miércoles, 1 de septiembre de 2010

Especialistas en generalidades

Por Abilio de Gregorio

En el paisaje de nuestra cultura actual están presentes dos perfiles intelectuales contrapuestos que contribuyen sobremanera a la distorsión de la realidad: Abundan, por una parte, las locuaces víctimas de la "cultura de zapping": saben casi nada de casi todo. Por otra, se nos presentan los admirables "especialistas": saben casi todo de casi nada.

Los primeros son, en buena medida, el producto de una concepción educativa escolar que ha convertido la enseñanza en ejercicio de seducción y en espectáculo de entretenimiento. El curriculo viene a ser una yuxtaposición de áreas de conocimientos diversos, de espacios optativos, de experiencias múltiples de aprendizaje. Los contenidos de las correspondientes áreas, asignaturas o materias huyen de la sistemática, del conocimiento fundado, de los procesos ordenados de un pensamiento generativo. Frecuentemente se limitan a conocimientos "flash", a contenidos-" varié tés ".La aportación de la historia, el saber de los clásicos, el saber hacer de los genios que nos han precedido, la generación de un principio o de una fórmula se han ido arrumbando al cuarto de los trastos viejos e inservibles en los programas escolares. La escuela se ha contagiado de la cultura del "clip", del "single", del "spot", y algunas materias ya no son sino eso: un "clip" de Biología, un "single" de Literatura, un "spot" de Historia...

Cualquier ocurrencia del  alumno se celebra como un destello de creatividad. Y antes de que el maestro comience a hablar, habrá quién le objete con el fin de que le aplaudan su espíritu crítico. En su afán de que el educando se encuentre cómodo ante los aprendizajes y comprenda con facilidad, no faltan educadores que trivializan los conocimientos, los desmigajan, los despojan de sus contenidos sustanciales hasta convertirlos en error o mentira.

Esta triste cultura de microondas practicada en las aulas y reforzada por los medios de comunicación de masas a quienes la escuela imita, van configurando un perfil de ciudadano irreflexivo, fanfarrón, presuntuoso, osado, jactancioso y atrevido en sus juicios. Y es precisamente su osadía, al parecer, la que les faculta para elevar la voz ahuecada en el ágora y sentar cátedra.

Un razonamiento sólido, bien ensamblado y de mediana profundidad les viene a resultar como una piedra en los zapatos. Por eso terminarán haciendo apología y uso del razonamiento (?) emocional, sustituyendo el pensamiento por el "sensamiento"; la verdad, por la opinión; la opinión, por la "posse".

En el extremo opuesto nos encontramos con el especialista. Su profundo saber es, en el mejor de los casos, tanto como su profunda ignorancia. Su parcela de conocimiento suele ser tan restringida y la atención intelectual a la misma tan concentrada, que suelen tener en oscuridad el resto de la realidad. Es el precio que muchos de ellos han tenido que pagar por la especialización.

La cultura y la sociedad son deudoras nunca suficientemente agradecidas de sus aportaciones. Sin embargo, conviene mantener al especialista a raya de sus saberes. Cuando formula proposiciones que exceden el ámbito de su especialización, dichas proposiciones pueden ser tan inanes e insustanciales como las de las dicharacheras comadres de la solana del pueblo. El premio Nobel de Literatura no autoriza -no da autoridad- para pontificar en el espacio de la ética. Por mucho conocimiento que haya llegado a poseer el palenteólogo acerca de aquellos primeros humanos de Atapuerca, su opinión acerca de la intención (o no intención) original del universo es tan irrelevante como la de cualquier otro ciudadano de mediana ilustración. De necedad (ne scio) cabe calificar el atrevimiento de quien inflado por sus conocimientos científicos, jurídicos, tecnológicos, o por sus habilidades artísticas, se permite hurgar en todos los espacios de la vida social, política, religiosa, con arrogante ánimo discente.

San Agustín advertía de no comprometer el acceso a la fe cristiana de los científicos no creyentes, presentándoles interpretaciones contrarias a la ciencia como datos de fe. Es enorme, por tanto, la molestia y tristeza que causan estos cristianos temerarios cuando con ligereza inaudita y falsedad evidente recurren a los libros sagrados para defender sus posturas.

Pero a continuación advierte también a "quienes inflados con el aire de las ciencias mundanas discuten lo consignado en la divina Escritura como algo tosco y sin ciencia, repriman su ímpetu y sepan que todas esas cosas han sido expuestas para alimentar a todos los corazones piadosos", aunque más peligroso es todavía, dice, el error de los hermanos que, "cuando al oír disertar copiosa y sutilmente a estos no creyentes sobre los números de los cuerpos celestes o sobre cualesquiera cuestiones de los elementos del mundo", sin defensa, suspiran juzgándose inferiores a esos grandes hombres, y desde entonces, no toman sino "con fastidio los libros de saludable piedad y, en lugar de sacar de ellos el agua de la vida eterna, apenas si los soportan ya con paciencia, aún más, los aborrecen".

Newman y el laicado, Editorial revista Hágase Estar nº 249

Portada revista Hágase Estar nº 249
El cardenal J. H. Newman (1801-1890) va a ser beatificado por Benedicto XVI durante su visita al Reino Unido. Es una ocasión estupenda para conocer de cerca a esta gran figura, de quien Pablo VI afirmó: "A menudo la obra de un teólogo sólo da frutos plenos en la Iglesia mucho tiempo después de su muerte. Cuando se analice la cuestión en profundidad, se verá que el Concilio Vaticano II fue el concilio de Newman."

En el siglo XIX los fieles laicos eran habitualmente considerados en la práctica como cristianos de segunda fila, menos perfectos que los sacerdotes y religiosos. La espiritualidad cristiana no tomaba suficientemente en cuenta la importancia de la familia, el trabajo, el estudio, o las responsabilidades civiles en la vida pública, p. ej., como medios de santificación.

Newman, con la mirada puesta en la Iglesia primitiva, se apartó de una mística elitista y vio que también los seglares estaban llamados a la santidad y que su función en la Iglesia era esencial. Por ello dedicó gran parte de su trabajo a la promoción del laicado y a la mejora de su formación. Era su deseo expreso la consolidación de "un laicado no arrogante, ni precipitado en sus palabras, sino hombres (y mujeres) que conozcan su religión, que entren en ella, que sepan dónde están, que sepan lo que sostienen y lo que no, que conozcan su credo tan bien que puedan dar razón de él, que sepan tanta historia que lo puedan defender. Quiero un laicado inteligente, bien instruido. Deseo ampliar su conocimiento, cultivar su razón, para lograr una visión de ¡a relación de una verdad con otra verdad, para aprender a ver las cosas como son, para comprender cómo fe y razón están una junto a otra, cuáles son las bases y principios del catolicismo".

Newman consideraba que el apostolado de los laicos abarcaba de lleno el campo de lo público: "Los cristianos se apartan de su deber,... no cuando actúan como miembros de una comunidad, sino cuando lo hacen por fines temporales o de manera ilegal; no cuando adoptan la actitud de un partido, sino cuando se disgregan en muchos. Si los creyentes de la Iglesia primitiva no interfirieron en los actos del gobierno civil, fue simplemente porque no disponían de derechos civiles que les permitiesen legalmente hacerlo. Pero donde tienen derechos la situación es distinta, y la existencia de un espíritu mundano debe descubrirse no en que se usen estos derechos, sino en que se usen para fines distintos de los fines para los que fueron concebidos. Sin duda pueden existir justamente diferencias de opinión al juzgar el modo de ejercerlos en un caso particular, pero el principio mismo, el deber de usar sus derechos civiles en servicio de la religión, es evidente. Y puesto que hay una idea popular falsa, según la cual a los cristianos, en cuanto tales, y especialmente al clero, no les conciernen los asuntos temporales, es conveniente aprovechar cualquier oportunidad para desmentir formalmente esa posición.... En realidad, la Iglesia fue instituida con el propósito expreso de intervenir o (como diría un hombre irreligioso) entrometerse en el mundo. Es un deber evidente de sus miembros no sólo asociarse internamente, sino también desarrollar esa unión interna en una guerra externa contra el espíritu del mal, ya sea en las cortes de los reyes o mezclada entre la multitud. Y, si no pueden hacer otra cosa, al menos pueden padecer por la verdad, y recordárselo a los hombres, infligiéndoles la tarea de perseguirlos."

El Concilio Vaticano II reconoció la gran trascendencia y amplitud del apostolado de los laicos, y la vocación universal a la santidad. Esta enseñanza ha sido desarrollada especialmente en la exhortación apostólica Christifideles Laici de Juan Pablo II. A nosotros toca hacerla vida y vocación efectiva.

La Iglesia, siempre la misma y siempre rejuvenecida

P. Tomás Morales, S.J.

No te canses de admirar a la Iglesia, de aprender la sublime lección que te da. La Iglesia está convencida de que la radical novedad del Evangelio está en su propia identidad. Una Iglesia que sabe armonizar progreso y tradición. Una Iglesia en actitud constante de actualización, pero que conjuga fijeza y novedad. Una Iglesia que tiende incansable a la renovación continua de la vida (Rm 6,4), pero en la fijeza inconmovible de la fe (I Pe 5,9). Una Iglesia en continua y selectiva función de asimilación, como escribió con lucidez John H. Newman.

Levadura oculta en un mundo en expansión continua, no se cansa de hacerlo fermentar, pero enraizada siempre en los cimientos indestructibles y permanentes de la fe. Avanza siempre, pero rechazando "la fácil condescendencia con el conformismo ideológico y práctico de la cultura-ambiente, y la cobarde sugerencia de que para ser moderno es necesario comportarse como los demás." (Pablo VI)

Pablo VI te estimula a ser fermento vivo y evolutivo en el mundo imitando a la Iglesia, que "se manifiesta igual en las más diversas vicisitudes, sugiriendo una maravillosa observación. El curso secular de los tiempos, engendrador primero y devorador después de los grandes fenómenos humanos, no sabe dar razón adecuada del nacimiento y del vigor de la Iglesia ni consigue diluirla en su flujo, increíblemente transformador y disolvente. Antes al contrario, la encuentra en todas las etapas de la historia, no sólo siempre la misma, sino siempre en vías de rejuvenecimiento y actualización. Y no por la ayuda temporal de acontecimientos propicios o factores externos, sino por la capacidad restauradora de encontrar en sí misma, como cuerpo que despierta del sueño, más frescas y vivas energías" (8.3.1964).

Eres Iglesia. Participas, por tanto, al mismo tiempo, de su inmutabilidad y de su flexibilidad. Ella se adapta siempre a las nuevas realidades sociales sin perder su primigenia originalidad. No te "maravilla ni escandaliza que la Iglesia se enriquezca en su larga meditación y ardorosa defensa de su patrimonio doctrinal, con nuevos dogmas y disposiciones, con las que algunos creen ver alterada y oscurecida su nativa sencillez evangélica." (Idem) Te llenas de fuerza y alegría al ver que la Iglesia, sobre sus eternos fundamentos, es un edificio en perpetua construcción, al comprobar que los pueblos pasan, los tronos se derrumban, los imperios se hunden, pero ella permanece.

Te enorgulleces de pertenecer y amar a la Iglesia. Te emocionas ante la admirable y doble continuidad de la Iglesia, en sí misma y en la doctrina que ella misma profesa.

Con Pablo VI saboreas que "la celebración del Vaticano I fue un acontecimiento eclesial de incalculable alcance histórico. Sus definiciones son faros luminosos en el desarrollo secular de la Teología, puntos firmes en la vorágine de los movimientos ideológicos que caracterizan la historia del pensamiento moderno. El Vaticano I es el punto de arranque de un dinamismo de estudios y de obras, de pensamiento y de acción que culminaría en el Vaticano II, expresamente inspirado en el Vaticano I. Al promulgar la constitución Pastor Aeternus, Pío IX pone el arquitrabe de sólida construcción eclesiológica que completaría y perfeccionaría la Lumen gentium, carta magna del Vaticano II." (Centenario de la muerte de Pío IX, 5.3.1978)

Tesoro escondido

Promotor del laicado

Fernando Martín Herraez

Decir que el P. Morales tenía una gran admiración por el cardenal Newman es algo que se deduce de las citas, pocas pero importantes, que hizo de él en sus obras.

El P. Morales escribió sus obras como un animador y dinamizador de los laicos. A esto dedicó gran parte de su vida: era su vocación dentro de la vocación. Desde esta perspectiva es desde la que admiraba a Newman. Uno y otro han sido "profetas" de su tiempo, con lo que entraña de denuncia y de incomprensión.

Adelantados a su tiempo, Newman en el siglo XIX y el P. Morales en el XX, vieron que el futuro del cristianismo pasaba por un laicado formado y consciente de su protagonismo evangelizador.

Casi al inicio de la primera parte del libro Hora de los laicos, en una arenga contra el clericalismo y la clericalización de la Iglesia, que encarna esa denuncia profética que mencionaba antes, el P. Morales habla de Newman como promotor del laicado, y precisamente por eso criticado y perseguido. El texto es duro pero muy significativo:

"Un cardenal inglés cuenta que un recién convertido, la víspera de bautizarse, preguntó al sacerdote cuál es el papel del laico en la iglesia. Le respondió: "La posición del seglar en nuestra Iglesia es doble: ponerse de rodillas ante el altar, es la primera; sentarse frente al púlpito, es la segunda". El cardenal añade con ligera ironía: "Se le olvidó añadir una tercera: meter la mano en el portamonedas".

No nos extrañe. Somos tributarios de una tradición de siglos. Dom Gueranger decía muy convencido: "La masa del pueblo cristiano es esencialmente gobernada y radicalmente incapaz de ejercer ninguna autoridad espiritualni directamente ni por delegación". Monseñor Talbot, que se ocupaba de asuntos ingleses en Roma, en carta del 25 de abril de 1867, acusaba a Newman, promotor del laicado, de minar los fundamentos de la Iglesia.

Estos testimonios del siglo XIX embalsan aguas de siglos anteriores. Análogos testimonios se encuentran en pasadas centurias. Una Iglesia en que los seglares sean sólo beneficiarios de la acción jerárquica y no fermento vivo unido al sacerdote en el trabajo por la difusión del Evangelio, se parecería a un cuerpo vivo bloqueado por miembros atrofiados. Acabaría descomponiéndose y muriendo".

Tremenda conclusión del P. Morales. No podemos olvidarlo, nos va la vida en ellos; ni dejar que otros lo olviden, aunque a veces nuestra acción no sea totalmente comprendida. Seguir dinamizando el laicado es la misión que hemos heredado por medio de los artículos de esta revista. Esta es la gran convicción que el P. Morales no se cansó de predicar, como lo hizo también Newman y muchos otros como él. Termino con este otro texto del mismo libro:

"El seglar posee, como bautizado, el dinamismo de la fe que le exige iluminar todas las realidades profanas. Como laico comprometido con los afanes del mundo, cumple un deber que sólo él puede llenar: cristianar sus estructuras. Asilo han comprendido algunos sacerdotes y laicos aun antes del Concilio. En pleno siglo XIX mantuvieron viva la iniciativa del laicado entre incomprensiones y dificultades ingentes. Gracias a ellos no ha faltado nunca en la Iglesia el empeño por la promoción del laicado.

Muy en alto mantuvieron, con valentía, desplegada la bandera del laicado obispos, sacerdotes y seglares en el siglo XIX. Ozanam, Montalambert, O'Connel, Goerres, Alberto de Mun, Toniolo, P. Vailly, Newman, Ketteler, Parisis, Montals, Vicente Pallotti, Timon David, etc., podrían, entre otros muchos, encabezar la lista."

Ojalá que esta lista de precursores en la movilización de los laicos sea completada con otros muchos que hemos seguido sus huellas en el siglo XX y XXI. Será nuestro gran servicio a la Iglesia.


Aprender a ser más hombres

Antoine de Saint-Exupery. La ciudadela. Secuencia XXV.

Santiago Arellano Hernández


Por esto hice venir a los educadores y les dije: -No estáis encargados de matar al hombre en los pequeños, ni de transformarlos en hormigas para la vida en el hormiguero. Porque poco me importa que el hombre esté más o menos colmado. Lo que me importa es que sea más o menos hombre. No pregunto primero si el hombre será o no feliz, sino qué hombre será feliz. Y poco me importa la opulencia de los sedentarios saciados, como del ganado en el establo.

No lo colmaréis de fórmulas vacías; sino de imágenes cargadas de estructuras.

No los llenaréis de conocimientos muertos. Sino que les forjaréis un estilo para que puedan asir.

No juzgaréis de sus aptitudes por su aparente facilidad tal o cual sentido. Porque quien va más lejos y logra mayor éxito es el que más ha trabajado en contra de sí mismo. En primer lugar; pues, tendréis en cuenta el amor.

No insistiréis sobre el uso. Sino sobre la creación del hombre, a fin que éste cepille su tabla en la fidelidad y el honor, y la pulirá mejor.

Enseñaréis el respeto, porque la ironía es del cangrejo, y olvido de rostros.

Les enseñaréis la meditación y la plegaria porque con ellas se dilata el alma. Y el ejercicio del amor. Porque, ¿quién lo reemplazaría? Y el amor de sí mismo es lo contrario del amor.

Enseñaréis el gusto de la perfección porque toda obra es una marcha hacia Dios y no puede acabarse sino con la muerte"

Saint Exupery tiene el don de discernir, entre el caótico mundo social y cultural en que vivió, las claves que permiten al ser humano descubrir su dignidad y los fundamentos de una felicidad acorde con la naturaleza misma. Él no se manifiesta como un hombre religioso. Precisamente por eso me llama poderosamente la atención que desde su mirada honda se acerque tanto a las concepciones que sobre el hombre y su vida en comunidad enseña el magisterio de la Iglesia. Aguda inteligencia, penetrante poder de observación, alma poética y un sentido común asombroso, asombroso precisamente porque ha desaparecido de gran parte de la tierra.

Toda la novela es una reflexión sobre lo que constituye la verdadera esencia de la ciudad, como morada de los hombres.

A contracorriente, destruye las falsas promesas y ofrece, mediante el diálogo con todos los responsables de cada oficio urbano, el verdadero sentido de las cosas, echando por tierra los tópicos que paralizan el hallazgo de la verdad. Arquitectos, generales, jardineros o, como en este caso, educadores.

No convoca a 'enseñantes', sino a educadores. Lo importante no es hacer de cada persona una hormiga gregaria en el trabajo despersonalizado, con el peligro de matar en cada niño al hombre que debe ser. Educar no es capacitar para terminar colmado de bienes materiales. Educar es propiciar que cada hombre sea más hombre.

La antropología que subyace va en dirección contraria de los modelos en boga: El que más triunfa es el que más ha trabajado contra sí mismo; no conocimientos, sino estilo; no usos, sino creación en clave de honor; sí respeto, nunca ironía; plegarias y meditaciones que ensanchan el alma; suscitar el gusto por la perfección. Como razón, el amor. Pero sabiendo que "el amor de sí mismo es lo contrario del amor." Esto es ser un maestro y no un trabajador de la enseñanza.

La pattiserie
Se ha dicho que la pintura impresionista francesa refleja una humanidad que ha perdido la noción del pecado original. No necesitan educadores; sino galantes cortesanos. Una mirada menos ingenua nos ofrece Jean Beraud por ejemplo en "La pattiserie". Precisamente la ciudad sugerida es antitética de la plasmada por Saint Exupery. La vida es más que pasar un rato. Dichosa calidad de vida.