas, animales. Se atomiza al hombre que desaparece absorbido por el anonimato de la masa”.

Educar entusiasmando

P. Tomás Morales

La pista de despegue de una educación cabal es la admiración, el entusiasmo. Educar no es sólo enseñar a otro cosas que no sabe. Es ante todo hacer de él algo que no era. La tarea educativa de un laico arrastra una vida lánguida mientras no logra comunicar la llama del entusiasmo. Es el gran arte del educador humanista, su gran misión. Tiene que ser un excitador del entusiasmo.

Signo de mediocridad es carecer de entusiasmo, decía Descartes. No le falta razón: ¿Para qué te sirve el avión si no tienes combustible? Una cosa es mortal para el hombre: la indiferencia, que lleva al ocio y al pecado. El entusiasmo impulsa a la superación, remonta la apatía, lanza al esfuerzo. La brújula no basta para navegar, hacen falta los remos, y es el entusiasmo quien los mueve con regularidad y constancia.

El promotor de todas las empresas humanas grandes o pequeñas es el entusiasmo. El entusiasmo supone la creencia en la posible realización del ideal, creencia activa que se manifiesta por el esfuerzo. El mundo pertenece a los entusiastas, a esos espíritus reflexivos y serenos que alternan el "todavía no" con el "ya". El entusiasmo es necesario al hombre. Es el genio de las masas, y es para el individuo el que produce la fecundidad misma del genio. Los hombres que triunfan, las obras que se imponen, viven informados por una mística, por un ideal común amado con entusiasmo.

Una pedagogía inteligente cultiva y desarrolla el entusiasmo enseñando al discípulo a gozar de las grandes creaciones del arte y de la literatura en todas las épocas, y más en los modelos de belleza y equilibrio de la cultura grecolatina. "Recurre al humanismo enriquecedor, que por la asimilación viviente de las obras maestras despierta a la vez en el discípulo el sentimiento de admiración, por el cual la inteligencia se entrega incondicional, y el sentido critico, que le permite juzgar del valor relativo de las cosas y autocontrolarse. Así el humanismo cultiva a la vez la sensibilidad del adolescente en lo que tiene de más espiritual y su razón en lo que tiene de más universal." (F. Charmot).

La escuela no es sólo un proyecto educativo, un diseño teórico. Es sobre todo forja que armoniza fe, cultura y vida, despertando el entusiasmo en el corazón de cada educando. Así, amando y entusiasmando, el maestro, en convivencia continua con el discípulo, como padre con el hijo, le persuade con el ejemplo y las palabras que para ser algo en la vida y salvar el alma para la eternidad, una síntesis armónica es precisa: cabeza de hielo que sabe pensar, corazón de fuego que sabe amar y mano de hierro —con guante de terciopelo o crin, según los casos— que sabe actuar.

Hora de los Laicos