miércoles, 2 de noviembre de 2011

La familia, un gran invento... de Dios

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Cuando se cumplen 30 años de la publicación de la Familiaris consortio, uno de los más bellos legados del Beato Juan Pablo II, es urgente poner a la institución familiar en el centro de nuestra preocupación y de nuestras actividades. Porque es el más bello de los inventos, es un invento de Dios, que es Familia.

La familia, basada en la fidelidad matrimonial entre el hombre y la mujer y abierta a la vida, está llamada por naturaleza a ser escuela de virtud, de valores humanos, de humanismo para la sociedad. A ser impulsora de la nueva evangelización del mundo. Ella puede hacer que lo bueno y lo malo adquieran escala humana y que puedan cobrar un sentido por la dedicación amorosa e incondicional de unos a otros en su seno.

La familia es imagen y semejanza del Amor de Dios. De la experiencia de una auténtica vida familiar depende el destino del hombre, su felicidad y su capacidad de dar sentido a su existencia.

Mirad a vuestro alrededor y os daréis cuenta de que la crisis de la fe ha ido de la mano en las últimas décadas con la crisis de la familia. Y que de ambas se ha seguido una profunda crisis moral que se ha extendido a la sociedad en su conjunto, infectada de individualismo y de un modo de entender la vida en función de un afán de autosuficiencia. Pero la autosuficiencia no es humana. Todo ser humano está llamado a vivir en comunión, y sólo así será feliz.

Conviene estimular a los futuros esposos a descubrir las riquezas del amor que llevan en sí, para que capten claramente las dimensiones de totalidad, fidelidad y castidad conyugal. Esta reflexión profunda debe llevarlos a realizar bien el carácter definitivo de su compromiso mutuo. Pero necesitan ayuda.

Es urgente ayudar a los matrimonios jóvenes, a los que a veces asalta la duda de si serán capaces de vivir la fidelidad conyugal durante toda la vida, mediante el acompañamiento y el consejo, el buen ejemplo y la oración compartida.

Los padres cristianos deben por encima de todo tomar en serio su misión de educadores de sus hijos, por medio de una formación humana y cristiana integral. Es preciso que tengan en valor que a través de esa educación deben transmitir a sus hijos el patrimonio humano y espiritual que ellos mismos han recibido. Deben preocuparse de mantener en su hogar un clima cristiano de libertad, de respeto mutuo, de rectitud moral, de misericordia y perdón, y de alegría. Los padres, con la oración diaria en familia y con las primeras explicaciones sencillas dadas a los hijos, han de iniciarles progresivamente en las verdades de la fe. Y con su ejemplo de coherencia cristiana, mostrarles que vivir según las virtudes, presididas por la más grande de todas ellas que es el amor, es el camino de una vida auténticamente humana y feliz.

Pero esto es muy difícil vivirlo en solitario, enrocados en el interior de la muralla de las paredes del hogar. Es preciso entrar en contacto con otras familias cristianas y compartir con ellas el tiempo, los proyectos, los criterios, la vida de fe y la educación de los hijos. Que se apoyen mutuamente, que formen ambientes educativos y de contagiosa vida cristiana.

Es tiempo de elecciones en España, y ocasión para que las familias católicas hagan oír su voz y sus demandas. Deben proponer una visión de la familia como criterio de toda la acción política, porque con ella están relacionadas todas las dimensiones de la vida humana y social. Las familias deben saber organizarse en el ámbito cultural y político para que se reconozca su peso real frente a las minorías que militan contra la familia y la vida.

Los que defienden la familia, sus valores, su función vital en la sociedad, deben lograr que se escuche su voz en las asambleas locales y regionales, en los Parlamentos, en las instancias internacionales, y dondequiera que se decida el futuro de la familia, y por lo tanto de la humanidad. El silencio y la inacción serían culpables.

martes, 1 de noviembre de 2011

Autumnal

Santiago Arrellano Hernández

El otoño propicia las nostalgias. Incluso aquel falso sentimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Falso por culpa del “cualquier”. No todos los tiempos pasados fueron mejores que el nuestro; pero tampoco es verdadero que ningún tiempo pasado fue mejor. La historia es maestra de la vida, porque nos advierte de los errores del pasado para poder evitarlos, aunque nunca podrá enseñarnos a dar respuestas certeras sobre el nuestro. Vivir es una opción de libertad. No siempre la elección es la conveniente. Por eso rectificar es de sabios. Cualquier imitación del pasado se queda en obra de cartón y escayola. La creatividad es un don que debe practicar cada generación.

Ramón Casas, pintor catalán de finales del XIX y principios del XX, nos ofrece en este cuadro una de las actitudes anímicas más peligrosas para vivir con gozo y entusiasmo la religiosidad de cada persona. La contemplación con nostalgia de algo que fue pero que ya no puede ser. El jardín descuidado. Las columnas y muros nos recuerdan un edificio en ruinas, probablemente un monasterio románico con su claustro abandonado. Remanso de paz entre las ruinas inmersas en medio del silencio. Una chica joven, elegantemente vestida, hasta yo diría que inadecuadamente vestida para la ocasión, vestido vaporoso y zapatos de tacón, apoyada su mano en la barbilla, contempla reflexivamente el lugar. Nostalgia de una época pasada que ya no podrá volver. El modernismo es un neorromanticismo. Añoranza de un pasado sereno y plácido, opuesto al ajetreo de la ciudad.

Esta pintura se me ha convertido en el símbolo de una actitud anímica equivocada sobre la Iglesia y la vida de fe de los creyentes. Los hombres y mujeres del medievo supieron plasmar en piedra su sentido de Dios, y nos lo legaron como testimonio y herencia de su vida. Pero pensar que nosotros ya no podemos hacer algo semejante expresa nuestra decaída fe. Cada generación, aspira a una vida plena, que plasma en arte y en la vida sus ideales de belleza, verdad y bien. La Iglesia se parece al ave Fénix que renace de sus cenizas con nuevo esplendor. Lo demás es infecundo. Toda criatura y las obras de sus manos están condenadas al olvido, a su descomposición, a ser un día ruinas. Pero el Verbo encarnado permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Nadie mejor que Rodrigo Caro nos lo explicó en su elegía a las ruinas de Itálica, lección impagable del destino de cualquier vanidad. El último verso resume su mensaje: “¡oh fábula del tiempo, representa cuánta fue su grandeza y es su estrago!” La contraposición de “fue” con “es” nos lo dice todo, lo mismo que “grandeza” frente a “estrago”. La Itálica famosa ha quedado reducida a “campo de soledad”, “mustio collado”. Todo, hasta la muralla, tan temida, se ha reducido a reliquia del pasado. Todo es memoria funeral: las torres o el anfiteatro, sucumbieron a su “pesadumbre”. Para el poeta barroco, tan embebido en el mundo cultural romano, el pasado glorioso sólo tiene un destino: convertirse en “teatro trágico”, lección imperecedera sobre el destino de las glorias y grandezas de este mundo. Todo cambia. Sólo Dios permanece. Sólo Dios basta. No nostalgia; sino esperanza.



Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipión la vencedora
colonia fue; por tierra derribado
 yace el temido honor de la espantosa
 muralla, y lastimosa
 reliquia es solamente
de su invencible gente.
Sólo quedan memorias funerales
 donde erraron ya sombras de alto ejemplo
 este llano fue plaza, allí fue templo;
 de todo apenas quedan las señales.
 Del gimnasio y las termas regaladas
 leves vuelas cenizas desdichadas;
 las torres que desprecio al aire fueron
 a su gran pesadumbre se rindieron.
Este despedazado anfiteatro,
 impío honor de los dioses, cuya afrenta
 publica el amarillo jaramago,
 ya reducido a trágico teatro,
 ¡oh fábula del tiempo, representa
 cuánta fue su grandeza y es su estrago!

Para que tengan vida


P. Tomás Morales S.J

Aunque indirectamente contribuya de la manera más eficaz a la reorganización del mundo, el Cristianismo no apareció en la Historia achicado con una finalidad temporal y terrena. Ni Jesucristo ni Pablo hablaron directamente de la condición de los esclavos en el mundo antiguo. Sólo predicaron la salvación del alma. Un sacerdote, un militante al formar jóvenes, primordialmente debe ocuparse de que las almas tengan vida y la tengan más abundante. Han nacido en la Iglesia para ser continuadores de la misión de Cristo. El la concretó en esa divisa que deben apropiarse sus seguidores, refiriéndola cada uno a sí mismo y a su actuación: «He venido para que tengan vida y la tengan más abundante». (Jn 10,10)

Lo demás, el influjo de ese cristiano en el mundo cambiando sus estructuras, vendrá por añadidura, será la consecuencia. «La misión propia que Cristo confió a su «La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso», afirma taxativamente el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 42).

Al cumplirlo, «difunde en el mundo un reflejo de su luz..., sanando y elevando la dignidad de la persona humana, robusteciendo la trabazón de la sociedad humana, y dando a la actividad cotidiana del hombre un sentido y significación más profunda. » (Ibid., 40.) Pío XII había dicho: «La Iglesia debe conducir a los hombres para que se entreguen a Él sin reservas. La Iglesia no puede jamás perder de vista este fin religioso estrictamente sobrenatural» (9-3-1956).

El hombre perfectamente evangelizado comprende enseguida que el Cristianismo abarca todas las dimensiones de la vida humana. Y sabe que la religión de Cristo no es una invitación a abandonar el mundo olvidando sus problemas, sino que obliga al bautizado a estar no a remolque de los demás, sino en la vanguardia de todas las iniciativas del progreso humano. Pablo VI nos lo recuerda. No es posible aceptar «que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan agitadas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo. Si esto ocurriera, sería ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor hacia el prójimo que sufre o padece necesidad» (Apertura III Sínodo de Obispos, 27-9-1974 y Evangelii nuntiandi, 31).

Será más fiel a Dios, mejor cristiano, en la medida en que sea mejor obrero, mejor estudiante, mejor artista, mejor jefe de empresa, mejor hombre de Estado. Cristo no es sólo vida del alma, sino vida de todo el hombre. Nada escapa a su acción: familia, profesión, economía, educación, pasatiempos, prensa, cine, televisión... La religión no es «opio» para adormecer, sino estimulante que exige al cristiano darse del todo a los demás olvidando su egoísmo en cada detalle de su vida.

Renunciar siempre al egoísmo para vivir para Dios en los demás, en la profesión, en la familia, en el trabajo o en la diversión, en la fortuna como en la desgracia, sólo se conseguirá si el forjador de juventudes ha centrado su esfuerzo en hacer vivir el Evangelio en toda su grandiosa integridad, en hacer que los jóvenes «tengan vida y la tengan más abundante», precisamente en la edad en que todo —pasiones que se despiertan con fuerza, mundo que encandila con sus atractivos— se conjura para asfixiar la vida de Cristo en el alma.

Laicos en marcha  

Ideas y creencias

Por Abilio de Gregorio

Dice el P. Morales al final de su obra “Forja de hombres” que a muchos de los que pretenden ser educadores de la juventud “les sobran opiniones pero les faltan dogmas”, evocando la expresión de H. Heine ante el recuerdo admirado de la firmeza de los hombres que construyeron la maravilla de la catedral de Amberes.

Esto suena hoy a fundamentalismo intolerante dentro de una cultura del pensamiento débil donde el derecho a la libre opinión se pretende que sea fundamento del derecho y soporte de la ética individual y colectiva.

Sin embargo, convendría tomar bien la medida, de la proposición del padre Tomás Morales porque quizás está poniendo el dedo en la llaga:

Escribía Ortega y Gasset en 1940 un pequeño ensayo titulado Ideas y creencias en el que viene a sostener la misma aseveración que el educador jesuita. Permítaseme glosarlo a mi manera.

Observo la tranquilidad con que embarcan los pasajeros del avión que se dispone a cruzar durante una larga travesía el océano y medio continente. Y pienso que casi la totalidad de los viajeros se dispone a efectuar este viaje no con la tranquilidad que les da la demostración científica de que ese enorme artilugio será capaz de remontar el suelo y mantenerse durante horas avanzando por el aire. No. La mayoría va tranquila porque “cree” –no por la consistencia racional de ninguna demostración- que eso va a suceder y ello es suficiente como para una toma de decisión de capital importancia.

Es más: pienso que la vida del hombre circula, hasta en el acontecer más cotidiano, por rieles de creencias, no de ideas. Cuando, hace algún tiempo el cirujano cardiovascular me explicó los pormenores de la operación de corazón a la que estimaba necesario me sometiera, él se empeñaba en argumentarme muy científicamente la baja probabilidad de fracaso en el proceso, a pesar de lo cruda e impresionante de la descripción. Y, aunque experimentaba cómo se me iba arrugando el ánimo al ritmo de sus explicaciones, al final le dije sí porque creí en él, no por la brillantez de su sólido discurso científico.

Este fenómeno en el que las ideas ejercen de bucles ornamentales frente a las creencias en el papel de categorías a priori para seguir viviendo, está presente permanentemente a lo largo de la rutina diaria. Tomo el ascensor aunque no tengo casi ni idea de cómo es su mecanismo de funcionamiento. Simplemente “creo” que se va parar en el piso correspondiente y no tengo conciencia intelectual de estar jugándome la vida cada vez que entro en él. Salgo a la calle porque creo que la callé está puesta ahí, sin demostraciones racionales. Sería imposible tener una vida fluida si, para cada decisión tuviéramos que contar con un constructo elabo rado racionalmente. No. Para vivir es preciso disponer de un depósito de “creencias” en tanto que firmezas que se dan por supuesto, aunque no se haya llegado a ellas por estricta vía inductiva o deductiva.

¿Quiere decir que las ideas son, pues, irrelevantes en nuestra vida? Quizás habría que afirmar que, si las ideas no llegan a metabolizarse en creencias, si no pasan al sistema práxico de nuestras conductas en forma de creencia, resultan ser bálago, maleza, farfolla de naturaleza intelectual.

Martin Buber mantiene en Eclipse de Dios que hay algo que se interpone entre el hombre actual y Dios que impide una adecuada relación con Él: Dios reducido a idea. De un Dios reducido a teorema podemos hablar elocuentemente. Con un Dios Persona podemos hablar íntimamente. No tiene casi nada que ver el Dios de los filósofos al que alude Pascal con el Dios de la fe a Quien creemos, del que esperamos y del que nos experimentamos amados.

Ciertamente, nos sobran ideas, opiniones acerca de Dios y nos faltan, lamentablemente, creencias, firmezas sobre las cuales apoyar nuestros pies con seguridad en el diario caminar.

¿Cómo sucede el tránsito de la idea a la creencia? A partir del momento en que el verbo, el logos, se hace carne (con minúsculas) Es decir, a partir del momento en que se comienza a vivir como si se creyera realmente, aunque nuestras ideas sean todavía vacilantes. Y en la medida en que se reitera la acción creyente (la función crea el órgano). Y, sobre todo, en la medida en que el propositor de la creencia sea, a su vez, creíble por su coherencia, por su autoridad intelectual y moral y por su buena salud anímica, léase felicidad.

Decididamente, si nuestro mundo gira hoy con rumbos inciertos, a pesar de todo el progreso científico y la tolerante concurrencia de opiniones, es porque las ideas no han llegado a cristalizar en creencias. Nos sobran especialistas; nos faltan maestros de fe.

Familia y lógica del don

Fernando Martín Herráez

Entre las enseñanzas que nos ha dejado Benedicto XVI en su reciente encíclica social Caritas in veritate, destaca la llamada “lógica del don”.

El capítulo tercero, uno de los más originales de la encíclica, es donde desarrolla este concepto. El Papa destaca la importancia que el "don", algo recibido y gratuito, tiene en la vida de los hombres, frente a la tentación de autosuficiencia que ignora la evidencia del pecado original.

Este concepto lo aplica a la actividad económica. Entiende que la economía es una actividad humana y por ello ética. Junto a la "lógica del intercambio contractual" propia del mercado, y a la "lógica de la política" propias de los gobiernos, la vida económica necesita la "lógica del don sin contrapartida". Mercado, Estado y sociedad civil deben articular la actividad económica. La solidaridad requiere el protagonismo sobre todo de la sociedad civil y la apertura a una economía de comunión: "tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco".

En una audiencia reciente a los miembros de la FundaciónCentesimus Annus - Pro Pontífice” que habían tenido un encuentro titulado “familia y empresa”, el Papa ha vuelto a hablar de la “lógica del don”. Benedicto XVI ha querido subrayar que coinciden en este año el 20 aniversario de la Encíclica Centesimus Annus del beato Juan Pablo II, publicada a 100 años de la Rerum Novarum, y también el 30 aniversario de la Exhortación apostólica Familiaris Consortio.

“El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio; el amor entre los miembros de la misma familia: entre padres e hijos, entre hermanos y entre parientes, está animado y sustentado por un interior e incesante dinamismo, que conduce a la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar”.

"Y es sobre todo en la familia donde se aprende que la manera justa para vivir en el ámbito de la sociedad, en el mundo del trabajo, de la economía, de la empresa, deber ser guiado por la caritas, en la lógica de la gratuidad, de la solidaridad y de la responsabilidad de los unos con los otros".

La familia se convierte, desde esta perspectiva, en sujeto activo, capaz de recordar el “rostro humano” que debe tener el mundo de la economía.

"Es necesario, por lo tanto, una nueva síntesis armónica entre familia y trabajo, en la que la doctrina social de la Iglesia puede ofrecer su preciosa contribución. En la Encíclica Caritas in veritate, he subrayado como el modelo familiar de la lógica del amor, de la gratuidad y del don ha de extenderse a una dimensión universal. La justicia conmutativa -“dar para tener”- y la justicia distributiva -“dar por deber”- no son suficientes en el vivir social. Para que haya una verdadera justicia es necesario añadir la gratuidad y la solidaridad”.

“La solidaridad no puede delegarse al Estado, porque todos somos responsables de todos. Hoy ni tan siquiera puede realizarse la justicia, sin gratuidad solidaria”.

"En este caso, caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo. El mercado de la gratuidad no existe y no se pueden legislar disposiciones gratuitas. Y sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco".

Sería bueno que ahora que se cumplen estos aniversarios que nos ha recordado el Papa volviéramos a leer la Familiares Consortio, y tratáramos de de hacer realidad, por medio de iniciativas, esa lógica del don que ya allí se perfilaba. Esa es una tarea propia de los laicos.