jueves, 1 de abril de 2010

Oración de la madre

Por Femando Martín Herráez

Escribo estas palabras muy cerca del día en que se celebra la Encarnación. Un día que ha sido elegido para celebrar la Jornada de la Vida, o la Jornada del Niño que está por Nacer. Con el eco de esta fiesta cristiana, tan entrañable y tan mariana, quiero ceder mi espacio a una oración. Es "la oración de la mujer embarazada". No es mía, pero refleja muy bien lo que quisiera decir. Es un canto a la vida y a la esperanza, que es nuestra mejor respuesta frente a la ofensiva de la cultura de la muerte.

Oración de la mujer embarazada
(P. Michel Schooyans)

Padre que estás en los cielos, Tengo en mi seno ahora un pequeñito, débil y vulnerable, que ya está transformando todo mi cuerpo y todo mi corazón. ¡Gracias por habérmelo confiado!

¡Gracias por permitirme acogerlo como María acogió a Jesús el día de la Anunciación!

¡Gracias por poder acogerlo como mi madre me acogió cuando sintió mi presencia en lo más íntimo de su ser!

Padre que nos amas, estoy maravillada ante esta vida tan secreta y palpitante, tan frágil y llena de promesas. ¡Gracias por haberme dado los ojos del corazón, que me permiten ya ver a este niño en un momento en que todavía no es visible!

Padre lleno de ternura, ayúdame a hacer cada día lo que puedo hacer para que este niño sea feliz. Te pido, Padre de toda gracia, poder transmitir a este niño, toda la fe, la esperanza y el amor que llevo en mi corazón.

Por fin, te ruego, Padre, que nos guardes bajo tu amparo, a mi hijo que primero es tuyo, y a mí, ahora y siempre. Amen

Secuelas de una maternidad destruida

Quizás si Chrétien de Troyes en el año de 1190 hubiera conocido el texto de La nueva Ley de Salud Sexual y reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, conocida como Ley del Aborto, cómo iba a escribir el audaz inicio de su poema "Perceval", con razón considerado como una de las grandes novelas ("román') de caballería dentro del ciclo del Rey Artus. Aunque tengamos el corazón podrido y la razón desnortada, nosotros somos tan modernos que ¿por qué no nos hemos de atrever a destruir la misma naturaleza humana hasta matar a un hijo libremente como un derecho y no como un horrendo crimen de la maternidad y de la paternidad?

Chrétien de Troyes, gracias a Dios, está claro que no era un hijo de la modernidad, por eso el comienzo de su narración no puede ser más admirable. La madre de Perceval (Parsifal para los alemanes), ha perdido a su marido a causa de las heridas recibidas en la guerra y a sus dos hijos mayores en combate entre caballeros. Ha decidido borrar, de su entorno, la memoria del mundo de la armas y educar a su hijo menor, él único que le vive, alejado del mundo cortesano, entusiasmándolo por la bellísima floresta solitaria y enseñándole el cuidado y cultivo de sus tierras, entre campesinos leales.

Todos la conocen y la llaman la "Dama Viuda", pero ella sabe que el fundamento de su maternidad no es engendrar hijos para la violencia ni tener un marido para guerrear. Sus entrañas engendran para la vida como razón de ser más profunda de su feminidad. Mujer o maternidad. Esposa no viuda, por muy dama que se le reconozca.

Por más empeño que puso, un día, Perceval, todavía adolescente, se encuentra con cinco caballeros en medio del bosque, tan resplandecientes por sus armaduras y tan hermosos por sus penachos, caballos y armas, que los confunde primero con Dios, y luego con los ángeles. Al oír la respuesta de que son caballeros, acude a su madre y la acusa de haberle engañado. La Dama Viuda se estremece. Todas sus cautelas han servido de poco.

Al confesarle que quiere ser caballero, la madre le anuncia que eso significará su muerte. A ninguna razón atiende el hijo. Por más que la madre lo viste como un lugareño y no como aspirante a la caballería, el hijo parte de la aldea sin ninguna vacilación, ni siquiera cuando observa que en el puente hasta el que le ha acompañado, la madre ha caído desmayada. Más tarde conocerá que en aquel momento murió la madre. Ese será el pecado por el que Perceval no puede resolver el enigma del Santo Grial.

No se trata de un suceso melodramático. Chrétien de Troyes representa constantemente referentes simbólicos. La maternidad es inherente a la feminidad, física o espiritualmente. Sobrevivir como la eterna Dama Viuda no tiene sentido. La desaparición del hijo deja, simbólicamente, sin razón de ser a la madre. No busquéis realismo ni apliquéis claves psicológicas. En todo caso relacionar esta escena con la generosidad de María y os ayudará a comprender su dolor.

Como referente positivo de esa feminidad gozosa os selecciono una exultante maternidad, luminosa y esplendente, transfigurada en un rotundo círculo vital entre la madre y el hijito mamando. He aquí una mujer. He aquí una madre. Se lo debemos a Ricard Canals, uno más de la pléyade de pintores asombrosos que dio Cataluña a finales del siglo XIX y principios del XX. Amigo de Nonell, íntimo de Picasso, como referencia. Vale la pena conocer su obra.

Santiago Arellano Hernández

Cuando uno deja de hacer oración... ¡qué brincos da!

Hoy, ante una encíclica como la Humanae vitae, los pedagogos han querido que el Papa fuese el mayor de todos los pedagogos; los sociólogos querían que el Papa supiese más sociología que todos los sociólogos; los médicos, que el Papa supiese de medicina más que todos los médicos... El Magisterio del Papa no es de ciencia. Está revestido de la autoridad de Dios. Pero eso sólo se detecta por la fe, que se acrecienta en la oración.

Cuando uno deja de hacer oración, entonces es lógico que sucedan las cosas que estamos contemplando. Precisamente a propósito de la Humanae vitae, daba una conferencia el doctor López Ibor, y fue interpelado por un sacerdote que le dijo: "Oiga, doctor. ¿Usted no cree que las recomendaciones que hace el Papa en la Humanae vitae afectan al equilibrio conyugal y que precisamente la abstinencia puede hacer que haya un desequilibrio afectivo?" Tuvo que ser el doctor López Ibor el que dio el criterio sobrenatural, diciéndole a aquel sacerdote: "Recuerde que San Pablo recomienda a los matrimonios la abstinencia periódica para poderse dedicar a la oración".Yo hubiera sido un poco brusco en la contestación, porque le hubiera dicho a aquel sacerdote: 'Oiga, padre: si usted viene guardando el celibato eclesiástico, ¿se siente usted desequilibrado en su afectividad?"

Es triste lo que está sucediendo por falta de oración. A veces a mí, seglar, me han hecho ir, por ejemplo, a un seminario para dar alguna charla. Me encuentro a los seminaristas aburridos, protestando. ¡Quieren fútbol! ¡Quieren mucha televisión! ¡Quieren salir! ¡Se quejan de todo! Y me digo: "Señor, pero ¿qué es lo que pasa aquí?", porque encima se dice que esto es una señal de vitalidad, que es una señal de fuerza, que es una señal de energía en la Iglesia; y yo me pregunto: ¿No sucederá aquí como si sacásemos un pez de una pecera?

Imagínense ustedes un pez introducido en una pecera. Metemos la mano. Está coleteando suavemente. Lo arrojamos al suelo, y nos encontramos que ese pez ahora empieza a saltar. ¡Se dilata! ¡Brinca! Parece que tiene más vitalidad. Cualquier profano que le estuviese contemplando diría: ' ¡Ahora es cuando tiene energía! ¡Ahora es cuando está vivo! ¡Ahí, dentro de la pecera, se estaba muriendo! ¡Fíjate cómo se dilata!" Sin embargo, nosotros estaríamos contemplando al pez y diríamos: No es eso. Es que ese pez se asfixia. Está fuera de su amiente. Es que esos son los últimos coletazos de un ser que se extingue. Si cogiésemos ese pez y lo volviéramos a meter en la pecera quizá coletearía de nuevo más suavemente. Y ahora es cuando está de verdad en su elemento.

Todos estos coletazos (la canción protesta, la melena larga, el joven rebelde, el sacerdote que se queja, el seminarista que se encierra en el seminario, el teólogo que chilla contra el Papa) no son nada más que toda una humanidad que se ha salido de su ambiente, como un pez fuera del agua: la boca que se dilata, porque el pez se está asfixiando.

Abelardo de Armas
Rocas en el oleaje

Fetiches de la cultura contemporánea: La cultura del self love

Por Abilio de Gregorio

La mayor parte de los analistas de las vigencias de pensamiento y de los comportamientos sociales parecen coincidir en destacar la presencia de una cultura del individualismo (algunos con un cierto sentido del pudor hablan de "personalización" o le añaden al individualismo adjetivos de despiste: expresivo, reaccional, institucionalizado...) como horizonte en el que habría que entender la mayor parte de los cambios que nos acompañan hoy. No se trata ya del individuo que encuentra su realización en su vinculación o adhesión a las normas nacidas de la razón universal o de los grupos de pertenencia como la familia extensa, la estirpe, la nación, la Iglesia, o la clase social. Esto era modernidad. En el individualismo de la nueva cultura cada sujeto se realiza en la afirmación de sí mismo como valor supremo. Este individualismo surge de una decidida intención de distanciarse de instituciones, de vigencias sociales, de normas venidas de fuera a las que se percibe como lastres de la libertad y como obstáculos para la posibilidad de elección.

Como afirma Touraine, "el sujeto, que durante mucho tiempo han proyectado los hombres más allá de ellos mismos, en un paraíso, una ciudad libre o una sociedad justa, ha entrado en cada individuo, para convertirse en afirmación de sí como portador del derecho a ser un individuo capaz de afirmarse contra todas las fuerzas impersonales que le destruían. La muerte de Dios no ha conducido sólo al triunfo de la razón y el cálculo, o inversamente a la liberación de los deseos; ha llevado también a cada individuo a afirmase como el creador de sí mismo, considerarse la finalidad de su propia acción".

En esta cultura del "self love" cada sujeto se erige a sí mismo en la medida de todas las cosas; el yo de cada uno es el origen y el fin de su propia afirmación y se constituye en valor supremo, en dueño de su propia vida, de su destino y en referente único del sentido de su vida y de sus actos. Él es el fundador de su historia y la medida de la verdad, de la bondad y de la belleza. Reclama su libertad como su propio fin.

Se establece así una estética, una ética e incluso una ascética que podríamos denominar de la "autenticidad" como señala el canadiense Charles Taylor en tanto que búsqueda de una identidad individualizada que comienza y termina en mí mismo y que no responde sino ante sí misma. Esta ética genera una serie de imperativos que se convierten en eslóganes de fácil digestión, en fetiches ideológicos, como "vive tu vida", "sé tú mismo", "libera tu verdadero yo", "has de encontrarte a ti mismo", "realízate", "no dejes que nadie decida por ti", "sé fiel a ti mismo", etc.

Esta sedicente ética de la autenticidad produce conciencia de unos derechos perentorios: el derecho a la autorrealización, a la felicidad individual que sólo cada sujeto está legitimado a definir, a vivir la propia vida en los términos y por los derroteros que cada cual crea más convenientes, a ser los creadores de la propia identidad sin tener por qué atenerse a instancias ajenas a sí mismos.

Estamos, sin duda, ante un importante giro antropológico, quizás ante una reconceptualización de la humanidad que ya no se define por la razón -razón universal-, como en la modernidad, sino por la subjetividad.

Realizarse, pues, supone dar salida a los propios deseos, a los intereses individuales, a las aspiraciones, afectos y potencialidades. Se propone la espontaneidad como virtud cardinal. Por ello se "psicologiza" nuestra cultura, como hace notar Lipovetsky. Se trata de "estar a gusto consigo mismo". Obsérvese la proliferación de la bibliografía denominada de autoayuda, la relevancia dada a los sentimientos de autoestima en la educación, los esfuerzos para lograr una imagen del propio cuerpo con la que sentirse reconciliado con uno mismo, la recomendación de dejarse llevar por los dictados del corazón, etc.

Todo ello configura un modelo de sujeto exigidor de derechos personales. Es más: parecería que es tal la relevancia del deseo en esa preeminencia del subjetivismo, que el simple hecho de desear algo lo convierte en derecho que se ha de demandar. Pero ahora los derechos se plantean no tanto como demanda de aquello que me permite constituirme como ser humano, sino demanda del derecho a ser diferente, derechos a la individualidad. No se trata tanto de derechos ciudadanos, sino de derechos privados. Como bien hace notar A. Touraine, ya no se trata de los derechos a ser como los otros, sino de los derechos a ser otro.

Así, pues, los grupos de pertenencia, familia, nación, iglesia, etc., ya no son vistos como grupos que dotan de identidad al individuo, sino como espacios en los cuales hacer presente su individualidad y a los que se reclama el derecho a la identidad diferencial.

Dichos grupos ya no constituyen al individuo sino que será la subjetiva forma de adhesión y de compromiso que quiera tener el individuo la que dote de identidad al grupo, el cual pasa a ser una simple entidad de servicios al sujeto que lo terminará valorando en función de la capacidad que tenga para satisfacerle sus demandas subjetivas. Grupos e instituciones valen solamente en la medida en que me permitan "sentirme bien".

Incluso la ayuda al otro, que parecería formar parte de las virtudes sociales de nuestra época, se presentará como "altruismo indoloro" en diagnóstico de Lipovetsky, como un altruismo higiénico.

Nada más.