martes, 1 de diciembre de 2009

María del Adviento: Enséñanos a esperar a Jesús cerquita de ti

P. Tomás Morales

La Virgen en Nazaret es amor. Y amor creciente. La Virgen en estos días es la joven Madre que aprende a amar a su hijo. Le siente crecer dentro de ella.

Es algo de sí misma, es su Hijo. El misterio de la maternidad adquiere aquí toda su pureza. Ninguna joven madre tiene la capacidad de amar que tuvo la Inmaculada. Y ningún hijo es digno de ser amado como el suyo. Cuando se piensa en esto, es como cuando se escala una altísima montaña. Se pierde la cabeza, porque el aire es demasiado puro. Te da vértigo al contemplar el abismo. No se puede decir, ni siquiera pensar, lo que fueron estos meses en que la Santísima Virgen lleva a Jesús.

Y, sobre todo, estas últimas semanas en que iba a nacer, en que María sentía en sí misma, noche y día, cumplirse el misterio.

Ella era su Madre. Él se formaba en su cuerpo virginal. Se alimentaba de su sangre purísima. Respiraba y vivía de ella. Cuando se sabe lo que es Jesús desde toda la eternidad: el Verbo, Dios, y que la Virgen lo llevaba dentro de sí... Y cuando se sabe que Ella, entre todas las criaturas, es la mimada de la gracia para corresponder a esta eclosión de amor que es el hombre-Dios en sus entrañas... Cuando se sabe todo esto, sentimos que nada podemos comprender, que es un misterio ante el cual no puede uno más que anonadarse. Eso hacían nuestros hermanos cristianos en la Edad Media. Al pronunciar las palabras: "Dios te salve, María", doblaban su rodilla, hacían genuflexión, como hoy hacemos ante el Santísimo Sacramento. Llenos de veneración, adoraban al Dios que vivía en su corazón maternal.

Y la Virgen es, en estos días, esperanza que nos mantiene en tensión expectante. Una alegría contenida que va a romper en júbilo alborozado en la Navidad. Es, para nosotros, la Virgen de la Expectación. María siente con gozo creciente acercarse el momento en que va a entregar a Jesús al mundo. Todo su quehacer en estos días deliciosos: llevar a Jesús, arder en deseos de darlo a los hombres...

El mundo espera. El mundo no hace otra cosa que esperarlo. Todos los afanes de los hombres: dinero, poder, éxito, placeres, son, sin saberlo, afanes tras Jesús. Equivocan el camino. Se decepcionan cuando no encuentran lo que buscaban. El mundo le espera siempre, porque la mayor parte de los hombres no le conocen todavía. Y yo le espero siempre, porque todavía no acabo de darme cuenta que Él nacerá en mi corazón y me hará feliz sólo olvidándome de mí mismo, como a Santa Teresita en la noche bendita de Navidad de 1886: "Entró la caridad en mi corazón con la virtud de olvidarme siempre de mí misma, y desde entonces soy feliz."

La Virgen estos días es soledad, amor, esperanza. No sólo en el recogimiento de la oración.

Llaman a la puerta de su casita, y sale a abrir. Alguna vecina le pide un favor, y lo hace. Habla, cuando es necesario, con discreción encantadora. Limpia la casa, adereza la comida. Es la sencillez de una aldeana, que vive tan sumergida en Dios, que lo lleva dentro de sí a todas partes. Tiene la gravedad de las almas para quienes Dios es lo único real. Una gravedad difícil de entender, porque se armoniza con una alegría; con la alegría constante de vivir a Dios en todo, en todos, siempre.

Madre querida: permítenos esperar a Jesús cerquita de ti. No ha nacido todavía, pero ya está en ti. Tú eres el copón que lo encierra, sagrario que lo guarda, custodia que lo expone.

Ruega por nosotros tus hijos, pobres pecadores. Queremos también vivir en soledad, amor y esperanza en medio del ir y venir de cada día.

El Misterio de la Navidad

Por Fernando Martín Herráez

Se acerca la Navidad del 2009. Una oportunidad para acercarse al Misterio de la Encarnación.

Algunas veces he dedicado este momento para hacer una meditación sobre la Navidad. Esta vez quiero aprovechar para hacer una exhortación.

Para muchos es una fiesta más. Son unos días de vacaciones. Queda el rastro de que es una fiesta familiar, muy tradicional, con unos ligeros toques cristianos, quizás por el Belén, por el árbol, por las tarjetas navideñas...

Pero tú y yo no podemos conformarnos con eso. Navidad es Cristo que pasa, y que llama a nuestro corazón, con la esperanza de que le busquemos un sitio en nuestra posada.

Venciendo complejos y superando la vergüenza de mostrarnos como cristianos, ¿por qué no aprovechar esta Navidad para ser apóstoles de ese Jesús Niño que viene a nosotros para quedarse entre los hombres?

A las familias les pediría que mostraran a todos cómo vive la Navidad una familia cristiana. Montar el Belén, adornar el árbol, o preparar la corona de Adviento pueden ser ocasión para una catequesis preciosa, y una oportunidad para tener un espacio privilegiado en la casa alrededor del cual se puede rezar, cantar, leer el Evangelio de los distintos días... La cotidianeidad de cada día puede dejar una huella más profunda que las fiestas extraordinarias, si sabemos preparar el ambiente apropiado.

Es muy natural que en estos días nos unamos a toda la Iglesia, siguiendo los textos que nos presenta la liturgia y que nos preparan para la venida del Señor, tanto en casa como en las celebraciones litúrgicas que organiza nuestra parroquia. El P. Morales nos invitaba siempre a saborear el año litúrgico en estas celebraciones de la Navidad:

"La disposición que da la Iglesia al año litúrgico es para nosotros fuente de luz. Conocemos íntimamente a Jesús, nos unimos a sus sentimientos, nos incorporamos a sus misterios. Como Esposa que a nadie ama como a su Esposo, la Iglesia presenta las escenas de la vida de Jesús sucesivamente a los ojos de sus hijos. Avanza siempre un poquito más. Nos revela, con simbolismo de ceremonias y belleza de palabras, el misterio de amor que es Cristo para nosotros".

Y tengamos muy presente que no es sólo una fiesta para los niños. El misterio de Navidad es para todos: niños, jóvenes, adultos y ancianos. Es un misterio que nos interpela a cualquier edad, y que tenemos que acoger desde todas las circunstancias.

A los jóvenes les invitaría a un encuentro personal con Jesucristo. Qué mejor momento que estos días de Navidad para hacer una tanda de Ejercicios Espirituales.

Pero no sólo los jóvenes. Para todos, ese encuentro personal con Jesucristo puede ser un encuentro de misericordia y de perdón en una buena confesión.

Volvamos por fin la mirada al misterio de la Navidad: Jesús Niño, María y San José... Este si que es el mejor introductor en el misterio: San José. Nos encomendamos especialmente al Santo Patriarca para que nos ayude a acercarnos al portal. Os brindo el sabio consejo del P. Morales que decía que para contemplar este misterio hay que ponerse muy cerquita de San José:

'Y San José no puede estar ausente. Único y privilegiado espectador del misterio. Absorto en amorosa contemplación. Escucha vuestro unánime clamor en esta Navidad santa: "Llévanos a María y, por María, a Dios."

Para todos, Feliz Navidad.

Loco

Escribía José Luis Martín Descalzo que acercarse a Belén es acercarse a un mundo nuevo, al de nuestro propio nacimiento. Porque Belén no es una ciudad de nuestro mundo sino un rincón del corazón humano. En Belén hemos nacido todos. Hasta Belén, ser hombre era vivir rodando por los desfiladeros del temor. Desde Belén, ser hombre es ser Hijo de Dios.

La mayor pérdida de nuestro tiempo es nuestra dureza e incapacidad para el asombro. Si la Navidad no nos produce asombro, sorpresa, perplejidad, turbación, estupor... es que ya no tenemos ni idea de lo que es la Navidad o, lo que es francamente peor, que ya nos deja indiferentes que Dios se ha vuelto loco. De amor. El Dios que ha creado el universo se ha atrevido a la locura de volverse pequeño, frágil, vulnerable. Dios se ha abrazado a la pobreza. Dios es humilde. Me quiere como soy.

Sí, la Navidad es un tiempo de alegría. Pero también es un tiempo de estupor, de escalofríos que traspasan cuerpo y alma: ¡Dios se ha hecho niño, recién nacido, bebé, pobre, indefenso...! ¡Dios se ha vuelto loco!, ¡se ha hecho tan pequeño como una de sus criaturas!

Una tarde de tórrido verano, Gandhi se adentró en un río junto al que pasaba, tomó de su fondo una piedra y se la mostró aún chorreante a sus compañeros de camino. Después, con otra piedra más grande, la partió en dos y mostró a sus discípulos que el interior estaba perfectamente seco. "Así, comentó, le ocurre a Occidente. Lleva dos mil años bañado por la enseñanza de Cristo, que ha pasado y pasado sobre su piel, pero por dentro sigue duro y estéril, está seco, no es cristiano... Les oigo cantar 'gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres en la tierra. Yo me pregunto dónde se da gloria a Dios y dónde se vive en paz..." Y concluyó con una reflexión mitad provocadora, mitad melancólica: "Me gustaría preguntarles a los cristianos qué han hecho de la Navidad".

La Navidad es esparcir la semilla de la resurrección en los corazones muertos de los hombres. Es un volver a nacer que Dios grita y siembra en el cadáver del mundo. Pero esto no nos resulta creíble porque se nos ha olvidado cómo es el amor. Miramos a nuestros intereses inmediatos de pobres egoístas. Seguimos rebosando envidia, rencor, pereza. Somos duros, rígidos. Hemos preferido ser esclavos de las palabras, del dinero, del estómago, del vano honor del mundo, del placer... Nos decimos cristianos, pero somos fariseos. No creemos que Dios pueda perdonarlo todo... Y hasta nos enfadamos por ello. Nos incomoda que Dios se rebaje hasta el pesebre, que no tenga a dónde ir, que mendigue ser acogido...

Según se dice, lo grande nos despierta admiración, sólo se ama lo que se puede abrazar... Eso es, precisamente, la Navidad: Dios que se las ha ingeniado para romper nuestro temor haciéndose un niño que necesita ser tomado en brazos y nacer en nuestro corazón para así nacer también nosotros.

Porque necesitamos nacer de nuevo. Volver a ponernos delante de esa pequeña puerta de la basílica de Belén de metro y veinte de altura por la que sólo caben los humildes, los que se agachan. Tenemos que volver a Dios reconociendo nuestra bajeza. Arrepentidos, pequeños. En Belén hemos nacido todos de nuevo como hijos de Dios. Pero tenemos que dejar tantas cosas para entrar y contemplar a este Dios loco que se ha hecho un niño... Necesitamos creer que somos infinitamente amados, que la ternura loca de Dios es más poderosa que nuestro envejecido corazón de piedra.

Belén es ese rincón del corazón humano donde sigue ardiendo la temblorosa luz de Dios. Entrad, contemplemos al Dios que, por una locura de amor, se deja abrazar.

La primera noche de Navidad

Por Santiago Arellano Hernández

En 1612 Lope de Vega publicó la novela "Pastores de Belén" El gozo, la ternura, el reconocimiento del bien inmenso que trajo a los hombres el nacimiento de Cristo retozan por entre sus páginas. En sí se trata de una novela pastoril, en línea con "La Arcadia".Es una novela pastoril a lo divino. Las historias, los amores, las disputas y tensiones van surgiendo en las partes narrativas o dialogadas. Pero como asunto constante: el Niño que nos ha nacido. Los pastores se han puesto en camino y se dirigen a adorarlo. Alguien ha dicho que la novela es un gran belén, como el de nuestras casas, en el que, en vez de figuras de barro, oímos hablar a los distintos personajes, como oiremos cantar y veremos actuar a la Virgen María y a San José.

Está dedicada a su hijo Carlos Félix que entonces tenía siete años, pero no es literatura infantil. Se han hecho ediciones muy expurgadas para los niños. Su tesoro, las poesías intercaladas, unas 168. Constituyen una antología de temática navideña admirable. Su lectura es una delicia. Cómo olvidar por ejemplo, aquel villancico que le canta María a su niñito:

"Pues andáis en las palmas, /ángeles santos, /que se duerme mi Niño, /tened los ramos.

Os selecciono un bellísimo texto en prosa. Nada de miradas eruditas. Entrad con el corazón, y leedlo en familia en esa Noche Buena, Noche santa, recogidos en meditación agradecida. Así imaginó Lope de Vega la primera noche de Navidad. Las Vírgenes de Fray Angélico podrían servirnos de estímulo a nuestra imaginación.

"Conociendo pues la honestísima Virgen la hora de su parto, José salió fuera, que no le pareció justo asistir personalmente a tan divino sacramento. María, descalzándose las sandalias de los benditos pies, y quitándose un manto blanco que la cubría y el velo de su hermosa cabeza, quedándose con la túnica, y los cabellos hermosísimos tendidos por las espaldas, sacó dos paños de lino y dos de lana limpísimos y sutiles que para aquella ocasión traía, y otros dos pequeñitos para atar la divina cabeza de su Hijo, y púsolos cerca de sí para la ocasión dichosa en que le fuesen necesarios. Pues como tuviese todas estas cosas prevenidas, hincándose de rodillas, hizo oración, las espaldas al pesebre y el rostro levantado al cielo hacia la parte del Oriente, altas las divinas manos y los honestísimos ojos al cielo atentos; estaba como en éxtasis, suspensa y transformada en aquella altísima contemplación, bañando su alma de divina y celestial dulzura.

Estando en esta oración sintió mover en sus virginales entrañas su soberano Hijo, y en un instante le parió y vio delante de sus castos ojos, quedando aquella pura estrella de Jacob tan entera e intacta como antes... Estaba el glorioso Infante desnudo en la tierra, tan hermoso, limpio y blanco como los copos de la de la nieve sobre las alturas de los montes o las Cándidas azucenas en los cogollos de sus verdes hojas. Luego que le vio la Virgen juntó sus manos, inclinó su cabeza, y con grande honestidad y reverencia lo adoró y dijo: "Bien seáis venido, Dios mío, Señor mío e hijo mío"... tomándole entonces entre sus brazos, le llegó a su pecho, y, poniendo su rostro con el suyo, le calentó y abrigó con indecible alegría y compasión materna. Púsole después de esto en su maternal regazo, y comenzóle a envolver con alegre diligencia... Hechas tan piadosas muestras de su amor materno, entró el venerable José, y arrojándose por la tierra, humildemente le adoró, bañando su honesto rostro de alegres lágrimas. Entonces la Virgen y José, levantándose, pusieron con grande reverencia al Niño benditísimo sobre las pajas del pesebre entre aquellos dos animales, y de rodillas comenzaron a contemplarle, a hablarle y a darle mil amorosos parabienes por su venida al mundo."

domingo, 1 de noviembre de 2009

Humildad obediente y obediencia humilde

P. Tomás Morales, S.J.

Primera ocasión en que toda la Cruzada- Milicia se reúne después de aquel 23 noviembre. Primera vez que tenemos esta oportunidad. Y llenos de emoción vamos a pasar este día tratando de hacer lo que él hace en el cielo: adorar, sabiendo que tenemos un intercesor, que unido a la nube de testigos que nos han precedido en el camino de la fe, están interpelantes por nosotros para enseñarnos a adorar.

Él se encuentra ya en la adoración plena, total, sin intermisiones, sin rupturas. Tenemos que arrebatar esa gracia que nos conseguirá él y todos los demás santos intercediendo, de meternos en el corazón de la Virgen madre. Adorar, es la palabra; y estamos unidos a él en esta adoración para que corriendo por el camino de la paciencia lleguemos también a la meta teniendo a tantos testigos que, a manera de nube, nos rodean. Corramos por la paciencia. ¡Ah! Es que es imposible adorar en la tierra, llegar a la adoración plena del cielo, por otro camino que el que él nos dejó con su vida, particularmente en los últimos meses: la paciencia. Lo que más me hace falta para que yo me convierta desde ahora en adorador permanente de Dios Padre, Hijo, Espíritu Santo.

Qué felicidad tan grande él, Padre Eduardo, y todos los que han llegado a esa alabanza eterna, ¡gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo! Porque Navidad es para mirar al cielo. No solamente es contemplar a Jesús que nace; sino "con" y "en" Jesús mirar el cielo.

Isabel de la Trinidad nos lo decía. Y no pase desapercibida la coincidencia del día del entierro del Padre Eduardo con la beatificación de Isabel de la Trinidad. Adoración, alma adoradora en la tierra, que está adorando plenamente en el cielo ya, y que también va a interceder por nosotros en esta Navidad que ya no acaba, Navidad eterna en adoración continua.

Adoración, una palabra de cielo, te hace salir de ti mismo; empiezas a mirar, a escuchar, sobre todo a amar. Y empiezas a amar a la luz increada que se hace carne para ti, que se hace niño, como uno más, pero es el Verbo viviente de la verdad eterna. Dios te salve, María, enséñame a adorar, a salir de mí mismo por la humildad obediente y la obediencia humilde. Porque aquí está el misterio del Verbo Encarnado. Cristo no es humilde, Cristo es la humildad. Cristo no es obediente, Cristo es la obediencia. Son cosas muy distintas aunque parezca que suenan casi igual. Nacer para Dios es salir de mí mismo, entrar en este éxtasis de amor que es la adoración, en que ya pierdo tierra, por así decirlo, para empezar a volar en ambiente de divinidad en que, al ver a Dios visiblemente hecho carne por mí, me arrebata al amor de lo invisible y me hace indiferente a todas las cosas de la tierra.

Qué bien se preparó el Padre Eduardo, qué bien lo preparó el Señor, sobre todo en los últimos meses. Y qué bien nos va preparando a cada uno en la medida en que nos dejamos preparar por Él para desencantarnos de las cosas que hacemos, y de lo que piensan de nosotros las personas.

Cristo, ¡te has empequeñecido tanto! Y en la Hostia Santa todavía mucho más. Porque aquí tienes el cuerpecito de un niño en el seno de su madre; en la Hostia Santa ni siquiera eso. Estás frisando con la frontera de la nada; y todo por mí. ¡Sabías que me hacía tanta falta la humildad! Vivir el gozo de la humildad, el gozo de desaparecer, aceptando "aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Este gozo no se experimenta hasta que no se vive. Y si se vive con frecuencia, eres la persona más feliz del mundo, porque empiezas ya a adorar en la tierra.

Qué feliz el Padre Eduardo en el cielo y todos nuestros hermanos que se han salvado. Pues esa felicidad podemos anticiparla a la tierra si tenemos vida de fe.

Madrecita mía en la fe, enséñame a creer en los caminos de Dios para conmigo, que son los mismísimos, aunque en reducida escala, que los que el Padre tuvo con su hijo Jesucristo. ¿Verdad que la Redención podría haberse hecho de muchas maneras sin recurrir a esta abnegación total, a este anonadamiento completo, para transmitirnos el gozo de anonadarnos, el gozo de la humillación? Porque hasta que no nos abracemos con la humillación no podemos sentir el gozo inmenso de la libertad de espíritu del hombre al que ya le importa nada lo que piensen de él, para sólo estar adorando. Es vida de cielo, totalmente desprendida de todas las cosas de la tierra.


Diciembre 1984.

“Que es la vida una excursión que va a la eterna mansión”

Fernando Martín Herráez

(Texto de la presentación del libro Alpinista del Espíritu. P. Eduardo Laforet Dorda (1957-1984)



En estas páginas te vas a encontrar al padre Eduardo Laforet. Un joven sacerdote de los Cruzados de Santa María que murió a los 27 años ofrendando su vida a Dios por amor.


La vida humana es un instante entre dos eternidades. La vida de Eduardo la podemos comparar a la de una estrella fugaz. El mismo utilizó esta imagen para hablar de su vida y la de todos sus hermanos Cruzados de Santa María: una estrella que cruza el cielo, irradiando la luz de Cristo.

Una estrella fugaz. Dios fue preparando lentamente su alma, hasta que en los últimos momentos de su vida se encendió en amor de Dios y se fundió de nuevo con la eternidad amorosa de Dios de la que había salido.

Su partida hacia la casa del Padre quiso la Providencia que fuese el domingo último del año litúrgico, cuando la Iglesia celebra la fiesta de Cristo Rey. Es la culminación del año y refleja el destino final de todos los hombres: Cristo recapitula todas las cosas. Él es el punto de la historia y de la vida de los hombres. Y Eduardo fue atraído hacia Él con la velocidad y la luz de una estrella fugaz.

La vida y las obras de Eduardo, su trayectoria biográfica, sus cartas y pequeños opúsculos, de los que se hace eco esta publicación, se pueden ver reflejados en lo que nos canta una canción. Una canción de montaña que Eduardo cantó junto a nosotros en multitud de ocasiones. (...) La canción titulada "Ven, amigo, que el sol dora las cumbres" (...).

Es la canción del montañero que en la mañana empieza a subir hacia las cumbres. Es la canción de Eduardo: él que subió, con esfuerzo, a las montañas, fue llevado hasta las cimas de la vida eterna por medio del sufrimiento transfigurado en amor.

La canción cobra un sentido nuevo si la ponemos en labios de Eduardo, el guía de almas experimentado que ya ha llegado a la cumbre y que nos llama desde el cielo: "Ven, amigo, que el sol dora las cumbres".

Es la canción del camino: de la lucha, de las cuestas escarpadas, de la risa y del sufrimiento, del "no cansarse nunca de estar empezando siempre" (P. Tomás Morales, SJ.), que fueron los hitos que marcaron el camino de Eduardo.

Como leerás en estas páginas Dios le fue conduciendo por senderos de montaña poco transitados. Con esa paradoja que confunde nuestra soberbia, Dios fue llevando a Eduardo por los caminos del "subir bajando", como le gustaba decir a Abelardo de Armas, cofundador de los Cruzados de Santa María. Dios le fue llevando hacia las cumbres y los valles de la sencillez y de la humildad, especialmente por medio del sufrimiento.

Desde esta perspectiva de la sencillez, toda su vida, su espiritualidad y su mensaje se pueden resumir en cuatro ideas, que se van repitiendo como un estribillo en sus diferentes escritos. Y si quisiéramos compendiarlo en una idea, bastaría la primera: "el mensaje de Fátima", de la que derivan las otras tres, "ofrecimiento", "el valor redentor del sufrimiento" y "conversión".

(...) Te invito, pues, a recorrer los senderos interiores, iluminados por la gracia, de un alma que nos enseña con su vida y con su muerte, a imitación de su Maestro, cómo se puede convertir el sufrimiento en un canto de amor.

Una historia de amor

13 de mayo de 1981. Eduardo entra conmocionado en la capilla y se arrodilla ante la imagen de la Virgen.

El Papa Juan Pablo II se debate entre la vida y la muerte. Un terrorista ha disparado sobre él para asesinarlo. La bala criminal, por milímetros, no ha acabado con la vida del Santo Padre, pero su blanca sotana se ha teñido del rojo de su sangre.

La noticia ha recorrido el mundo entero como un reguero de pólvora y ha llegado a la pequeña residencia de estudiantes que los Cruzados de Santa María tienen en la capital navarra. Junto a la imagen de la Virgen han puesto también una del Papa. Varios jóvenes oran en silencio.

Eduardo, un joven cruzado, estudiante de filosofía que se prepara para el sacerdocio, reza también por el Santo Padre, conmovido con toda la Iglesia. Y en lo más profundo de su corazón nace un deseo, puesto por el Espíritu de Dios, de entregar su vida al Señor a cambio de la del Papa.

Con la urgencia de quien sabe que es cuestión de horas el que el Papa viva o muera, sale fuera, habla con su guía y le expone su intención, para pedirle permiso y hacer ese ofrecimiento.

Y ahora de nuevo de rodillas ante el Sagrario, tembloroso y decidido, entrega al Señor, si así lo quiere, su vida que nada vale, a cambio de la del Papa que tan necesaria es para toda la Iglesia.

Eduardo salió de la capilla. De algún modo sabía que el Señor había escuchado su ofrenda. Porque Dios siempre escucha nuestras oraciones. Lo más seguro, pensaba, es que no se la aceptase. ¡Quién era él para que el Señor la escogiese de esa forma! Y de todas formas él ya había ofrecido su vida totalmente cuando entró en la Cruzada. Y cada año la renovaba en los Ejercicios Espirituales en la meditación del Rey Eternal.

Era mayo, tiempo de exámenes. Se dirigió a su habitación, cerró la puerta y tomó los apuntes. No es que le apeteciese mucho, la verdad. Hubiese preferido quedarse en la capilla. O seguir las noticias que llegaban de Roma. O ponerse a hablar con los compañeros de la residencia... Pero no. Había que ponerse a estudiar, que era lo que tocaba. Volvió a comenzar su estudio donde se había quedado una hora antes. "Señor, te ofrezco también esta hora de estudio por el Papa."

El 23 de noviembre se cumplen los veinticinco años de la muerte de aquel joven sacerdote cruzado, casi recién ordenado, que no pudo superar la leucemia.

Queríamos dedicar este número de nuestra revista, que se vio obsequiada en numerosas ocasiones con su pluma, a recordar al P. Eduardo Laforet CSM.

El viernes santo de aquel año de 1984, poco antes de iniciar su tratamiento, en la primera homilía a todos los militantes, nos decía: "Mi deseo es dejaros un mensaje que, por la misericordia de Dios, no sé si es programático o mi testamento... En definitiva, queridos hermanos, se nos pide vivir la Redención siendo víctimas pequeñitas en medio del mundo. Se nos pide aceptarlo todo sonriendo, dejarse amar por Dios para la salvación de los hombres... Yo, por mi parte, no deseo otra cosa sino permanecer en el momento presente junto a la Cruz del Señor, con su Madre, llorando los pecados del mundo. Sólo quiero decir: Padre, HAGASE en mí según tu palabra, y ESTAR hasta el fin al pie de la Cruz. Dios es mi Padre y en sus manos encomiendo mi espíritu."

Con ocasión de este 25 aniversario, al concluir también el centenario del nacimiento del P. Tomás Morales, se publica el libro Alpinista del espíritu como homenaje al P. Eduardo. Queremos transmitir a nuestros lectores este acontecimiento familiar y hacerles llegar algo del mensaje de este joven enamorado de Dios que entregó su vida por el Santo Padre y por la Iglesia.

Y nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.