lunes, 2 de mayo de 2011

¡No tengáis miedo!

Portada Hágas Estar nº 257
Las palabras con las que inició su pontificado el hoy beato Papa Juan Pablo II fueron un grito de exhortación a la confianza en Cristo: “¡No tengáis miedo!”. Palabras inspiradas por el Espíritu, como el mismo Papa confesó en más de una ocasión, y que nos aseguran que la fe es victoria que vence al mundo. No debemos tener miedo, porque el ser humano ha sido redimido por Dios. Este ha sido el corazón del pontificado de quien había de conducir a la Iglesia al tercer milenio.

La Redención es el cimiento de la historia humana, que mira a Cristo como Señor del cosmos y de la historia. El poder que brota del prodigio amoroso de la cruz de Cristo y el triunfo de su Resurrección son más fuertes que todo el mal del que el ser humano podría tener miedo. Juan Pablo ha sido testigo tenaz y firme de esa esperanza: “Dios ha amado al mundo. Lo ha amado tanto que le ha entregado a su Hijo único” (cfr. Jn. 3,16) “¡No tengáis miedo!”.

En el libro Cruzando el umbral de la esperanza, el beato Juan Pablo II explicaba que en un primer momento podía ser el comunismo y su imposición totalitaria hasta el ateísmo y la aniquilación del hombre la ocasión de grandes temores de los cuales, por experiencia, era consciente él mismo.

Pero, añade, podría afirmarse también que la causa del miedo es cuanto el hombre ha producido para idolatrarse a sí mismo y dañar a los más indefensos. Hoy son grandes los temores que suscita la proliferación de un relativismo que iguala la verdad y la mentira, el bien y la maldad. Un relativismo que niega el ser y su fundamento, y deja vía libre al poder destructivo (¿en nombre de qué podría éste ser detenido?). Hoy el totalitarismo se viste de guante blanco y bajo máscara de modernidad, progreso y bienestar, tiene como objetivo prioritario desarraigar a la sociedad de su fundamento -el orden moral establecido por el Creador- y acabar con la Iglesia de Cristo. Tampoco en esto es nueva la historia.

Pero asumida desde la fe en el Señor, la historia no puede ser ciega y despiadada. El mal, el egoísmo, la falsedad no tienen la última palabra. Juan Pablo II estaba convencido de que el tercer milenio daría paso a un nuevo Adviento de la humanidad. Y la razón profunda de esta esperanza era que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa, que tiene las llaves de la muerte y de los infiernos, que es el Alfa y el Omega de la historia del hombre y de la historia de cada hombre. Alguien que es Amor, Amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado. Amor eucarísticamente presente entre los hombres y fuente incesante de perdón y comunión. Ese Alguien es el único que puede afirmar: “¡No tengáis miedo. Soy Yo”. Es Cristo, el Redentor del hombre.

Dios quiere la salvación del hombre, quiere el cumplimiento de la humanidad según el plan de amor por Él mismo soñado. El grito de victoria proclamado por el pontífice es una afirmación segura y cierta de que la vida tiene sentido, a pesar de todo.

Juan Pablo II, hoy beato y modelo de santidad para nosotros, no se limitó a gritar la evidencia de su amor confiado a Jesucristo. Llevó su confianza hasta las últimas consecuencias del anonadamiento por la enfermedad y el sufrimiento. Su amén a la voluntad de Dios, su hágase fiel hasta el final, son también un grito de amor hecho donación hasta el agotamiento consumado.

Ese grito que siempre recordaremos -“¡No tengáis miedo!”- es el grito mismo de Dios que Karol Wojtyla hizo argumento de su vida.

domingo, 1 de mayo de 2011

Juan Pablo II y la Consecratio Mundi

P. Tomás Morales S.J.

Juan Pablo II, para superar abismos de odio y ambiciones y restaurar en el mundo el carácter sagrado del amor y de la vida, espera impaciente vuestra "activa, concreta y generosa aportación a la consecratio mundi". Estáis como laicos "llamados y destinados a eso por vuestra participación en el sacerdocio de Cristo por el bautismo y la confirmación". Os marca el camino: Vivid vuestra consagración en "vuestra experiencia personal y profesional, en el ámbito de la sociedad civil y en vuestras obras de apostolado".

En su carta del I de diciembre de 1980, al dirigirse por primera vez a la Cruzada, os exhorta a esto. Os pide algo superior a vuestras fuerzas: "Conciencia creciente de las exigencias de vuestra vocación eclesial", pero os invita a mirar confiados a "María, Madre de Cristo y de la Iglesia". Quiere que la toméis como Madre imitando su ejemplo, "en obediencia de fe a Cristo mi Señor".

Meses después, en aquellos setenta y cinco días de hospital, cuando el Papa mártir pasó del riesgo de la muerte al de una minusvalía permanente, os lo recordó. En medio del dolor y del agobio de la enfermedad, quiso que escuchaseis su voz fatigada y anhelante que, abandonándose en la Virgen, decía, desde la sala reanimadora en que se encontraba: "Totus tuus ego sum, Maria".

El cruzado, ocultándose entre los simples laicos, convertirá en realidad la esperanza de Juan Pablo II: "El Papa confía en los seglares españoles y espera grandes cosas de todos ellos para gloria de Dios y para la salvación de los hombres". Colabora con el Pontífice para que no caiga en el vacío su exhortación "a todos los seglares a asumir con coherencia y vigor su dignidad y responsabilidad".

Tu presencia activa es lo que espera el mundo de hoy. Sabe bien que con la perfección sublime a que ha llegado con sus investigaciones y técnicas, ha alcanzado una cumbre tras la cual aparece ya aterrador el vértigo del abismo. Un mundo antropocéntrico gime esclavizado por el hombre mismo. Se da cuenta de que se autodestruye. Quiere subsistir. Aprisionado en la materia, se asfixia. Necesita oxígeno de espíritu.

El mundo en que vives está esperando tu actuación. Necesita, quizás como nunca, espiritualizarse. Pide a gritos que vivas tu vocación secular. Exige que con tu vida consagrada le des ese "suplemento de alma" que tantos reclaman, y que es el único capaz de darle la salvación.

El mensaje que el mundo espera de ti es éste. Necesitas vivirlo con esa valentía y decisión, con esa seguridad y convencimiento con que Juan Pablo II se presenta siempre. Persuádete. Por muy solo que aparentemente estés, eres Iglesia, Cristo prolongado y extendido.

Posees la verdad, no sólo sobre Dios y la Iglesia, sino sobre el hombre mismo "frente a tantos humanismos frecuentemente cerrados en una visión del hombre estrictamente económica, biológica y psíquica".

Mirando al Papa sientes imperiosamente el "derecho y deber de proclamar con claridad y sin ambigüedades... la verdad sobre el hombre", que recibiste de Aquel que "sabía lo que hay en el hombre" (Jn 2,25). Te animará a hacerlo, como a Juan Pablo II, "la seguridad de estar prestando el mejor servicio al hombre".

Tu vocación laical pide que anuncies al mundo con tu vida y palabra lo que más necesita para subsistir y engrandecerse: "La verdad completa sobre el hombre, que es eje de la doctrina social de la Iglesia y raíz de su verdadera liberación”.

Tesoro escondido

Calidad de vida

Abilio de Gregorio

Es esta expresión otro de los mantras de nuestra cultura vigente. Era el argumento que me daba hace días una pizpireta profesional para justificar su puesta de perfil ante una propuesta de compromiso solidario: no le parecía justo poner en riesgo su actual calidad de vida...Es la expresión que oí recientemente a cierto matrimonio joven: “Al final, nos hemos decidido a tener un hijo. Sabemos que tendremos que renunciar a la calidad de vida que hemos tenido hasta ahora, pero ya nos apetecía tener familia…”. Y al pobre anciano le han convencido de que no importa vivir más tiempo, sino con más calidad. Por eso le han buscado un asilo cinco estrellas y andan detrás de él a ver si firma el testamento vital…

Pero ¿qué es eso de la calidad de vida? ¿Qué es una vida con calidad? Diríase que en muchas de las propuestas de calidad de vida del mercado actual de las ideas, se trataría de la calidad descrita en “Un mundo feliz” por Aldous Huxley: hay “soma” a discreción, nadie tiene vida interior, nadie ama, nadie tiene ideales, nadie se toma en serio la religión, la familia ha sido abolida, Shakespeare o Bach son unos extraños y, lo que es más sintomático, nadie, salvo John el Salvaje, (por eso es salvaje en esa sociedad) echa de menos tales cosas: todos están sanos y satisfechos. Tienen un alto nivel de calidad de vida. Como afirma el bioético Leon Kass “los individuos deshumanizados al estilo de “Un mundo feliz” no son desgraciados, no son conscientes de su deshumanización y, peor todavía, aunque lo fuesen no les importaría. Son, de hecho, esclavos satisfechos con una felicidad servil”. Posiblemente, el mayor refinamiento del mal se produce cuando se funde y se confunde con el bienestar social en el que todos obtienen lo que desean en forma de satisfacción de derechos por los que velan diligentemente unas instancias administrativas dedicadas a garantizar que el lapso de tiempo entre la aparición de un deseo y su satisfacción sea mínimo.

Decía clarividentemente Juan Pablo II en su discurso a los participantes al XI Congreso de la Pontificia Academia para la Vida (21-23 febrero 2005): “sobre el perfil de una sociedad del bienestar, estamos favoreciendo una noción de calidad de vida que es al mismo tiem po reductiva y selectiva”. Reductiva por cuanto la vida termina siendo definida como la capacidad de sentir placer -que hay que buscar por encima de todo-, y de sentir dolor -que hay que evitar a toda costa-, tal como preconiza uno de los actuales santones de la ética utilitarista, Peter Singer. Selectiva, porque, vinculada la calidad de vida al bienestar, el dinero se convierte en selector de las especies productivas y consumidoras. En último término resulta paradójico que buena parte de las medidas vigentes de calidad de vida se expresen hoy en unidades de deshumanización.

Pero el "qualis” (calidad), el “qué” o sustancia, de la vida humana se refiere al conjunto de propiedades inherentes a ella en cuanto vida humana, que permiten juzgar su valor. Y el contenido más genuino de la vida es la realidad, no el placer. Realidad que está tejida de placer y de dolor, de expectativa y de frustración. La calidad de vida humana si ha de hacer justicia a la realidad de lo que es, debe hacer referencia no al bien-estar, sino al bien-ser de lo que es: vida humana. No hay necesariamente más ni mejor calidad de vida en esa familia que vive en un confortable chalet de trescientos metros cuadrados con bucólicas salidas al campo, que en aquella otra de la buhardilla en el ruidoso arrabal de la ciudad. No hay necesariamente más calidad de vida en la espectacular residencia de ancianos donde no falta absolutamente nada para la atención de la dependencia que en el modesto hogar de menguados recursos donde todos han tenido que estrechar su espacio vital para dar cabida a la abuela. No tiene más calidad de vida mi presumida profesional dedicada exclusivamente a sacar brillo a su status social que la vida de esa otra que anda dando tumbos para encontrar un modesto empleo que nunca llega. Es necesario mirar por dentro, como aconsejaba el Principito, para encontrar la almendra de la calidad. Es preciso calibrar cuánto hay de humano en acto en una vida para juzgar la calidad de la misma. Y lo que hace que una vida humana sea una vida de mayor o menor calidad, en consecuencia, es la presencia del amor. Valgo cuanto amo; pero, sobre todo, valgo cuanto soy amado. Por ello me resulta tan difícil entender la calidad sin familia. Por más que se pretenda subrogar a ésta por el Estado del bienestar.

Un santo para todos nosotros

Fernando Martín Herráez

Cuando este número de la revista Estar llegue a nuestras casas Juan Pablo II ya habrá sido declarado beato. Es el momento de dar gracias a Dios por este regalo precioso para la Iglesia y el mundo.

A través de las beatificaciones y las canonizaciones la Iglesia da gracias a Dios por el don de sus hijos que supieron responder con generosidad a la gracia divina. De este modo los honra y los invoca como intercesores. Al mismo tiempo, la Iglesia madre y educadora nos presenta estos ejemplos para que los imitemos. Porque todos los fieles estamos llamados con el bautismo a la santidad, la meta propuesta para cualquier tipo de vida.

Al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, la Iglesia quiere suscitar en nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Porque ser santo significa vivir cerca de Dios, gozar de su intimidad, formar parte de su familia.

Pero Juan Pablo II, llamado por muchos “el Grande”, ¿será sólo un modelo de santidad para quienes llegan a la “silla de Pedro”, o para los obispos; o nos puede decir algo también a todos nosotros, laicos en medio del mundo?

La declaración de santidad que hace la Iglesia es una declaración que se extiende a toda la persona, y aunque puede haber momentos de oscuridad o de pecado, como vemos en las biografías de los conversos, alcanza también su recorrido vital. La Iglesia examina con cuidado toda la biografía de la persona para ver el desarrollo de sus virtudes y para conocer mejor la obra de Dios en cada alma.

Los santos son modelos de vida. Son una ayuda que el Señor nos pone para nuestro camino. Quizás por eso sea ésta una oportunidad para releer una biografía de Juan Pablo II, para rastrear la obra de la gracia en su vida y ver cómo supo responder a las solicitaciones del Señor. Por eso Juan Pablo II es también un modelo para todos nosotros.

Una beatificación como la de Juan Pablo II nos tiene que alentar y nos tiene que ayudar a que renazca en nosotros el deseo de santidad. No basta la admiración, debe suscitar en nosotros la pregunta irrenunciable: ¿Cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios?

Según nos ha dicho recientemente Benedicto XVI, “a esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades”.

La santidad es el seguimiento de Jesús que exige un esfuerzo constante, pero no es obra de gigantes y de seres excepcionales. La santidad es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios.

Ya tenemos un intercesor más en el cielo, que nos va a ayudar en nuestro camino de santidad laical. Ahora está más presente que nunca. Así nos lo ha recordado hace poco tiempo, en una entrevista publicada en ABC, el que fue portavoz del Papa durante veintidós años, Joaquín Navarro Valls: “Pocos días después de su fallecimiento me preguntaron en una rueda de prensa si lo echaba de menos. Ya entonces dije: -No, no le echo de menos, sencillamente porque antes, según el trabajo que había, estaba con él dos o tres horas al día. Ahora, en cambio, puedo estar en contacto con él 24 horas al día. Le pido consejo, le pido que me ayude… ”

Que esta cercanía con este gran amigo de Dios y todo de la Virgen María nos ayude a seguir más de cerca a Jesús.

Dios rico en misericordia

Por Santiago Arellano Hernández

La beatificación de nuestro bienamado Juan Pablo II, gigante y gloria de La Iglesia, pone ante nuestros ojos, la grandeza de un hombre que vivió para darlo todo “Totus tuus”. Difícilmente podremos olvidar aquellos achacosos últimos años, en que su penosa imagen, secuela del párkinson, rompía los estereotipos del mundo de las comunicaciones, despertando una ternura y una conmovedora simpatía al menos no menor que la vigorosa personalidad de aquel hermoso deportista que exhortaba a la humanidad a abrir sin miedo las puertas a Cristo, en el estreno de su Pontificado. Aquellos frustrados intentos de transmitir en sus últimas palabras, desde las ventanas de su residencia vaticana, su amor a la Iglesia y a Cristo, entregado a María, zarandearon nuestras adormecidas conciencias y estallamos en un mar de lágrimas. Como su Maestro lo dio todo, hasta el último aliento de su vida.

El día 30 de noviembre, primer domingo de Adviento, del año 1980, cuando todavía no se había desencadenado ni su intento de asesinato ni los cambios tan significativos en la Historia contemporánea del mundo, publicó su encíclica “Dios rico en misericordia”. Uno de los documentos más centrales para comprender la misión de la Iglesia en tiempos tan adversos y calamitosos.

En el último párrafo advierte con voz poderosa y firme: “Por muy fuerte que pueda ser la resistencia de la historia humana; por muy marcada que sea la heterogeneidad de la civilización contemporánea; por muy grande que sea la negación de Dios en el mundo, tanto más grande debe ser la proximidad a ese misterio.”

¿Cuál es el misterio? “La misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo”. Como en la “Redemptor Hominis” nos desveló “la gran vocación del hombre, y su incomparable dignidad”.

En el capítulo V, punto 8, al referirse al misterio pascual, nos dice: “: la cruz de Cristo, en efecto, nos hace comprender las raíces más profundas del mal….Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las fuentes más profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa”. Por ello implora para todos: “que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte.”

La encíclica es un comentario de la bellísima parábola evangélica del hijo pródigo. Me vais a permitir que manifieste como por rabieta incontrolada mi desacuerdo con el nombre con el que conocemos la parábola. ¿Hijo pródigo? En castellano se denomina así a la persona que gasta sus bienes sin prudencia, al despilfarrador. En la parábola el hijo hubiera seguido siendo “un mal hijo” aunque la hacienda se la hubiera comido con mayor prudencia y sensatez. La faceta menor se ha adueñado del mensaje, sin que pierda la belleza ni su hondura. Nuestro Dios es un prodigio de Misericordia.

El regrso del hijo pródigo
Rembrandt
Así lo entendió Rembrandt y así nos lo enseñó a contemplar Henri J.M. Houwen en su “Regreso del Hijo Pródigo”. La mirada enceguecida del Anciano nos lleva a las vivencias interiores del Padre, sus manos de mujer y hombre, nos hablan de ternura y fortaleza de Dios, en paralelo con el pie descalzo y calzado del hijo. El rostro displicente del Hijo Mayor, el rostro casi fetal del menor, nos empujan a buscar sentido. El gesto del elegante personaje sentado, mirada reflexiva y golpe de pecho. Nada dice el relato evangélico de las mujeres. La más cercana, apoyada y casi escondida tras la columna ¿manifiesta tan sólo curiosidad? La del fondo, joven elegante y altiva forma pareja con la incomprensión y contrariedad del hijo mayor. Cualquiera que sea nuestra actitud interior, una verdad se impone. La luz no deja espacio a la ambigüedad: Dios es asombrosamente misericordioso.