martes, 1 de marzo de 2011

La familia, santuario de la vida

Fernando Martín Herráez
Portada Estar 255
Portada Estar 255 marzo 2011

Quiero comenzar con un texto del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, que recoge la quintaesencia de lo que el Magisterio de la Iglesia ha venido enseñando sobre estos temas:

La familia fundada en el matrimonio es verdaderamente el santuario de la vida, " el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a los que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano ". La función de la familia es determinante e insustituible en la promoción y construcción de la cultura de la vida, contra la difusión de una ""anti-civilización" destructora, como demuestran hoy tantas tendencias y situaciones de hecho". Por este motivo, " servir el Evangelio de la vida supone que las familias, participando especialmente en asociaciones familiares, trabajan para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan ".

Tenemos que recordar continuamente estas palabras que nos hablan del Evangelio de la vida. El objetivo fundamental de la familia es el servicio a la vida. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por naturaleza a la procreación y a la educación de los hijos. De hecho, los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen en gran medida al bien de los mismos padres.

De todas las consecuencias sociales de la anticoncepción que ha señalado el Magisterio de la Iglesia cabe destacar dos: la degradación inevitable de la moral sexual y la tendencia de los poderes públicos a invadir con medidas cada vez más drásticas y nocivas la esfera de la intimidad conyugal. Hoy, desgraciadamente, podemos hablar de una "civilización anticonceptiva" que tiende a privar a la vida de su aura de misterio y grandeza. De este modo, el amor, privado de su responsabilidad degenera en hedonismo: es un encuentro de dos egoísmos.

El rechazo a toda contracepción, así como a todo acto de naturaleza abortiva, procede del reconocimiento de un orden superior del que el hombre no es autor, pero que con su inteligencia descubre fácilmente si su voluntad no pone obstáculos. Cuando, por el abuso de la contracepción, los esposos quitan al ejercicio de la sexualidad su capacidad potencial de procrear, se atribuyen un poder que solo pertenece a Dios: el poder de decidir en última instancia sobre la vida de un ser humano.

Frente a la amenazante referencia de una "temible" explosión demográfica (en el Tercer Mundo) o al egoísta modelo familiar de nuestra confortable y consumista civilización occidental, es necesario presentar una y otra vez la verdad del Evangelio de la vida. La Iglesia anima a los hombres a observar la ley natural, independiente de las interpretaciones humanas, que enseña que todo acto matrimonial debe estar abierto a la transmisión de la vida.

Esta doctrina está fundada en el vínculo indisoluble que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por su iniciativa, entre las dos significaciones del acto conyugal: unión y procreación. El cuerpo es una parte constitutiva del hombre, que pertenece al ser de la persona, y no al tener. En el acto que expresa su amor conyugal, los esposos son llamados a hacer don de sí mismos, y de este don no pueden excluir nada de lo que constituye su ser personal. Desde esta perspectiva, la contracepción es un recurso que introduce una limitación sustancial en esta donación recíproca, y expresa un rechazo objetivo de dar el uno al otro respectivamente todo el bien de la feminidad y de la masculinidad. En una palabra, la contracepción contradice la verdad del amor conyugal.

Que no nos cansemos nunca de recordar estar verdades y de luchar por una verdadera "Civilización de la Vida".

Prolongar el misterio de la Encarnación

P. Tomas Morales

Encarnarse en las estructuras profanas divinizándolas desde dentro. Es privilegio del laico. El sacerdote y el religioso pueden y deben iluminarlas desde fuera mediante la predicación, la oración intensa y los sacramentos. Pero su influjo -indispensable para cambiar el corazón del hombre- en las realidades temporales es sólo externo, epidérmico, no interno, visceral.

La misión del laico consiste precisamente en hacer lo que el sacerdote o el religioso no pueden realizar: vitalizar desde dentro esas realidades. Su papel es insustituible. La importancia de su vocación peculiar es grande, pues 'desde fuera, sólo, no se salva el mundo' (Pablo VI, Ecclesiam suam, n. 33). Su influjo no es externo, sino íntimo, encarnado, profundo.

En la contemplación asidua del Verbo Encarnado, el bautizado descubre la grandeza sublime de su misión. Se llena de fuerza y alegría para 'vivir como hijo de la luz' (Ef 5, 8) en medio del mundo, para divinizar las realidades temporales y convertirlas en trampolín para saltar a la eternidad.

El bautizado no puede vivir con plenitud su vocación secular sin hundir raíces, cada vez más profundas, en este misterio, que le revela su dignidad y su misión. Le anima a encarnarse en las realidades temporales para completar en ellas con sus padecimientos lo que falta a la Pasión de Cristo en bien de su Cuerpo, la Iglesia (Col, 1, 24). El misterio de la Encarnación es así la pista de despegue permanente para volar, divinizando su actividad secular, sin riesgo de secularismos estériles.

La Encarnación es Dios que se oculta y Dios que se revela. Mejor, es Dios que se revela ocultándose. Es el misterio escondido de que nos habla San Pablo (Ef. 3,9). Dios que nos revela sus profundidades (1 Cor 2, 10) y Dios que nos descubre nuestra dignidad de hombres, nuestra categoría de hijos de Dios. Cada bautizado es más que un súper-clase, mucho más que un fuera de serie. Nuestra personalidad de hijos de Dios nos hace irrepetibles. "Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es, si se puede hablar así, la dimensión humana del misterio de la Redención" (J. Pablo II. Redemptor hominis, 10)…

La Iglesia es Cristo que prolonga su Encarnación y su presencia entre nosotros enseñando, santificando, rigiendo. Jesús sigue encarnándose en cada uno de los que, unidos a él como sarmientos a la vid (Jn, 15,5), formamos su Iglesia… El cristiano imita a Jesucristo encarnándose como Él, prolongándole en las realidades en que por vocación divina se mueve.

Consciente de su impotencia, mira a María. La invoca como Madre y se llena de fuerza y alegría para desaparecer amando perdido en la masa, ocultándose ante sus hermanos en la monotonía del quehacer cotidiano, a imitación de la Virgen de Nazaret. Aspira a la santidad "viviendo las realidades temporales como primicia de las realidades eternas", hasta llegar a ser un día "en plenitud hijo de Dios" (Misal Romano, prefacios Cuaresma I y II).

Hora de los laicos

En el gozo de san José

Por Santiago Arellano Hernández

sanjose La creciente devoción al Patriarca San José tiene un nombre entrañable para todos nosotros, si no como punto de partida entre teólogos y santos, sí como difusora de una popularidad que no ha dejado de crecer hasta nuestros días: Santa Teresa de Jesús en su conocido "Libro de la vida". En el capítulo sexto nos cuenta la Santa, con vivacidad y encanto inigualable, lo que supuso para la salud de su cuerpo y de su alma su encuentro con el virginal esposo de María. Os invito a leerlo íntegro y así de paso os animáis a recorrer sus obras completas. Allá vosotros si renunciáis a gozos verdaderos y a lecturas, que como recomendó Don Quijote en su lecho de muerte, "hicieran bien a nuestra alma". Por si os puede el afán de los días, espero que no la pereza y menos la "acedia" como carcoma del espíritu, os reproduzco cuanto me permite esta página en todos los sentidos limitada. Escribe la Santa:

"5. Pues como me vi tan tullida y en tan poca edad (Tenía 25 años) y cuál me habían parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen; que… todavía pensaba que serviría mucho más a Dios con la salud. Este es nuestro engaño, no nos dejar del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo que nos conviene.

6. Comencé a hacer devociones de misas y cosas muy aprobadas de oraciones,...Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas...

7. Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios.

8. (...) Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere,... que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino"

Cualquiera de sus expresiones nos movería a oración. Me conmueve su sugerencia de que no es posible invocar a María sin que aparezca junto a ella su esposo "por lo bien que les ayudó".

Conocéis mi admiración por el pintor francés Georges Le Tour. La escena pintada es delicada y profunda, más teológica que piadosa. No es difícil observar el vigoroso esfuerzo de San José en su exigente trabajo de carpintero, imagen universal del duro trabajo de los seres humanos. El padre realiza con laboriosidad su tarea y a la vez enseña al aprendiz que mira sin pestañear a la vez que algo le pregunta al padre. Pero, como nos tiene acostumbrado en sus obras el pintor, la luz, no es sólo contraste y claroscuro, se convierte en símbolo: el niño sostiene la candela que ilumina la escena; pero en sus manos y en su rostro la luz se transfigura en esa Luz que da sentido el trabajo y la vida cotidiana de los hombres. Cristo es la luz del mundo. Espero que el niño no pregunte por ese agujero que el taladro orada en el madero.