miércoles, 2 de junio de 2010

El vuelo de una mariposa… (por Clemente Puerta) Revista Hágase Estar nº 247

El vuelo de una mariposa…

Toda la fragilidad de una humilde mariposa, se convierte en majestuosa cuando aletea sus alas multicolores delante de la mirada limpia de un niño. Al que encandilado por su volar pausado, es atraído hacia ella en inquietante persecución para la mariposa, con la intención de atraparla entre sus pequeñas manos, poniendo toda su vida en ello.

Ella no se deja coger, vuela de flor en flor, unas veces alto y otras muy bajito. Cumple con su misión a la perfección, dentro del ciclo de la vida y desde el lugar que ocupa en la creación dentro de la naturaleza. Su vida pese a ser muy corta, nos anuncia con su multicolor presencia la primavera florida y hermosa a todos los hijos de los hombres.

Conduzco solo en mi coche, me dirijo desde Alicante a Madrid, calculo que si todo se da bien, sobre las ocho de la tarde estaré en el CEU, donde se celebrará el Homenaje al que estoy convocado.

Voy muy contento e ilusionado, me han invitado a participar en la fiesta que se le quiere hacer a una persona que es muy importante para mi, alguien a quien le debo todo lo que soy, un hombre sencillo, integro, alegre, entregado por entero a los demás, un enamorado de La Virgen, un santo…¡sí, un santo! Y es mi amigo.

Nos conocimos por casualidad, (para los creyentes…por la Providencia) Me invitaron a pasar unos días en la sierra en una casa de Ejercicios Espirituales. Eran cuatro días sin trabajar, pensé yo, además como lo pagaba la empresa…Me apunté sin saber a dónde, ni a qué, ni con quién, ni para qué, pero el caso es que me apunté y fui.

Cuando íbamos en el autocar por la carretera de la Coruña, en dirección a los Negrales, el compañero que me había invitado y yo, estábamos comentando la noticia del momento. Habían encontrado a los supervivientes del accidente de los Andes, al grupo de jóvenes deportista jugadores de un equipo de rugby que se estrellaron con su avión. Se comentaba que posiblemente habrían tenido que comer carne humana, para subsistir en su tragedia durante tantos días perdidos en la montaña, sin alimentos.

El veintitrés de marzo de mil novecientos setenta y tres, conocí a Abelardo de Armas en la capilla de la Casa de los Negrales, cuando se dirigió a nosotros, un grupo de unos treinta jóvenes y empezó a decirnos que dejáramos sobre la mesa todo lo que nos pudiera distraer: el reloj, el tabaco, los problemas que pudiéramos llevar de la calle; que nos despojáramos del ruido y entráramos en el silencio…me llamó la atención que no fuera un cura y que no hablara como ellos.

Algo maravilloso, único y especial pasó en aquellos cuatro días que cambiaron mi forma de ser; algo pasó por mi alma que cambió mi vida, algo que me dio la vuelta como a un calcetín. Ya no volvería a ser el mismo de antes…De regreso, al bajar del bus, cruzando por un paso de cebra en Nuevos Ministerios, me crucé con un mendigo y al mirarle vi en él a Cristo; le abracé en mitad de la carretera y el se asustó un poco, pensando que le quería pegar; luego le dije que veía en él a Jesús haciéndose el más pequeño, cogiendo el último lugar… Me busqué por los bolsillos y le di todo el dinero que llevaba.

Mi amigo y compañero de trabajo no entendía mi comportamiento. Él me conocía y sabia que era un golfo y que solo me importaba yo mismo. Además, yo no era religioso, no sabia qué me estaba pasando, pues él había estado en el mismo lugar que yo, viviendo la misma experiencia, y a él le había dejado igual, incluso le hacia sentir vergüenza ajena por mi comportamiento publico.

Yo comenzaba a volar como una mariposa, anunciando la primavera del amor de Dios a mi familia, amigos, compañeros y a todo el que me preguntaba por qué sonreía, rezaba, trabajaba. En definitiva, deseaba entregar a todo el mundo el tesoro que había encontrado, dar a otros lo que yo había recibido gratis, por pura misericordia de Dios.

Estoy en el lugar de la celebración del homenaje a mi amigo, y comienzo a disfrutar viendo a personas que hacía cerca de veinte o treinta años que no veía. Mi alegría y gozo es inmenso. Todos hemos cambiado un poco, pero nos reconocemos, nos recordamos y entre risas comprobamos que los hay donantes de pelo, otros entraditos en carnes y algunos arrugaditos más bellos que un osito de peluche.

Además de la noble causa que nos reúne hoy aquí, está la gran amistad verdadera y de corazón que existe entre todos nosotros. El acto es perfecto en la organización. La ilusión, la alegría, la entrega, la dedicación y el tiempo empleado en que todo salga bien hacen que finalmente todo resulte entrañable, familiar y cálido, como si estuviéramos en el salón de nuestra casa, en torno al padre.

No pude evitar llorar en ocasiones durante el acto, en momentos emocionantes, ante algunas canciones o con ocasión del audiovisual, los diálogos entre la laguna y las cumbres…

Casi parecía mentira que no estuviera mi amigo físicamente allí, el homenajeado del que celebrábamos también su reciente ochenta cumpleaños. Todo hablaba de él. Cada uno de nosotros, todos juntos, formábamos su rostro, que nos presidía en un gran retrato sobre el escenario. Con su cautivadora sonrisa de un hombre de oración, de un hombre enamorado que contagia su amor por la Virgen Inmaculada… Más, más y más.

Habían pasado casi dos o tres horas y no, nos queríamos salir del lugar, del salón, del punto de encuentro. Llegaron las despedidas, los intercambios de tarjetas, los teléfonos, los abrazos y los apretones de manos. Esta noche dormiré en casa de mi hermana en Madrid y mañana emprenderé la vuelta para Alicante. He comprado algún libro, revistas y el CD de música “Manos de Dios” para escucharlo en el viaje de regreso.

Esa noche recordé muchos ratos vividos en la Milicia, de los dieciocho a los veintitrés años, en el Hogar, las marchas, los campamentos, las tandas de Ejercicios, los retiros, los círculos, las misas de la Virgen los sábados… ¡Y dormí muy feliz!

Por la mañana del día siguiente, tuve un deseo interior propio de cuando era un chaval, un militante de Santa María; hay que decir que un poco atípico, por mi forma tan apasionada de vivir la fe, de un convertido, siendo un poco alocado, atrevido.

Me acordé del “Mensaje a García” que nos enseñaban en las marchas… e hice el siguiente razonamiento:

-He venido, ilusionadísimo al homenaje, deseoso de ver a mi amigo, abrazarle, darle las gracias y rezar con él. Pero las personas que se cuidan de él, estimaron que era mejor por su enfermedad que no asistiera y que siguiera con su horario habitual. Todos lo entendimos y lo aceptamos con resignación cristiana.

Fue entonces cuando me dije a mi mismo:

-¡No estoy enfermo, puedo ir donde quiera y hoy es sábado…! Si mi amigo no pudo venir a su homenaje, nada me impide a mí ir allí, en donde se encuentra él.

Así que dicho y hecho. Me planté en la calle Écija, pregunté por él y me dijeron que estaba en su paseo. ¿Cuando sale, para dónde tira? ¿Hacia arriba o hacia abajo?

Eran las doce de la mañana, calculé que tarde o temprano tendría que venir a comer, así que me quede paseando por la calle haciendo guardia, controlando las zonas por donde tendría que venir. Durante el tiempo que estuve paseando (una hora mas o menos), pensaba en todas las cosa que quería decirle, cómo podría hacerlo, dada su enfermedad, su alzhéimer.

¡Hacia tantos años que no hablábamos, a pesar de que siempre le he llevado en mi corazón grabado a fuego! Nunca olvidaré que fue él quien me sacó del pozo de mediocridad en el que estaba, para colocarme muy cerquita de los pies de Dios: quien me enseñó a guardar silencio por primera vez en mi vida y poder hacer oración.

Me dolía mucho, interiormente, haber dejado pasar tanto tiempo, sin buscarle, no haberme acercado para darle las gracias, por tantas cosas recibidas…A lo lejos divisé su figura y su andar característico por su lesión de rodilla. Me apresuré para situarme a su lado y caminar a su paso.

Llevaba su chaqueta clara, su jersey de punto, camisa y corbata. En la cabeza, un sombrero panamá calado y un bastón en su mano.

Edwin, la persona que le acompañaba en su paseo, no me conocía y un poco sorprendido observaba como nos mirábamos sin mediar palabra. Yo comencé a cantar una de sus canciones que no he dejado de cantar desde que la aprendí escuchándole en marchas y campamentos…

“Si tu barca es vieja, Jesús la ha escogido,

la prefiere a otras mejores quizá.

Si amenaza hundirse, Él ya lo sabía

y es Él quien la guía a puerto de paz”

…Al instante el siguió como algo natural y sonriéndome, caminaba a su paso, cantábamos juntos, su voz marcaba el ritmo, en ocasiones sus palabras cambiaban las letras de orden, pero yo le miraba feliz y le hablaba con el corazón.

“No quiero cansarte con las penas mías,

no quiero que sufras por verme sufrir,

No quiero contarte ya más que alegrías

me basta contigo para ser feliz.

¿Qué me importa todo si Dios va conmigo

si Dios es mi amigo, si cuida de mi?”

No me reconocía, pero terminábamos una canción y entonábamos otra y él me seguía… Llegamos a la altura de la calle Écija y me dijo:

-! Yo vivo aquí, tengo que cruzar… ¡

-Lo sé, ¿y sabes cómo me llamo?

-¡No!

-Soy Clemente

-Clemente…”el Señor es clemente y misericordioso, rico en piedad y lento a la ira”

-¡Eso mismo, me dijiste hace treinta y siete años, cuando te dije mi nombre! Luego yo lo hice mío y nunca lo he olvidado.

-¡Mira este cuadro lo ha pintado mi hermana!

-Es muy bonito. Mª Ángeles pinta muy bien; es una Inmaculada muy guapa… ¿Y tu hermano Carlos?

-¡Murió!

Canturreé una canción que cantaban los dos a dúo, y automáticamente la siguió. Le pedí si me dejaba darle un abrazo como le daba a mis amigos y el aceptó sonriendo.

¡Y nos dimos un fuerte y emotivo abrazo! Le mire de nuevo para llenarme los ojos de él, queriendo grabar ese momento para siempre y me fijé en su cabello plateado, su sencillez, sus manos, su mirada de hombre de Dios. Ahora me podía ir tranquilo, le dije a Edwin: “¡Estás cuidando a un santo; te envidio, eres muy afortunado!”.

El viaje de regreso, fue una acción de gracias continua. Venia muy satisfecho de cómo habían pasado todas las cosas. Escuchando las canciones del CD “Manos de Dios” y por un momento me sentí como si estuviera viendo “el vuelo de una mariposa“ con ojos de niño chico… al haber podido caminar y cantar contigo.

¡¡Gracias, Abe!!

Clemente Puerta 

martes, 1 de junio de 2010

"Vivir la libertad cristiana como fieles laicos" Editorial Revista Hágase Estar nº 247 junio 2010

Portada revista Hágase Estar nº 247
Del tesoro de reflexiones y del testimonio sangrante y a la vez gozoso, magnífico, que Benedicto XVI ha regalado a la Iglesia y al mundo durante su viaje apostólico a Portugal, es bueno destacar unas especialmente significativas. Las dirigió a los Obispos portugueses el 13 de mayo pero, en el marco de su pere­grinación hasta Fátima, son un mensaje para todos nosotros en estos momen­tos nada fáciles.

Nacen de quien carga en su corazón con el peso de la Iglesia, santa y peca­dora, peregrina entre los consuelos de Dios, las persecuciones del mundo y su propia debilidad. Así se confidenciaba a sus hermanos el sucesor de Pedro: "Como veis, el Papa necesita abrirse cada vez más al misterio de la Cruz, abrazándola como única esperanza y úl­tima vía para ganar y reunir, en el Crucificado, a todos sus hermanos y hermanas en humanidad. En obedien­cia a la Palabra de Dios, está llamado a vivir, no para sí mismo, sino para que Dios esté presente en el mundo."

Hubo entre sus consignas una nueva llamada a evangelizar que los laicos hemos de tomar muy en serio: "Verdaderamente, los tiempos en que vi­vimos exigen una nueva fuerza misione­ra en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro, identificado con la Iglesia, solidario con la compleja trans­formación del mundo. Se necesitan au­ténticos testigos de Jesucristo, especial­mente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelec­tuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promue­ven una propuesta monocultural, desde­ñando la dimensión religiosa y contem­plativa de la vida. En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan la mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana."

Pero no bastan las palabras, aunque no podemos callar. Es preciso algo que cambie la vida: "Es muy difícil que la fe llegue a los corazones mediante simples disquisiciones o moralismos, y menos aún a través de genéricas referencias a los valores cristianos. El llamamiento va­liente a los principios en su integridad es esencial e indispensable; no obstante, el mero enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia la vida. Lo que fascina es, sobre todo, el encuentro con personas creyentes que, por su fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él. Me vienen a la mente aquellas palabras del Papa Juan Pablo II: "...de la santidad nace toda auténtica renovación de la Iglesia..."."

En medio de un ambiente hostil pero fascinante es preciso atreverse a "vivir la libertad cristiana como fieles laicos", in­siste el Santo Padre. Este es el programa que como Laicos en marcha, queremos hacer nuestro: "Recuperar el fervor de los orígenes, la alegría del comienzo de la experiencia cristiana, haciéndose acom­pañar por Cristo como los discípulos de Emaús el día de Pascua, dejando que su palabra nos encienda el corazón, que el pan partido abra nuestros ojos a la con­templación de su rostro..., responder con creatividad a todas las pobrezas, in­cluida la de la falta de sentido de la vida y la ausencia de esperanza."

Está claro que en el sentir de Benedicto XVI todo arranca de poner nuestra mirada en la Madre de Dios, que en Fátima ha venido a "sembrar en el co­razón de todos los que se acogen a Ella el amor de Dios que arde en el suyo". Como en la Escritura, "Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres, y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando Nuestra Señora pre­gunta: "¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que El quiera mandaros, como acto de repara­ción por los pecados por los cuales El es ofendido, y como súplica por la conver­sión de los pecadores?" (de la homilía en la explanada del santuario de Fátima).

Con esta amplitud ecuménica formó el P. Ayala a esos hombres

P. Tomas Morales



Construid un mundo tal como Dios lo quiere" (Pío XII). Cuando con amplitud ecuménica en la mentalidad y en la acción se forma a los jóvenes, cuando se les presentan horizontes de Iglesia señalándoles la inmensidad del campo a roturar para Cristo en la sociedad pagana en que vivimos, se convierten esos jóvenes en creadores y organizadores de nuevas obras, y oportunamente emprenderán obras por su cuenta.

Jóvenes así formados comprenderán que "el campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, pero también de la cultura, de las ciencias, de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento." (PABLO VI, Evangelii nuntiandi, 70)

Estos jóvenes convertirán en realidad el ardiente anhelo que Juan Pablo II expresó en Toledo en 1982: "No hay actividad humana alguna que sea ajena a la solidaria tarea evangelizadora de los laicos".

En los últimos años hemos visto en España surgir en cadena una serie de obras y movimientos creados por hombres forjados desde 1908 por un jesuita clarividente. El P. Ángel Ayala imprimió en sus jóvenes una mentalidad combativa y audaz, abierta a las realidades de la vida. Como sucede a los hombres geniales, se anticipó al Vaticano II.

Era una España que inició en el siglo XIX, quizá antes, la carrera de descristianización que todavía no hemos logrado contener, por no haber caído todos en la cuenta, sacerdotes y laicos, de la urgente necesidad de movilizar el laicado en toda su amplitud para que sirva de puente, como diría Pablo VI, entre la comunidad eclesial y la temporal, entre la Iglesia y la sociedad, entre unos pocos españoles que viven su fe y una gran masa cuyos dioses son dinero, placer, orgullo, vanidad.

Nada había de ghetto o capillita en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, ninguna vinculación a determinada organización religiosa o política. Una gran amplitud y libertad de movimientos, un respeto profundo a la iniciativa y responsabilidad del seglar; dieron como resultado una serie de obras influyendo en las masas a través de la prensa, la enseñanza, la sindicación obrera en la industria y en la agricultura, la política, el cine...

Estas obras se han hecho insuficientes para hacer frente a la descristianización, es verdad, pero han contribuido poderosamente a hacer surgir otros movimientos de laicos integrados en Institutos Seculares o a formar las filas de la Acción Católica. Para nadie es un secreto que de los propagandistas salieron los primeros líderes de la Acción Católica y que miembros de la Asociación pasaron a formar parte de esos Institutos tan necesarios en la Iglesia de hoy.

Con esta amplitud ecuménica formó el P Ayala a esos hombres. El padre les inyectó además algo que todo sacerdote o laico debe también imprimir en cuantos le rodean: un espíritu de pionero y buscador que no teme andar a tientas y correr riesgos, retroceder para avanzar, detenerse para pensar y para escuchar a la experiencia y a la vida, que tanto nos enseñan. Un espíritu que no abriga temores, porque la Iglesia, cada uno de sus miembros, tiene todas las gracias prometidas por su divino Fundador para extender por el mundo un mesianismo nuevo, más pujante, más verdadero que todas las ideologías pasadas, presentes y por venir: "Id por todo el mundo, enseñad a todos los pueblos", construid un mundo tal como Dios lo quiere... "y yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos" (Mt 28,19-20)

Laicos en Marcha

Gracias Edificados sobre roca

Por Fernando Martín Herráez

Quiero escribiros en esta fecha tan señalada de la "Virgen de Fátima unas palabras de profundo agradecimiento a todos los que, en mayor o menor medida, cada uno acorde a su situación, habéis trabajado en la organización del II Encuentro 'Laicos en marcha.

El reto no era fácil. El cambio de sede de Getafe a Móstoles supuso, en gran medida, un comenzar desde cero en cuanto a la organización. Hubo que variar el ritmo de trabajo y la planificación, pero el reto se consiguió superar finalmente, Todo eso ha supuesto más trabajo y desgaste, pero se ha afrontado con gozo y con ilusión, Y ha merecido la pena.

Todo esto precisamente me lleva a valorar más la labor que habéis desarrollado para que el Encuentro saliese adelante, y diese el fruto que, en una pequeña medida, sabemos que está dando. Es difícil destacar ningún momento en concreto, y no lo voy a hacer, porque todo forma un conjunto que de esa forma merece la pena valorar,

Pero sí me animo a sacar un par de conclusiones que me parecen importantes.

En primer lugar que el proyecto 'Laicos en marcha', aunque todavía tiene mucho camino por recorrer, se ha consolidado con este II Encuentro y se ha convertido ya para muchos en un referente de unidad y encuentro. Hay mucho que trabajar todavía para que no se quede tan sólo en el momento puntual del Encuentro y para que pase a ser, en verdad, una plataforma de movilización del laicado, Pero el camino está iniciado, Y ese fin semana vivido en Móstoles ha supuesto un paso decisivo en esta dirección.

En segundo lugar, y muy unido a lo anterior, ha sido para mí un motivo de gozo ver cómo hemos trabajado todos unidos, (cruzados, colaboradores, militantes, familias...) para que este encuentro salga adelante. En esa línea de misión compartida, de unidad en la entrega a los demás, el Señor nos seguirá bendiciendo. No lo dudéis.

No quiero alargarme más, porque en definitiva estas letras son tan sólo para agradeceros todo el trabajo realizado y felicitaros por vuestra entrega y buen hacer.

Que la Virgen, Santa María de Fátima, nos haga a todos uno en su Corazón Inmaculado.

Anhelo profundo del Reino de Cristo

Por Santiago Arrellano Hernández


La persecución sistemática a la Iglesia y el desprecio displicente de todo lo que recuerde a Dios pueden ocultarnos el anhelo inconsciente de las multitudes por el triunfo del Reino de Cristo.

¿No hemos sido testigos del hundimiento de todos los mesianismos terrenales? ¿Qué fue de los imperios construidos sobre el predominio de la raza y de la fuerza y el exterminio de Dios? ¿Qué ha sido de los imperios alzados sobre una igualdad sin justicia, una fraternidad sin caridad y una libertad, residuo pequeño burgués que debía ser aniquilada para conseguir la liberación total del Hombre, por supuesto, una vez aniquilado y expulsado de la tierra hasta el más pequeño vestigio de Dios?

Pienso en esas multitudes inmensas que caminan como ovejas sin pastor En ellas hasta las blasfemias que profieren permiten entrever un desencanto elegiaco hacia el Ser único que puede poner remedio a todas sus apetencias y ensueños. Un sentimiento de frustración se percibe en el griterío ensordecedor de los estadios y de las aglomeraciones por silenciosas que se nos manifiesten.

Ya Martín Santos, en su novela Tiempo de silencio, había denunciado con sarcasmo feroz: "que el hombre nunca está perdido porque para eso está la ciudad (para que el hombre no esté nunca perdido), que el hombre puede sufrir o morir pero no perderse en esta ciudad, cada uno de cuyos rincones es un recoge perdidos".

¿Queda en pie el imperio de la libertad, de la búsqueda del placer y del dinero a toda costa?

No es necesario que se derrumbe como el gigante descrito por Daniel. La crisis económica de nuestros días ha dejado al descubierto el horror de un corazón humano cuando su ideal es medrar a toda costa por encima de todo límite moral. Tampoco este camino elegido nos lleva a un mundo feliz ¿No percibís el grito de soledad, el desvalimiento de los sectores más frágiles de nuestra sociedad, el recelo, la desconfianza, la pérdida de la identidad personal? ¿Quién puede soportar la mirada que penetra nuestra intimidad? Ni siquiera entre los amantes, ni siquiera con los hijos. El individualismo nos ha puesto a la defensiva hasta en el amor

¿Son vanas las esperanzas de la Humanidad? Sin embargo seguimos anhelando que aquí, en esta ladera humana, se establezca un reino de paz, de justicia, reino de vida y amor. No una teocracia. Tu reino, Señor, en el que el yugo es suave y la carga ligera.

El nuevo lábaro para este mundo desolado es el Corazón de Jesús. Un Dios que se acerca al Hombre en son de Amor, como clave de la paz y la justicia. Contemplad cualquier imagen del Corazón de Jesús, deteneos en sus ojos. Recuerda la mirada de Cristo a la mujer adúltera, la mirada de Cristo a Pedro, la compasión de Cristo viendo a las multitudes hambrientas. El escudo de "armas de Cristo" es un corazón en llamas, coronado de espinas, sobre el que se alza la cruz. Como rúbrica una llaga el sello del amor. Con estas armas y con esta bandera, Cristo establecerá entre los hombres su Reino. La Humanidad postrada cantará:

Vuelvo hasta Ti, oh dulce Jesús mío,
Cargado con mis penas y pesares;
Cansado de buscar por mil lugares
Un sosiego, una paz que ardiente ansío.

Me duele en mi vivir este vacío
de afanes y rutinas familiares.
Me duelen mis pecados a millares.
Me duele estar sin Ti, lleno de hastío.

Vengo en busca de alivio, el prometido,
En la Llaga de Amor consoladora
De un Corazón, a un corazón perdido.



¡Frescura matinal reparadora!
¡Conviértame, en Tu pecho malherido,
Tu Agua de Amor, Tu Sangre Redentora!

Cuando el sabio señala el cielo, el tonto mira el dedo

Por Abilio de Gregorio

Observando el derrotero actual de la educación parece advertirse una suerte de deriva sin causa final, de intranscendencia o actividad de canto rodado en el acto de educar. Con mucha frecuencia se puede pensar que la acción que realiza el docente (técnico, especialista, enseñante...) no transita más allá del mismo acto académico. Quizás no sea sino una manifestación más de esa enfermedad contemporánea del espíritu que algunos pensadores han diagnosticado como ausencia de teleología. Y, sin embargo, ya Aristóteles advertía que maestro no es el que muestra o enseña fenómenos, sino el que explica las causas, entre ellas las finales. Es decir, maestro es el que ofrece a sus discípulos los significados de lo factual.

Le han transmitido al docente la proposición de que, para que el alumno haga un aprendizaje sólido de los conocimientos que se le ofrecen, éstos han de resultarle "significativos". Ausubel con su "aprendizaje significativo" se ha convertido en un mantra en la nueva liturgia pedagógica del cognitivismo. Conocimientos significativos, sí, pero ¿qué significado tiene eso que se pretende que aprenda el educando? Si miramos con detenimiento los libros de texto y las programaciones magisteriales, todo queda reducido a una suerte de asociación de conocimientos; a simples conocimientos enracimados pendiendo, a lo sumo de alguna sinapsis con la experiencia cotidiana. Ahí se queda la significatividad. Pero no tiene recorrido más allá de lo fenoménico y de lo dado. Es tanto como apearlo del vehículo a mitad del recorrido. Advierte R. Spaeman: "Cuando el hombre se entiende a partir de una naturaleza que él no entiende a su vez por analogía con el hombre, él se convierte, junto a la naturaleza, en objeto de una manipulación sin sujeto".

Es importante que el educando vaya comprendiendo la razonabilidad de los fenómenos que estudia. Este es el nervio de la ciencia. Pero siempre le quedará pendiente la pregunta acerca de las razones o la Razón (el Logos que era en el principio) de esa razonabilidad a la que ha de aportar respuestas el maestro. Es muy importante enseñar a mirar hacia lo que está detrás y hacia lo que está más allá. Como en el caso de la visión de nuestros ojos, también la razón miope se explica por la corta distancia focal entre el órgano de comprensión y el objeto estudiado. Frente a la vigencia práctica de criterios de casualidad que quieren presidir hoy la enseñanza de tantos docentes, es preciso cultivar con los alumnos las capacidades de análisis desde categorías de causalidad: utilizar los postulados de razón que enseñen a entender el sentido hasta llegar, aunque sea esforzadamente, a matrices cognitivas últimas desde las cuales encontrar significados de totalidad.

En el terreno del estudio de la ciencia y de la historia ¿dónde nos está llevando esta resistencia a considerar una teleología de la naturaleza y de las acciones humanas más allá de sus mecanismos y estructuras internos, lo que está más allá de la realidad tangible, por mucho constructivismo y mucho análisis sistémico que hayamos querido aplicar? En el fondo, resulta más coherente creer en los milagros desde la causalidad eficiente que creer en la casualidad de lo fáctico.

¿Qué nos aporta el conocimiento de los acontecimientos más sobresalientes de la Historia si dicho conocimiento no nos conduce a comprender cómo es la lucha del hombre entre el bien y el mal que llevamos dentro? ¿Qué está aprendiendo realmente un educando de la mano de sus profesores de las ciencias si no logra preguntarse y encontrar respuesta a la cuestión de qué es lo que nos muestra la ciencia de la realidad; si no se interroga acerca de cuál es el papel de la ciencia en nuestro mundo y acerca de dónde y cómo se da el verdadero progreso de la humanidad? ¿Qué se le está enseñando realmente a un inerme alumno de secundaria obligatoria, por ejemplo, cuando después de describirle con rigor científico y eficacia didáctica lo relativo a la maravilla de la reproducción humana y el surgimiento de la vida, se cierra el tema describiéndole pormenorizadamente todos los métodos contraconceptivos para evitar que se produzca? A propósito, decía Benedicto XVI: el 17 de abril de 2008 en la Universidad Católica de América en su viaje a los Estados Unidos: "Es especialmente inquietante la reducción de la preciosa y delicada área de la educación sexual a la gestión del "riesgo", sin referencia alguna a la belleza del amor conyugal".

Ya en su momento advertía Maritain acerca del "olvido de los fines" como el principal error de la educación actual. Y tratándose de la educación cristiana, afirmaba: "El elemento importante, y lo que hace que nuestra forma de aproximación a las cosas sea cristiana, es la perspectiva y la inspiración, la luz en que miramos todo". Para concluir: "no existen matemáticas cristianas ni astronomía o mecánica cristianas; pero, si el maestro está animado por la sabiduría cristiana y si su enseñanza es la sobreabundancia de un alma amiga de la contemplación, el modo o la manera en que enseñe -o, en otros términos-, el modo o la manera en cuyo seguimiento su alma y su espíritu pueden modelar e iluminar el alma y el espíritu de otro ser humano, transmitirá al estudiante y despertará en él algo que trascienda las matemáticas, la astronomía o la mecánica: en primer lugar, el sentido del lugar exacto de estas disciplinas en el conjunto del saber y del pensamiento humanos; después, una persuasión transmitida sin palabras sobre el valor inmortal de la verdad, de las leyes racionales y de la armonía que obran en las cosas cuya raíz primera está en el Intelecto divino".

Y todo ello sin perder ni un ápice del rigor, la propiedad y la precisión científica que la realidad objeto de enseñanza se merece. Aquella famosa sentencia del psicologismo pedagógico que decía que "para enseñar matemáticas a Juan es necesario conocer antes a Juan", ha traído como consecuencia, en muchos casos, que algunos profesores hayan aprendido a conocer a Juan, pero muchos juanes no han aprendido matemáticas...