viernes, 1 de enero de 2010

Nuevos primeros cristianos

Nuevos primeros cristianos
P. Tomás Morales S.J.

Un nuevo Pentecostés, unos nuevos primeros cristianos exige la Iglesia del posconcilio. Múltiples minorías de hombres y mujeres, levadura en la masa, que con “sus obras, preces y proyectos apostólicos, su vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso de alma y cuerpo, las molestias de la vida”, se conviertan en “hostias aceptables a Dios por Jesucristo”. Su ejemplo contagioso arrastrará a los incrédulos que nos rodean. Se harán también "hostias espirituales aceptables a Dios" y "adoradores en todo lugar, que obrando santamente consagren a Dios el mundo mismo". (Lumen gentium, 34) Esas múltiples minorías serán las chispas del gran incendio que tiene que producirse, de aquel Pentecostés vislumbrado por Pío XI un día del Espíritu Santo al otear en el porvenir un laicado en marcha.
Múltiples minorías que anuncian el clarear de un día sin ocaso. Preludian ese "nuevo Adviento de la humanidad" que avanza por el tercer milenio. Perseverando unidos en la oración con "María, la celestial Madre de la Iglesia, serán 'testigos de Cristo hasta los últimos confines de la tierra' (Hch 1,8), como aquellos que salieron del Cenáculo de Jerusalén el día de Pentecostés". (Juan Pablo II)
La Iglesia reclama estos nuevos primeros cristianos en un momento estelar y decisivo en la Historia. La civilización, al colocarse bajo el control de la ciencia y de la técnica, ha roto con decisión los límites de Occidente. Está en camino de hacerse verdaderamente universal. La humanidad se unifica a pasos agigantados. El Imperio Romano, unidad política, cultural, lingüística, fue la preparación providencial en que se asentó una unidad más alta: la espiritual del cristianismo naciente. La nueva unidad que inicia la era técnica, ¿no podría acunar también a la Iglesia renacida en un Concilio, brindando alas al Evangelio que faciliten su expansión?
La Virgen, Madre de la Iglesia naciente en el primer Pentecostés de la Historia, lo volverá a ser en este posconcilio si la ayudamos a hacer surgir esas minorías. Está deseándolo. Su mensaje Lourdes-Fátima lo evidencia. Le preocupa la suerte del mundo, la salvación de sus hijos, nuestros hermanos. Pide nuestra colaboración para que se multipliquen esas minorías de hombres y mujeres que, como los primeros cristianos, conviertan toda su vida en plegaria incesante "perseverando unánimes en la oración con María, Madre de Jesús". (Hech I, 14)Y "el canto del amor y de liberación se elevará revestido de firmeza y coraje, se levantará en los campos y en las oficinas, en las casas y en las calles, en las familias y en la escuela". (Pío XII)
Juan Pablo II, el gran Papa de la Virgen, no fiándose de nuestra inconstancia, ponía en sus manos el final desgarrado y esperanzador del segundo milenio: “Suplico sobre todo a María, la celestial Madre de la Iglesia, que se digne, en esta oración del nuevo Adviento de la humanidad, perseverar con nosotros que formamos la Iglesia, es decir, el Cuerpo Místico de su Hijo Unigénito”. (Redemptor hominis, 2)

Dad razón de vuestra esperanza

Dad razón de vuestra esperanza

Fernando Martín Herráez

Comienza un nuevo año y es el momento de renovar nuestros propósitos y nuestros proyectos. Puede que haya muchos motivos de preocupación, y sin embargo como cristianos debemos siempre comenzar este nuevo año como un tiempo de gracia y de esperanza.

Vivimos en un mundo que tiene muchos síntomas de enfermedad: tristeza, desesperación, falta de fe y de esperanza, egoísmo... En realidad el mundo de los hombres siempre está aquejado de la peor de las enfermedades que es la del pecado. Es la única enfermedad mortal en el sentido pleno de la palabra. Todas las otras enfermedades, que a veces nos preocupan tanto, no nos afectan tanto como el pecado, porque no tocan el núcleo de nuestra vida, nuestra vida eterna.

Aparte de la Cumbre de Copenhague sobre los problemas del cambio climático y la amenaza que esto supone para toda la humanidad y el planeta, debería promoverse también una Cumbre sobre esta otra amenaza que es el pecado y sus terribles consecuencias para la vida de los hombres.

Sin embargo será difícil que los gobiernos y los medios de comunicación se hagan eco de esta preocupación. Nos toca a nosotros, bautizados conscientes de nuestra fe, laicos en medio del mundo, dar razón de nuestra esperanza.

Así nos lo dijo San Pedro en su primera carta. Al final del capítulo tercero, en medio de una exhortación encendida para que vivamos bendiciendo y haciendo el bien, nos dice: dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones siempre dispuestos a dar respuesta. a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. (1 Pe 3,15)

El primer Papa nos está exhortando a vivir la vocación cristiana en plenitud, como contemplativos en la acción. Una acción -dar razón de nuestra esperanza- que nace del trato íntimo con el Señor -dar culto al Señor, Cristo, en nuestros corazones-. Un apostolado que es consecuencia de la vida de intimidad con el Señor.

Y esta es la medicina que necesita este mundo amenazado de muerte: Cristo, y la esperanza que se deriva de creer en Él.

Este es nuestro tesoro. El que tenemos que compartir con todos los hombres. Y no son necesarios muchos planes o estrategias pastorales. Quizás basta con una sonrisa. Ese es el mejor apostolado, el más sencillo, el más económico y el más eficaz.

Y después saber dar razón de esa esperanza que ilumina nuestro rostro.

Que el Señor bendiga todos nuestros esfuerzos por hacerle presente en el mundo en este nuevo año que comienza.

Fidelidad creativa, amistad...

Editorial revista Hágase Estar 242, enero 2010

Traemos a nuestra revista el recuerdo del jesuita P. Matteo Ricci con ocasión del cuarto centenario de su muerte, que se celebra en 2010.

No son muchos los que tienen noticia de este misionero ejemplar que tomó el testigo de San Francisco Javier y cumplió el sueño que el santo navarro alentó desde su llegada a Oriente. Curiosamente, Ricci nació el mismo año en que murió Javier a las puertas del gran imperio, y fue ciertamente el primer misionero católico que evangelizó en China.

La historia (y la posthistoria) de la labor apostólica de Ricci y sus seguidores es uno de los episodios más fascinantes de la historia moderna, digna de los más apasionantes relatos novelísticos. Es la hazaña de un hombre extraordinariamente dotado para la ciencia y la amistad, enamorado de Cristo y vocacionado desde sus años jóvenes a misionar en China, tras las huellas de Javier.

De inteligencia y memoria privilegiadas, fue discípulo de Clavius, el genio matemático que sentó cátedra en el Colegio romano, abierto por la Compañía para formar a sus mejores profesores y que se transformaría con el tiempo en Universidad Gregoriana. Que los jesuitas hayan escrito páginas gloriosas en la historia de la ciencia moderna es algo que no debieran olvidar quienes pretenden atribuir a la Iglesia un odio a la ciencia que va contra la entraña misma de lo católico.

Pero volvamos con el padre Ricci. Durante cientos de años ningún europeo había puesto sus pies en la capital del imperio, y nadie ajeno a la corte podía mirar ni hablar personalmente al Emperador. Ricci lo había intentado en vano durante años. Pero su prestigio como científico, matemático, geógrafo, astrónomo y gran conocedor de la lengua y la cultura chinas le fueron abriendo una a una todas las puertas. Llamó junto a sí a compañeros destacados en el cultivo de las ciencias, la geografía y las matemáticas que hicieran atractiva la fe cristiana con la ayuda de su prestigio científico además de su piedad.

El genial misionero comprendió pronto que la propagación del catolicismo en una sociedad tan culta y orgullosa de sus tradiciones sólo podía cumplirse a través de un gradual proceso de traducción de las grandes verdades del credo cristiano al simbolismo propio de las religiones orientales, como lo habían hecho los primeros Padres de la Iglesia en la conquista de la cultura helénica. Por inspiración de Ricci se comenzó a decir la misa en chino, a fin de que la aguda mente de los conversos chinos pudiera captar el profundo significado del gran rito del catolicismo... Y además, tradujo a Confucio al latín.

El propio Francisco Javier, buen conocedor de los pueblos que evangelizaba, había procurado tratar personalmente al emperador del Japón para poder llegar así más fácil y rápidamente a todo el pueblo. Si anhelaba llegar hasta el emperador de la China era exactamente por ese mismo motivo. El fuego evangelizador había prendido en su pecho y en su determinación. Ricci era de su misma naturaleza apasionada y vibrante .Y como él, Ricci era también un maestro en el arte y el apostolado de la amistad. Las primeras conversiones se produjeron entre amigos a los que cautivó y deleitó pacientemente durante años con el cultivo del común amor al saber y con el respeto personal más exquisito. Para muchos de ellos la puerta de la fe se abrió tras unos ejercicios espirituales.

La fidelidad creativa y la pasión por Cristo, el arte de la amistad y el cultivo de los propios talentos al servicio de la fe son hoy claves de una nueva evangelización. (Sobre las misiones jesuitas en China ver, p. ej.: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/cseii/cseii02b.htm

La belleza, más necesaria que el pan

Por Santiago Arellano Hernández

Luminoso el discurso que pronunció Benedicto XVI en su encuentro con los artistas en la Capilla Sixtina el 21 de noviembre de 2009. En la estela de Pablo VI y del santo gigante Juan Pablo II, precisó el papel de los artistas en la misión de la Iglesia.

"¿Qué puede volver a dar entusiasmo y confianza,... alentar al espíritu humano a encontrar de nuevo el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación, sino la belleza? Vosotros, queridos artistas, sabéis bien que la experiencia de la belleza, de la belleza auténtica, no efímera ni superficial, no es algo accesorio o secundario en la búsqueda del sentido y de la felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, sino, al contrario, lleva a una confrontación abierta con la vida diaria, para liberarla de la oscuridad y trasfigurarla, a fin de hacerla luminosa y bella".

Ninguna teoría estética ha señalado tan noble vocación al arte. Es encuentro con la vida diaria, capaz de orientar en la búsqueda del sentido y de la felicidad. Se atreve a citar a Dostoievski: "La humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero nunca podría vivir sin la belleza, porque ya no habría motivo para estar en el mundo".

Cuando uno se acerca a nuestro pintor Joaquín Sorolla, el mundo se nos hace más bello, pero al mismo tiempo más humano. Las escenas costumbristas junto al mar elevan a sublime el trabajo duro y esforzado de los pescadores. Parece que nos advierte: no hay que ir lejos para encontrar la belleza. Pero hay que saber mirar. El resplandor de la luz y el colorido de las flores ambientan y enmarcan en dignidad el trabajo de las pescadoras "Cosiendo la vela".

Miguel D'Ors, el poeta, nos ofrece en su obra poética esa mirada capaz de trascender lo consabido. Nos desvela la otra cara oculta de cualquier realidad. El corazón humano busca verdades que le sosieguen el corazón. Claro que un río es una corriente de agua, que lleva de caudal metros cúbicos por segundo, que lo podemos aprovechar construyendo pantanos, etc. Pero hay algo más necesario que la ciencia y que el mismo pan (¡No me diga!) La belleza. Así nos lo enseña Miguel D'Ors en este poema del libro Del amor; del olvido, Ediciones Rialp en 1972.

¿QUÉ ES RIO?
Si os hablan de corrientes de agua, no hagáis caso: eso es mentira todo: yo os hablo de canciones. Si Dios a cada río le dio su partitura es natural que suenen y suenen y resuenen (hay ríos que son valses y ríos tan ligeros que tienen melodías campesinas de flauta). No hagáis caso si os hablan de centímetros cúbicos: un río es un espejo -tenedlo bien presente- donde puede mirarse cualquier enamorado, porque todos los ojos les gustan a los ríos (quiero decir con esto que si os miráis en uno será vuestra mirada sencilla como un ave). No hagáis caso si os hablan de curso bajo y alto, que la felicidad no tiene sitio fijo, ni creáis esa historia de los saltos de agua, siempre tan necesarios y tan beneficiosos. Son las esclavitudes que imponen a los ríos; pero un río no puede detenerlo cualquiera: un río corre y canta y escapa entre los dedos y hay que tener el agua que pasa muy soñada para vivir de nuevo un minuto de infancia. No hagáis caso tampoco si os hablan de los peces que pudieran pescarse: eso es todo mentira; pensad únicamente cuántos niños y sauces, cuántas montañas altas se han mirado en su espejo, cuántos amores fueron creciendo a sus orillas... Este es el gran tesoro que tiene cada río. Todo es mentira, todo lo que dicen los sabios. Sólo una cosa es cierta: que tienen una cita, que el mar está esperando que lleguen a sus brazos. No hagáis caso si os hablan de litros por segundo, que estar mirando un río es como estar soñando; y si dicen de alguno que es poco caudaloso, considerad vosotros su gran caudal de estrellas.