domingo, 2 de octubre de 2011

Dulce compañía

Portada Hágase Estar nº 261
Es, con el “Jesusito de mi vida”, la primera oración que de pequeños aprendimos casi todos: “Ángel de mi guarda, dulce compañía…” Y por eso, tal vez, pensamos que “eso de los ángeles” es cosa de niños; o que nosotros, tan serios, tan atareados, tan adultos… tenemos que tener los pies pegados al suelo. Y tal vez, también, se nos escapa: “¿Ángeles…? Bah, disquisiciones...”

Pero la Iglesia reserva dos festividades -29 de septiembre, San Miguel, San Gabriel y San Rafael; 2 de octubre, ángeles custodios- para que recordemos que ellos son un modo muy concreto de la cercanía de Dios en nuestras vidas, en la de cada uno, y para que les demos gracias, como es de bien nacidos. Son personas importantes, ante Dios y para nosotros. Son testigos de lo invisible, de lo espiritual y de lo eterno en nuestras vidas. Y están pendientes de nuestra salvación. Esa es la razón por la cual hemos querido también dedicarles nuestro tema de portada.

Dios ha asignado a cada ser humano un ángel para protegerle y facilitarle el camino de la salvación mientras está en este mundo. En la Escritura se puede observar cómo Dios se sirve de sus ángeles para proteger a los hombres.

No les hacemos mucho caso, seguramente. Somos a veces tan racionalistas… Pero a menudo, cuando alguien se salva inexplicablemente de un daño cierto, solemos decir que seguro que su ángel de la guarda la ha echado una mano. De vez en cuando también, como ocurre en algún testimonio recogido en estas mismas páginas, alguien te cuenta que ha vuelto a la fe, o que ha experimentado una presencia de Dios muy especial y gratificante, precisamente cuando ha tenido una “conversación de tú a tú” con su ángel de la guarda… Hay incluso quien le pone un nombre para tratarle con más familiaridad y confianza. Y lo bueno es que, ciertamente, a veces, no te explicas cómo, pero… sí, notas que está contigo, cargado de paciencia, cómplice de tu deseo de ser mejor, y a pesar de todo. También se puede pedir favores especiales a los ángeles de la guarda de otras personas para que las protejan de determinado peligro o las guíen en una situación difícil.

Su misión de “custodios” es acompañar a cada hombre en el camino por la vida, cuidarlo, protegerlo del mal y guiarlo en el difícil camino hasta llegar a Dios. Se puede decir que es un compañero de viaje que siempre está al lado de uno, mientras trabaja, mientras descansa, cuando se divierte, cuando reza, cuando le pide ayuda y cuando no se la pide. No se aparta de él ni siquiera cuando pierde la gracia de Dios por el pecado. Le prestará auxilio para enfrentarse con mejor ánimo a las dificultades de la vida diaria y a las tentaciones que se presentan en la vida.

Es bueno tener en cuenta a los ángeles y volver a tratarles con delicadeza y confianza, entre otras cosas también para que no nos creamos demasiado autosuficientes. Pensar en ellos es reconocer que necesitamos ayuda, mucha ayuda. “Ángel de Dios, que yo escuche tu mensaje y que lo siga, que vaya siempre contigo hacia Dios, que me lo envía.... Testigo de lo invisible, presencia del cielo amiga…” (Himno de la Liturgia de las horas).

Pero es que además, hay otros ángeles, los ángeles caídos, los demonios, de los que tampoco debemos olvidarnos, ni fiarnos. Entre otras cosas porque ellos no descansan, y porque su labor consiste en hacernos creer que no necesitamos a Dios, y por lo tanto nos incitan a desobedecerle. La cosa podría llevarnos a una discusión más o menos bizantina, a no ser porque las consecuencias de esa labor nefasta son terribles y empíricamente constatables.

Si alguno piensa que la amistad con nuestros ángeles es algo secundario, que haga la prueba. Que intente hacer amistad con el suyo, y luego… ya nos contará.

sábado, 1 de octubre de 2011

Te envía ángeles..., para preparar el encuentro contigo

P. Tomás Morales S.J.

Si Magdalena, al ver el sepulcro vacío, en vez de empezar a dar voces y gritos, como empezó, ¡ay, se lo han llevado; ay, lo han robado, voy a contárselo a Pedro y a Juan, voy con el cuento enseguida,… esto no puede ser. Estate quieta chica, que no sabes lo que dices. Como no le cabe en la cabeza al que “ha visto” una cosa en la oración, que luego le manden otra: “¡pero si yo lo he visto, yo, en la oración!”

Es lo que tú haces cuando no te salen las cosas como las esperas. Ir a contárselo al vecino, criticando de este profesor, de aquél director de residencia, por ejemplo, o del instituto, o tal campamento... Lo de siempre.

“…Y aconteció que estando ellas consternadas en su espíritu, se les presentaron de improviso dos jóvenes vestidos de largas túnicas blancas y refulgentes…” Jesús, no las abandona. A pesar de que están diciendo tonterías contra Cristo, que es imposible que resucite... A pesar de que están emperradas, qué bueno es Jesús que no nos abandona nunca. Es el buen amigo, cuyo oficio es consolar. Que frase tan profunda, esta de San Ignacio en los ejercicios: no las deja mucho tiempo con la rabieta, porque está empeñado en que vuelvan a la fe. A mí tampoco: ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta cubierta de rocío pasas las noches del invierno a oscuras?” (L. de Vega)

Cristo resucitado, decidido a hacer madurar en la fe a estas mujeres. A prepararlas para aparecerse a ellas. Por eso les envía a dos ángeles disfrazados de mozalbetes, porque esto es lo que dice aquí, dos jóvenes vestidos de largas túnicas. Todavía no habla de ángeles. Les envía dos ángeles disfrazados de mozalbetes. También Jesús se disfraza, pero no con careta de ángel bueno, como hace el Enemigo, sino utilizando a alguien que te manda, un jefe en la oficina, o en la profesión que tú realizas, sea laico, aunque sea un Herodes o un César Augusto. Da igual. Son otros los disfraces que suele utilizar Jesús, como aquí: presentarse por medio de estos dos jovenzuelos. Fracaso, enfermedad, desengaño, son jóvenes o ángeles en forma de jóvenes que te envían. O de viejos, da lo mismo. ¿Todo para chinchar? No, no, para que madures en la fe. Ah, porque si no maduras no se te aparecerá.

Primero quiere levantar tu alma hacia Él, privarte de lo visible para que descubras al Invisible: De las satisfacciones que da lo visible, es decir dejarte llevar de la vanidad, hablar de ti en las conversaciones… Que tú ya acabes asqueándote de todo eso y digas: “Bueno, por aquí no hay camino. Vamos para atrás.” Quiere que te asquees de todo esto, y luego, cuando estés con nostalgia de Él, se te aparecerá. Qué Evangelio de la Resurrección tan maravilloso y tan desconocido. Hasta el punto de que ahora nos vienen a decir algunos que todo esto es un mito, que hay que desmitificar la infancia de Jesús y la vida gloriosa… Bueno, tú fíjate qué falta de profundidad y de contemplación suponen todas estas cosas que se dicen. “Hay que desmitificar todo esto”… para hacer otro mito, el del hombre moderno, el sexo…, porque, claro, esta triste esencia del hombre desmitifica lo divino y se hace mitos con lo humano, porque sin algún mito el hombre no puede andar. O adora a Dios que no es mito, sino realidad, o se hace mitos. Qué profundo y qué sencillo es todo esto.

De manera que primero, antes de aparecerse a ti, te envía todos estos “ángeles”: fracasos, desilusiones, desengaños, obediencias que te cuestan, para despertar en ti la nostalgia de verle: “Descubre tu presencia, tu vista y hermosura, mira que la dolencia de amor que no se cura si no con la presencia y la figura…” Y entonces, cuando tú ya te has desengañado de todo y de ti mismo, que es parte del todo, entonces es cuando Él está ya en disposición de aparecerse.

Reacción de las mujeres ante esto, pues verás, porque es la tuya. Te retratan: “Ellas quedaron espantadas”. Cuando Jesús se disfraza de estos rapaces jovenzuelos (un cambio de actividad, o te tienes que marchar ahora a otro lugar que no deseas, o cambiar de profesión. Y si estabas estudiando tienes que trabajar y si estás trabajando tienes que estudiar…) Entonces a ti te pasa que quedas espantado. Igual que estas mujercitas. Porque como no vives de fe, como no te mueves en el clima de la Resurrección, no miras a la Virgen, la estable. Porque lo más admirable en la Virgen no es su pureza, eso es lo primero que nos sorprende cuando somos niños. No es tampoco su sencillez de niño ante la voluntad de Dios, obediente… Ni siquiera su ejemplaridad alegre y el cumplimiento del deber desde el “hágase” hasta el “stábat”. Todo esto te sigue atrayendo siempre. Pero no es lo más grande de la Virgen.

Lo que verdaderamente anonada al contemplar a nuestra Señora es la fe grandiosa que tiene, a pesar de todo lo que le dice a Ella su cabecita, que le dice lo mismo que a mí, más o menos. A pesar de lo que le dicen las personas que están alrededor, que la tienen como visionaria y que está un poco trastornada por el dolor de la muerte del hijo.

Dios te manda esos “enviados” para purificar tu fe. Y es entonces cuando Él se te aparece.

Transcripción de una meditación de
Ejercicios (oral). Agosto 1968

Enseñar a comprender


Por Abilio de Gregorio

Observando el derrotero actual de la educación parece advertirse una suerte de deriva sin causa final, de intranscendencia o actividad de canto rodado en el acto de educar.

Con mucha frecuencia se puede pensar que la acción que realiza el docente (técnico, especialista, ‘enseñante’…) no transita más allá del mismo acto académico. Quizás no sea sino una manifestación más de esa enfermedad contemporánea del espíritu que algunos pensadores han diagnosticado como ausencia de teleología. Y, sin embargo, ya Aristóteles advertía que maestro no es el que muestra o enseña fenómenos, sino el que explica las causas, entre ellas las finales. Es decir, maestro es el que ofrece a sus discípulos los significados de lo factual.

Le han transmitido al docente que, para que el alumno aprenda los conocimientos que se le ofrecen para el aprendizaje, éstos han de resultarle significativos. Lo del “aprendizaje significativo” se ha convertido en un mantra en la nueva liturgia pedagógica del cognitivismo.

Conocimientos significativos, sí, pero ¿qué significado tiene eso que se pretende que aprenda el educando?

Si miramos con detenimiento los libros de texto y las programaciones magisteriales, todo queda reducido a una suerte de asociación de conocimientos; a simples conocimientos enracimados pendiendo, a lo sumo, de alguna sinapsis con la experiencia cotidiana. Ahí se queda la significatividad. Pero no tiene recorrido más allá de lo fenoménico y de lo dado. Es tanto como apearlo del vehículo a mitad de camino.

Advierte Robert Spaeman: “Cuando el hombre se entiende a partir de una naturaleza que él no entiende a su vez por analogía con el hombre, él se convierte, junto a la naturaleza, en objeto de una manipulación sin sujeto”.

Es importante que el educando vaya comprendiendo la razonabilidad de los fenómenos que estudia. Este es el nervio de la ciencia. Pero siempre le quedará pendiente la pregunta acerca de las razones o la Razón (el Logos que era en el principio) de esa razonabilidad. Es muy importante enseñar a mirar hacia lo que está detrás y hacia lo que está más allá.

Como en el caso de la visión de nuestros ojos, también la razón miope se explica por la corta distancia focal entre el órgano de comprensión y el objeto estudiado.

Frente a la vigencia práctica de criterios de casualidad (ocurrencias, improvisación...) que quieren presidir la enseñanza de tantos docentes, es preciso cultivar con los alumnos las capacidades de análisis desde categorías de causalidad (los porqués, el para qué...): utilizar los postulados de razón que enseñen a entender el sentido hasta llegar, aunque sea esforzadamente, a matrices cognitivas últimas desde las cuales encontrar sentido a todo.

En el terreno de la ciencia y de la historia ¿a dónde nos está llevando esta resistencia a considerar una teleología de la naturaleza y de las acciones humanas más allá de sus mecanismos y estructuras internos, por mucho constructivismo y mucho análisis sistémico que hayamos querido aplicar? En el fondo, resulta más coherente creer en los milagros desde la causalidad eficiente que creer en la casualidad de lo fáctico.

¿Qué nos aporta el conocimiento de los acontecimientos más sobresalientes de la Historia si dicho cono cimiento no nos conduce a comprender cómo es la lucha del hombre entre el bien y el mal que llevamos dentro? ¿Qué está aprendiendo realmente un educando de la mano de sus profesores de las ciencias si no logra preguntarse y encontrar respuesta a la cuestión de qué es lo que nos muestra la ciencia de la realidad; si no se interroga acerca de cuál es el papel de la ciencia en nuestro mundo y acerca de dónde y cómo se da el progreso de la humanidad? ¿Qué se le está enseñando realmente a un inerme alumno de secundaria obligatoria, por ejemplo, cuando después de describirle con rigor científico y eficacia didáctica lo relativo a la maravilla de la reproducción humana y el surgimiento de la vida, se cierra el tema describiéndole pormenorizadamente todos los métodos para evitar que se produzca? A propósito decía Benedicto XVI el 17 de abril de 2008 en la Universidad Católica de América en su viaje a Estados Unidos: “Es especialmente inquietante la reducción de la preciosa y delicada área de la educación sexual a la gestión del "riesgo", sin referencia alguna a la belleza del amor conyugal.”

Los ángeles en nuestra vida


Fernando Martín Herráez

Es algo de lo que hablamos muy poco. Y no carece de importancia. Es una verdad de nuestra fe, pero al ser algo misterioso va quedando siempre como en la trastienda. A veces se les ha relegado como una devoción infantil e ingenua, y en otras ocasiones se ha deformado su realidad desde una mitologización que es ajena a la verdad.

Según entiende la teología católica los ángeles son seres personales de naturaleza espiritual e invisible creados por Dios, inteligentes, que colaboran como mensajeros en el ejercicio de la Providencia en la Historia de la Salvación.

Benedicto XVI ha aprovechado numerosas ocasiones, especialmente en las fiestas de los ángeles, para profundizar en esta realidad. Hace un par de años recordó la importancia de los ángeles en la historia de la salvación e invitó a todos a pedir su intercesión para poder servir mejor a Cristo.

Como ha dicho el Papa, “quitaríamos una parte notable del Evangelio si dejáramos aparte a estos seres enviados por Dios, que anunciaron su presencia entre nosotros y que son un signo de ella. Invoquémosles, a menudo, para que nos sostengan en el empeño de seguir a Jesús hasta identificarlos con Él”.

Con estas palabras ha marcado claramente el camino de nuestra devoción a los ángeles. En primer lugar nos recuerda que están presentes en los evangelios, que constituyen el fundamento de nuestra fe en Cristo. En segundo lugar, que como mensajeros, Dios se ha servido de ellos en multitud de ocasiones en la historia de la salvación para anunciar Su presencia. Y esto no es solamente un hecho del pasado, sino que tiene su realidad en el presente. Y en tercer lugar, sobre todo, nos exhorta a una invocación frecuente para que nos ayuden en lo que verdaderamente importa: el camino de santidad hasta lograr la identificación con Cristo.

Que Santa María de los Ángeles, una devoción muy especial que nos ha dejado en herencia nuestro querido Abelardo, nos ayude a renovar y mantener esta intercesión tan preciosa.

El ángel del señor se lo anunció también a san José

Santiago Arellano Hernández

La festividad de San Miguel, San Gabriel y san Rafael coloca como centro de interés la olvidada existencia de los ángeles. Como enseña San Agustín, ángel dice de su oficio, pero no nombra su esencia. Su ser se llama Espíritu. Espíritus Puros que han recibido como tarea entre los hombres, ser mensajeros de Dios, suscitar impulsos interiores para movernos al bien y evitar el mal, y elevar al Padre nuestras alabanzas. Cuando el cielo y la tierra se veían como la cara y el revés de una misma realidad, los ángeles formaban parte de nuestra cotidianidad. Todavía rezamos cada mañana y cada noche el “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo que me perdería.” Tal como me lo enseñó mi buena madre.

Rafael es prototipo de la misión de padres y educadores como guías de los hijos. San Miguel es el canto a la supremacía de Dios sobre todas las cosas. Su “quien como Dios” se convierte en grito de combate en nuestros días en que el escepticismo, la negación de Dios y la blasfemia nos han acostumbrado pasar indiferentes.

No era así, por ejemplo, en la Edad Media. Un Cantar de Gesta tan realista como es el Poema de Mío Cid no desdeña contar como la cosa más natural del mundo la visita en sueños del Arcángel san Gabriel al Cid en la última noche que el héroe duerme en Castilla:

“El arcángel San Gabriel a él vino en una visión:
“Cabalgad, Cid -le decía-, cabalgad, Campeador,
que nunca tan en buena hora ha cabalgado varón,
bien irán las cosas vuestras mientras vida os dé Dios.”
Mío Cid al despertar la cara se santiguó.”


lorenzoTiepolo, El sueño de san José En este mes dedicado especialmente al rezo del rosario, quiero recordaros a San José, en concreto la visita que en sueños le hizo un Ángel, el esposo de María. No dudo que fue el Arcángel San Gabriel, en paralelo con el maravilloso momento de la Anunciación. Quiero, en primer lugar, traeros un cuadro de Lorenzo Tiépolo, hijo del más conocido Giambattista, pintor de la corte con Carlos III. El prestigio del padre oscureció la valía del hijo. Hoy se va ponderando su valía. La devoción a San José extendida por Santa Teresa propició que el arte se ocupase de numerosos temas. Recordad a Murillo. Despertó el interés la angustia de san José y el consuelo del ángel mientras dormía. Es lógico que por una parte exigiese fidelidad al relato evangélico; pero por otra la creatividad del autor. El abatimiento de San José y sus inquietudes se contemplan en el gesto de su mano izquierda sosteniendo el rostro y la flacidez de su mano derecha caída como sin vida. El colorido propicia la tensión como telón de fondo y recuerda al mejor barroco. Pero es el ángel, en su composición en diagonal, quien centra el sentido último del cuadro. Es conmovedora la mano abierta sobre la cabeza de José, como si le dijera “bendito eres José, como bendita la criatura que vive en las entrañas de tu esposa virginal María.” Y, al señalar con el índice hacia lo alto, confirma que ese niño es fruto del Espíritu Santo y ella la Madre purísima de Dios.

Un amigo que escribe algún poema de año en vez, al saber que quería hablar del sueño de San José, me entregó este soneto, que recoge la angustia del santo Patriarca y sus vacilaciones interiores.

EL DOLOR ANGUSTIOSO DE UN ESPOSO PENAR DE SAN JOSÉ

Inquieto dormitaba en noche oscura.
Su corazón sufría una agonía: ¡Conocer la pureza de María
Y acusarla en el Templo por impura!

“Transgrediré la Ley, y con presura,
huiré entre silencios, noche y día,
contando mi penar al alma mía
y acallando el dolor de mi amargura.

Mas marcharme sería vituperio.
No acoger a María, ignominioso.
¡Dios de David respóndele a tu siervo!”

Y un Ángel anunció a José el misterio
y José la acogió como su esposo,
pues fue el Señor quien hizo hombre al Verbo.