miércoles, 1 de junio de 2011

Frente a la dictadura del relativismo

Portada Estar 258 junio 2011
Puede parecer que el tema de portada de este mes es algo abstracto o rebuscado. Demasiado “intelectual”. No se engañe el lector. Es cosa bien concreta e importante, una de las propuestas más insistentes de Benedicto XVI para el diálogo entre religiones y culturas, para el encuentro, en suma, entre las personas que comparten algo muy importante: el ser hijos de Dios, aunque muchos no lo sepan o no lo quieran.

Los últimos papas han advertido del nefasto avance del relativismo en la vida y en el pensamiento. ¿Cómo escapar de su aciaga dictadura? Mirando sin complejos ni autoengaños al ser de las cosas, y especialmente a la huella de verdad, belleza y bien que se encierra en el ser humano. Hay una ley escrita en el corazón de todo hombre y mujer, una inclinación al bien que nos sirve de criterio. San Pablo afirma la existencia de una ley moral no escrita, que está grabada en nuestros corazones. Y el Santo Padre ha recordado en fechas recientes que todos los hombres estamos capacitados para reconocer las exigencias de la naturaleza humana inscritas en la ley natural. Nuestras leyes positivas, añadía el pontífice, deben inspirarse en ella. Y advertía que “si se niega la ley natural se abre el camino al relativismo ético y al totalitarismo”.

Pero hay también una herida en nuestra naturaleza. Y por eso es preciso purificar nuestra mirada racional, y servirse cuando sea preciso de la luz de las verdades reveladas.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos habla de esa ley natural, que incluye los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral, que se basa en el orden de las cosas creadas y en la singular dignidad de todo ser humano. Está expuesta, dice, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural porque “la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana” (cfr. n. 1955).

Benedicto XVI recuerda que si por una ceguera de las conciencias el escepticismo y el relativismo ético llegaran a oscurecer los principios fundamentales de la ley moral natural, “el mismo ordenamiento democrático quedaría radicalmente herido en sus fundamentos. Contra este oscurecimiento, que es la crisis de la civilización humana, antes incluso que cristiana, es necesario movilizar a todas las conciencias de los hombres de buena voluntad, laicos o pertenecientes a religiones diferentes al cristianismo, para que juntos y de manera concreta se comprometan a crear, en la cultura y en la sociedad civil y política, las condiciones necesarias para una plena conciencia del valor innegable de la ley moral natural.”

Cuando el ser de las cosas -basado en el orden establecido por el Creador- no es tenido en cuenta como referencia para el obrar humano, se produce una seria desorientación que hace precarias e inciertas las opciones de la vida de cada día. Como es lógico, tal extravío, afecta de modo particular a las generaciones más jóvenes, que en un mundo de confusión y expuesto a múltiples manipulaciones deben encontrar las opciones fundamentales para su vida.

Tal vez alguno piense que en tiempos de pragmatismo galopante la moral no pinta nada. Y es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por las calificaciones necesarias para acceder a determinados estudios, por triunfar en el trabajo o los negocios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo, serán las virtudes de honradez, iniciativa, responsabilidad, lealtad, sensatez, laboriosidad, etc. las que contarán. O cuando un hombre o una mujer tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán los criterios, hábitos y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones. No desdeñemos nuestra formación moral. Estamos llamados a ser luz.

Hablar desde la verdad

Fernando Martín Herráez

Frente a opiniones, conjeturas, sondeos e incertezas, a las que desgraciadamente nos tienen tan acostumbrados los medios de comunicación, da gusto sentir de vez en cuando una bocanada de aire fresco cuando alguien se atreve a decir la verdad.

Eso es lo que siento cada vez que leo o que oigo una intervención de Benedicto XVI. Hablar desde la verdad y asentar la vida en la tierra firme de las certezas es uno de los mayores servicios que nos hace el Magisterio de la Iglesia.

Me impresionó como le decía la verdad a la niña japonesa que le preguntó sobre la muerte y el miedo después del terremoto de Japón:

También yo me pregunto: ¿por qué es así? ¿Por qué tenéis que sufrir tanto, mientras otros viven cómodamente? Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado. Esto me parece muy importante, aunque no tengamos respuestas, aunque permanezca la tristeza: Dios está a vuestro lado, y tenéis que estar seguros de que esto os ayudará…

El Papa no le esconde la realidad, no endulza la respuesta pensando que es una niña de pocos años. Le da la respuesta más sincera porque sale desde la verdad del corazón: Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado.

En los días en que preparaba estas palabras he leído una pequeña noticia sobre el Papa que trataba sobre la ley moral natural, y de nuevo he sentido esa sensación de aire fresco.

El titular de la noticia decía: “El Papa afirma que sólo la «ley moral natural» dará solidez a la unidad europea”.

Ha sido una intervención que Benedicto XVI ha tenido al pronunciar un discurso ante la presidenta del Parlamento de Bulgaria, Tsetska Tsacheva. La ocasión de la visita de la representante europea era la celebración de la festividad de los santos hermanos Cirilo y Metodio, copatrones de Europa y evangelizadores de los eslavos.

De manera breve y en síntesis, Benedicto XVI afirmó que la unidad de los pueblos europeos será más fuerte si está basada en sus raíces cristianas comunes y en «valores auténticos, que tienen su fundamento en la ley moral universal, inscrita en el corazón de cada hombre».

Si Europa, y aquí podríamos añadir cualquier configuración cultural, social o política, no se fundamenta en estos valores auténticos que tienen su núcleo esencial en el respeto a la dignidad de la persona, no habrá horizonte para la unidad europea.

Esta es la proclamación de la verdad a la que nos tiene acostumbrados el Papa. Por eso su palabra siempre llega a los corazones. Y por eso, en estas fechas ya tan cercanas a su próxima visita, le esperamos con ilusión en España.

¿Sigue vigente la ley natural?

José Antonio Sayés

Decía R. Dougherty que el concepto de ley natural ha muerto mil veces, pero ha tenido también mil resurrecciones (1). No cabe duda de que si el conocimiento humano queda reducido a la ciencia empírica (cientifismo) desaparece el concepto de ley natural. Es también claro que en una sociedad relativista como la nuestra, las leyes que manan del Congreso no se basarán tampoco en la ley natural. Pero muchos no se han percatado de que, en la medida en que se relega el tomismo, perdemos un sano realismo y no habrá fundamento metafísico para la ley natural, como no lo hay en el idealismo de K. Rahner o en la fenomenología de E. Husserl. (2) Con esto no propugnamos la obligatoriedad del tomismo, sino que pensamos que se puede buscar una nueva síntesis filosófica recogiendo lo que hay en el tomismo de utilizable, que no es poco. (3)

NOTAS HISTÓRICAS

Pues bien, lo primero que habría que constatar es que la ley natural es algo que aparece en la Sagrada Escritura. Dice, en efecto, san Pablo: “Cuando las gentes que no tienen ley cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza” (Rm. 2, 14-15).

Este es un texto comentado frecuentemente por los Santos Padres. La Biblia de Jerusalén, en su comentario, afirma que la ley no es, según san Pablo, un principio de salvación ni siquiera para el judío (la justificación, según san Pablo, viene en la gracia que recibimos por la fe), pero es guía de conducta y, en este sentido, puede ser suplida por la ley natural escrita en el corazón del hombre.

Finalmente, recordemos que el decálogo, que en el Antiguo Testamento aparece como don de Dios que se revela a Moisés, responde a las exigencias y deberes fundamentales que tiene el hombre con Dios y con los otros hombres. Se trata de la aplicación de la ley natural, de lo que santo Tomás llama principios secundarios, que se deducen de los principios primeros que capta el hombre por la sindéresis. La prueba de su alcance natural está en que Cristo los mantiene en la respuesta que da al joven rico que le pregunta por los mandamientos que le llevarán a la vida eterna. Cristo le especifica cuáles son: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 19, 18-19), en clara referencia al decálogo. El mismo Cristo, que mantiene estos preceptos, conculca el principio judío de no comer la sangre (Lv. 17, 10ss) en la institución de la Eucaristía en la que nos da a beber su sangre.

Para San Agustín la ley natural está inscrita en lo más íntimo del hombre y es común a todos los hombres. Todo hombre la entiende y la usa como principio fundamental de conducta, pues todo hombre la descubre en su ser como pauta de comportamiento. Es inmutable y fácilmente asequible a todos los hombres en sus principios universales (“no hagas a otro lo que no quieras para ti”, “haz el bien y evita el mal”, etc.) y tiene por ello la primacía sobre toda ley de tipo positivo. Cita, por ejemplo, la “regla áurea” de la conducta (“ama a los demás como a ti mismo”) como ejemplo de una moral permanente que existe en todos los pueblos a pesar de los cambios culturales. San Agustín llama a la ley natural ley de razón, pues puede ser conocida por la razón humana. (4)

Para Santo Tomás en la ley natural se refleja la ley eterna de Dios. La ley eterna por la que Dios rige y gobierna el universo es la norma suprema; la ley natural es una participación en la ley eterna, de modo que el hombre cumple la voluntad divina en la medida en que guarda la ley natural. En la Suma Teológica viene a repetir las ideas fundamentales de san Agustín, precisando que la ley natural nos proporciona enunciados primarios o contenidos de la razón práctica que conocemos de forma connatural que orientan el comportamiento humano. Dios es autor de la ley natural, pues la ha promulgado por el hecho mismo de haber creado la naturaleza humana con sus cualidades y tendencias y con las obligaciones que de ella dimanan, y por el hecho de haber dado al hombre la capacidad de conocerla. (5)

Santo Tomás distingue tres niveles en la ley natural: a) Hay unos primeros principios que resultan evidentes, como el de hacer el bien y evitar el mal (6). b) Luego vienen los principios secundarios, que son los del decálogo, y a los que se llega por deducción. (7) Dice Santo Tomás que estos preceptos son inmutables. c) Por fin hay otro nivel más difícil en el que nos movemos con la ayuda de los sabios, pero a los que también llegamos por deducción. Pío XII se hizo claro defensor de la ley natural, diciendo entre otras cosas: “Las obligaciones fundamentales de la ley moral se fundan en la esencia y la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales y vigen consiguientemente allí donde hay hombres”. (8)

El Vaticano II, por su lado, habla de la ley inscrita por Dios en el corazón del hombre (GS 16). El catecismo habla de la ley natural en estos términos: la ley natural es obra del Creador, y proporciona los fundamentos para que el hombre pueda construir las normas morales, que son la base necesaria para la ley civil (cfr. CEC, 1959). Todos pueden percibir los preceptos de la ley natural de forma clara, si bien hay que contar con que el hombre, bajo la condición de pecado, necesita de la gracia para conocerlos sin mezcla de error. (Cfr. Ibíd., 1960)

“La ley ‘divina y natural’ (GS 89,1) muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como del sentido del prójimo como igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la natural e z a de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana” (CEC, 1955).

Ante el subjetivismo que se extendió en la teología moral católica como respuesta a la Humanae vitae (1968) con la teoría de la opción fundamental y el proporcionalismo moral (9), la encíclica Veritatis splendor (1993) se planteó el problema de la existencia de lo intrínsecamente malo [la Humanae vitae calificó así a la contracepción (HV, 14)], y tuvo que entrar naturalmente en el tema de la ley natural. Trataremos ahora de hacer una breve síntesis sobre la ley natural.

SÍNTESIS DE LA LEY NATURAL

a) La ley natural es la participación de la ley divina. Esto es lo que ha expresado la Tradición cristiana cuando ha afirmado que la ley natural participa del designio creador con el que Dios gobierna las cosas. Por ello viene a decir la Veritatis splendor que la ley natural es una teonomía participada: Dios hace que el hombre participe de su ley, de modo que pueda conocer cada vez más la verdad inmutable (VS, 43).

“La ley natural –continúa la encíclica– es la misma ley eterna, inscrita en los seres dotados de razón, que les inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo” (VS, 44).

En consecuencia, si por autonomía de la ley natural entendemos que existe la ley natural y que puede ser conocida por la razón humana, se puede hablar de autonomía. Pero si se entiende que la ley natural se puede desvincular del Creador o que la razón humana sea creadora de las normas, o bien se niega que la Revelación cristiana posee una moral específica o que el hombre necesite de la gracia de Cristo para cumplir los mandamientos en su integridad, entonces es falso el concepto de autonomía de la moral (cfr. GS 36).

b) Cuando la Iglesia habla de ley natural, se refiere siempre a las exigencias que manan de la persona humana en cuanto ser creado a imagen de Dios. Supone por tanto la capacidad de ser interpelado por Dios, de entrar en comunión con Él y con todos los hombres, creados también a imagen de Dios. Es interesante este dato, pues, como dice Hörmann, “los que niegan la existencia de un Dios personal, tienen también que negar la ley natural que tiene en Él su fundamento.” (10)

c) Cuando la Iglesia usa el término ley natural, no se refiere con ello a la naturaleza propia de los seres irracionales, sino a la naturaleza corpóreo-espiritual de la persona humana. Va más allá por lo tanto de lo meramente biológico y se refiere a las exigencias fundamentales que nacen de una naturaleza corpóreo espiritual.

El hombre debe respetar los bienes particulares de la persona humana como son el derecho a la vida, a la fama, a la propiedad, etc. El decálogo no tiene nada de biológico, sino que tutela los bienes fundamentales de la persona humana en su dignidad corpóreo- espiritual. No se trata de tendencias puramente biológicas. Si la Iglesia prohíbe la clonación humana, por ejemplo, ello se debe a que considera el embrión como una persona humana, dotada de cuerpo y alma.

La persona humana puede ser entendida de dos modos fundamentales: como mera materia, como un animal más evolucionado. En este caso no es posible la moral, porque lo que es puramente material puede ser utilizado como medio. Sólo si salvamos que el hombre tiene una naturaleza compuesta de cuerpo y alma (la cual viene creada directamente por Dios en el hombre) (11), cabe mantener el valor trascendente de la persona y por ello mismo fundar una moral objetiva y de valor universal.

Por supuesto que el cuerpo también es creado por Dios, pero a nosotros nos llega a través de nuestros padres y, posiblemente, a través de la evolución. No así el alma, que es directamente creada por Dios en cada uno de nosotros.

Dirá por ello la Veritatis splendor, n. 50, en el párrafo central: “Es así como se puede comprender el verdadero significado de la ley natural, la cual se refiere a la naturaleza propia y originaria del hombre, a la ‘naturaleza de la persona humana’, que es la persona misma en la unidad de alma y cuerpo; en la unidad de sus inclinaciones de orden espiritual y biológico, así como de todas las demás características específicas, necesarias para alcanzar su fin. La ley moral natural evidencia y prescribe las finalidades, los derechos y deberes, fundamentados en la naturaleza corporal y espiritual de la persona humana”.

Existe, por tanto, lo intrínsecamente malo: “Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como ‘no ordenables’ a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados ‘intrínsecamente malos’ (intrinsece malum): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que ‘existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto’ (Reconciliatio et paenitentia, 17). El mismo Concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales actos: ‘Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes las practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador’ (G. et Spes, 27).” (VS, 80)

Y los mandamientos del decálogo no son sino la refracción del único mandamiento que es el bien de la persona (VS, 13). Los mandamientos constituyen la condición básica del amor a Dios y al prójimo. Constituyen la primera etapa en el camino de la libertad (VS, 13). Indudablemente la moral se fundamenta en el amor a Dios y al prójimo. Pero el amor, que no tiene límites por arriba y que nos conduce a la santidad (1 Cor, 13, 4-7), tiene unas exigencias primeras y objetivas en los mandamientos. No se ama al prójimo si se le mata o se le roba. La doctrina de la Humanae vitae, que es de ley natural (HV, 4), enseña que la anticoncepción es intrínsecamente mala. La Evangelium vitae enseña que impide la creación del alma por parte de Dios; algo que no ocurre en el periodo infecundo de la mujer, de modo que es lícito recurrir a él por motivos justificados y usando para ello los métodos naturales.

Y seguimos con nuestra exposición de síntesis acerca de la ley natural.

d) Entiende por ello la Iglesia que la ley natural no la crea el hombre sino que la encuentra en su propia naturaleza creada como expresión de las exigencias fundamentales que nacen de la misma (decálogo). Por ello la reconoce en su propio interior como un bien de sí mismo.

e) La ley natural es accesible a la razón humana y, aunque se formule en normas generales (decálogo), se refiere a las exigencias concretas de la naturaleza humana. Se basa en el hecho de que todos los hombres tenemos una naturaleza común con unas exigencias fundamentales que son también comunes.

f) En consecuencia, la ley natural es inmutable y universal. Sus preceptos se extienden a todos los hombres y ello se deduce del hecho de que surgen de la identidad de naturaleza corpóreo-espiritual que tienen todos los hombres, de su igualdad esencial: “La ley natural, presente en el corazón de todo hombre y establecida por la razón, es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus derechos y sus deberes fundamentales” (CEC, 1956).

“La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes” (Idem, 1957). (12)

NOTAS:

(1) R. J. DOUGHERTY, Ley natural, en: Dic. S. Agustín (Burgos 2001), 799

(2) Cf. J. A. SAYÉS, Filosofía del hombre (Eiunsa, Madrid, 2009) 101ss, 212, ss.

(3) Cf. J. A. SAYÉS, Cristianismo y filosofía. (Edicep, Valencia, 2005)

(4)De div. quaestionibus, 83, q. 53, 2.

(5) S. Theol. I-II, q. 94, a. 2.

(6) Ibídem, a. 6.

(7) I-II, q. 100, a. 3.

(8)AAS (1952) 113-419.

(9) Cfr. J. A. SAYÉS, Teología moral fundamental (Edicep, Valencia, 2003)

(10) K. HÖRMAN. Diccionario de teología moral (Barcelona 1975), 689.

(11) Evangelium vitae, 43

(12) El documento de la CTI, À la recherche d’une éthique universelle: nouveau regard sur la loi naturelle (Vaticano, 2009), hace una interpretación deficiente de la ley natural. Comentando un texto de Santo Tomás (I-II, q. 94, a. 4) en el que el Aquinate afirma que es fácil que todos nos pongamos de acuerdo en los principios generales de la ley natural, pero que, en la medida en que nos acercamos a los particulares, ello resulta más difícil propter defectus, es decir, por deficiencia en el conocimiento debido a las “malas persuasiones” o a “costumbres malas” (a. 6), traducen “defectos” por “indeterminación”, viniendo así a concluir que, ante la indeterminación de la realidad, se ha de acudir a la sabiduría de la experiencia (CTI, Op. cit., 54), de modo que la ley natural no se puede contemplar como un conjunto de leyes. Contrariamente, en el número 68, viene a decir que existe una naturaleza humana, común a todos, que pone las condiciones de la libertad. Personalmente he llegado a la conclusión de que dicho documento refleja aportaciones de diversos autores sin haber logrado la armonía. (Rev. Agustiniana, 2009), págs. 415-421.

Lo humano como coartada

Por Abilio de Gregorio

En el canto IX de “El paraíso perdido”, Milton nos narra el episodio del origen del mal, es decir del pecado original de Adán, como un heroico acto de fidelidad al amor debido a su mujer, como un gesto de solidaridad y de magnanimidad que le lleva a compartir necesariamente el triste destino elegido por Eva. Adán acepta la fruta que se le ofrece porque es un caballero…, un enamorado caballero. “Porque mi resolución invariable es perecer contigo ¿Cómo podría vivir sin ti? ¿Cómo podría olvidar tu dulce sociedad y un amor tan cariñosamente correspondido, para vivir de nuevo abandonado en medio de estos bosques selváticos?”. En tono épico pone como escudo de su pecado “un amor que yo mantuve fiel cuando tú sola, no yo, te habías perdido. Yo pude haber vivido para gozar de la dicha de la inmortalidad, y preferí voluntariamente la muerte en unión tuya”. Todo muy humano, muy heroico, muy comprensible, muy razonable, muy plausible. ¿Puede ser, acaso, esto pecado?

Lo advertía Pío XII en mensaje radiado al pueblo norteamericano: “el mayor mal de nuestros días es que el mundo ha perdido la noción de pecado”. Constataba simplemente el cumplimiento de aquel imperativo de Nietzsche: “Hay que acabar con la conciencia de pecado y de castigo, que son la plaga mayor del mundo”.

Pero el atrevimiento del hombre contemporáneo le ha llevado más allá: no sólo niega el pecado: ha disfrazado de virtud al vicio; ha travestido la degradación humana en derecho conquistado; ha escondido detrás del burladero de la compasión las más sonrojantes claudicaciones del principio de humanidad. Se puede eliminar la vida naciente desde la “humana” comprensión de la frustración de una madre ante el hijo no deseado. Se puede abandonar la vida declinante ante la “humana” compasión por el enfermo sufriente. Se puede traicionar la fidelidad esponsal, eclesial, institucional, comunitaria, desde el “humano” y “santo” impulso de la autorrealización y de la perfección.

Sin embargo, convendría escuchar las palabras que Milton pone en boca de Dios (Canto X) después de haber oído los alegatos de Adán enrocado en el amor a Eva para justificar su rebeldía: “¿Y era ella tu Dios para que la obedecieras más que a mis principios?”.

La expresión más profunda de pecado ¿no será precisamente la de camuflar el mal tras la máscara de humanidad y anestesiar así el gemido de la conciencia? Y todo ello comienza en el preciso momento en que se mira al mundo –lo que me circunda y lo que soy- desde la exclusiva perspectiva inmanente. Kant venía a decir que la relación entre un hombre y otro hombre implica derechos y deberes recíprocos; la relación entre el hombre y las cosas es aquella en la que el hombre sólo tiene derechos; en la relación entre el hombre y Dios, el hombre sólo tiene deberes. A partir del momento en que el hombre, arrastrado por su “hybris”, como dirían los clásicos griegos, apela al “árbol de la ciencia” para decidir por su cuenta lo que está bien y lo que está mal, se pierde el sentido del deber incondicionado. Se pierde el sentido del pecado. Pero, en el fondo, habría que decir que, lo que se ha extraviado es la mirada que debiera estar en perspectiva de Dios. Entonces todo queda reducido a cosa, incluso mi yo: cosa entre las cosas y, por lo tanto, mi relación con la realidad es la propia de un exigidor compulsivo de derechos. Exijo mis derechos a la sociedad, exijo mis derechos al mundo, exijo mis derechos a Dios.

Por ello resulta alarmante esa tímida (más bien tibia y, en ocasiones, vergonzante) actitud de limitar el horizonte de una educación (incluso, en algunos casos la denominada educación cristiana) a la exclusiva promoción y cultivo de los llamados valores humanos. Afirma C. S. Lewis en “El gran divorcio”: “No es de los malos ratones o de las malas pulgas de donde salen los demonios, sino de los malos arcángeles. La falsa religión del placer es más ruin que la falsa religión del amor de madre o del patriotismo o del arte. Sin embargo, es menos probable que el placer se convierta en religión”. Pero sí circulará con cierta honorabilidad social la religión del patriotismo, la paidolatría, la reverencia al arte o a la ciencia, la “mística” de la igualdad, de la tolerancia, de la multiculturalidad. Religión sin misterio; teología sin Dios. Religión confortable.

Cuando se pierde de vista a Dios y no hay ante quien responder, el hombre cree liberarse del sentimiento de culpa. Se la carga a la sociedad (Rousseau), o al empirismo de la acción y de la realidad que lo pervierte (Hegel), o a la carencia de bienes (Saint- Simon), o a la propiedad privada de los medios de producción (Marx). Son los filósofos de la inocencia (el individuo no es culpable; no hay pecado individual) que, paradójicamente, terminarán haciendo sitio a la filosofía de la sospecha.

La disculpa del Adán de Milton parecería estar urdida sobre la trajinada falsilla agustiniana del “ama y haz lo que quieras”. Sin embargo no es honrado recurrir al lema de San Agustín sin aludir a una de las piezas claves de su pensamiento: el concepto del “ordo amoris” y que él describe con palabras claras: “Vive, pues, justa y santamente quien es un hombre tasador de las cosas; pero éste es quien tiene el amor ordenado, de suerte que ni ame lo que no debe amarse, ni deje de amar lo que debe, ni ame más lo que merece amor menor”.

Pilares de una nueva civilización

P. Tomas Morales

Un anhelo muy íntimo suscita el Espíritu en cualquier bautizado. Amalgamar dos extremos: vivir plenamente para Dios, pero sin salir del mundo, en la línea de fuego en que se le combate. Luchar amando, sufriendo y gozando en el mundo. Combatir reparando el pecado allí donde se comete, amando donde reina el egoísmo.

¡Vocación sublime! Una síntesis prodigiosa que sólo el Espíritu Santo puede inspirar y realizar en la vida cristiana a la intemperie, en pleno mundo. Quieres penetrar en su naturaleza íntima. Lo deseas por dos razones. Una ambiental, exterior, circunstancial. Otra profunda, interna, permanente.

La confusión ideológica y moral reinante tiende brutal a igualarlo todo, a identificar binomios borrando distinciones: padres-hijos, profesores-alumnos, gobernantes-súbditos, hombre-mujer, amor-pasión, matrimonio-concubinato, libertad-autoridad, certeza-duda, verdad- error... Este confusionismo ha penetrado en la Iglesia. Un signo absoluto de igualdad confundiendo realidades distintas: pecado-gracia, vicio-virtud, feduda, papa-obispos, obispos-sacerdotes, sacerdotes-laicos, matrimonio-virginidad, sacerdocio-seglaridad... Es la tentación del siglo, uno de los dramas de la Iglesia hoy.

Envueltos en esta nebulosa, queréis saber vivir aquello para lo cual Dios os eligió en un mundo tan revuelto y pervertido. Deseáis resplandecer como antorchas, presentando la palabra de vida en medio de una generación torcida y perversa (Flp 2,15-16).

Anhelas vivir la vida cristiana en medio del mundo sin anquilosarte ni disolverte. Deseas evolucionar, pero sin perder tu identidad. Aspiras a una renovación continua de vida (Rom 6,4), a una evolución incesante, pero en la fijeza inconmovible de la fe (1 Pe 5,9). En Aristóteles aprendiste que progreso y tradición, evolución e identidad, se armonizan como el centro y la periferia en un círculo.

Saber vivir lo tuyo en un mundo en cambio incesante, saber acompasarte al ritmo de los tiempos, pero sin dejar de ser tú. Saber aceptar y rechazar. No importa que haya dificultades. Lo importante es que tu presencia en el mundo, sin ser de él, produzca en ti una renovación incesante del Espíritu Santo. Tienes que ser dócil a ese Espíritu, fiel a la consigna paulina: sin entristecerle (Ef 4,30), ni ahogarle (1 Tes 5,19).

Sé realista. Observa lo que pasa en tu derredor. Una nueva cristiandad apunta. Quiere flotar por encima de la angustia existencial, de la soberbia hinchazón humanista, de la fría rigidez laicista o del vacío de la posmodernidad. El hombre que piensa empieza a sentirse cada vez más harto de sí. Quiere trascender, encontrar a Dios, y pide ayuda a los cristianos que encarnan y prolongan su presencia en el mundo.

La primitiva cristiandad nació cuando el corrompido Imperio romano se acercaba a su ruina. Los primeros cristianos se injertan en él. Lo transforman lentamente. Al desplomarse el Imperio, ellos construyen los pilares que apoyarán a la nueva civilización que amanece en el mundo.

Laicos en Marcha

Al Santísimo Sacramento: Rafael y Gerardo Diego

Por Santiago Arellano Hernández

El revolcón intelectual que, con la fuerza de un tsunami, pone patas arriba verdades que servían de cobijo a la familia humana, me invitan a seleccionar dos monumentos que han sobrevivido al maremoto. Me refiero a dos obras de arte, distantes en el tiempo y que coinciden en proclamar la maravilla de un Dios que ha elegido un pedacito de pan y un poquito de vino para quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos.

Es la primera la pintura de Rafael conocida como “Disputa del Santísimo Sacramento”. Pintada en 1509. La fuerza dramática de la escena representada en el plano inferior, contrasta con la exaltación apoteósica que se nos muestra en el superior. En la cúpula del templo perfectamente distribuido en franjas paralelas aparece cielo. En vertical, la Santísima Trinidad, eje de la custodia que preside el altar de la tierra. Tres arcángeles, a derecha e izquierda del Padre, sobre una nube de angelitos gozosos. En el centro, como viril celeste, el respaldo de su trono, Cristo resucitado muestra las llagas de su pasión. A su derecha, La Virgen; y a la izquierda San Juan que señala al Cordero que quita al pecado del mundo. Al fondo una franja celeste y a sus pies, como escabel del trono una nube que ampara a cuatro ángeles que muestran abiertos los cuatro Evangelios. A los pies del trono, doce personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Una nube más oscura separa el cielo de la tierra.

Abajo, en torno al altar y sus escalinatas, aparecen Pontífices, obispos, teólogos, santas mujeres, frailes piadosos, hombres y mujeres de la ciudad. Sus gestos expresan inquietudes, dudas, disputas o convicciones: el misterio eucarístico. Santo Tomás y San Buenaventura, son testigo. El cuadro es asombroso. Estamos en ese momento histórico en que el cielo no se ha separado de la tierra ni lo sobrenatural se ha alejado de lo natural. Es evidente que Dios está aquí.

La otra obra es un extraordinario poema del poeta de la Generación del Veintisiete, Gerardo Diego.

Se titula “Oración ante el Santísimo”. Selecciono un fragmento. Vale la pena leerlo entero y usarlo como oración personal. Elijo los últimos versos: El momento de la comunión


 Dentro de mí te guardo, oh Certidumbre,
como el mosto en agraz guarda el racimo.
Te siento navegando por mis venas
como la madre mar a sus navíos.
Dentro de mí, fuera de mí, impregnándome,
como a la abeja mieles y zumbidos,
como la luz al fuego o como el suave
color, calor al reflejar del vidrio.
Te oigo cantar, orillas de mi lengua,
florecer en silencio de martirios.
Dulce y concreto estás en mí encerrado…
Tierno y preciso estás, manso y sin prisa,
dulce y concreto estás, Secreto mío.
¿Qué valen todas mis verdades turbias
ante esa sola, oh Sacramento nítido?
En Ti y por Ti yo espero y creo y amo,
en Ti y por Ti, mi Pan, Misterio mío
Esta última serie de endecasílabos es de una belleza admirable. Considero sublimes la sucesión de comparaciones para hacernos intuir la presencia del Señor en cada alma. Destaco tres versos. Dice el primero: “Dulce y concreto estás en mí encerrado”. La experiencia de Dios no es ni difusa ni amarga ni tenebrosa. Dios está en nuestro interior y para colmo se deja encerrar como si fuera nuestro prisionero. Dice el segundo: “Tierno y preciso estás, manso y sin prisa”. Lo que antes era suavidad o dulzura, se contempla ahora como ternura y misericordia y como mansedumbre; pero sobre todo como certeza nunca indefinida “preciso estás”; y finalmente, como algo que aclara su condición de prisionero y que acusa nuestras urgencias “sin prisa”. Él, prisionero, “voluntario capitán cautivo”, nunca tiene prisas, nosotros siempre.

El tercero, añade a los matices anteriores, una clave profunda del verdadero amor a Dios. “dulce y concreto estás, Secreto mío.”