miércoles, 1 de junio de 2016

Transformadores eficaces

Portada Estar 298
Cuando parece que los enemigos de la civilización cristiana tienen un poder omnímodo que pretende excluir a Dios de todas las realidades temporales, puede sonar a atrevido y utópico hablar de una floreciente primavera. Pero así es.
Aumentan los católicos en el mundo. Del 2005 al 2013, los bautizados pasaron de casi 1.115 millones a 1.254 millones, con un aumento absoluto de 139 millones de fieles. El número aumenta, sobre todo en África, en América y en Asia, mientras permanece en los mismos niveles en Europa. Son algunos de los datos del Annuarium Statisticum Ecclesiae 2013, publicado contemporáneamente al Anuario Pontificio de 2015.
En este reverdecer primaveral de la fe tienen su protagonismo propio los jóvenes. Unos jóvenes que no se dejan intimidar por el entorno laicista que trata de envolverlos, y que viven decididos sin miedo al mundo ni al futuro ni a su propia debilidad.
Unos jóvenes enraizados en Cristo a los que no puede detener ninguna adversidad, y que se convierten en el motor de los “líos” que la Iglesia promueve para la dignificación que nuestra sociedad necesita.
San Juan Pablo II, en el histórico encuentro con los jóvenes en el estadio Santiago Bernabéu, les propuso un programa de lucha para vencer el mal con el bien: Cuando sabéis ser dignamente sencillos en un mundo que paga cualquier precio por el poder; cuando sois limpios de corazón entre quien juzga sólo en términos de sexo, de apariencia o hipocresía; (…) Entonces os convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como mensaje.
Son, sin duda, una manifestación rutilante de energía renovadora las JMJ, reuniendo jóvenes de los cinco continentes, que hacen visible una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Pero la primavera de la fe no puede, ni debe, reducirse a un acto multitudinario temporal. También en el día a día, los jóvenes aportan su granito de arena como se indica, por ejemplo, en algunas experiencias que se reseñan en este número de ESTAR: Tema de Portada, 25 aniversario de la Virgen de Gredos, la entrevista a José María Ausín, las experiencias de Semana Santa´16, etc.
A los que no somos tan jóvenes, también debe llegar la primavera renovando nuestra creatividad para ofertar a la juventud criterios sólidos ante un mundo que encandila con su falsa y fatua policromía.
Primavera de jóvenes y menos jóvenes, bautizados consecuentes, que hacen penetrar el evangelio en sus vidas y, así, con sencillez, audacia y alegría se convierten en transformadores eficaces.

viernes, 1 de abril de 2016

Es distinto

Portada Estar 297
Es distinto, sí, pero, en el fondo, es lo mismo. Han variado, y mucho, las formas, los medios, pero el objetivo final es idéntico: evangelizar la cultura.
Decía san Juan Pablo II en 1982 al Consejo Pontificio de Cultura, que una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida. Y hoy parece que los vivos son los anti fe. Tienen los enemigos de la civilización cristiana un “celo apostólico” que los creyentes hemos perdido.
Tienen una virulencia, una agresividad impositiva a la que los católicos, en general (siempre hay excepciones), damos alas con nuestra pasividad y encogimiento.
Y, sin embargo, hoy como ayer, tenemos la obligación de evangelizar la cultura, de cristianar la sociedad, de mejorar a nuestros contemporáneos ofreciéndoles lo mejor que tenemos: nuestra fe.
Y no vale la excusa de que es que hoy… Sigue siendo cierto que la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás.
Tenemos numerosos ejemplos de ello en los trabajos que presentamos en este número: Jóvenes en marcha, Estar en América, Laicos en marcha, Entrevista a Eder, etc.
Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros.
Es imperiosa la necesidad de evangelizar la cultura para inculturar el Evangelio. Para ello, nada de pesimismos estériles, sino que volvamos a los orígenes como aconseja el papa Francisco en Evangelii gaudium (263):
Es sano acordarse de los primeros cristianos y de tantos hermanos a lo largo de la historia que estuvieron cargados de alegría, llenos de coraje, incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa. Hay quienes se consuelan diciendo que hoy es más difícil; sin embargo, reconozcamos que las circunstancias del Imperio romano no eran favorables al anuncio del Evangelio, ni a la lucha por la justicia, ni a la defensa de la dignidad humana.
En todos los momentos de la historia está presente la debilidad humana, la búsqueda enfermiza de sí mismo, el egoísmo cómodo y, en definitiva, la concupiscencia que nos acecha a todos.
Entonces, no digamos que hoy es más difícil; es distinto.

lunes, 1 de febrero de 2016

Renovación y forcejero

Portada Estar 296
Dice el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium en el nº 31 que con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia.
Y afirma en ese mismo número que a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.
En el nº 35 pide que “salgan a las periferias” a proclamar el reino del Padre con entusiasmo, decisión, atractivamente y sin complejos: no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos.
Porque los laicos incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo.
El P. Morales en su obra Hora de los Laicos en la 2ª edición publicada por Ediciones Encuentro, en la página 23 dice que hay que imprimir en ellos (los laicos) tensión misionera. Es necesario hacerles vivir la fe bautismal. Deben caer en la cuenta de que “cuando un católico toma conciencia de su fe, se hace misionero” (Juan Pablo II, 6 nov. 1982).
El decreto Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos indica que es preciso que los seglares avancen en la santidad decididos y animosos por este camino, esforzándose en superar las dificultades con prudencia y paciencia, porque nada en su vida debe ser ajeno a la orientación espiritual, ni las preocupaciones familiares, ni otros negocios temporales.
Normalmente no se nos pide “descubrir América”, aunque no hay que renunciar a ello, pero sí evangelizar nuestro entorno viviendo con sencillez y humildad asidos de la mano de la Madre para que nuestro corazón arda en amor a Cristo. Y con ese fuego interior los reclamos mundanos nos seguirán deslumbrando, pero palidecerán como la luz artificial cuando amanece.
Vivimos en medio de un mundo atractivo al que debemos sublimar sin salir de él. Por eso hay que rezar. Y mucho. Pero nuestra vocación laical, además, nos empuja a extender el Reino con innovación y brega; nada de comodidad mediocre a la sombra de las sacristías.
Era en 1965 y ya marcó el camino el Concilio Vaticano II: renovación y forcejeo.

martes, 1 de diciembre de 2015

La misericordia: el más bello nombre

Portada Estar 295
En su Diario del alma, Juan XXIII, el papa buono, como cariñosamente lo llaman los italianos, escribe: la misericordia es el más bello nombre de Dios, la manera más hermosa de dirigirnos a Él.
En el discurso de apertura del concilio Vaticano II (11 octubre 1962) dijo que la doctrina de la Iglesia es conocida y está ya fijada. Que la Iglesia tiene un cuerpo de doctrina con el que ha resistido los errores de todas las épocas y a menudo también los ha condenado, en ocasiones con gran severidad. Hoy, en cambio, la esposa de Jesucristo prefiere emplear la medicina de la misericordia antes que levantar el arma de la severidad.
San Juan Pablo II desarrolló y profundizó lo sugerido por Juan XXIII. Este papa conoció en su propia carne la historia de sufrimiento de su/nuestra época. Su inconmensurable actividad estuvo valorada por el testimonio de su sufrimiento personal, el más elocuente documento que nos dejó.
En Dives in misericordia (1980), Juan Pablo II se ocupó del tema de la misericordia a la que caracterizó como el mayor y más elevado atributo de Dios y la define como la perfección divina por antonomasia.
Para el actual pontífice, papa Francisco, la misericordia es como la “viga maestra” de la iglesia. Y, quizás por eso, decide convocar el Año Santo de la Misericordia desde el 8 de diciembre de 2015 al 20 de noviembre de 2016.
Al convocar este Año Santo nos dice: La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo.
Y nosotros, concretando esa fe responsable que nos inculcó el P. Morales, ¿qué podemos hacer por/para/ en el año de la misericordia? Acogernos a la Madre.
Como dice el cardenal Walter Kasper: María refleja el encanto de la misericordia divina y muestra el resplandor y la belleza que, proyectándose sobre el mundo desde la graciosa misericordia de Dios, todo lo transforma (La misericordia. Ed. Sal Terrae. Santander 2015. Pág. 210).
Así, aportando nuestro punto de luz misericordioso, podemos calentar este mundo nuestro, a menudo oscuro y frío, en algo más acogedor, algo más luminoso, algo más entrañable, como corresponde a quien tiene una madre, María, que es espejo concreto y realización especial de la misericordia divina.
Comienza el Año Santo de la Misericordia. Bajo el manto de María y cogidos de la mano del Papa, aportemos nuestro granito de arena predicando con nuestras vidas que la misericordia es el más bello nombre de Dios y la viga maestra de la Iglesia

Rincones de la misericordia

Por Santiago Arellano
Con ojos de Providencia hemos de acercarnos al gran Jubileo de la Misericordia. Ahí andamos, cada cual con la obra de misericordia que se nos haya encomendado. La mía, a pesar de los claros del bosque de mi ignorancia, enseñar al que no sabe.
Bartolomé Esteban Murillo.
Niño riendo asomado a la ventana, hacia 1675,
Londres, National Gallery.
Cuando contemplo a un niño como el del conocido óleo de Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana, me bulle la cabeza con mil inquietudes: ¡Madre mía, que maravilloso proyecto de ser! ¡Cuántos peligros le amenazan! ¿Adónde acabará esa candorosa sonrisa? ¿Quién se la borrará para siempre? Ahora mira con curiosidad, desde la ventana. ¿Quién le enseñará a ponerse en acción, a entrar en la vida y usar sus manos y toda su persona al servicio del bien? Este niño está necesitado de que alguien le saque lo mejor de sí mismo, le adiestre en la virtud como opción segura de libertad.
No me es posible ofrecer, en el espacio de esta página, el texto completo de la carta que le dirige Juan Rufo a su hijo. Buscadla en internet. Juan Rufo, secretario de Don Juan de Austria, vive lejos de su familia. Le escribe esta carta a su hijo cuando está a punto de cumplir tres años, en cerca de cuatrocientas redondillas. El epílogo resume en cuatro versos la visión de la vida de un español verdadero, presagio del barroco ya en 1570:
La vida es largo morir,y el morir, fin de la muerte:procura morir de suerte,que comiences a vivir.

La primera parte es un catálogo de juegos; la segunda, hermoso tratado de educación católica. En letras de oro copiaría nada más que estas tres redondillas en el zaguán de nuestros hogares y en la puerta de los departamentos didácticos:
Mas cuando sufra tu edadtratar de mayores cosas,con palabras amorosaste enseñaré la verdad,no con rigor que te ofenda,ni blandura que te dañe,ni aspereza que te extrañe,ni temor que te suspenda,antes con sana doctrinay término compasado,conforme soy obligadopor ley humana y divina.

No a la indiferencia o al escepticismo. El padre sabe que tiene que despertarle el amor a la verdad, porque solo la verdad nos hace libres. No sirven rigores que exasperan ni blanduras que destruyan. Requisitos: palabras amorosas; palabras adecuadas a la edad; sana doctrina. Y finalmente conciencia de que se está cumpliendo un deber doble: ley humana (esa es nuestra condición) y divina (esa es nuestra grandeza).
El resto, virtudes humanas y desprecio de los vicios. Siempre conciencia del tiempo.
Y con tino se te acuerde

de que el tiempo bien gastado,
aunque parezca pasado,
no se pasa ni se pierde.

Tres recomendaciones finales: con Dios, la familia y el prójimo. Y tras esto ya puede uno echarse al ruedo de la vida:
Oye misa cada día,y serás de Dios oído;témele, y serás temido,como un rey decir solía.Ama su bondad, y en Élamarás sus criaturas,y serán tus obras purasen este mundo y aquél.Téngate Dios de su mano;y, para que el bien te cuadre,sirve a tu hermosa madre,ama a Juan tu dulce hermano,y no me olvides. Tu padre.

Una última recomendación: leer Los miserables de Víctor Hugo y saludar a Monseñor Bienvenido.

Un Movimiento de misericordia

¿Qué es la misericordia? Podemos responder atrevidamente que es elbig-bangdel amor de Dios. Es la explosión incontenible de su ternura, que alcanza a cada hombre y mujer y se pro-mueve mediante una reacción en cadena.
Para adentrarnos en este movimiento de misericordia os propongo contemplar el cuadro de Pablo Veronés, la adoración de los Magos. En su composición destacan dos grandes diagonales: la primera, trazada por la luz, desciende del cielo a Jesús y su madre; y la segunda va de Jesús al rey Gaspar y los pajes. Observemos la escena: descubriremos la dinámica de la misericordia como una sinfonía en cuatro movimientos.
1. La misericordia desciende de arriba. Siete ángeles rodean el rayo luminoso. Todos miran hacia abajo. Realzan así el sentido sagrado y descendente de la luz-misericordia. Resaltan que Dios es la fuente de la misericordia, y que lo propio de su amor es descender, abajarse, alcanzar al miserable. Como señala S. Ignacio en la contemplación para alcanzar amor, “todos los bienes y dones descienden de arriba”.
2. La misericordia se encarna en Jesús. Tanto amó Dios al mundo que entregó su Unigénito (Jn 3, 16). En el cuadro, el rayo de luz alcanza a María y a Jesús Niño. Pero no quedan iluminados como la estancia o los demás personajes: Jesús emana la luz. Es el Verbo encarnado, la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo (Jn 1, 9). Con su mirada envuelve al rey Gaspar. Como tantas veces en el Evangelio, es Jesús movido a misericordia.
3. El hombre busca la misericordia, y la Misericordia transforma al hombre. Jesucristo tiene sed de quien tiene sed de su amor. Es el misterio de la doble atracción: de Dios por el hombre y del hombre por Dios. Gaspar –el hombre– solo tiene ojos para el Niño: aparece de rodillas, con la cabeza descubierta, los ojos húmedos y las manos extendidas, vacías… Todo su ser se con-mueve por la misericordia de Dios. En el suelo yacen su corona y su ofrenda de oro. Es que el tesoro del amor de Dios, ha re-movido todo su ser; lo ha cambiado.
4. La misericordia se contagia a todos. Además de María y el Niño, tienen la mirada clavada en Gaspar San José, Melchor, Baltasar, el amo de los perros, los personajes encaramados en el escenario, ¡y hasta el buey! Gaspar se vuelve testigo de la misericordia, y la transmite a cuantos le contemplan. El pasaje evangélico señala que los magos se volvieron por otro camino. Se volvieron pro-motores de la misericordia Dios, ejerciéndola con cuantos alcanzaban en su camino.

Dos mil años después, el big-bang de este movimiento de misericordia sigue inundándonos. La Iglesia es la familia de quienes nos ponemos en movimiento para calmar nuestra sed en las aguas de la misericordia de Dios. Y una vez calmada, nos movilizamos para calmar la sed de los demás, mediante obras de misericordia. Que también esta partecita de la Iglesia seamos ¡Un Movimiento de misericordia!, reviviendo los cuatro movimientos de esta sinfonía de amor. Y que santa María, luz de la Misericordia de Dios, ilumine nuestro camino en este año Jubilar

Jubileo extraordinario de la misericordia

Por P. Rafael Delgado
El Papa Francisco ha convocado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia que dará comienzo el 8 de diciembre de 2015, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, y concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016.
En la Bula de convocatoria, Misericordiae vultus, el Santo Padre expresa el objetivo de este tiempo extraordinario de gracia: que a todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.
* * *

La Inmaculada y la Puerta de la Misericordia
¿Es casual la coincidencia del día de la Inmaculada Concepción de María y la apertura de la Puerta de la Misericordia en la Basílica de San Pedro en Roma? El Papa Francisco ha querido destacar el significado del 8 de diciembre para la historia reciente de la Iglesia, por ser este año el cincuenta aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II (8-XII-1965), un Concilio en el que la Iglesia que ha querido acercarse al hombre de hoy, cada vez más alejado de Dios, con la medicina de la misericordia para curar sus heridas, como hiciera el buen samaritano de la parábola evangélica.
Pero también ha querido señalar el Santo Padre el vínculo entre María, concebida sin pecado original, y la misericordia: Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cf. Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona (Misericordiae vultus 3).
Así, la Virgen Inmaculada, llena de gracia, representa el inicio de un mundo nuevo, en el que la misericordia vence al mal y la gracia desbordante redime y recrea al ser humano, sometido a las consecuencias del pecado. Por medio de Ella nos ha venido Jesucristo, el Redentor, de modo que bien podemos aplicarle el título de “puerta de la misericordia”. No pueden ser más acertadas, personalizadas en la Virgen, las palabras con las que el Papa describe la Puerta Santa de este Año jubilar: quien entre por ella podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza. Como Madre nos abre su Corazón Inmaculado para que nos encontremos con Jesucristo y descubramos su insondable misericordia.
San Ignacio de Loyola nos da ejemplo de esto cuando en su Diario espiritual llama a nuestra Señora “parte o puerta de tanta gracia”, al sentir con mucha fuerza un día en la Misa que María intercede por él y que está tan unida a Jesús que forma parte del don que está recibiendo, de modo que su alma se llena de luz y de consuelo.
Sería muy acertado a lo largo de este Año de la Misericordia celebrar, especialmente algunos sábados que sea posible litúrgicamente, la Misa de Santa María, Reina y Madre de misericordia, contenida en el Misal de la Virgen María. En el bellísimo prefacio se da gracias al Padre porque María ha experimentado la misericordia de Dios de un modo único y privilegiado y así puede acogernos cuando acudimos a Ella para que nos alcance misericordia de su Hijo. Ciertamente, la Virgen Santísima ha sido redimida de un modo excepcional al ser preservada del pecado original en el instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador (Bula Ineffabilis Deus de Pío IX). Dejemos que las palabras del mencionado prefacio resuenen en nuestro corazón, invitándonos a la alabanza de Dios, Santo y Misericordioso:
Ella es la Reina clemente,
que, habiendo experimentado tu misericordia
de un modo único y privilegiado,

acoge a todos los que a Ella se refugian
y los escucha cuando la invocan.

Ella es la Madre de la misericordia,
atenta siempre a los ruegos de sus hijos,
para impetrar indulgencia
y obtenerles el perdón de los pecados.

Ella es la dispensadora del amor divino,
la que ruega incesantemente a Tu Hijo por nosotros,
para que su gracia enriquezca nuestra pobreza
y su poder fortalezca nuestra debilidad.


Misericordia: la vía que une a Dios y el hombre
En María, imagen purísima de la Iglesia, contemplamos de modo eminente lo que cada fiel cristiano está llamado a ser. Si en Ella la misericordia de Dios se manifestó llenándola de gracia y haciéndola inmaculada, disponiéndola así para ser la Madre del Redentor, en nosotros la misericordia divina es perdón de nuestros pecados y transformación de nuestros corazones heridos, capacitándonos para la santidad.
La Bula Misericordiae vultus nos invita a poner la mirada en Jesús para percibir en su rostro el amor misericordioso del Padre de los cielos. Es un Padre que no se da por vencido hasta disolver el pecado y superar el rechazo con el perdón y la misericordia; un Padre que se llena de alegría al perdonar; un Padre que, como diría el santo Cura de Ars, se da más prisa en sacarnos del pecado que una madre en sacar a un hijo del fuego en el que se ha caído. Las parábolas de la misericordia nos ofrecen el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón (n. 9).
De entre las parábolas de Jesús, hay una que establece la conexión entre la misericordia de Dios y la misericordia entre los hombres, la del “siervo despiadado” (cf. Mt 18,21-35). Es la de aquel criado a quien el rey perdona una gran deuda y después él no perdona a su compañero una deuda mucho más pequeña y lo mete en la cárcel hasta que le pague. Cuando el dueño se entera, le recrimina su actitud y lo entrega a los verdugos, pues ¿no debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? (Mt 18,33). El Papa Francisco ofrece una magnífica conclusión de esta parábola:
Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia (n. 9).
En consecuencia, la misión de la Iglesia es hacer evidente la misericordia del Padre, anunciarla, vivirla y testimoniarla para que tantos hijos pródigos reencuentren el camino de vuelta al Padre: En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia (n. 12).
Misericordiosos como el Padre
Magnífico programa para este Año jubilar: hacer de nuestros hogares, familias y grupos, verdaderos “oasis de misericordia”. Ello supone en primer lugar que cada uno de nosotros se disponga a escuchar la Palabra de Dios en el silencio de la oración: Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso (Lc 6,36). Toda la vivencia y las acciones que podamos hacer en este tiempo parten de aquí: contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida (n. 13).
Jesús es la encarnación de la misericordia, nos ha dicho san Juan Pablo II tan certeramente: A quien le ve y la encuentra en él, Dios se hace concretamente visible como Padre, rico en misericordia (Dives in misericordia 2). Quisiera detenerme en un rasgo de la misericordia revelada por Cristo, a fin de concretar ese programa de ser “oasis de misericordia”. El Catecismo de la Iglesia Católica se hace eco de un comportamiento de Jesús con los pecadores sorprendente: no se limita a perdonar al pecador, sino que le acoge en su compañía y le devuelve al seno del pueblo de Dios:
Durante su vida pública, Jesús no solo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios de donde el pecado les había alejado o incluso excluido (CCE 1443).
Al actuar así, el Señor desafía las murmuraciones —ese acoge a los pecadores y come con ellos (Lc 15, 2)—, y muestra que su misericordia puede regenerar los corazones otorgando una misión a quien se ha dejado perdonar por Él. Recordemos a Mateo, a María Magdalena, a san Pablo y a tantos santos en la historia de la Iglesia que, una vez que se han encontrado con la misericordia del Señor, han sido grandes apóstoles aventajando incluso a los que siempre han permanecido en la casa del Padre.
La Iglesia hoy se siente como un “hospital de campaña”, llamada a acoger, curar y reconstruir a tantas personas heridas o humilladas por situaciones de pobreza, soledad, relativismo desorientador, sufrimiento. Por ello, las obras de misericordia pasan al primer plano de nuestra acción apostólica. Nos dice el Papa Francisco:
Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos (Misericordiae vultus 15).
A los jóvenes que peregrinarán a Cracovia para vivir la XXXI Jornada Mundial de la Juventud en el próximo verano de 2016, les hace el Papa una propuesta muy directa en el Mensaje de convocatoria: A ustedes, jóvenes, que son muy concretos, quisiera proponer que para los primeros siete meses del año 2016, elijan una obra de misericordia corporal y una espiritual para ponerla en práctica.
Recordemos, pues, las obras de misericordia que caracterizan al discípulo misionero de la nueva evangelización: las corporales son dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos; y las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia los defectos del prójimo, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.
“¿Quién acabará de contar sus misericordias y grandezas?”
La Bula Misericordiae vultus en sus páginas finales, nos invita a vivir el misterio de la Comunión de los santos, buscando ayuda para nuestra fragilidad en la intercesión y el ejemplo de los santos. Aún refulge entre nosotros la figura de santa Teresa de Jesús, cuya santidad y magisterio nos han iluminado en la celebración del V Centenario de su nacimiento. La tomamos en estas últimas líneas como testigo y cantora de las misericordias de Dios, para que nos ayude a vivir este nuevo año jubilar contemplando y amando una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa (Moradas I,1).
Santa Teresa de Jesús sabe muy bien el origen de todas las gracias y mercedes que recibió en esta vida: la oración, firmemente determinada a perseverar en ella. Esta fidelidad a la oración la considera una gran misericordia de Dios: Harto gran misericordia hace a quien da gracia y ánimo para determinarse a procurar con todas sus fuerzas este bien. Porque si persevera, no se niega Dios a nadie. Avisa de que el enemigo pone mucho interés en que dejemos la oración: son tantas las cosas que el demonio pone delante a los principios para que no comiencen este camino de hecho, como quien sabe el daño que de aquí le viene, no sólo en perder aquel alma sino muchas. Y es que el que ora con perseverancia no llega solo al cielo, arrastra con él muchas almas: Si el que comienza se esfuerza con el fervor de Dios a llegar a la cumbre de la perfección, creo jamás va solo al cielo; siempre lleva mucha gente tras sí. Como a buen capitán, le da Dios quien vaya en su compañía (Vida 11).
En su experiencia de oración se refleja lo que más arriba se ha señalado, que el que contempla la misericordia del Padre, manifiesta que es su hijo siendo misericordioso como Él. Así, comentando la petición del Padre nuestro, “perdona nuestras ofensas”, santa Teresa entiende muy bien el “como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, porque quien ha sido perdonado por la misericordia divina goza perdonando:
No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió. Porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno (Camino de perfección 36).

Que este Año de la Misericordia, iniciado bajo la mirada de la Inmaculada Virgen María, sea ocasión para llenarnos de la misericordia de Dios y para ser sus cauces hacia quienes no la conocen aún. Esperemos mucho del Amor misericordioso de Dios, pues, en palabras de la santa andariega, nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir. Sea bendito para siempre, amén, y alábenle todas las cosas (Vida 19).