viernes, 1 de octubre de 2010

Los santos del siglo XXI

Editorial revista Hágase Estar nº 250 octubre 2010

Portada Estar 250
Benedicto XVI acaba de realizar un viaje a Inglaterra, valiente por muchos motivos y circunstancias. Queremos hacernos eco en este lugar de dos de los grandes desafíos que ha lanzado a los católicos británicos. Consciente de que sostienen una postura valiente como minoría en un entorno claramente hostil, se ha dirigido particularmente al laicado:

"La evangelización de la cultura es de especial importancia cuando la 'dictadura del relativismo' amenaza con oscurecer la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y su bien último. Hoy en día, algunos buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad. Sin embargo, la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos mueve a ver a cada persona como un hermano. Por este motivo, os invito particularmente a vosotros, fieles laicos, en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe. La sociedad actual necesita voces claras que propongan nuestro derecho a vivir, no en una selva de libertades autodestructivas y arbitrarias, sino en una sociedad que trabaje por el verdadero bienestar de sus ciudadanos y les ofrezca guía y protección en su debilidad y fragilidad. No tengáis miedo de ofrecer este servicio a vuestros hermanos y hermanas, y al futuro de vuestra amada nación."

Pero han calado más hondo sus palabras a los jóvenes: "Hay algo que deseo enormemente deciros. Espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo que jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad.

"Quizás alguno de vosotros nunca antes pensó esto. Quizás, alguno opina que la santidad no es para él. Dejad que me explique. Cuando somos jóvenes, solemos pensar en personas a las que respetamos, admiramos y como las que nos gustaría ser. Puede que sea alguien que encontramos en nuestra vida diaria y a quien tenemos una gran estima. O puede que sea alguien famoso. Vivimos en una cultura de la fama, y a menudo se alienta a los jóvenes a modelarse según las figuras del mundo del deporte o del entretenimiento...

"Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para haceros felices. Estar altamente cualificado en determinada actividad o profesión es bueno, pero esto no os llenará de satisfacción a menos que aspiremos a algo más grande aún. Llegar a la fama, no nos hace felices. La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo Él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón."

¿Qué se puede añadir a esto? Sólo una cosa: Que la invitación del Papa a los jóvenes para la JMJ de Madrid puede y debe ser, para muchos, un primer paso en el camino más hermoso y fascinante que existe: el del encuentro personal con Cristo.

Europa perdida en el laberinto

Por Abilio de Gregorio

Nuestros gobernantes, conscientes de que los ciudadanos necesitamos entretenimientos, nos sueltan de vez en cuando algún juguete para ver cómo nos peleamos. Es el caso de la polémica por el uso del velo islámico o, más genéricamente, por la integración de los inmigrantes en los denominados valores de nuestra cultura. Con la solemnidad de quienes se consideran pertenecer a una estirpe moral de rango superior, se enfatiza en la intransigencia que debe mostrar una sociedad occidental europea en relación con cualquier manifestación que implique falta de respeto a nuestras vigencias culturales, fundamentadas, decimos, en unas altas cotas de culto de los derechos del hombre. Dejando al margen esa suerte de pensamiento cafre de quienes pretenderían, si pudieran, imponer al inmigrante hasta nuestro color de piel, es sobradamente razonable, por ejemplo, que se exija al advenedizo eliminar comportamientos y signos de sometimiento y humillación de la mujer. Que se le exija el cumplimiento de las leyes vigentes en materia de escolarización de hijos e hijas o en materia de acceso libre al matrimonio. Es razonable que se persiga toda incitación a la imposición violenta de creencias o visiones de la organización social. Es cuestión de supervivencia.

La legitimidad moral para una tal exigencia, sin embargo, no procede del hecho de ser "propietarios" de ese territorio entre fronteras al que llegan migrantes de otros pueblos y al que se han de adaptar simplemente por estar en casa ajena. Séneca decía que miraba todas las tierras como si fueran propias y miraba la suya propia como si fuera de todos. La legitimidad de la demanda europea ha de proceder de la superioridad de una concepción del ordenamiento jurídico-social que, hundiendo sus raíces en la razón griega, en el sentido de la ciudadanía romana y, sobre todo, en la aportación de la trascendencia cristiana, ha llegado a cumbres de comprensión de la dignidad y de los derechos del hombre a las que no han llegado otros pueblos. Es el humanismo del "logos", el humanismo de la filiación divina judeo-cristiana, el humanismo de la libertad ordenada y compartida en la ciudadanía, todo ello en diálogos y en síntesis, a veces agónicos, durante largos siglos el que ha alumbrado la magnífica construcción de los derechos del hombre que preside nuestra democracia liberal en Europa. Sistema de organización que se ha demostrado superior a cualquier otro sistema. Los pueblos europeos no pueden renunciar, pues, a este patrimonio ético en beneficio de una supuesta convivencia multicultural o "alianza de civilizaciones".

Sin embargo, en la medida en que Europa pierda esa superioridad axiológica, ya no tendrá en sus manos más que la fuerza de "los más" para imponer sus costumbres y domeñar las costumbres de los foráneos ¿Hasta cuándo podría ejercer tal poder? ¿Con qué eficacia?

Macercello Pera en su ensayo recientemente publicado en España, ("Por qué debemos considerarnos cristianos", Ed. Encuentro. Madrid, 2010), se pregunta: "¿Qué es Europa? ¿En qué cree? ¿Qué ideas, valores, y estilos de vida persigue?" (...) "Lo que está pasando en Europa es una apostasía del cristianismo..."

¿Desde qué superioridad ética puede presentarse ante las vigencias axiológicas de los pueblos inmigrantes una sociedad europea que sostiene el aborto como un derecho de la mujer, que favorece la eugenesia, que preconiza la eutanasia, que presenta como una conquista la equiparación de cualquier forma de convivencia entre personas del mismo sexo al matrimonio entre un hombre y una mujer? ¿Son éstas unas credenciales válidas de humanismo para presentarse ante las gentes venidas de otras culturas y constreñirlas a la aceptación de nuestro ordenamiento jurídico o cultural? ¿Con qué legitimidad moral puede nuestra sociedad censurar o prohibir el llamativo (hasta excéntrico) recato de algunas mujeres procedentes de la cultura islámica cuando esa misma sociedad nuestra propone como ideal educativo a nuestros niños una concepción puramente hedónica del sexo y exhibe una práctica zoocéntrica del amor? ¿En nombre de qué superioridad moral se puede solicitar adhesión a nuestras vigencias culturales a gentes inmigrantes que, con frecuencia, padecen estrecheces y carencias extremas por subvenir a miembros de su familia mientras constatan que sus empleadores, con frecuencia, abandonan a los suyos en manos ajenas? ¿Está claro hoy para Europa el principio de humanidad sobre el cual se ha de asentar su construcción social, jurídica y política?

Suena como un mantra esa idea, rebotando en mil ecos, de que Europa corre el riesgo de perder su perfil propio como consecuencia de la inmigración. Y se reclaman políticas de control, de endurecimiento de condiciones de acceso, de cerrojos en las puertas de entrada. Probablemente todo ello sea necesario para tranquilizar histerias, pero inútil en orden al mantenimiento de su identidad. No es la inmigración la que amenaza nuestra identidad: Europa comenzó a perderla antes de la inmigración. Su drama no consiste en que le roban la identidad, sino en que no tiene ya nada consistente y alternativo que ofrecer ni a los suyos ni a otros pueblos.

Es preciso volver a los mimbres con los que los primeros padres de Europa quisieron construir la Unión: Schuman decía en 1958 ante el primer parlamento europeo: "Todos los países de Europa están penetrados por la civilización cristiana. Esta es el alma que es preciso volver a darle a Europa". Y de Gasperi escribía: "¿Cómo concebir Europa sin tener en cuenta el cristianismo, ignorando su enseñanza fraterna, social, humanitaria?". Y en la misma línea apuntaba Adenauer: "Considerábamos como meta de nuestra política exterior la unificación de Europa, porque es la única posibilidad de afirmar y salvaguardar nuestra civilización occidental y cristiana contra las furias totalitarias".

Juventud, anhelo de lo realmente grande

Santiago Arellano Hernández

Las palabras de Su Santidad Benedicto XVI en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud de agosto del 2011 en Madrid, me han sorprendido una vez más por el delicado toque de intimidad con que apoya su reflexión al resaltar el rasgo psicológico de todo joven y en toda época: el anhelo de que su vida se escape de los modos vulgares de la existencia por un ideal superior.

Nuestro Papa no corría el riesgo de que se adentrase por los derroteros de la nostalgia y de la melancolía. Nada más lejos de su mirada serena que un canto a una etapa de la vida que, al exaltarla, sitúa en desdoro a todas las demás. Para una vida plena cada etapa tiene su grandeza y su entusiasmo. Benedicto XVI no hubiera halagado a los jóvenes, por ejemplo, con el "Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver" de Rubén Darío. Imposible.

Al leer su mensaje me ha emocionado recordar la denominación "Santo Padre". Sus palabras son las de un padre sabio que enseña y aconseja a sus hijos con los recuerdos que ha ido atesorando a lo largo de su vida, no sólo con lo leído, sino con lo vivido. Su experiencia se eleva a categoría universal.

Como antítesis me viene a la memoria el "Gaudeamus igitur". Siempre me ha parecido sarcástico el canto latino goliardesco con que se rubrican los más solemnes actos académicos. El himno invita al menos a los jóvenes, a salir en busca de los más primarios gozos de la vida:

"Gaudeamus igitur; iuvenes dum sumus. / Después de una divertida juventud, y una molesta vejez, nos poseerá la tierra."

Por contraposición, las palabras de Benedicto XVI son profundas y enternecedoras. Una llamada a la esperanza y a una actitud optimista y sana. Debemos repetir sus palabras sin cesar: "¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente."

Os traigo, también como contraste, dos cuadros de dos jóvenes pintados por Amadeo Modigliani, pintor bohemio, donde los haya habido, metido hasta la destrucción personal en los ambientes corrompidos del París de Montmartre donde la podredumbre moral y la miseria material asentaban sus reales por cualquier esquina. Murió a los 35 años, dejando una estela de seducciones y desesperanzas. La noche en que murió, su amante se arrojó desde un quinto piso. Murió ella y el bebé del que se encontraba embarazada de nueve meses. Ponderan, de sus cuadros, la delicada belleza de sus personajes femeninos, con cuellos como cisnes y rostros orientalizados. Yo sólo veo una tristeza infinita. Me ocurre lo mismo cuando contemplo los dos jóvenes, alicaídos, ensimismados, con una desesperanza radical, aún antes de ponerse a andar y llenar de sentido sus vidas. Es tremendo no saber para qué estamos aquí.

Estoy convencido de que Modigliani, al salir de Roma y dirigirse a París, haría suyas las palabras de Benedicto XVI: "Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza." Pero no es suficiente con sólo desear. El papa nos recuerda la cárcel que tuvo que dejar. Modigliani prefirió seguir "encerrado" y se destruyó.

"Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir ‘encerrados’ por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación".

Al contemplar estos cuadros siempre me urge la misma apelación: ¿les hemos dicho a los jóvenes que esos profundos anhelos, son señal de que sólo el infinito, Dios, puede colmar nuestras ansias secretas?

Arraigados en Cristo

Fernando Martín Herráez

Hay que leer y releer, casi hasta aprendérselo de memoria, el Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Juventud del 2011. Es una joya que no es sólo para los jóvenes, aunque a ellos va dirigido principalmente, sino para todos los creyentes en Cristo.

Es una carta personal, llena de sabiduría cristiana, de un Papa anciano, que recoge lo mejor de su experiencia personal de Jesucristo para animar a los jóvenes a un encuentro con el Señor. Casi se podría decir que es una invitación insistente a hacer Ejercicios Espirituales.

El "leitmotiv" del mensaje es el comentario de la frase de San Pablo a los Colosenses: "Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe". Pero el núcleo fuerte es una invitación a una relación personal con Jesucristo, de tal modo que esta relación se convierta en el fundamento de nuestra vida.

Comienza el Papa, al dirigirse a los jóvenes, buceando en su propia experiencia de juventud. Reflexiona sobre esa etapa de la vida y destaca una nota antropológica esencial: que el deseo de grandes cosas y de plenitud que se vive en esa etapa es una huella indeleble del Creador. Ese deseo se satisface plenamente en Dios y por eso ve como una amenaza el intento de eliminar a Dios de la vida personal y social del hombre.

Ante esta situación, el Papa invita a los jóvenes a fortalecer su fe en Dios. Parafraseando a San Pablo en su carta a los Colosenses dice que "es vital tener raíces y bases sólidas".

Al comentar la frase de Colosenses 2,7 se pregunta cuáles son nuestras. Es evidente que éstas se encuentran en una familia y una cultura que nos define, pero el Papa destaca una raíz todavía más profunda: la confianza en Dios y la relación personal con Jesucristo.

Vuelve a recordar la amenaza laicista que acecha hoy en toda nuestra cultura y que quiere crear un paraíso humano pero suprimiendo a Dios. Subraya que la experiencia histórica nos dice que cada vez que se ha intentado construir un mundo sin Dios termina siendo no un paraíso sino un infierno.

Ante estas amenazas el Sucesor de Pedro desea confirmarnos en la fe que hemos profesado: "Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor; en su pasión... cargó con nuestros pecados, nos consiguió el perdón... abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos".

Y de nuevo se preocupa de la relación personal con Jesús. Se da cuenta de que esta relación para muchos es desconocida o problemática. "A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús... Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor".

Preciosa confesión de su empeño personal en dar a conocer a otros el tesoro encontrado en Jesús. En sintonía con este empeño el Papa propone cuatro vías de acceso privilegiado a Jesús, cuatro lugares donde le encontraremos con certeza: en primer lugar, en la Eucaristía; en segundo lugar, en el Sacramento de la Penitencia, donde Jesús se hace misericordia y perdón; en tercer lugar, en el servicio a los pobres y a los enfermos; y en cuarto lugar, en la lectura y meditación del Evangelio.

Ojalá seamos asiduos peregrinos de estas vías de encuentro con el Señor. Y, a ejemplo del Santo Padre, que compartamos con otros el tesoro encontrado. Será la mejor manera de preparar la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Madrid.

Santos en la vida cotidiana

Santos en la vida cotidiana

P. Tomás Morales S.J.

La vida interior de un laico no sólo es oración solitaria en el secreto de su corazón. Es oración su presencia en el mundo, entre los hombres, en medio de la actividad múltiple. Si la pureza es la pista de arranque y la humildad raíz oculta alimentando la vida interior, la ejemplaridad alegre y sencilla en el cumplimiento del deber familiar, profesional, social es tronco cuajado de ramas cargadas de frutos. Esa ejemplaridad alegre y sencilla transforma en oración toda la vida del laico en el mundo, la hace conquistadora. Es la "contemplación en los caminos" (Raissa Maritain) sin salir del mundo, el encuentro personal con Jesús y nuestros hermanos en todas las incidencias de la vida cotidiana.

Evangelio abierto, en que todos puedan leer la verdad, descubrir el camino, participar en la vida, es la conducta ejemplar de un laico si marcha de acuerdo con su fe. Esta coherencia conquistadora es línea maestra en la predicación de Juan Pablo II: "No tengáis miedo de dar testimonio, humilde pero visible y entusiasta, del Evangelio. No dejéis a las nuevas generaciones desamparadas en la ignorancia religiosa, sino que en vuestra familia, vuestro ambiente, vean claramente la firmeza de vuestras convicciones en coherencia con vuestra vida." (Lourdes, 15-8-1983)

Los laicos cimentados en su vida interior se sienten "llamados por Dios a cumplir su propio cometido guiándose por el espíritu evangélico, contribuyendo desde dentro, como levadura, a la santificación del mundo, y a que los demás descubran a Cristo al brillar en ellos el testimonio de su fe viva, esperanza y caridad. Con ejemplaridad alegre y sencilla, fervientes en el espíritu cristiano, ejercen su apostolado en el mundo a manera de fermento. (Lumen gentium, 31)

En los escritos íntimos de Alcide de Gasperi, el salvador de Italia en la posguerra, se leen estas palabras: "Señor, penetra toda mi actividad, haz que mi trabajo se convierta en oración, y que yo me entregue del todo a ti." El jefe del Gobierno italiano de 1945 a 1953 quería esculpir en su vida la frase que años adelante pronunciaría Pablo VI: "La santidad no es un asunto de algunos privilegiados. Siempre está de moda. Constituye siempre un programa actual, que compromete a quien se diga discípulo de Cristo." (7-7-1965)

La santidad profesional del laico militante, la oración hecha vida, es su arma predilecta de conquista. Sin palabras, “el testimonio de su vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios" (Apost. Actuositatem, 6).

Es la santidad sencilla y alegre a lo Nazaret, vivida en íntima unión con Cristo al lado de la Virgen, en la familia, en la profesión, en el trato con los demás. Así, "durante la peregrinación de esta vida, escondidos con Cristo en Dios, y libres de la esclavitud de las riquezas, mientras se dirigen a los bienes imperecederos, se entregan generosamente y por entero a la expansión del Reino de Dios" (Idem, 4). Así, reaccionando contra el egoísmo, "libres de la esclavitud de las riquezas", ennoblecen la profesión, la redimen del mercantilismo con que la profana la mayoría, la conquistan y consagran a Cristo.


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