jueves, 1 de septiembre de 2011

La esperanza de la Iglesia

Portada Hágase Estar 260
Plaza de San Pedro. 22 de octubre de 1978. Nada más terminar su primera Misa como pontífice, Juan Pablo II gritó a los jóvenes: “¡Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. Vosotros sois mi esperanza!”.

El recuerdo constante de aquellas palabras llevó al Beato papa Wojtyla, inspirado sin duda por el Espíritu Santo, a convocar a sus queridos jóvenes a las Jornadas Mundiales de la Juventud.

A quienes de un modo u otro hemos vivido este Pentecostés del agosto madrileño nos ha brotado espontáneo el mismo pensamiento: aquí está la esperanza de la Iglesia. Ha sido ahora la convocatoria de Benedicto XVI la que ha servido para que los escépticos, los desencantados y los cascarrabias, que también de eso hay en la Iglesia, vuelvan a plantearse que en Cristo, en su persona y en su evangelio, se encuentra el sentido de todas las cosas y que es posible la conversión de este mundo.

Ha servido especialmente para que muchos jóvenes se sientan, realmente, partícipes de algo grande, muy grande: de una oleada de Amor que abraza la vida de los hombres y las mujeres de hoy y nos llena de una alegría que nadie nos podrá arrebatar.

Los jóvenes han dado una lección a los viejos, a los cansados, a los que dicen estar de vuelta, a los amargados. La verdad: teníamos necesidad del entusiasmo de los jóvenes, y de ver, oír y tocar, que “la Iglesia es joven y está viva”, como también en la homilía de inauguración de su pontificado exclamó Benedicto XVI. Hemos experimentado la esperanza de la que vive la Iglesia.

Y no es sólo por la algarabía y el huracán de sonrisas que invadió las diócesis de España y sobre todo Madrid, ni tampoco por el ejemplo dado ante las vergonzosas afrentas de los enemigos de la Iglesia. Ni por el número millonario de asistentes. La esperanza de la que vive la Iglesia se palpó en los miles de confesiones de las que fue testigo el parque de El Retiro y en ese gran silencio que estremeció al mundo al contemplar a dos millones de jóvenes en profunda adoración ante Cristo Eucaristía, acompañando al Papa. Ese gran silencio que para muchos fue el epicentro de esta JMJ.

Esa misma esperanza se pudo experimentar al ver la sonrisa del anciano líder de la juventud más alegre y revolucionaria del mundo, soportando el vendaval: grandiosa metáfora que escenifica las fuerzas destructoras que zarandean a la Iglesia, y la briosa respuesta de los jóvenes en torno al vicario de Cristo en verdad “edificados y arraigados en Cristo, firmes en la fe”.

Es tiempo de evangelizar, de arrojar fuera complejos y de crecer en la fe a partir de la experiencia del encuentro personal con el Señor. ¡Qué magnífica ocasión para hacer unos buenos Ejercicios Espirituales!

Los jóvenes necesitan ver en sus mayores esa firmeza que ahora ellos estrenan. Necesitan a sus sacerdotes, a los consagrados, a las familias…; necesitan guías y maestros. Testigos. No les defraudemos.

Santa María cuidará de que los frutos de la JMJ Madrid 2011 sean abundantes y copiosos. Que Ella guíe una vez más a esta Iglesia del tercer milenio entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios.

El señuelo de la excelencia educativa


Por Abilio de Gregorio

Son muchos los centros escolares que, ante el período de nuevas matriculaciones, hacen pública su oferta poniendo de relieve su culto a la excelencia educativa. Sin embargo, tal como están las actuales vigencias de pensamiento, exhibir la escarapela de la excelencia supone levantar en ciertos ambientes sospechas de elitismo, de competitividad, de insensibilidad social, de servilismo capitalista y otras lindezas. Se hace uso inconsciente de ese resentimiento moral de la zorra de la fábula de Esopo ante las uvas: “¡están verdes!”. Es este el mismo empeño deconstructor y el mismo mecanismo reduccionista que ya denunciaba A. Finkielkraut en La derrota del pensamiento al poner de relieve el imperio del relativismo que reduce la cultura a folklore. Efectivamente, si entendemos la cultura como cultivo del espíritu, tal como la define la modernidad, habrá que aceptar que hay cultivos más elaborados que otros y habrá sujetos, individuos o colectividades, más cultivados que otros y habrá sujetos que, lejos de ocuparse del cultivo del espíritu, se han preocupado sólo de dar respuestas a las pulsiones más primarias y elementales de la naturaleza humana. Claro, la concepción clásica de cultura podría determinar la consideración de unas culturas como superiores a otras en función de las facultades humanas cultivadas en cada caso, y ello favorecer un colonialismo o imperialismo cultural. Para evitar el riesgo, lo más eficaz era acudir a la relativización del concepto. Cultura se definió entonces como el conjunto de todas las formas, o los patrones, explícitos o implícitos, a través de los cuales se expresa una determinada colectividad. Se termina asimilando el concepto de cultura al de costumbre o al de vigencia social en una determinada colectividad y, en consecuencia, todas las culturas son igual de valiosas. Estaría, en consecuencia, en el mismo rango cualitativo cultural tirar la cabra desde el campanario con motivo de la fiesta del pueblo, que el concierto de Año Nuevo de Viena. “Un par de botas equivale a Shakespeare”, como censura Finkielkraut. 

Lejos queda este vaciamiento posmoderno de la vieja formulación del aquel ideal griego de educación como areté o excelencia, entendido como esfuerzo por abrazar lo específicamente humano en su totalidad, como soberanía del espíritu, la máxima excelencia denominada kalokagatía (lo perfectamente bello y bueno) en el pensamiento pedagógico de la Grecia clásica tal como nos lo describe en su ya clásico tratado Paideia W. Jaeger. Es precisamente esa soberanía del espíritu la marca diferencial de la aristeia, de los mejores, de la excelencia, vinculada en el pensamiento griego al cultivo de la virtud.

Resulta, por lo tanto, de un grosero reduccionismo definir la calidad y la excelencia de un centro educativo por la capacidad de responder a las demandas y a las expectativas de sus clientes, tal como se establece tanto en modelos de estimación de calidad ISO, como EFQM, como en el Malcom Baldrige, de aplaudida circulación en los últimos años por los establecimientos educativos con aspiraciones de reconocimiento de excelencia.

Cuando planteamos, pues, la excelencia como valor, por lo tanto como objetivo educativo, estamos haciendo referencia no sólo a la presencia de lo que es bueno, sino a la presencia de lo mejor; a la búsqueda y logro de la perfección. Hablamos, pues, de la calidad en grado o nivel superior, de la superior calidad o bondad que hace digno de aprecio y estimación a lo que caracterizamos como “excelente”.

Y, puesto que la educación es un proceso perfectivo, determinaríamos la excelencia educativa por el mayor “valor añadido” a la personalidad, el aumento de las competencias y capacidades de un sujeto para afrontar la tarea de llevar a término (perfeccionar) su condición radical de persona en toda su integridad. Es así como la idea de excelencia remite a la idea de perfección, en el sentido raíz del “per-facio”, -llevar a término sin interrupción- y, por lo tanto, a la idea de acabado y de totalidad. La excelencia, pues, se opone al conformismo, a la “chapuza” de las cosas a medias y de cualquier manera, a la condescendiente actitud por la cual se busca adaptar el medio al educando en vez de dotarlo de instrumentos para que sea él quien se adapte al medio y lo transforme si es necesario.

Esa educación blanda y barata de mínimos, de bisutería y baratija, de simples indicios, de grosera espontaneidad en la expresión y en el trato puede ser la causa de la cultura de quiosco, del zapping intelectual, del pensamiento anémico y de las conductas amorfas que caracterizan a muchos de nuestros contemporáneos. Frente a ello se sitúa la pedagogía del “magis” tan presente en el pensamiento ignaciano de los Ejercicios Espirituales: No es suficiente con lo bueno; es preciso empeñarse en lo mejor. Más de lo normal; más de lo acostumbrado. “¿Qué más puedo hacer para en todo amar y servir?”, podría ser también el lema de toda excelencia educativa. Es la pedagogía de llegar siempre hasta el final, hasta la última gota de mis posibilidades, del trabajo bien hecho, del “no cansarse nunca de estar empezando siempre”, como decía el P. Morales.

JMJ: gestos y palabras de Benedicto XVI

Fernando Martín Herráez

Ha sido una bendición, ¿verdad? Este era el comentario de muchos de los que volvíamos de vuelta a casa en la noche de Cuatro Vientos. Lo de la tormenta era una anécdota para recordar y sonreír, las dificultades de acceso y organización otra más, lo importante es lo que ardía en el corazón.

Cuando me pongo a escribir estas líneas y trato de sintetizar algunas ideas, muchas vivencias de los días de gracia de la JMJ vuelven a mí. Pero me quedo con algunos gestos y palabras del Papa.

Las palabras son las que pronunció en Cuatro Vientos, tanto en la Vigilia como en la Misa, en la cita tan esperada y que no defraudó.

En primer lugar nos dejó una afirmación que merecería la pena esculpir en piedra: “Dios nos ama. Esta es la gran verdad de nuestra vida que da sentido a todo lo demás”. Y una promesa: “Si permanecéis en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontraréis, aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría.” Una afirmación y una promesa que permiten construir una existencia cristiana con fundamento.

Consciente de estar ante millones de jóvenes, los que estaban allí, y los que le han seguido por los medios de comunicación, es decir delante de aquellas personas para las que la vida es sobre todo un proyecto de futuro asentado en el presente, les hizo cuatro invitaciones para un proyecto de vida cristiana:

1ª.- Invitación a una relación personal con Jesús: “Respondedle con generosidad y valentía… Decidle: Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone.”

2ª.- Invitación a seguir a Cristo, en la Iglesia: “Permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite… a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario.”

3ª.- Invitación a ser apóstoles de los jóvenes: “No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe”.

4ª.- Invitación a descubrir la llamada personal del Señor: “Os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger la llamada de Cristo y seguir con valentía el camino que Él nos proponga”.

Pero si tengo que quedarme con un momento de esta JMJ sería con algo que viví en la noche de Cuatro Vientos. Fue cuando la tormenta y el viento arrecieron y estuvo a punto de suspenderse definitivamente el acto. En las pantallas no veíamos al Papa, sólo un paraguas blanco que se esforzaba inútilmente por intentar protegerle. Ante la situación de riesgo que se estaba viviendo se vio que varios monseñores y ayudantes se acercaban al Papa. Nos empezamos a temer lo peor. Pero en medio de aquel desconcierto se oyó la voz del Papa: “los jóvenes están aquí… yo me quedo aquí”.

“Yo me quedo aquí”. Fueron las palabras y el gesto del Papa. Las que le permitieron decir: “Hemos vivido una aventura juntos. Firmes en la fe en Cristo…” Sobran todos los comentarios. Benedicto XVI es la roca firme sobre la que se asienta la Iglesia.

Gracias Santo Padre. Ha sido una bendición.

La juventud no rechaza la exigencia, sino que la reclama

P. Tomás Morales S. J.

El educador no debe olvidar que los jóvenes valiosos piden forjadores que estén en línea, que les exijan. Si no lo hacen, les defraudan, y se irán a buscarlos a otra parte. En un periódico leí hace tiempo una carta que nos debe invitar a todos los educadores a pensar. «Soy un joven de 23 años. ¡Sí, soy un joven, no tengáis miedo! Porque efectivamente, nos tenéis miedo. No os atrevéis a enfrentaros con nuestras inconstancias, caprichos, arbitrariedades, porque los términos de 'carroza', 'viejos', 'antiguos' os asustan demasiado y en vez de ejercer con firmeza vuestra autoridad, tan vital para nosotros, abandonáis dejándonos hacer lo que nos viene en gana (…)

Hoy los jóvenes somos unos ídolos. Los políticos, los intelectuales, la gente influyente, no hace más que alabarnos, aplaudir nuestra forma de ser, de pensar, nuestros gustos. Parece como si quisieran demostrarnos que son muy joviales porque nos comprenden, ¡mentira! Todos éstos que no hacen más que bailar al son de la música que tocamos, no nos conocen, ni comprenden, ni por ello nos pueden ayudar. Ni la discoteca es nuestro sueño de fin de semana, ni el sexo nuestra meta, ni el placer nuestro móvil. En nuestro corazón duerme un héroe, lo que pasa es que no hay educadores que sepan despertarlo (…)

Exigidnos que seamos responsables, exigidnos que seamos generosos, ordenados, veraces. Pero no con la palabra, sino con las obras. Y si no os respondemos ¡castigadnos! Sí, queridos padres, ¡castigadnos! Con un castigo razonado y amoroso, pero que sea castigo».

Enseñaba Pablo VI: «El Cristianismo es una palestra de energía moral, una escuela de autodominio, una iniciación en el coraje y en el heroísmo, precisamente porque no teme educar al hombre en la templanza, en el propio control, en la generosidad, en la renuncia, en el sacrificio. Porque sabe y enseña que el hombre verdadero y perfecto, el hombre puro y fuerte, el hombre capaz de actuar y de amar, es alumno de la disciplina de Cristo, de la disciplina de la Cruz. Para llegar al bien hay que pasar por la renuncia, el esfuerzo, la lucha, la cruz». Persuadámonos. La única manera que hay de cambiar el mundo, de conquistarlo para Dios, es transformar al individuo, mediante la renuncia, al calor de un gran ideal.

Lo malo de nuestros tiempos, decía Kierkegaard, no es lo que existe con todos sus defectos. El mal está en que se aspira a una reforma falsa, una reforma que no tiene por base un gran espíritu de sacrificio.

Voces de reforma educativa se levantan hoy de los cuatro vientos. Se multiplican reuniones, asambleas, cursillos, organizaciones. Tememos que muchas de ellas no cuajen en realidades consoladoras, porque no se utiliza como técnica pedagógica la exigencia y el sacrificio, ardiendo en el fuego de un bello ideal.

No olvidemos la enseñanza del pasado. Walter Nigg ha podido escribir: «El Cristianismo se ve con frecuencia obligado a acometer una reforma interior, para hacer frente a la decadencia a que están sometidas las instituciones por ley de la historia. En casi todos los siglos se ha presentado el problema de una reforma, pero no ha sido siempre debidamente afrontado... Muchos intentos de reforma fracasaron porque en ellos se buscaba únicamente una reducción de deberes, de exigencias. Una auténtica reforma se distingue de una reforma falsa, en la exigencia de nuevos deberes, no en su alivio».

Forja de hombres

La juventud de la Iglesia Católica

Santiago Arellano Hernández

Estamos todavía inmersos en el gozoso vendaval de esperanza -con tormenta torrencial incluida- que ha sido la JMJ del 2011, en una Patria como la nuestra tan salida del quicio de la tradición católica. Hemos sido testigos de la alegría de una multitud ingente de jóvenes del mundo entero cantando y bailando incansablemente, vitoreando a Benedicto XVI, como Vicario de Cristo o, puestos de rodillas, en un silencio sobrecogedor, en adoración profunda al Señor. La Iglesia Católica es joven, sabe llegar a los jóvenes. Los hemos visto ponerse en pie de ilusión esperanzada al oír otra vez a Cristo decirles: “Levantaos, vamos”. Recuerdo un poema del Beato Juan Pablo II titulado “Verónica”, extenso y profundo en línea con la denominada poesía metafísica que le caracteriza. Lo que dice el poeta en punto 3 de la parte II me parece que viene para este gigantesco encuentro como anillo al dedo:

“Pienso entonces que todo encuentro
No es sólo latido en el tiempo, instante pleno:
Es también semilla cierta de eternidad.”
Estamos inmersos en un neopaganismo. Se desprecia a Cristo y a su Iglesia. Se la culpa de todos los males, preludio de la persecución. Seguimos igual a pesar de los años transcurridos y de las amargas experiencias.

Uno siente escalofríos al imaginar que de su abatimiento, callejón sin salida, escepticismo y desencanto es posible convertirla en ariete de violencia y furia. En el arte se ve nítidamente durante todo el siglo XX tan lleno de horrores e incertidumbres, Los jóvenes están tristes al ver frustradas tantas de sus ilusiones, al no saber hacia dónde orientar su existencia.

Elijo de nuevo a Monserrat Gudiol, delicada pintora catalana y fina observadora de la desesperanza en que en la contemporaneidad sigue viviendo la Humanidad en general y en particular la juventud. Toda la delicada figura de la joven, pero en especial su mirada, el gesto de las manos y de los pies, nos están apelando ¿Qué le ocurre a esta joven? ¿Qué le ocurre a la juventud, tan bella y tan abatida? “Lázaro, sal fuera”. Sólo en Cristo se explica el misterio del hombre. Mirad con sosiego esta profunda y delicada y hermosa representación de quien no tiene ni dirección ni camino y ha vivido amargas experiencias. Buenos días tristeza.

No es suficiente con saber cómo y dónde se encuentra la humanidad. Debemos proponer claves para un vivir realmente orientado, vitalmente verdadero. No sirven medias verdades ni paliativos. En el punto 2 de la misma parte II del poema mencionado anteriormente de Juan Pablo II, encuentro una antropología que ningún educador, padres o maestros, debiera desconocer.

Aunque sepamos el destino, debemos saber cómo conseguir llegar con éxito a la meta final. Cada uno recorre un camino que no está preparado. Más aún está lleno de malezas, pero siempre en opción de libertad, pues pueden arder como la zarza de Moisés o secarse y morir. Vivir con sentido es “desbrozar el camino sin descanso”. Una certeza asombrosa debe guiar nuestros pasos: “la sencilla plenitud de cada instante, cada momento se abre a la totalidad del tiempo, Y esconde en su seno simiente de eternidad”.


“No nace el hombre con los caminos de su vida preparados.
Nace entre malezas que pueden arder
Como la zarza de Moisés
O secarse y morir.
Hay que desbrozar el camino sin descanso
-acecha la maleza-;
Gastar la vida en allanar collados
Y enderezar las sendas
Con la sencilla plenitud de cada instante,
Porque cada momento se abre a la totalidad del tiempo,
Se transciende a sí mismo
Y esconde en su seno simiente de eternidad”.