sábado, 1 de enero de 2011

La naturaleza de las cosas

Editoriar revista Hágase Estar enero 2011

Portada Estar 253
Hablar de la naturaleza, de cada cosa es referirse al modo constitutivo de ser de esa cosa, a lo que esa cosa es. Y reparar en lo evidente: que las cosas son lo que son. Y no, no es ninguna tontería decir esto.

Viene a cuento porque hoy lo más evidente está siendo cuestionado con saña. Por ejemplo, debido a la lente deformadora que ofrecen los medios de difusión, parece que no está tan claro en lo relativo al sexo y al comienzo de la vida humana, que un hombre es un hombre y que una mujer es una mujer; o que un individuo de la especie humana es una persona humana, o que sólo el matrimonio es matrimonio... Se trata de cuestiones morales, especialmente sensibles a la verdad del ser de las cosas y del ser humano. Tal vez por eso la retórica y las ideologías se esfuerzan tanto en sembrar la duda y en cambiar el significado de las palabras. Perdida la referencia de lo que las cosas son, no queda claro si determinados hechos son naturales (buenos) o antinaturales (malos). Es la dictadura del relativismo.

Para Aristóteles, "natural" no es lo espontáneo sin más, sino lo que corresponde a una cosa en orden a la perfección a la que está llamada. Por ejemplo, no es natural andar por la calle haciendo el pino, o correr los 100 metros lisos a la pata coja. Al final las articulaciones se resienten y se acaban deformando. Usar un vaso para clavar una punta no es natural, porque no está de acuerdo con la naturaleza del vaso: no se clava bien la punta y termina por romperse el vaso. Para el ser humano, que es algo más que biología, lo natural es ir vestido y no desnudo por la calle, porque el hombre es el animal racional, y vivir de forma racional (eso incluye también la voluntad y el amor, no sólo el razonamiento) es lo natural para el comportamiento.

Al conjunto de las exigencias que se derivan de la dignidad de toda persona, que exige que se la comprenda y se la trate con respeto (como a alguien, y no como algo que puede manipular o convertir en mercancía quien tenga el poder de hacerlo), se le denomina ley moral natural, norma objetiva de comportamiento.

También hablamos de "naturaleza" para referirnos al conjunto de las cosas, a la realidad y a los procesos físicos y vitales que permean y estructuran el mundo. Comprender qué es "la naturaleza" así entendida, implica reconocer que el conjunto de las cosas, incluyendo en ellas al ser humano, tiene su modo de ser propio y específico, y que alterarlo -si ello no está en el orden de su perfección propia- falsea la realidad, acaba por desorientar y hacer la existencia confusa, aberrante e inhóspita. Esto es lo que hace que la Ecología sea algo muy importante desde el punto de vista ético. Respetar y cuidar el medio ambiente, en el fondo, es cuidar la morada de los seres humanos, al hombre mismo y a los seres que comparten con nosotros la existencia.

Si además uno se pregunta "por qué" las cosas son como son, y aprecia que hay un orden que las vincula y jerarquiza, acaba planteándose si no hay "Alguien" que las hecho así, y se enlaza con el dato revelado de la Creación divina. Y así puede entenderse que al velar por la naturaleza creada y al cooperar con su perfeccionamiento, Dios, a través de ella, cuida de nosotros.

Ha escrito Benedicto XVI: "No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación."

Mientras usted está explicando está perdiendo

Por Abilio de Gregorio

Leía hace poco esta expresión del conocido militante antiteo británico Christopher Hitchens: "Mientras usted está explicando, está perdiendo". Recomienda como clave de su estrategia ofensiva contra los creyentes en Dios poner al oponente en posición de tener que explicar. Me parece una advertencia digna de atención.

Los adultos que hayan tenido trato habitual con adolescentes habrán comprobado que, efectivamente, con frecuencia, "mientras usted está explicando, está perdiendo"... Las razones o argumentos que da como adulto serán necesarios para dejar constancia de que sus decisiones no son arbitrarias, pero constatará que nunca serán suficientes para persuadir al mozalbete e inducirlo a una modificación de perspectiva o de conducta. A partir del momento en que se avino a discutir, comenzó a perder la partida. Y es que las perspectivas que el adolescente adopta y las conductas que realiza están mayoritariamente impulsadas no por la fuerza de los silogismos o por la tracción de la racionalidad científica o demostrativa, sino por toda una compleja naturaleza que incluye razones volitivas e incluso pasionales, es decir las "razones del corazón" pascalianas. Pues exactamente igual nos sucede a los adultos en un importante ámbito de nuestra vida. Más allá de las construcciones racionales deductivas o inductivas está la "voluntad de creer", como rezaba el título de la famosa conferencia que William James pronunció en las universidades de Yale y de Brown a finales del siglo XIX en defensa de sus creencias religiosas.

En el momento en que introducimos en el matraz de las proposiciones científicas a determinadas realidades vitales (convicciones morales, cosmovisiones, adhesiones religiosas, etc.) para examinarlas con la pretendida precisión de "evidencia coercitiva" a la que aspira la razonabilidad de las ciencias exactas, constataremos que cambian su naturaleza y se hacen volátiles. Entonces se termina haciendo sociología, psicología, política...; otra cosa. Cualquiera puede constatar a través de una elemental introspección aquello que escribía Olegario González: "El ochenta por ciento de las cosas decisivas para la vida humana no son reducibles a método científico y sólo tienen credibilidad cuando una persona las vive.

El sujeto sólo encuentra confianza real para implantarse en la vida cuando ha percibido que ciertas cosas son vivibles, porque están siendo vividas por alguien que está delante de él y le ama."

Ese afán de cargarse de razones demostrables en actitud defensiva conduce, con frecuencia, a un empobrecedor parasitismo intelectual: se termina viviendo de lo que se combate; nutriéndose de lo que se rechaza. Nuestro pensamiento no sale de los lindes que le impone la objeción opositora. Se termina pensando con las categorías que le impone quien tiene la iniciativa ofensiva. Se constriñe el pensamiento al paradigma impuesto por quien le pide cuentas. No se genera sino cognición reactiva, no itinerarios de búsqueda, sino de emboscada. "Mientras usted está explicando, está perdiendo". Así no puede haber ni crecimiento ni profundización. Cuando se empieza a vivir, también en el campo de las ideas, esa ansiedad de supervivencia en la estima y la credibilidad de los demás, podían aplicarse aquellos versos de Quevedo: "en mi defensa, soy peligro sumo;/ y mientras con mis armas me consumo, / menos me hospeda el cuerpo que me entierra". Hay, pues, verdades que solamente se validan sin palabras en el testimonio de una vida que se presenta ante los demás como "vida lograda". Por ello, bien está cargar de razones a los jóvenes que han de enfrentarse a los retos del mundo actual, sobre todo para no presentarse ante el mismo como antiilustrados irracionales. Sin embargo creo que el secreto de la educación actual está en ayudar al educando a descubrir algo (Alguien) de quien (Quien) enamorarse y, a partir de ahí, alentarle: "¡tú, a lo tuyo!". Constato que los enamorados dan más bien pocas explicaciones de su amor. Se deshacen, sin embargo, en argumentos y en énfasis demostrativos cuando ese amor ha descarrilado.

Cuando se mira el espectáculo de tanta frivolidad y vacío en este individualismo gregario que nos rodea, se podrá advertir que no nos faltan razones para vivir una vida con sentido, sino la "voluntad de creer" que, en último análisis, no es sino la "voluntad de amar". Tenemos teorías, pero nos falta un gran amor que valide esas teorías. Las razones, como las flores precoces de primavera, no han sido capaces de superar los fríos tardíos y fecundarse en frutos. Les ha faltado calor. Y si inevitablemente miro el espectáculo como educador, he de concluir que no nos faltan razones; nos faltan maestros. Maestros que, al hilo de la cita anterior de O. González, enseñen a sus discípulos (hijos o alumnos) que se pueden implantar con confianza en la vida porque a su lado pueden experimentar que las cosas que se enseñan están siendo vividas por quien está delante de ellos y los aman. Y los aman... Porque para aprender a amar es preciso sentirse amado.

Reclama la presencia del Autor

P. Tomás Morales, S.J.

El Evangelio y la naturaleza: dos libros para tu alma. Pero también dos escuelas de silencio y, por tanto, de reflexión y de amor que brota de la soledad.

Somos viajeros en busca de una patria. Tenemos que alzar los ojos para reconocer el camino señalando la cumbre. "Me impresioné la primera noche. Nunca había experimentado este encuentro con la naturaleza (me escribía una joven contando emociones de su primer campamento). Nunca había sentido este encuentro tan en crudo, tan a lo vivo. Es el encuentro con tu nada. Saboreas toda tu impotencia y la deuda de amor con Él. Contemplas los atardeceres, tanta grandeza y orden en la naturaleza, que tú desapareces sin darte cuenta. Pero en medio de tantas miserias, eres feliz al sentirte hija predilecta de Dios Padre".

Amanece, ves la salida del sol y dices con Miguel Ángel, "no es más que la sombra de Dios". Miras las flores, observas los insectos y te elevas a Dios sin pensarlo. Te das cuenta de que el mundo está gobernado por una inteligencia infinita. Te sucede lo que al P. Fabre: cuanto más lo observas y lo ves, más descubres al Creador irradiando tras el misterio de las cosas. Buffon nos dice que conforme iba penetrando más en el seno de la naturaleza, sentía más profundo respeto y amor hacia Dios. Es que todo lo bello, aun sin saberlo, es bueno. Las rosas han hecho más personas honradas que las leyes. Las noches misteriosas de Gredos ¡han abierto los ojos a tantos en las acampadas de verano! "Concibo que se pueda ser ateo mirando a la tierra; pero no acabo de entender que se puedan alzar en la noche los ojos hacia el cielo y decir que no existe Dios" (A. Lincoln).

Al hacerte reflexivo en el majestuoso e impresionante silencio de la naturaleza, palpas la verdad de aquella apreciación de san Bernardo: hay más sabiduría en la naturaleza que en los libros. En una de sus cartas dice a un amigo que después de leer y estudiar la Escritura "encontrarás en los bosques algo más nuevo y más profundo que en los libros. Árboles y rocas te enseñarán". Es que el Dios de la revelación es el mismo que el de la naturaleza. ¿Quieres conocer a Dios? Mira en tu derredor. Montañas, cascadas, bosques, mares, mesetas. Le verás jugando en los niños y sonriendo en las flores.

El que ama su alma es el único capaz de sentir y amar profundamente la naturaleza. Sólo se compenetra con ella el corazón puro. Marchas y acampadas montañeras te invitan a hacer tuyas las hermosuras del mundo. Diseminadas, te circundan llenándote de admiración. Hazlas subir en humilde homenaje de gratitud hacia tu Dios. Ganarás puntos en reflexión, mientras tu corazón dilatado por el amor, se hace fuerte y constante para la lucha.

No imites a los que sólo tienen ojos para ver. Se parecen a esos espectadores de teatro que cuando termina la representación se contentan con aplaudir a los actores.Tú, cuando te extasíes ante la naturaleza, reclama siempre la presencia del Autor. Aplaude su obra, pues incluso las cosas más humildes y sencillas tienen algo que decirte del Creador. Son migajas de su mesa. Polvillos de oro desprendidos al sacudir Dios el manto amoroso de su omnipotencia creadora. Son "guiños, parpadeos de Dios" (S. Agustín).
El ovillo de Ariadna

La creación, proyecto de amor y de verdad

Fernando Martín Herráez

Cristianar las realidades temporales impregnándolas de Evangelio. Este era el ideal que el P. Morales quiso sembrar entre los laicos. Cristianar todos los ámbitos de la realidad.

Uno de esos ámbitos es la ecología, la relación del hombre con la creación.

La ecología etimológicamente tiene que ver con la casa familiar, el hábitat, la tierra. Mira a las interrelaciones de los seres vivientes entre sí y con su ambiente. Desde una perspectiva ecológica, ser es ser-en-relación. Esto es verdadero no sólo para nosotros los hombres, sino para todo lo que conlleva el misterio de la existencia. La ecología habla también de la unicidad, autonomía y derechos de cada entidad. Todo lo que existe, existe dentro del tejido sagrado de la vida, dentro de la comunidad terrestre. Como hombres estamos llamados a respetar esta unicidad, llamados a vivir creativa y responsablemente dentro de esta comunidad.

El problema ecológico o medioambiental es grave: La explotación desaprensiva de los recursos naturales del medioambiente degrada la calidad de la vida, destruye culturas y hunde a los pobres en la miseria.

El peligro de la degradación ambiental exige un cambio profundo en el estilo de vida típico de la moderna sociedad de consumo, especialmente en los países más ricos. En el fondo es también una cuestión de justicia social porque los grupos más afectados por esta degradación del ambiente son los pobres y los marginados. El debate contemporáneo entre Desarrollo y Ecología se plantea con frecuencia en términos de oposición entre los deseos del Primer Mundo y las necesidades del Tercero.

La amenaza que pesa sobre el medio ambiente es en realidad una amenaza a la existencia de la vida y es una amenaza para el mismo hombre.

Los planteamientos políticos, estratégicos y educativos no serán suficientes sin un cambio profundo del corazón del hombre y de su concepción sobre la naturaleza.

El cambio pasa por añadir al uso de los medios y recursos el concepto del cuidado. Y sobre todo por instaurar en la propia escala de valores el valor del respeto al medio ambiente y la actitud de benevolencia. La actitud de prestar ayuda a lo real para que llegue a ser en su plenitud, acompañar a las cosas para que puedan cumplir su finalidad propia. Lo propio de la benevolencia es respetar y reconocer el valor de lo real en sí mismo y no sólo para nosotros. Las cosas no son valiosas sólo porque me sirven a mí mismo, sino que tienen un valor en sí.

La Carta Encíclica "Caritas in veritate" de Benedicto XVI ha hablado con profundidad de estos temas que nos preocupan. Merece la pena que volvamos a leerla por la profundidad de su mensaje. De momento, para ir abriendo boca, y para terminar estas reflexiones me limito a copiar un fragmento del Capítulo Cuarto (Desarrollo de los pueblos, derechos y deberes, ambiente). Un fragmento que es todo un tratado de la verdadera ecología cristiana:
"48. El tema del desarrollo está también muy unido hoy a los deberes que nacen de la relación del hombre con el ambiente natural. Éste es un don de Dios para todos, y su uso representa para nosotros una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad. Cuando se considera la naturaleza, y en primer lugar al ser humano, fruto del azar o del determinismo evolutivo, disminuye el sentido de la responsabilidad en las conciencias. El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades -materiales e inmateriales- respetando el equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta visión, se acaba por considerar la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de la creación de Dios.

La naturaleza es expresión de un proyecto de amor y de verdad. Ella nos precede y nos ha sido dada por Dios como ámbito de vida. Nos habla del Creador (cf. Rm 1,20) y de su amor a la humanidad. Está destinada a encontrar la "plenitud" en Cristo al final de los tiempos (cf. Ef 1,9-10; Col 1,19-20)”.

La naturaleza, “don de Dios a la humanidad”

Por Santiago Arellano Hernández

Tuvo lugar en Roma el 29 de noviembre de 1979. Su santidad Juan Pablo II publicó la bula que proclamaba a San Francisco de Asís patrono de la Ecología y de los ecologistas. El texto comenzaba con estas luminosas palabras:
"Entre los santos y los hombres ilustres que han tenido un singular culto por la naturaleza, como magnífico don hecho por Dios a la humanidad, se incluye justamente a San Francisco de Asís."

He vuelto a la biografía que escribió San Buenaventura sobre su Padre fundador y me he encontrado de nuevo con el candor e inocencia que abre las puertas del cielo. Sólo quien se haga como un niño podrá gozarse de las realidades eternas. Sin duda somos hombres de poca fe. Nos hemos transformado en personas tan cultas, tan ilustradas, tan adultas que en vez de sabios nos hemos convertido en resabiados. Como dice Machado hemos venido a no creer en nada. La Ilustración, siguiendo claves renacentistas, demolió la presencia de lo sobrenatural en la vida cotidiana. Nos hizo desconfiar de lo creíble para convertirnos en incrédulos. Y de tanto poner en tela de juicio hasta lo más sagrado hemos terminado por ser unos desconocidos de nosotros mismos.

Giotto
Giotto, San Francisco predicando
a los pájaros, S. XII

Os traigo un fragmento del milagro de las aves, semejante a cualquiera de las deliciosas "Florecillas" de San Francisco; y el fresco de Giotto que lo representa.

¿De verdad que es una insensatez saludar y predicar a las aves "como si estuvieran dotadas de razón"? ¿Y necedad creer que eso sea posible? Para un alma tan consciente de la presencia de Dios en la creación entera y a la vez testigo ya entonces de los dolores de parto que toda la creación padece a la espera de la plenitud de Cristo, hablar a la naturaleza era reconocer su grandeza y hermosura y al mismo tiempo recordar al hombre la responsabilidad de quien está al frente y a su cuidado. No encomienda a las aves misiones imposibles, sino lo que les corresponde en el orden del ser: "mucho debéis alabar a vuestro Creador" por todo lo que se os ha concedido. Exactamente lo mismo que tendrá que predicar a los hombres. Aunque el milagro será todavía más admirable: conseguir que le escuchen y actúen en consecuencia.

Giotto nos hace visible lo esencial del relato. San Francisco exhorta, persuade y bendice. Las aves acuden a su presencia y escuchan con atención y el hermano da fe del suceso. Todo en el cuadro se hace lenguaje: la posición curvada del cuerpo del santo, la dulzura del rostro y los gestos de sus manos, ratificando o bendiciendo. En todo naturalidad, porque esto ha sucedido aquí, en este mundo, entre nosotros.

"Acercándose a Bevagna, llegó a un lugar donde se había reunido una gran multitud de aves de toda especie. Al verlas el santo de Dios, corrió presuroso a aquel sitio y saludó a las aves como si estuvieran dotadas de razón. Todas se le quedaron en actitud expectante, con los ojos fijos en él, de modo que las que se habían posado sobre los árboles, inclinando sus cabecitas, lo miraban de un modo insólito al verlo aproximarse hacia ellas. Y, dirigiéndose a las aves, las exhortó encarecidamente a escuchar la palabra de Dios, y les dijo: "Mis hermanas avecillas, mucho debéis alabar a vuestro Creador, que os ha revestido de plumas y os ha dado alas para volar, os ha otorgado el aire puro y os sustenta y gobierna, sin preocupación alguna de vuestra parte".

Mientras les decía estas cosas y otras parecidas, las avecillas, gesticulando de modo admirable, comenzaron a alargar sus cuellecitos, a extender las alas, a abrir los picos y mirarle fijamente. Entre tanto, el varón de Dios, paseándose en medio de ellas con admirable fervor de espíritu, las tocaba suavemente con la fimbria de su túnica, sin que por ello ninguna se moviera de su lugar, hasta que, hecha la señal de la cruz y concedida su licencia y bendición, remontaron todas a un mismo tiempo el vuelo".